Reino de bestias y poder (Nargrave 3) CAPÍTULO LIV
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CAPÍTULO LIV

ÉIRE

Entre la oscuridad, en medio de la niebla que no alcanzaba a tocar a nadie, se erguía un trono. Estaba hecho con los huesos de nuestros enemigos, forjado con venganza y sangre.

Gianna permanecía a su lado, rozando el respaldo con los dedos y dándome paso para que me sentara sobre él. Contuve un suspiro.

Por fin, quise decir. En lugar de hablar, extendí mi mano y toqué el hueso blanquecino del brazo del trono, sintiendo su aspereza fría contra mi piel. Cerré los ojos y dejé que aquella sensación de victoria me envolviera.

Ese era mi trono. El trono por el que había luchado durante tanto tiempo. Era enorme, imponente, casi monstruoso. Atemorizaba a quien lo mirase, y era precisamente allí donde debía sostenerme. Donde debía sentarme.

Me dejé caer sobre él y exhalé despacio. Gianna me observó con una sonrisa leve; su cabello cobrizo, desordenado y enmarañado, se agitaba con la bruma, y en sus ojos brillaba el orgullo más puro.

—Conseguiste lo que yo no, majestad —dijo el espíritu, tomando mis manos sobre los brazos del trono—. Por eso ha llegado mi hora. Perdona por haberte dañado, Éire, pero sabes lo necesario que era para nuestro pueblo que surgiera una soberana como tú.

La miré fijamente.

—No pidas perdón por dañarme. Quienes lo hicieron me forjaron. Ahora soy inquebrantable.

Gianna asintió y dejó un beso en mi frente. Su contacto fue tan suave como una brisa, y su piel se volvió translúcida, liberándose. Fue como ver a un alma en pena hallar por fin descanso.

Me dedicó una sonrisa apacible y comenzó a alejarse.

—Ha sido un honor conocerte, hechicera de las bestias. Nuestro camino juntas ha sido un viaje fascinante —murmuró—. Gracias por liberarme.

Su expresión se dulcificó. Por un instante, fue la misma mujer que vi en la visión de Serill, aquella que presenció el inicio a la guerra de los seis reinos. Parecía en paz.

Poco después, su forma se deshizo entre la niebla. Esta vez, la bruma era grisácea, ceniza pura que se arremolinó con el viento y se perdió en el cielo.

Me quedé allí, sentada y en silencio. Sentí que aquel era el final de mi travesía. Que, por fin, había encontrado mi lugar. No el más feliz, ni el más luminoso, pero sí el mío.

Y para como habían ocurrido las cosas, al menos seguía con vida.

Entre la niebla, una silueta comenzó a acercarse. No necesité verla del todo para saber quién era. Aun así, no me moví de mi trono. No iba a recibirlo en pie.

—¿Eres tú la hechicera de las bestias? ¿Por fin? —Rió con descaro frente a mí—. Jamás pensé que llegarías a serlo.

—¿Y tú? Pobre niño desterrado, obligado a huir de sus tierras.

Debió de ser una tragedia ver morir a tus padres sin poder hacer nada.

Solo correr, esconderte… ¿y luego qué? ¿Esperarme para añadir emoción a tu miserable existencia?

—Me reí con ironía—. Muéstrate cómo eres, de igual forma serás repugnante bajo cualquier rostro.

—Deberías cuidar tu lengua si quieres conservarla, Éire Güillemort.

—Su majestad, para ti —le advertí con calma.

—No podrás vencer sin tus bestias.

—¿Quieres comprobarlo? —repuse.

De mi mano surgió un destello grisáceo que se expandió como un látigo de luz. Lo lancé con precisión y él no alcanzó a esquivarlo. La magia lo envolvió, lo derribó y lo mantuvo postrado frente a mí, con la cabeza gacha, sostenido apenas por los codos y las rodillas.

—Esta guerra ya está decidida, usurpador.

En ese instante, una bynge emergió de entre los tentáculos de la oscuridad. Intentó abalanzarse sobre mí, pero fui más rápida al dominar su mente. Cuando comprendió que no podía escapar, buscó huir. No se lo permití.

—Vete con tus hermanas —susurré.

Ella asintió, y su voz, dulce y etérea, se deslizó en el aire.

—Saldaremos la deuda por habernos liberado, su majestad.

Aquellas palabras encendieron una chispa en mi pecho. Me había reconocido como reina, y ese gesto me conmovió.

Sin embargo, el razha no se rendiría tan fácil.

—Cuidado —se burló cuando una hebra oscura se enroscó en torno a mi cuello.

