Reino de bestias y poder (Nargrave 3) CAPÍTULO L
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CAPÍTULO L

ÉIRE

Siempre me había gustado la adrenalina. Adoraba ese vértigo que se apoderaba del pecho y atenazaba la garganta minutos antes de una batalla.

Aunque aún no había llegado el momento, me sentía impaciente, casi exaltada.

La celebración de la víspera del último día debía mantenerse en pie.

Si quería a mis hombres con el espíritu en alto, ansiosos de gloria y convencidos de que la alcanzarían, aquella fiesta no podía cancelarse.

Necesitaban esperanza, no miedo. Por eso, las ceremonias, los cánticos y todo el despliegue simbólico debían continuar.

—No quiero corsé, Cala. Busca algo ligero, pero de un tono azul reluciente. Ese será el color de nuestro reino, el color de la gloria y de la calma. El brillante color de la victoria.

Cala asintió y comenzó a revolver los cajones de mi cómoda.

No estaba segura de que encontrara algo que encajara con mi petición, aunque sabía que debía de haber más vestidos de los que imaginaba.

La doncella había llenado aquel mueble con prendas majestuosas, túnicas de botones brocados y telas dignas de una suma sacerdotisa.

Tardó menos de lo que esperaba en hallar el vestido perfecto. Cuando lo sostuvo frente a mí, un destello de memoria me atravesó con violencia. El diseño se asemejaba demasiado al que había usado la noche en que maté a Idelia. A mi madre.

Inspiré hondo y obligué a mi rostro a dibujar una sonrisa amplia y serena.

—Exactamente como lo quería —afirmé, fingiendo naturalidad.

Cuando el vestido cayó por mi cuerpo, sentí el roce del tul deslizándose por mis piernas.

La falda se movía con la brisa que entraba por la ventana, ondeando como un manto líquido.

El escote era recto y ceñía mis hombros con precisión, y formaba una línea limpia hasta mis brazos, donde unos finos tirantes de seda sostenían el tejido.

En torno a ellos, se acumulaban ligeros pliegues de tul que se disipaban con elegancia hasta el cuello.

No brillaba por piedras ni adornos ya que su sencillez era su poder.

El color, un azul ópalo profundo, parecía contener su propia luz.

Recordaba a una piedra pulida y translúcida, tan rica en matices que una podía perderse en ellos, como quien contempla una constelación.

Cala, tras de mí, me observaba a través del espejo.

Su mirada lo decía todo, me veía como una reina.

No una guerrera, sino una soberana. Y aunque en el fondo prefería la rudeza del cuero y el peso familiar de mis botas, comprendía la importancia del símbolo.

Que me viesen como su reina era esencial.

Me senté ante el tocador y permití que Cala pasara el cepillo por mi cabello oscuro. Cada mechón se deslizaba entre las cerdas con un sonido leve, casi hipnótico. Fue entonces cuando habló.

—Espero que todo ocurra como deseas, Éire. Quería decirte también que, con el tiempo, he llegado a considerarte una amiga. Te agradezco que me hayas brindado tu amabilidad, un hogar y un propósito.

Le sonreí a través del espejo.

—No digas ahora lo que no dijiste antes por temor a no poder hacerlo más. Esta noche todo saldrá como debe, y tú formarás parte de mi corte, Cala. Has sido buena compañía y eso vale más de lo que imaginas. No cualquiera habría soportado mis arrebatos sin maldecir mi nombre.

Ella bajó la cabeza, sonriendo con timidez, y reanudó su tarea, pasando el cepillo con delicadeza.

♣

La noche se acercaba, y con ella la oscuridad y el rumor expectante de la fiesta. Las hogueras ardían en el patio del templo; el aire olía a salvia y a musgo fresco. Las espadas, antes cubiertas con ramas sagradas, reposaban ahora sobre el altar, justo frente a las estatuillas de la tríada.

Cada una de aquellas figuras carecía de rostro, pero su presencia era inconfundible.

Kerönhe emanaba una fuerza primitiva. Su estatuilla, la más imponente, tenía una postura despreocupada, casi tediosa, como la de una bestia cansada de su propia naturaleza salvaje.

Vignís, en cambio, era pura elegancia. Su figura verde menta irradiaba serenidad. Permanecía erguida, observando a quienes se inclinaban ante ella con una expresión que parecía más analítica que piadosa.

En el centro se hallaba Cristea. En el pedestal podía leerse: Madre de todos.

