Reino de bestias y poder (Nargrave 3) ÉIRE
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ÉIRE

Había liberado a los scrantés de los calabozos de Iriam, de sus escondites en las sombras donde permanecieron ocultos durante décadas, para que sembraran el caos en la capital.

La niebla lo cubría todo. Se expandía como un velo de muerte y, con ella, miles de iriamnos perecían. Sus últimos rostros eran máscaras de miedo, deformadas por el pánico mientras corrían sin rumbo, intentando salvar una vida que ya les había sido arrebatada.

Tarde. Era demasiado tarde.

Subí a lomos del dragón y le ordené que nos llevara hacia la capital. La misma niebla se encargaría de derrumbar los templos dedicados a los falsos dioses.

Keelan me detuvo de pronto. No lo había visto desde la muerte de Nyliss, y no deseaba que me contemplara en aquel estado. Sin embargo, lo hizo. Su mirada fue serena, pero en ella había algo que dolía más que cualquier herida: decepción.

—No viniste aquí a ser la reina de unos cadáveres, Éire. ¿Qué has hecho? —Su voz temblaba entre la rabia y el horror. Estaba preocupado… por mí.

—No tocaré a nadie de Zabia —le aseguré.

—No es eso lo que me preocupa —replicó—. Me preocupas tú. Deberías detenerte.

—Me preguntaste qué había pasado para que aquel futuro no fuera posible.

—Sí, lo hice, pero…

—Esto —interrumpí—. Podría haber desafiado a Gregdow y perdido toda mi magia. No habría muerto, pero habría sido humana.

Keelan dio un paso hacia atrás, como si las palabras lo hubieran golpeado.

—¿Has sacrificado nuestro futuro… has matado a todas estas personas por tu magia?

—Lo hice porque sin ella los monstruos no tendrían reina, ni los hechiceros un guía. Sin mi poder, todo se habría derrumbado. Tenía que hacerlo —afirmé con frialdad—. Y ahora debo irme. Debo terminar lo que empecé.

El horror en su rostro fue más punzante que cualquier herida.

—Pensé que te conocía —murmuró—. Pero tenías razón… moriste hace mucho para mí.

Sus palabras me atravesaron como una lanza invisible. Pero me obligué a sostener su mirada.

—A veces las multitudes necesitan guerreros dispuestos a todo para ser guiadas —admití con voz firme.

Me aferré a las escamas del dragón, que rugió con fuerza, y juntos nos elevamos hacia el cielo.

Desde lo alto, contemplé cómo la niebla y el fuego consumían todo lo que alguna vez fue la capital.

Los scrantés se abrían paso entre los escombros, deshaciéndose de los humanos que aún se resistían.

Me aseguré de que el fuego no los tocara cuando el dragón redujo a cenizas las torres del castillo.

Al amanecer del último día, no quedó un solo rastro de vida en aquel reino.

El dragón me llevó de regreso a Gregdow, donde la niebla, obediente, había erigido un castillo inmenso, hecho de piedra oscura y raíces entrelazadas.

A su alrededor se alzaban chozas ocultas entre los árboles, pozos humeantes y termas que exhalaban un vapor tibio.

Parecía un lugar nacido del sueño de una bestia.

Los monstruos de la guerra vagaban por los alrededores, lamiéndose las heridas. Algunos sanadores hechiceros se ocupaban de los más graves, mientras otros observaban el nuevo reino con una mezcla de asombro y devoción.

Brunilda se acercó a mí. No se inmutó ante mi aspecto cubierto de sangre ni ante la deformidad que había adoptado mi rostro.

—Lo has conseguido —dijo con una sonrisa radiante.

Antes de pensarlo, la tomé del rostro y la besé. Fue un beso intenso, cargado de furia y deseo, de la adrenalina que aún vibraba en mis venas tras la batalla. Pero también había afecto. En ese gesto se mezclaron la victoria y la pérdida, la promesa y la ruina.

Cuando nos separamos, Brunilda apenas podía contener su alegría.

—Te esperan en la sala del trono —dijo, casi sin aliento.

—¿Quiénes? —pregunté, aún desorientada.

—Todos —respondió.

Avancé por el interior del castillo. A cada paso, las paredes susurraban mi nombre. Era como si el lugar me conociera, como si siempre hubiese pertenecido allí.

Crucé pasillos de madera y hierro, hasta llegar a unas enormes puertas de vidrio tallado. En los cristales se dibujaba un estandarte cobalto, era un aminqueg serpenteando con elegancia sobre un fondo de sombras.

Las puertas se abrieron, revelando un salón inmenso. Haakon y Audry aguardaban junto a la entrada.

La sala tenía un techo abovedado y paredes cubiertas de un tono crema que contrastaba con las banderas negras colgantes. Al fondo, el trono se erguía imponente, formado por los huesos de los enemigos caídos. Su presencia era casi sagrada.

Alrededor, más de un millar de personas me observaban.

Nobles y plebeyos, hechiceros, guerreros, comerciantes…

desde el rey de Helisea hasta un herrero con las manos ennegrecidas por el trabajo.

Entre la multitud distinguí a Keelan junto a Evelyn; sus rostros no mostraban júbilo, sino una silenciosa resignación.

Nadie se estremeció al verme. Nadie huyó ante mi apariencia monstruosa.

Todos aguardaron en silencio mientras avanzaba hacia el trono.

Allí, sobre un cojín de terciopelo, reposaba una corona de acero y magia.

Resplandecía con la intensidad de los sellos arcanos, el símbolo de un manipulador de objetos.

Ya no existían sumas sacerdotisas que coronaran a las reinas, así que me giré hacia Brunilda. Ella comprendió lo que deseaba antes de que hablara. Caminó hacia mí con paso firme y me colocó la corona. Cuando el metal tocó mi cabeza, la magia chisporroteó en el aire, viva, celebrando mi ascenso.

Me volví hacia la multitud. Todas las miradas estaban sobre mí.

Cala, entre risas silenciosas, murmuró algo sobre mi aspecto y el olor a sangre que me envolvía. Algunos me miraban con devoción, otros con temor… y muchos con ambas cosas.

—¡Larga vida a la reina de Gregdow! —rugieron al unísono.

El eco retumbó en el techo abovedado, y sentí que el mundo entero se inclinaba ante mí.

Me dejé caer en el trono. Estaba agotada, cubierta de sangre, pero en los rostros cansados y orgullosos de mis aliados hallé algo parecido a la paz.

Por primera vez en mucho tiempo, me sentí en casa.