Boqueé, incapaz de respirar, y busqué mi magia. Sentía su presencia, pero parecía sepultada bajo capas invisibles que apenas podía levantar.

Él me observó y sonrió al notar mi confusión.

—Te falta conocimiento, niña. Las bynges han huido, sí, pero al entrar en tu mente se llevaron parte de tu poder. Ese fue el precio.

Negué con la cabeza, las lágrimas brotaron sin permiso. Mi magia no. No podían haberme arrebatado algo tan mío.

Pero aún la sentía, oculta, latente. Quizás solo estaría dormida por unas horas. Era demasiada como para que una parte tan pequeña desapareciera por completo. Aun así, aquella intrusión me dolió; era una violación a mi esencia.

Intenté respirar, pero el aire no acudió.

Entonces, un estruendo sobre nuestras cabezas quebró el silencio. Un aleteo poderoso cruzó la niebla. El hombre me soltó y yo caí de nuevo sobre el trono. Alzamos la mirada al unísono.

Eran ellos. Ñacús, quepaks, ruvs, cornoks, dankús, protectores, scrantés, dragones alzando el vuelo desde sus madrigueras, pulvras y kolbras. Incluso creí distinguir la sombra de alguna bynge entre la bruma.

A mi lado, un aminqueg se movió velozmente. No lo había invocado. No de forma consciente.

El gran dragón escarlata, aquel que una vez cabalgué, descendió con un rugido que hizo temblar el suelo. Se irguió frente al usurpador, amenazante. Si no retrocedía, lo despedazaría.

El hombre, ahora con su verdadero rostro —arrugado, desnudo, sin cabello, con los labios tensos—, me miró con desconcierto.

—Pensé que no los llamarías —dijo, incrédulo.

—Yo no lo hice. Ellos vinieron… a salvarme. A salvarnos.

Frunció el ceño, desconcertado.

—Ellos no aman, no entienden el concepto de salvar. Solo obedecen. Y…

No terminó. El rugido del dragón ahogó sus palabras. Retrocedió tambaleante y yo me enderecé en el trono.

—Parece que sí lo entienden —susurré—. A su verdadera reina.

Hice un gesto y el dragón se abalanzó sobre él. Lo desgarró con furia, y me deleité con cada grito, con cada estremecimiento de su voz.

La magia que había permanecido oculta comenzó a resurgir, trepando desde lo más profundo. La niebla se volvió más espesa, más oscura, casi sólida.

Mi cuerpo ardía. La energía brotaba de cada poro, la oscuridad cubría mis ojos, y no me opuse cuando un ñacú se inclinó ante mí para ofrecerme su lomo.

Me monté sobre él, sabiendo que el reinado de las bestias acababa de comenzar. Antes les temía. Ahora estaba montada sobre uno de ellos. Me adoraban como a su creadora.

No sentía el viento azotando mi rostro, pues la niebla lo contenía. Nos envolvía en una especie de caparazón donde nada ni nadie podía penetrar. No había frío ni calor, solo oscuridad y poder. Aquel era mi reino. Y lo sería para siempre. Un reino de bestias y poder.

El ñacú rugió, pero el sonido no me perturbó. En cambio, sentí cómo los cuerpos de los enemigos caían uno tras otro, y sus almas eran absorbidas por el bosque… por mí.

No me aferré a su piel oscura. Simplemente lo dejé guiarse por instinto, surcando el aire sobre el ejército.

Desde lo alto, lancé hebras de oscuridad y destellos de luz grisáceos con un movimiento preciso de mis manos.

Cada vez que la magia alcanzaba un objetivo, este caía sin oportunidad de defenderse.

Al hacerlo, absorbía la diminuta porción de poder que albergaba en su interior.

Porque todos, incluso los humanos más corrientes, conservaban un vestigio de magia heredada en alguna rama de su linaje.

El ñacú continuó rugiendo junto a sus hermanos, sembrando la destrucción a su paso. Miles perecieron bajo su sombra. Sin embargo, un dolor repentino atravesó mi pecho. Fue una punzada aguda, un presentimiento tan fuerte que me obligó a detener la embestida. Algo había ocurrido.

Habían disparado a alguien.

A Lucca, pensé, sin tener pruebas, pero con la certeza que solo da el instinto. El ñacú debió sentir lo mismo, porque descendió sin que se lo ordenara. Aterrizó entre el polvo y el humo, en un claro donde se oía un gemido débil.

Allí estaban. Audry sostenía a Lucca entre sus brazos, y Keelan buscaba al tirador entre los restos del combate. Ni siquiera me detuve a preguntar; corrí hacia ellos con desesperación.

