Reino de bestias y poder (Nargrave 3) CAPÍTULO XVII #2
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CAPÍTULO XVII #2

—No necesitas mi ayuda para revivirlo. Sabes cómo hacerlo. La única manera de acceder a la magia de la resurrección en estas tierras es contactar con un nigromante.

—Pero todos están muertos —objeté.

—Curioso que lo digas tú, cuando ambas sabemos que ya has hablado con un alma en pena.

Mis ojos se abrieron de par en par. ¿Cómo no había pensado en eso antes?

Debía contactar con el espíritu de la única nigromante que conocía, el de Nascha.

El problema era que su espíritu descansaba en las profundidades bajo el acantilado, en un río hostil con condiciones casi inhumanas.

¿Cómo podría hacerlo sin arriesgar mi vida?

—Debo lanzarme al vacío desde Normagrovk, ¿verdad? —pregunté, y aunque conocía la respuesta necesitaba escucharla de sus labios.

—Así es. O bien esperar hasta el próximo solsticio de verano y rezar para que una de sus lágrimas te conceda el deseo. Sin embargo, deduzco que mantener intacto el cuerpo del príncipe implicaría un costo demasiado alto como para retrasarlo más.

No asentí. Ella sabía que mi respuesta era afirmativa.

Ella sabía con certeza que lo era, tan solo hondaba en aquellos hechos porque sabían que podían llegar a lastimarme.

Aun así, no lo hacían. Durante meses había pagado un precio cada día.

Aunque los recuerdos perdidos se escaparan de mí, sentía el vacío en el pecho profundizar con cada amanecer.

—Ahora que ya tengo mis respuestas, es hora de regresar al campamento —concluí—. Y entiendo que habrás previsto que debes acompañarnos.

Esta vez reaccionó como esperaba. Negó débilmente con la cabeza y acarició a Lulú, que acababa de saltar a su regazo.

—Me quedaré aquí, pase lo que pase. Este siempre será mi hogar, y sufriré igual que él.

—Es lo más estúpido que he oído —bufé, encogiéndome de hombros—. Pero es tu decisión, y no me importas lo suficiente como para obligarte a venir. Aun así, espero que no creas que eso me detendrá, porque voy a quemar este bosque.

Y era cierto. Lo haría. Debía reducirlo a un terreno cenizo y oscuro, donde no creciera un solo árbol capaz de generar armas mágicas contra los seres no humanos.

No podía permitir que la vegetación de Gregdow cayera en manos equivocadas, como las de Eris, porque eso significaría contribuir a la extinción de varias razas.

Incluida la mía.

—Al menos deseo que esto te haga comprender por qué debes abandonar el poder que Gianna te confió.

—¿Y por qué debería hacerlo? —pregunté, divertida. Lulú se lanzó ágilmente hacia la mesa, siseando en mi dirección apenas un instante antes de enterrar los bigotes en mi plato.

—Porque mientras más lo conservas, más te consume el espíritu de Gianna. Si derrotas a un villano obligando a seres a seguirte en contra de su voluntad, ¿eso te hace mejor que él? —Su pregunta me sorprendió.

Sabía que no era justo forzar a los monstruos razha a obedecer, pero ellos tampoco eran seres evolucionados capaces de entender el porqué.

La mayoría actuaba por instinto, como animales comunes, y eso me había convencido de que mis acciones eran lógicas.

Aun así, Serill tenía razón. No había honor en lo que hacía.

—Y según tú, ¿cómo ganaría sin la magia de Gianna?

—Eres una temporal —dijo con obviedad, como si no comprendiera que yo misma había olvidado aquello. Inevitablemente, solté una carcajada burlona.

—Sí, todo ese discurso sobre aceptación está bien, pero resulta conformista. No voy a abandonar este poder, porque es tan mío como lo fue de los otros razha.

—Aunque no quieras hacerlo, debes hacerlo. Mientras haya un solo razha vivo en Nargrave, los monstruos siempre podrán ser eliminados o sublevados. Si de veras defiendes sus derechos, termina con esa coacción y renuncia a la magia que solo pertenece al bosque.

Tragué saliva con esfuerzo, sintiendo una punzada en el fondo del pecho.

No quería continuar por ese camino, porque sabía que nunca llegaríamos a un acuerdo.

Ella siempre estaría segura de que yo no podría mantener el equilibrio de mi poder, y yo estaba convencida de que, tras esta guerra, nunca más volvería a adentrarme en la mente de un monstruo.

Con el tiempo, el linaje razha desaparecería y las criaturas mágicas ya no serían amenazadas, pero no era justo pedirme que abandonara mi poder.

No cuando cualquier tipo de magia podía ser un arma mortal.

Pero, al parecer, solo persistía la estigmatización hacia la casa razha.

—Le daré recuerdos a Keelan de tu parte —le dije a Serill. Tras eso, me levanté del asiento y golpeé con fuerza la puerta de la habitación donde se encontraba Asha.

Deseaba marcharme con urgencia; el techo parecía cada vez más bajo y la habitación, más claustrofóbica. En cuanto pusiera un pie fuera de allí, podría besar la tierra como si no la hubiera tocado en años.

—Espero que estés segura de lo que haces, porque cavar tu propia tumba debe ser agotador —comentó la vieja, apoyándose en su bastón, mientras la falda de su vestido oscilaba sobre los dedos de sus pies.

—Créeme, es mucho menos satisfactorio dejar que te la caven otros —repliqué, con un hilo de desafío en la voz.