Reino de bestias y poder (Nargrave 3) CAPÍTULO LI
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CAPÍTULO LI

ERIS

Ahí estaban, justo frente a nosotros el ejército de aberraciones. Aquellas criaturas poseían la misma magia que había matado a mi madre, la misma que nos condenaría a todos. Y, aun así, como predijo el usurpador de Dave Daggen —mi esposo—, entre ellos no se distinguía ningún monstruo.

Él sonrió a mi lado, ocultando el rostro bajo una capucha.

Al otro lado permanecía Evelyn, con los ojos inquietos y los hombros encogidos.

Su figura parecía desvanecerse entre los nervios; ni siquiera el guardia que la escoltaba —Bastián, si no me equivocaba— le dirigía la mirada.

Todo lo demás era irrelevante. Solo importaban el inmenso ejército que se nos ofrecía y los millares de caballos que necesitábamos.

El sonido del trote quebró el silencio. El caballo de Éire, oscuro como los hollines, se acercó con paso firme.

Mantuve su mirada sin apartarme ni un instante.

Detrás de ella no venía nadie más, aunque sabía bien que la respaldaban los hechiceros, gente de Helisea, guerreros de Zabia y los suyos propios.

Era una alianza peligrosa. Aun así, no permití que la magnitud de su ejército me intimidara.

—¿Cómo está Cade? —preguntó con fingida inocencia. Las garras obsidianas comenzaron a extenderse sobre su rostro como si fueran un velo de oscuridad—. Ah, no te lo envié, ¿verdad?

Bufé, girando el anillo que se enroscaba en mi dedo índice. Me ponía de los nervios. Éire era atrevida, insolente, una mujer a medio crecer.

—No me gusta que se burlen de mí, Éire.

—No, aquí y ahora no soy Éire —replicó con desdén, chasqueando la lengua.

—¿Y entonces quién eres?

—La hechicera de las bestias.

Una carcajada escapó de mis labios.

—¿De verdad crees que eso es un título digno? —me burlé.

—Déjame demostrártelo, querida hermana —canturreó, sin el menor temor. Se atrevía a amenazarme incluso cuando sus guerreros estaban aún lejos, mientras los míos se hallaban a escasos pasos.

Entonces el cielo se oscureció. No fue solo la luna, que desapareció tras un espeso manto de nubes; también las estrellas se apagaron como llamas extinguidas, como si se les hubiese agotado la cera que las sostenía.

La niebla surgió de todas partes, del suelo, de sus manos, de su cabello y de los árboles que nos rodeaban.

Se extendió con rapidez, moviéndose con la obediencia de un animal adiestrado.

En pocos segundos, solo nos separaba un aliento de su sombra.

Era un aviso, una muestra de su poder, una forma ingeniosa de infundirnos miedo.

—¿Y tus monstruos, Éire? ¿No están aquí para salvarte esta vez? —inquirí, buscando herirla, pero la densidad de la niebla y su sofocante remolino de dolor me traicionaron. Soné como una niña molesta.

—No los necesito. No esta vez —respondió con serenidad—. Creo que ambas lo sabemos.

—Yo no estaría tan segura.

Su mirada se deslizó hacia Evelyn. No reflejaba odio ni enojo, solo indiferencia.

Esa frialdad me resultó más perturbadora que cualquier furia.

En un instante, la niebla comenzó a cerrarse sobre nosotros como una cápsula dispuesta a aplastarnos, pero Dave reaccionó antes de que pudiera hacerlo.

Con una simple mirada, la detuvo. Detuvo a Éire como si su magia no fuese más que un juego infantil.

Ella, sin embargo, no mostró miedo ni sorpresa, solo desconcierto. Fijó sus ojos en Dave, que había descubierto su rostro bajo la capucha, y murmuró:

—¿Cómo…?

Estaba casi sin aliento. No era el reconocimiento lo que la perturbaba, sino algo más profundo.

Entonces, vi las siluetas incorpóreas de las bynges emergiendo de la oscuridad.

Una docena, quizá más, observaba a Éire con una atención contenida, impidiéndole extender su poder.

Dave las había llamado, y ellas lo obedecían. No sabía qué habría prometido a cambio.

—Te lo dije, Éire —dijo él con una voz que se arrastraba como veneno—.

Soy viejo, tan viejo como las bynges. Los razha poderosos como tú y como yo no mueren de vejez.

No todos los monstruos te pertenecen, y eso significa que puedes perder.

¿Te asusta eso, mmm? —Humedeció su labio superior en un gesto repulsivo—. Veamos qué te asusta, niña tonta.

ÉIRE

Todo era oscuridad. Ni siquiera eso: era vacío. Estaba atrapada, y a tientas buscaba una salida, pero no había nada. Ninguna forma, ningún sonido, ningún olor. Ni siquiera sentía mi propio cuerpo. No los oía a ellos, tampoco a Gianna. ¿Me habían arrebatado los sentidos o acaso ya había muerto?