Estaba sentada en un trono de madera sin tallar, con el cabello largo y rizado, las cuencas vacías, insondables.

No tenía rostro. Su figura no había sido pintada ni detallada.

Nadie debía tocarla. Ella estaba por encima de todo.

Yo sí la toqué.

Me aseguré de que nadie me observara antes de acercar mis manos a su cuello. Mis dedos se cerraron con firmeza alrededor de la madera.

—Si tú me diste esta vida —susurré—, espérame en el círculo. Porque te juro que te mataré, maldita zorra.

La solté con desprecio. Aquel trono debía ser mío. No el suyo. A mí debían levantar estatuillas, no a ellos. Yo merecía los rezos, las ofrendas y la gloria.

—Espero que estéis disfrutando de esta magnífica velada para festejar nuestra victoria aún no conseguida —anuncié en voz alta mientras proyectaba mi voz sobre la multitud congregada.

Algunos se rieron ante mi ironía.

—Nunca creí en los dioses —proseguí—, porque estoy convencida de que nosotros somos lo más cercano a una divinidad. Si los dioses existieran, serían humanos.

Un murmullo recorrió la sala. Hubo exclamaciones de escándalo, pero no me detuve.

—¿Por qué quienes nos crearon nos enseñarían a odiar a los razha, a los nigromantes o a los temporales?

Porque ellos no los hicieron. Porque no soportan que alguien sea más poderoso que ellos.

—Tomé la estatuilla de Vignís sin ocultarlo—.

Un humano creó esto para controlarnos. ¿Puedes manipular el tiempo como ella?

Entonces, si controlas el tiempo como ella, muere por ello.

—Apreté la figura entre mis dedos hasta convertirla en niebla.

Esta vez, apenas hubo gritos. Algunos comenzaban a entender.

—Oh, salvaje Kerönhe —dije, sujetando la siguiente figura—. ¿Por qué crear razha para después exterminarlos? Quizá todo fue una artimaña humana para deshacerse de los monstruos a través de tu falsa imagen.

Lo deshice también en oscuridad. Varias cabezas se alzaron hacia el techo, esperando un castigo divino que nunca llegó.

Entonces comprendí que me escuchaban. Que mis palabras, al fin, les interesaban.

Y así, llegué ante Cristea.

—Ella se deshizo de los Nigromantes. Seres de un poder tan vasto que ningún humano podía controlarlos.

Las lágrimas de Normagrovk existen gracias al alma en pena de Nascha.

¿Por qué dejarían que siguiera salvando vidas si los dioses deseaban acabar con ello?

Quizá porque los humanos carecen del poder para detenerlo —murmuré.

Sentí cómo mi magia rugía con creciente fuerza en mi vientre—.

Otra mentira más para acabar con nosotros y hacer que nuestra gente lo acepte con complacencia.

La estatuilla de Cristea no solo se desvaneció sobre la palma de mi mano, antes de eso la hice añicos y la lancé con violencia frente a mis pies.

Ahora esa diosa inexistente yacía destrozada ante mí, del mismo modo en que tantas veces lo estuve yo de niña mientras suplicaba que mi madre me amara, pidiéndole que pusiera fin a mi dolor.

Segundos después, Cristea desapareció por completo.

Alcé la mirada hacia todos los presentes. Esperaba una reacción, cualquier respuesta. No sabía si mi discurso había valido la pena o si solo los había confundido y desalentado antes de la batalla. Sin embargo, no había podido contenerme. Hablar mientras me escuchaban era casi embriagador.

De ser invisible había pasado a ocupar el centro de atención. A muchos no les agradaría; a mí, hasta hacía unos meses, tampoco. Pero ahora lo adoraba.

Entonces vi cómo las miradas se transformaban, unas se endurecían con determinación, otras se perdían absortas en los altares vacíos, en las armas apiladas frente a simples restos de madera.

Solo necesité un gesto para que, sobre aquellos altares, surgiera una bandera luminosa. Un estandarte azul, con la imagen de Ojitos grabada sobre seda cobalto.

—Creed en Gregdow. En la nueva era. En mí —proclamé.

Mi voz sonó firme y templada, tan convincente que incluso yo habría deseado inclinarme ante mis propias palabras.

En ese instante, algunos sonrieron; otros asintieron, y varios se adelantaron con sus armas para colocarlas en el altar improvisado.

Cada hombre y mujer que se acercaba se arrodillaba antes frente a mí.

