Reino de bestias y poder (Nargrave 3) CAPÍTULO XVII
30%

CAPÍTULO XVII

ÉIRE

Aterricé sobre el asiento tapizado de la casa de Serill, arrastrando un cuenco rebosante de patatas cocidas con legumbres. Justo por encima del guiso, Serill espolvoreó una pizca de pimentón mientras tomaba un mendrugo de pan y le daba un mordisco.

—He oído que recientemente Eris ha atacado Güíjar —comentó la anciana, mientras tomaba una patata con migas de su panecillo—.

Es curioso que la reina de Iriam decida iniciar una guerra contra Evelyn después de haberla dejado ir hace unos meses, provocando disturbios en la capital y conspiraciones entre los nobles para sacarla del trono.

Me esforcé por no intercambiar mirada con la elaboradora.

Habíamos sembrado dudas en la mente de los ciudadanos; ahora debían cuestionar la legitimidad de Eris como gobernante.

Si lográbamos que la aristocracia y la baja clase social comenzaran a dudar, ni siquiera sería necesario convencerlos de que yo era una mejor opción.

—Es bastante curioso, sí —asentí, tragando con esfuerzo unas legumbres. Limpié el sudor de la frente, pero el calor seguía acosándome—. ¿Y cómo sabes eso?

Sus ojos brillaron con una intensidad peligrosa. Apenas conocía a mi tía, pero podía afirmar que cada gesto suyo parecía ocultar un pensamiento malicioso o una intención secreta. Era como si siempre estuviera un paso por delante, anticipando lo que uno pensaba, incluso cuando no debería.

—Mucha gente pasa por aquí. Al fin y al cabo, es el punto de encuentro de los cinco reinos. Mercaderes y buhoneros atraviesan este bosque constantemente, así que si prestas atención, puedes descubrir ciertas cosas.

Asha carraspeó y limpió la comisura de su labio con un pañuelo. Ambas aún teníamos el cabello revuelto tras el viaje por los túneles del dragón, aunque ella había logrado mantener sus trenzas casi intactas, protegidas bajo sedas pajizas.

—Adelante, decidme, ¿qué hacéis aquí? —La anciana nos miró fijamente, pasando la lengua por sus finos labios y encías.

Desde que llegamos, mi tía había hablado más con Ashania Minceust que conmigo, interesándose genuinamente en su familia.

A mí, apenas me dirigió un par de miradas y ordenó que alejara a mi dragón de Lulú.

Lo había hecho. El monstruo escarlata permanecía a mis pies, quieto, atento a mis movimientos.

Miré a Asha, pidiéndole silenciosamente que nos dejara a solas. La mujer de piel ébano asintió una sola vez y arrastró la silla hacia atrás, retirándose hacia el pasillo. Lo último que percibí de ella antes de desaparecer fue el roce de su falda ligera contra los talones.

—Se te ve fatigada. ¿Quieres una copa? —Su voz parecía desinteresada, pero ambas sabíamos que era una evaluación.

Parecía intuir que no podía beber alcohol.

Ni siquiera quería preguntarle de nuevo sobre sus fuentes, ni sobre mi desintoxicación.

Al fin y al cabo, no obtendría respuesta; su clarividencia era evidente.

Miré a mi tía con un desagrado apenas disimulado.

—No bebo. Ya no —respondí con rapidez, notando de inmediato el leve temblor de mi voz—. Pero eso no importa ahora. He venido a hablar de Keelan.

—Mmm, sí, el príncipe. He oído que vuestra relación se ha estrechado recientemente.

Clavé la mirada en su rostro con intensidad.

—¿Cómo lo revivo, Serill? —pregunté sin rodeos.

—Este es un asunto delicado y pantanoso. No deberías indagar en cosas que te sobrepasan, niña.

No intenté ocultar el gruñido que se formaba en mi garganta.

—Subestimas a los demás como si nunca mereciesen recibir el mismo conocimiento que tú.

Sin embargo, mira de qué te ha servido, has envejecido sola, repudiada por la sociedad, y morirás sin que nadie vele tu cuerpo —dije entre dientes, mientras la irritabilidad bullía al sentir el olor del alcohol a apenas un palmo—.

No quiero tus lecciones, sobre todo cuando no eres un símbolo de gloria y triunfo.

Respóndeme ahora, y yo decidiré si la respuesta me sobrepasa.

Contrario a lo que esperaba, la vieja esbozó una sonrisa afilada y me miró con un brillo de aprobación. Apartó su plato ya vacío y posó los ojos en el mío, con interés en mi guiso casi intacto.

—Cuando tu madre huyó de Iriam, los dioses le encomendaron una misión, debía acabar con Rauthier Güillemort y su corte.

Logró que Symond Gragbeam la incorporara a su séquito e inventó todas esas mentiras sobre su grandeza a cambio de entregarme por haber envenenado a Gianna.

Intenté explicarle que Gianna había decidido sumirse en un sueño eterno por propia voluntad, pero no me creyó y concluyó que debía sentenciarme a la horca.

¿Sabes cómo conseguí que me perdonara la vida? —preguntó Serill.

Negué varias veces con la cabeza. La verdad era que no tenía idea de cómo lo había logrado.