Entonces escuché un llanto. Un sollozo débil, el de una niña. Era un llanto oprimido, como si se acurrucara con la cabeza entre las rodillas para esconder su tristeza. Quizás temía ser castigada por sentir, porque sentir la hacía débil.

La busqué. Grité su nombre, pero mi voz solo consiguió espantarla. El llanto se apagó y me envolvió de nuevo el silencio. Tal vez nunca existió, tal vez solo era un llanto para confundir mi mente y empujarme a la locura.

Entonces una pequeña mano tiró de mi manga.

—¿Podrías ayudarme? —preguntó una voz rota.

No quise girarme. No quería que viera mi rostro monstruoso.

No deseaba asustarla, aunque sabía que lo haría si me miraba. Quizás ese era mi castigo. Lo comprendí enseguida. Y cuando escapara de esa ilusión, destrozaría a las bynges y al hechicero razha que las había invocado. Los aplastaría hasta reducirlos a niebla. Nada quedaría de ellos.

—¿Podrías…? —La niña sorbió la nariz; su voz se quebró—. ¿Podrías abrazarme? Mamá no lo hace demasiado, y papá… ya no está. Dicen que los dioses lo recibirán con honor, pero creo que eso es solo palabrería para niños tontos. Y yo no soy tonta.

Sonreí con tristeza, aun dándole la espalda.

—Claro que no lo eres. Esas mentiras solo las creen los adultos. Tú eres más inteligente que todos ellos, y algún día lo entenderás.

—Si mamá lo cree, debe ser verdad, ¿no?

—Mamá piensa que eres un monstruo, y no lo eres, ¿verdad?

La niña guardó silencio unos segundos.

—No lo sé.

—¿Tienes escamas, garras o un pelaje espeso? —pregunté, notando la calidez de su pequeña mano aferrada a mi manga.

—No, eso no.

—Entonces no eres un monstruo. Eres mejor que todos ellos, y eso es lo que les asusta.

—¿Y tú? ¿Por qué no quieres mirarme? —dijo con un hilo de voz. Moqueaba entre palabra y palabra. Su voz era frágil, cansada.

—Porque no me verás. Aquí todo está demasiado oscuro.

En ese momento, el entorno cambió. El vacío se desvaneció y nos encontramos en el calabozo de Aherian, el mismo donde Idelia había muerto.

No quedaban rastros de sangre ni manchas en las paredes; todo estaba limpio, silencioso, casi inmaculado.

La tenue luz que entraba por la estrecha ventana apenas iluminaba el lugar, pero bastaba para que ella pudiera verme.

No quise girarme. De veras que no. Sin embargo, los tirones en mi manga se hicieron más insistentes, y su llanto más desesperado. Necesitaba ayuda.

Entonces me volví, dispuesta a darle un abrazo.

Cuando me vio, su expresión cambió por completo.

El terror la paralizó, los labios le temblaron como si la piel se helara, los ojos se apagaron y las manos, diminutas, comenzaron a tiritar.

Dejó de tocarme de pronto, como si mi contacto le quemara.

Se estremeció y retrocedió a trompicones hasta quedar pegada a las rejas; aun así, estas no se abrieron.

—Espera, espera. No es lo que parece. Es pintura, solo pintura —supliqué, desesperada, frotándome con fuerza las mejillas para ocultar aquellas marcas que la horrorizaban—. Por favor, escúchame.

La niña evitó mi mirada, se dejó caer de rodillas y su llanto se elevó, más intenso, más desgarrador.

Entonces sentí el tacto frío y huesudo de unos dedos sobre mi hombro. Su voz, melodiosa y gélida, se deslizó junto a mi oído como un hilo al enhebrarse.

—No solo ve tu rostro; ve todo lo que hiciste. Siente tu dolor.

La niña no la percibía, pero yo supe de inmediato que la bynge estaba detrás de mí.

Sacudí la cabeza para intentar despejar la visión, pero las imágenes se sucedieron sin clemencia.

Aparecieron frente a mí como cuadros que se pintaban en tiempo real: el aliento del dragón que arrasó Gregdow y dejó cuerpos calcinados; los guerreros que saquearon y violaron a mujeres en los poblados de Iriam; los niños y hechiceros muertos en el templo porque yo no actué a tiempo; las criadas de Ashania Minceust, halladas muertas una tras otra; la muerte de Asha; el padre que solo quiso ayudar a su hijo y al que yo maté.

Cada escena se grabó con un detalle insoportable, como si alguien estuviera tallando la verdad directamente sobre mi pecho.

Soporté los gritos, los lamentos y las súplicas que surgían de esas imágenes hasta que ya no pude más y caí rendida al suelo.

Las lágrimas surcaban mis mejillas con fuerza, me faltaba el aire.

Sostuve el pecho; el dolor era profundo, como una quemadura que no remitía.

—Perdóname, tienes que perdonarme —le supliqué a esa niña de mejillas húmedas, tratando de que mis palabras alcanzaran algo que aún fuera humano en ella.

