CAPÍTULO LII
NYLISS
Solo fue un parpadeo lo que tardó Éire en despertar. Aun así, aquel breve instante pareció bastarle para comprender demasiado. La furia se dibujó en sus ojos y, con una sola mirada, pareció aplastar al hechicero y a Eris.
—Os habéis equivocado de hechicera —dijo con una voz tan fría y cargada de odio que bien pudo haberlos decapitado sin necesidad de tocarles.
Elevó una mano. De su palma surgieron destellos que danzaban entre el blanco más puro y el negro más profundo. Jamás había visto algo semejante. No tuve tiempo de preguntarme qué era, porque en un segundo apuntó hacia Evelyn.
Las hebras cenicientas que brotaron de su mano se enredaron en torno a ella, ahogándola por completo hasta que… desapareció. No cayó, no murió; simplemente se desvaneció, como si nunca hubiera estado allí, como si hubiese sido solo una ilusión.
Entonces, entre el ejército iriamno, distinguí unos ojos violetas inconfundibles. Brunilda. Debía haberse infiltrado entre una de las legiones para mantenerse lo bastante cerca como para intervenir en el momento preciso.
Eris ahogó una exclamación, y de pronto el caos se desató. Los soldados del ejército de Evelyn comenzaron a degollar a quienes habían sido sus propios compañeros, sin aviso ni piedad.
El estruendo de las espadas se vio interrumpido por el sonido seco de unas herraduras. Una figura esbelta, de cabello oscuro, desmontó de su corcel y retiró la capucha esmeralda que cubría su rostro. Era ella. La verdadera Evelyn.
—Te he subestimado, chiquilla —se reprochó Eris con una mueca amarga, justo antes de que la niebla se extendiera sobre el campo.
Esta vez, las bynges no detuvieron a Éire.
Me oculté entre la maleza, conteniendo la respiración. Aquella guerra no era la mía. No aún.
“El veneno de quepak, su bruma, es el único veneno que no puede ser curado”, me había dicho Keelan una vez. Ahora, mientras observaba el desastre a la distancia, recordé que llevaba conmigo un frasco que contenía aquella bruma letal y la baba de varios quepaks.
Esta vez, la victoria sería mía.
KEELAN
Aunque todo parecía perdido, aún existía una posibilidad. Era mínima, casi imposible, pero bastaba para mantenernos en pie. Éire seguía atrapada entre las bynges, sin saber siquiera dónde se encontraba, y la niebla del otro hechicero se extendía con fuerza, desmembrando a cualquiera que tocaba.
Aun así, no nos rendíamos. Luchábamos. Audry combatía a mi lado, con Lucca protegiéndola como un improvisado escudero. Apenas sabía blandir una espada, pero insistió en luchar, y nadie tuvo corazón para detenerlo.
El aire olía a hierro y ceniza. Las llamas devoraban los estandartes y los gritos se mezclaban con el retumbar de los cascos.
Vi cómo un soplo de fuego rozaba el rostro de Lucca, pero Audry lo apartó a tiempo.
Sus miradas se cruzaron, breves y cómplices, como si en medio del caos aún quedara un hilo de ternura entre ambos.
Apreté la empuñadura de mi espada y corté la cabeza de un soldado enemigo. No había espacio para el miedo, solo para resistir.
¿Dónde estaba Éire? Esa pregunta se repetía sin cesar en mi mente, hasta que una flecha surcó el aire y se clavó con precisión mortal en el pecho de Lucca.
EVELYN
—Quiero intentar luchar —le dije a Bastián mientras me guiaba con una mano entre las ramas y el follaje húmedo—. Al menos puedo curar a los heridos.
—Debo protegerte. ¿Qué sería de Aherian sin ti, Evelyn? —respondió con voz firme, sin soltar mi mano.
—¿Lo haces solo por tu juramento? —pregunté, mientras el ruido distante del combate se desvanecía entre los árboles.
Bastián apretó mi mano al ayudarme a descender por unas rocas. Su gesto era atento, pero la tensión lo envolvía.
—Sabes cuál es mi verdadera motivación —susurró.
Lo obligué a detenerse.
—No, no lo sé.
Él miró alrededor, vigilante, y tiró de mí para que siguiera. Pero me mantuve inmóvil.
—Dímelo, Bastián.
—Debemos marcharnos, majestad. Aún no estamos lo bastante lejos —insistió.
—Me casaría contigo si me lo pidieras —confesé sin pensar, sin saber por qué lo decía. Pero era cierto.
Mis palabras lo detuvieron al instante. Me miró con asombro, y en su silencio se mezclaban incredulidad y deseo contenido.
—Sabes que eso no es posible —murmuró.
—Solo tienes que pedírmelo —insistí, convencida. El pueblo podría murmurar, pero terminaría aceptándolo.
Bastián y yo siempre habíamos sido más que aliados.
Había en nosotros una atracción latente, una frontera que ambos sabíamos que cruzaríamos tarde o temprano.
Sus manos, cuando me enseñaba a tensar el arco, se quedaban demasiado tiempo sobre las mías.
Cuando entrenábamos con lanzas, su cuerpo rozaba el mío más de lo necesario.
Las miradas prolongadas, las palabras veladas, los abrazos breves pero intensos… todo apuntaba a lo mismo.
Creía amarlo. Creía que aquel vértigo en el pecho, esa respiración entrecortada cada vez que me miraba, eran señales de amor.
Pero él apartó la mano con determinación.
—No podemos, Evelyn. Estás hablando sin pensar, en medio de una situación que puede costarnos la vida. Debemos irnos. Luego hablaremos.