Había supuesto la primera vez que pisé esta cabaña que Keelan y ella se conocían previamente, pero hasta entonces no había encontrado la conexión dentro de esta historia.

Al tocar los lapislázulis y ver aquel fragmento del pasado de la antigua reina de Gregdow y Serill, comprendí finalmente que ese era el motivo por el que mi tía había confesado haber huido de algo.

Ese “algo” ahora tenía un nombre, y si efectivamente se trataba del rey de Zabia, era evidente que, por muy profundo que se adentrara en el bosque, Symond podría haberla encontrado.

—Me permitió vivir en Gregdow, siempre y cuando analizara al huérfano que su amada le obligó a acoger y determinara si estaba preparado para ser enviado al palacio.

Yo era la única que conocía ese secreto, y con ese acuerdo Symond podía asegurarse de que tendría que llevármelo a la tumba si quería sobrevivir unos cuantos años más.

—¿Qué debías analizar en Keelan exactamente?

—Era un mercenario, así que estábamos seguros de que no había recibido una educación adecuada.

Tuve que reforzar sus escasos conocimientos en historia, ortografía, caligrafía, matemáticas y otras disciplinas que se prolongaban en una larga lista.

Además, me tomé el privilegio de conocerlo personalmente.

Descubrí que su madre no era humana, así que deduje que él tampoco debía serlo, y no tardé en confirmarlo al verlo luchar.

Aun así, guardé ese hecho para mí. Sobre todo, porque no fue hasta más tarde que supe que los farscanté aún existían.

Creía que todos habían muerto cuando Gregdow cayó, pero aquella cualidad se había mantenido oculta en distintas líneas sanguíneas.

Me costó reprimir una sonrisa al imaginarme al joven príncipe sabelotodo atendiendo a una lección. Nunca me había detenido a pensar que él también asistía a clases. Parecía como si hubiera nacido con un libro entre las manos.

—No entiendo cómo acabasteis manteniendo una buena relación —confesé, sintiendo cómo el dragón carmesí enroscaba sus patas alrededor de mis pantorrillas.

Al instante en que sentí sus escamas suaves contra mi piel, tuve la sensación de haber vivido este momento antes. Probablemente con Ojitos.

Serill sonrió profundamente, de tal manera que pude contar todas las manchas que ennegrecían sus dientes.

—No es demasiado sorprendente. Él aceptó este destino para cambiar las cosas.

Para ser un rey que nunca tratara a sus súbditos como Rauthier lo hizo con su familia.

Cuando tuvo la oportunidad de recibir una educación decente y no ser un ignorante en asuntos de estado, la aprovechó con entusiasmo.

—La anciana evitó mi mirada por un instante, como si recordara con nitidez aquellos momentos—.

Nunca confió plenamente en mí, pero me respetaba.

Era un alumno brillante, siempre con algo que decir.

Cuando no practicaba para perfeccionar su técnica con las armas, entrenaba con intensidad para ser el mejor.

Nunca he tenido hijos ni alguien de quien sentirme orgullosa, hasta que le conocí.

Él habría sido el mejor rey que estas tierras hayan visto, pero ya era demasiado tarde.

Sus ojos se crisparon mientras me estudiaba de nuevo.

Por un instante, juré que su rostro se ensombreció con molestia y rencor, aunque fue tan fugaz que podría haberlo atribuido a mi imaginación.

Aun así, no lo hice; ambas sabíamos que, desde mi llegada, había preferido ignorarme o mirarme con deliberado fastidio.

Ladeé el rostro y observé cómo sus hombros se tensaban conforme pasaban los segundos.

—Me culpas a mí, ¿no es cierto?

Serill ni siquiera pestañeó antes de responder.

—No puedes criminalizarme por ello. Él nunca habría hecho eso por nadie. El amor lo convirtió en un tonto.

—¿Hubiera sido más inteligente dejarnos morir? ¿Volver a revivir su mismo dolor hasta que le consumiera? —No esperaba respuesta. Eran preguntas retóricas. Nadie desea ser un héroe si eso implica sacrificar todo lo que amas para que un país se aproveche de tus virtudes.

—Él lo habría superado. Era resiliente. Pasó años preparándose para ser el mejor, y en pocos meses lo sentenciasteis a morir. —Chasqueó la lengua y me miró con desaprobación—. Dime, Éire, ¿cómo se siente asesinar al amor de tu vida?

Apreté los dientes con tal fuerza que sentí que podrían quebrarse.

—No te permito que me hables así.

—¿Y por qué debería obedecerte? —replicó con los dientes apretados.

—Porque si no lo haces, tendré tu cabeza rodando bajo mis pies en menos de un instante.

Temblaba de furia. Si alguien hubiera elevado la voz conmigo en ese momento, aunque no formara parte de la discusión, podría haberlo matado. El dragón a mi lado percibió mi ira; apoyó la cabeza en mi rodilla y lanzó a Serill una mirada de reproche con sus ojos ámbares.

Aun así, la anciana no se inmutó. Sabía lo que podía hacer después de tantos meses juntos. Era evidente que podría vencerla incluso sin esfuerzo, pero no parecía preocupada. Su seguridad era impenetrable.