—Juro lealtad a Gregdow y, con él, a su reina Éire Güillemort Gwen, la hechicera de las bestias, descendiente de Gianna Ragnac y justa heredera al trono de Iriam; salvadora de los seres mágicos, creadora de las criaturas razha y verdadera reina de los hechiceros y los monstruos —repetían, uno tras otro, proclamando el juramento con solemnidad.

Mi corazón palpitó con fuerza, cálido, orgulloso.

Aquellos títulos eran míos. No eran herencia ni reflejo de mis padres. Yo los había forjado. Me pertenecían.

Por fin pude suspirar. Y cuando mi mirada se cruzó con la de Keelan, que permanecía cerca del altar, ambos lo comprendimos, ya no era la hija de Idelia Gwen. Mi nombre había dejado de ser una sombra.

No tuve tiempo de asimilarlo cuando Audry se arrodilló frente a mí, a una distancia prudente, con la espada apoyada sobre sus manos. Sus ojos estaban fijos en los míos, y supe lo que haría incluso antes de que hablara.

No lo detuve.

—Juro lealtad a Gregdow y, con él, a su reina Éire Güillemort Gwen, la hechicera de las bestias, descendiente de Gianna Ragnac y justa heredera al trono de Iriam; salvadora de los seres mágicos, creadora de las criaturas razha y verdadera reina de los hechiceros y los monstruos —repitió, pero no de forma mecánica.

Enfatizó cada palabra, sintiéndola, dejándola quebrar su voz—.

Y, si vos me lo permitís, juraría ante la mirada de la magia pura de Gregdow protegerla día y noche como su guardián. Como su guardia personal.

Tragué saliva. Habíamos hablado de ello antes; tenía otros planes. No debía permanecer a mi lado. Pero se mostraba tan decidido, tan convencido, que fui incapaz de negarme.

Asentí, conteniendo la emoción. Una hebra de oscuridad se deslizó por su cuello, dejando la marca del estandarte, no una herida, sino una ilusión tenue, símbolo de su juramento.

Audry no ocultó su emoción; sus ojos se llenaron de lágrimas. Apenas se apartó, comenzaron a avanzar más hombres y mujeres, hincando las rodillas y repitiendo su voto de fidelidad.

Brunilda fue una de las primeras en pedirme ser parte de mi guardia personal. Algunos buenos guerreros la siguieron. Ni Haakon ni Nyliss lo hicieron. De hecho, a ella no la había visto en toda la fiesta.

Lucca sería mi mano derecha. Me ayudaría a escribir las leyes. Audry y Brunilda las harían cumplir, pues pensaba nombrarla subcomandante de mi ejército. Cala permanecería como mi doncella.

Aún necesitaba tesoreros y consejeros de confianza, pero el tiempo se encargaría de consolidar ese círculo.

No alcancé a escuchar muchos más juramentos cuando Keelan cayó de rodillas ante mí, con la cabeza erguida y una rodilla apoyada en el suelo, casi como si fuera a pedirme la mano.

Repitió el juramento con voz firme, y sus labios se movían con una rapidez cargada de emoción, como si aquellas palabras fueran la mayor de las bendiciones. El orgullo resplandecía en sus ojos, y aquello alteró el pulso de mi sangre.

Entonces tomó mi mano entre las suyas y dijo con fuerza, para que todos lo oyeran:

—¿Me concedería un primer baile, su majestad?

Sonreí.

—Oh, con mucho gusto —respondí, sintiéndome, por un instante, como una muchacha en su primer vestido de gala, buscando un buen compañero… aunque ya lo tuviera.

Keelan me ayudó a bajar los escalones y me hizo girar entre sus brazos.

Esta vez, su baile no fue torpe. Cuando me pisaba, apretaba un poco más mi cintura, pidiendo perdón sin palabras.

Cada giro, cada paso, cada mirada compartida tenía un significado nuevo.

No eran gestos de deseo reprimido, sino de un afecto profundo, contradictorio, hermoso y trágico.

Por mucho que aquel baile me acercara a él, sabía que podía ser la última vez que lo tocara. Que mis dedos rozaran su mentón o su mano se deslizara por mi cadera con esa mezcla de inocencia y devoción.

Podía ser la última vez que viera sus ojos ámbar brillar con esa intensidad que solo conocen los que aman sin medida.

Acaricié su rostro y apoyé mi frente contra la suya.

—Te amo, hijo de Symond —susurré, sin aliento. No por el baile, sino por el peso de todo lo que sentía.

—Yo también te amo, hechicera. Siempre.