—Soy un monstruo. Me he convertido en lo que mamá más temía, pero yo… no soy malvada —se dijo a sí misma, en un intento de convencer a su propio corazón.

—Tú y yo no somos lo mismo. Han pasado cosas —respondí con la voz quebrada—. Nuestra vida nunca fue fácil y quizá empeorará. No puedes odiarme, niña.

Elevé la mano para tocarla; la mía tembló y, al sentirlo, ella se apartó.

—Me odio —confesó— y te odio a ti aún más, porque nos convertirás en lo que siempre aborrecimos.

Rió entre sollozos.

—Yo quería aventura, luchar contra quienes hacen daño, matar monstruos. Quería emoción, pero no quería ser una asesina.

—Te quiero, Éire Gwen. Nunca lo olvides. A mí, a ti, siempre nos tendrás.

Negó con la cabeza y, en un instante, se desvaneció justo cuando iba a acariciar su pómulo. La niebla se deshilachó entre mis dedos y no pude contener un gemido.

—No éramos asesinas, hechicera. No matábamos a inocentes —farfulló una voz detrás de mí. La reconocí, era la joven Éire que había huido de su magia y de Gianna.

Ya no estábamos en el calabozo; estábamos en Thard, el lugar que yo misma había destruido meses atrás por culpa de Gianna.

Me incorporé y la miré. Su trenza descuidada y su rostro desafiante trajeron recuerdos que dolían.

La túnica le colgaba sucia y desabotonada; en el interior del muslo llevaba la daga con la que yo maté a Idelia.

—Tú mataste a nuestro pueblo cuando escapaste con el cuerpo de Keelan. Deberías haber puesto fin a esto entonces —mascullé—. En lugar de eso, despreciaste tu magia y permitiste que un espíritu tomara el control. Fuiste imprudente.

Ella no se acercó; frunció el ceño hasta que su cicatriz se marcó.

—Fueron accidentes.

—Eso no devuelve a la gente.

—La magia te ha corrompido, Éire. Eso es lo que dicen.

—La magia no me corrompió. La abracé y me dio el poder para doblegar a mis enemigos. —Mi voz sonó más firme de lo que me sentía.

—Has arruinado vidas, hechicera de las bestias, y no muestras arrepentimiento.

Di un paso hacia ella.

—¿Por qué debería arrepentirme? Todos se preocupan cuando una princesa se ve envuelta en un escándalo, cuando un niño se hiere o alguien es asesinado; pero cuando soy yo, ¿quién se preocupó por mí?

Cuando una mujer tiene una magia aborrecible, un rostro marcado y no tiene padres, ¿quién se interesa por el maltrato, la humillación y los intentos de matarla?

—Nadie —asintió a regañadientes. No parecía del todo segura de haber hecho bien en admitirlo.

—Confiastéis en nuestro enemigo, hiciste un pacto con una extraña y nos traicionaron.

Si la hechicera de las bestias no hubiera nacido, ¿habrías podido con todo esto?

Tenías miedo de reinar, miedo de que te temieran; te dejaron controlada por hombres.

¿Y ahora vienes a darme lecciones? Yo hice lo necesario.

Me fortalecí en el momento justo y llevo en mi conciencia lo que tú dejaste pasar: si esos hechiceros murieron en la Ladera de los Carámbanos fue por tu inacción. No actuaste cuando debías.

No pronunció palabras de odio; tan solo asintió y se desvaneció. Limpié las lágrimas con rabia y sentí la magia chisporrotear en la piel, en los labios, en las piernas, en cada fibra de mi ser, incluso en la tela que llevaba puesta. Necesitaba dejarla marchar. Necesitaba dejarme marchar.

La niebla lo cubrió todo y Thard se desvaneció. No desperté en medio del campo de batalla; regresé a la nada. Unas manos heladas sujetaron mi rostro con fuerza. Eran gruesas, portaban un poder puro y antiguo, superior al de la madera de Gregdow.

—Elige, niña, acaba con ellos y con cada templo de los falsos dioses, o sacrifica tu vida y muere como heroína.

Como todos esperan de ti. Tal vez así se sentirán orgullosos.

—Su voz fue una sentencia—. Si no lo haces tú, otra persona cargará con tu poder y con la culpa.

¿Estás dispuesta a hacer lo que haga falta por tu trono?

¿A ser la reina que se esperaba que fueras?

Frente a mí se ofrecían dos caminos, una vida honrada y un final digno, la memoria de una heroína; o el poder absoluto, la justicia que tanto había buscado, pero pagada con la mirada de quienes amaba: Keelan, Audry, Lucca, Nyliss, Cala.

¿Podía soportar ese peso? ¿Soportaría que me miraran con recelo y temor?

Alcé la vista con resolución y respondí:

—Ahora estoy dispuesta a todo. Dame más poder, Gregdow.

Había oído hablar de Gregdow, «el final de los razha». Nunca imaginé que yo sería el instrumento del epicentro de la magia. Pero una cosa resultó evidente y era que no podía haber elegido mejor.