Asentí. Sabía que tenía razón.
Me dejé guiar por su mano, descendimos por la pendiente de roca húmeda, pero antes de llegar al final una flecha silbó hacia mí.
Bastián fue más rápido. Me empujó a un lado, apartándome de la trayectoria, aunque no logró evitar el impacto. La flecha no me alcanzó, pero a él le dio de lleno en el pecho.
Caímos rodando sobre la hierba fría y perlada de rocío. Cuando lo miré, el aire se me detuvo en la garganta. La flecha se había incrustado en la parte derecha de su esternón. No era el corazón. Aún no.
Más proyectiles siguieron cayendo, rozando mis tobillos y desgarrando los pliegues de mi capa. Lo arrastré como pude hasta un hueco de la tierra, apenas lo bastante grande para ocultarnos.
Corté con cuidado la pluma de la flecha, coloqué mis manos sobre la herida y dejé que los hilos esmeraldas de mi magia descendieran hacia el corte. Pero la energía se disipaba, absorbida por algo invisible. Mi poder se drenaba sin resultado. La herida seguía abierta, sangrante, implacable.
Aun así, continué intentándolo. Una y otra vez. Hasta que las fuerzas me abandonaron y la vista se me nubló. Debí desfallecer, porque escuché su voz débil, ronca, abriéndose paso entre los estertores.
—Las flechas iriamnas tienen veneno… —Tosió con fuerza, y un hilo de sangre salpicó mi barbilla—. Incurable.
—No, no. Nada es incurable. —Negué, temblando mientras posaba mis manos sobre su herida—. Puedo hacerlo. Solo necesito un momento. Un poco más y…
—Para, Evelyn. —Él alzó la mano y detuvo la mía. Mi magia se disipó al instante; los hilos luminosos se desvanecieron entre nosotros—. Solo… déjame descansar. Pronto nos iremos de aquí.
Negué con la cabeza. Contuve las lágrimas con esfuerzo. Si lloraba, lo haría real. Si las dejaba caer, significaría aceptar su sentencia. Así que no lloré. Seguiría intentándolo, aunque mis fuerzas se agotaran.
Me incliné de nuevo sobre él, decidida a canalizar mi energía, pero Bastián suspiró y movió la cabeza en una negativa débil, aunque firme.
—Bastián, no vas a recuperarte si no hago algo. Voy a volver a intentarlo. Ese veneno tiene que ser curable. Si es necesario, buscaré un ñacú y le arrancaré una gota de sudor, pero no voy a dejarte ir. No así.
Él esbozó una sonrisa cansada, casi tierna.
—Saca la flecha, Evelyn.
—¿Qué? No. Eso terminaría por matarte —dije, y en cuanto vi su mirada supe que no se trataba de una petición, sino de un deseo. No quería una agonía lenta. Quería acabar con el dolor.
—Sácala, por favor. Después, deja mi cuerpo fuera y huye lejos de aquí. Cúbrete de barro, usa mi ropa… No debe parecer que eres una noble.
—No voy a dejarte morir —murmuré, limpiando con furia una lágrima rebelde que se escapó de mis ojos.
—Es tarde para mí. Y morir así es un honor. —Su voz se quebró—. Me has dado una muerte digna, Evelyn, protegiendo a la reina… y protegiéndote a ti.
—No digas eso —le pedí entre sollozos, mientras las lágrimas caían sobre su chaqueta de cuero, mezclándose con su sangre.
—Te quiero, Evelyn. Con todo el fuego de mi corazón y el honor de mi alma.
No estás rota. No te rompieron aquel día.
Lo intentaron, pero no lo lograron. No eres un objeto que pueda quebrarse.
Solo necesitas recomponerte. —Tosió otra vez, y un hilo de sangre se deslizó por la comisura de sus labios—.
Sé que serás la mejor reina que haya gobernado Nargrave.
—Bastián, por favor, no cierres los ojos —supliqué, sosteniéndolo con ambas manos.
—Arranca la flecha, Evelyn.
—No.
—Hazlo.
El silencio que siguió pesó tanto como el aire antes de una tormenta.
Cerré los ojos y, sin darme tiempo a pensar, tiré con fuerza.
Bastián soltó un alarido que me atravesó el alma.
La sangre brotó con violencia, caliente y espesa, tiñendo mis manos.
Lo sostuve contra mí, presionando su pecho con desesperación.
Apenas tuve tiempo de acercarme y dejar un beso suave en la punta de su nariz. Entonces él elevó la cabeza y nuestros labios se encontraron. Su beso fue cálido, urgente, lleno de vida, como si quisiera grabar su existencia en la mía antes de partir.
Fue un contacto breve, pero en él se resumió la despedida, la promesa y el dolor.
—Te quiero —susurré. No supe si me oyó. Sus ojos ya estaban cerrados.
Me quedé inmóvil, abrazándolo. Sentí el peso de su cuerpo al perder toda fuerza. El silencio lo cubrió todo. El mundo, de pronto, se volvió más frío.
Lloré durante un largo rato, con el rostro hundido en su pecho. No había palabras, solo la sensación abrumadora de vacío. Pero no podía quedarme allí. No podía permitirme el lujo de morir junto a él.
Me incorporé a duras penas, con el cuerpo entumecido y las piernas temblorosas. Salí del hueco, tropezando entre las raíces y la tierra húmeda. Todo giraba a mi alrededor, como si el mundo se desmoronara conmigo dentro.
Bastián había muerto.
Mi madre, también.
Y mi padre… aunque no podía considerarlo como tal, hacía mucho que estaba muerto para mí.
No me quedaba nadie.