Me arrodillé junto a Audry. Su rostro estaba bañado en lágrimas, resignado ante lo inevitable.

—Oye, pequeño vagabundo… —murmuré, tocando el rostro pálido de Lucca. Una flecha se hundía en su pecho, justo en el corazón.

Tragué saliva y acerqué mi frente a la suya, fría y húmeda.

—Éire está aquí, Lucca. Estoy aquí por ti —susurré, intentando mantenerlo consciente.

Miré de reojo a Audry; él negó en silencio. No podíamos hacer nada. Así que tomé el rostro de Lucca entre mis manos y besé su frente.

—Eres mi hermano, Lucca —dije con voz quebrada—. Y lo siento por no haber sido la mejor en mi labor.

Él sonrió débilmente, apenas un eco de lo que había sido su risa.

—Esta vez era mi deber protegerte… Está bien. Todo está bien, Éire.

Pero no lo estaba. Su piel se tornaba ceniza, su respiración era un hilo.

—¿Veneno de quepak? —pregunté, sin apartar la vista de él.

—Una buena dosis —respondió Audry, mirando a Keelan—. Según el príncipe, no hay antídoto posible.

Entonces supe que era cierto. Ni siquiera yo podía salvarlo. Lucca moriría.

—Te veré tras la muerte, pequeño vagabundo —susurré y lo sostuve con fuerza—. Espérame allí.

—Te esperaré toda la eternidad… —alcanzó a decir.

Lo abracé y sentí cómo sus lágrimas empapaban mi ropa. También las mías cayeron, aunque procuré ocultarlas. Debía mantenerme fuerte por él.

Y entonces lo supe. Lo comprendí justo cuando su corazón dejó de latir, cuando su mirada se apagó mirando un punto vacío en el horizonte. Supe quién lo había hecho.

Elevé la vista y la vi. Oculta entre las ramas, a lo lejos, observándome con una calma perturbadora. Nyliss. Sus ojos brillaban más que nunca.

Keelan la arrastró hasta mí, pero ella no opuso resistencia.

Audry intentó alcanzarla, pero lo detuve con un tirón de su túnica.

—¿Por qué? —pregunté simplemente.

Ella sonrió con tristeza. En sus ojos temblaban las lágrimas.

—¿Por qué? —repitió con una risa seca—. Tengo muchos motivos, Éire. El principal es que atacaste Helisea sabiendo que mi familia vivía allí. Dejaste que los monstruos arrasaran con todo, mientras en Zabia no hiciste nada. Solo infundiste miedo.

—¿Cómo sabes eso? —pregunté, mirando a Keelan. Él sostuvo mi mirada, y su expresión bastó para hacerme entender que no tenía culpa alguna.

—Eris me envió una carta —dijo Nyliss, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano.

—¿Y cómo no lo supe? Debí haberlo sentido… —murmuré, más para mí que para ellos.

—Porque confiabas en mí. —Rió entre sollozos. Su risa era vacía, casi enfermiza.

—Estás loca —murmuró Audry, y su voz se quebró—. Voy a matarte.

Esta vez no lo detuve. Permanecí arrodillada junto al cuerpo de Lucca, mientras el dolor me devoraba.

Nyliss rió de nuevo, aunque su llanto no cesaba. Las lágrimas se mezclaban con la sangre en sus labios, resbalaban por sus mejillas y se perdían en su pecho.

—Sabía que nunca ganaría una batalla cuerpo a cuerpo —confesó, mirándome con una serenidad que me heló—. Nunca lo hice. Pero ahora… ahora he ganado.

—¿En eso consistía todo? ¿En ganar? —pregunté, incrédula.

—¿En qué más podría consistir? —susurró, y su voz se quebró.

—Hija de perra… estás muerta —rugió Audry, abalanzándose sobre ella con la espada alzada.

Antes de que la hoja alcanzara su cuello, Nyliss habló entre carcajadas desgarradas.

—Me he tomado el resto del veneno, estúpido. No tendrás el placer de torturarme.

Audry gritó de rabia y hundió la espada en su abdomen. Ella cayó de rodillas y luego al suelo. Keelan no la sostuvo; simplemente se apartó. Audry siguió apuñalándola incluso después de que sus ojos se cerraran y el cuerpo quedara inmóvil, vacío de alma.

Yo miré a Lucca. Luego a Nyliss.

Y lloré.

Lloré hasta que el llanto se transformó en un grito desgarrador, uno que se mezcló con la niebla, con la tierra y con el ruido de la guerra que aún rugía en la distancia.

En ese instante comprendí que ya no quedaba esperanza.

Solo dolor.