Reino de bestias y poder (Nargrave 3) CAPÍTULO XI
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CAPÍTULO XI

ÉIRE

—Si atacamos Normagrovk, nos vencerán con facilidad. Tendrán ventaja ya que es su territorio y saben que estamos aquí —expuso Asha mientras terminaba de anudar su largo cabello con una cinta de cuero.

El murmullo constante del campamento casi ahogaba sus palabras.

Habíamos tenido que mantener abiertas las sedas que servían de entrada a mi tienda para que la humareda de salvia no me asfixiara.

El humo espeso se acumulaba en los espacios cerrados, se adhería a la piel y llenaba los pulmones con una densidad sofocante.

Afuera, el aire también ardía bajo el peso de las hogueras encendidas; su hedor se mezclaba con el de la salvia y el hierro. La mayoría de los guerreros limpiaban sus armas con musgo, recitando oraciones a los dioses, dejando en sus manos el destino de la batalla que se aproximaba.

Haakon Sin Apellido bufó con rabia, tensando sin querer la banda que le servía de cabestrillo.

—¡Estupideces! ¿Cómo vamos a quedarnos de brazos cruzados?

Se están burlando de nosotros. Nos atacaron con cien de sus soldados más débiles y ahora asesinan a nuestros exploradores.

¡Incluso los dioses deben estar riéndose de nuestra cobardía!

—rugió, golpeando con su brazo sano la mesa donde reposaba una jarra de vino.

La madera tembló, y el líquido se agitó hasta rozar el borde.

—Tendrán refuerzos, Éire. Serán muchos más —dijo Asha, lanzándome una mirada firme—. No merece la pena morir en una batalla perdida. Debemos ser más inteligentes.

Apreté los dedos sobre el reposabrazos de mi silla, mientras Cala me servía otra copa de vino. El sudor frío me recorría el pecho; debía beber antes de que la ansiedad me devorara.

Brunilda, que también había insistido en participar en aquella reunión, se mantuvo erguida mientras se aclaraba la garganta.

—Estoy con Haakon, mi señora. No debemos mostrar debilidad. Este acto merece venganza —afirmó con solemnidad.

Claro que tú estás con él, pensé, sin poder evitar hacer una mueca.

Tragué saliva con esfuerzo, procurando que mi mano no temblara al llevar el vaso a los labios. En cuanto la madera rozó mi boca, lo vacié de un trago, con una avidez que no intenté disimular.

Audry permanecía a mi lado, junto a Cala. Ninguno había intervenido; ambos se mantenían firmes, atentos, escuchando cada palabra sin emitir juicio.

Dejé el vaso sobre la mesa y prolongué el silencio. Todos aguardaban mi decisión, y podía sentir sus miradas sobre mí, algunas impacientes, otras expectantes. Si no necesitara mantener la compostura, los habría mandado lejos hacía rato.

Finalmente, levanté la mirada hacia Audry. Con un simple asentimiento en su dirección, pregunté:

—¿Qué piensas tú?

Frunció el ceño, sorprendido. No parecía esperar que alguien le pidiera su opinión, se irguió aún más, carraspeó y apretó con fuerza el puño alrededor de la empuñadura de su espada envainada.

Todos sabíamos por qué lo hacía y era porque no confiaba en los guerreros de Güíjar. Aun así, ninguno pareció ofendido.

—Algo que aprendí de ti, Éire, es que nosotros peleamos. No huimos. Jamás lo hacemos. Si hemos venido hasta aquí, fue por sangre y venganza, y no veo sentido en esperar quién sabe qué. Si les damos más tiempo, reunirán más refuerzos —dijo con firmeza.

Asentí una sola vez, notando las miradas complacidas de Brunilda y Haakon. Asha, en cambio, había fruncido los labios con resignación. Me miró con un brillo de súplica contenida, como si esperara que la contradijera.

En lugar de eso, di otro sorbo al vino.

—Preparaos, entonces. En cuanto amanezca, atacaremos el puente de Normagrovk.

Desde lo más profundo de la garganta de Haakon emergió un gruñido de aprobación, casi una carcajada contenida.

Parecía ansiar el combate. Después de aquello, se inclinó brevemente en mi dirección y abandonó la tienda junto a Brunilda.

Audry no se movió, aunque ambos sabíamos que esa era la respuesta que esperaba.

—Éire, son muchos más —insistió Asha—. Perderemos soldados, perderemos armas…

—Asha, ¿sabes por qué Eris reunió un ejército tan grande en tan poco tiempo? —la interrumpí y me recosté contra el respaldo de la silla. La sombra de mi capucha me cubría el rostro, y mi cabello ocultaba la mitad, dejando visible únicamente la cicatriz que surcaba la otra parte.

Sus facciones se contrajeron, sorprendidas.

—¿Qué? No… no lo sé.

—Me lo pregunté durante mucho tiempo —continué, girando el vaso entre mis dedos—, pero creo que al fin encontré la respuesta. —Di otro trago antes de seguir—. Creo que no son soldados.

La mujer de las largas trenzas arrugó el ceño. La sustancia luminosa que cubría su piel oscura me recordó al líquido en el que se disolvían mis recuerdos cada mañana, arrebatándomelos para siempre.

Aparté la mirada.

—No te entiendo —admitió.

—Eso es lo que intento decirte —expliqué con calma—. Creo que la mayoría de ellos no son guerreros. Son iriamnos sin entrenamiento. Su ejército es su pueblo, y los verdaderos combatientes son solo una fracción de él. Si no fuera así, ¿qué otra explicación habría?

Durante un instante, su expresión se tiñó de incredulidad.

Luego, su mirada cambió; las piezas encajaban lentamente.

Lo noté en el destello que se encendió en sus ojos, en cómo sus pupilas se movieron de un lado a otro y trataron de asimilarlo todo.

Finalmente, ese brillo se fundió con el color aguamarina de su iris, y la incredulidad dio paso al entendimiento.

—Está usando los números para intimidar a los otros reinos —reflexionó en voz alta—. Es una estrategia para que nadie se atreva a iniciar una guerra.

Me encogí de hombros.

—O quizá sí son guerreros —susurré, dejando el vaso sobre la mesa—, y estamos cavando nuestra propia tumba. De cualquier forma, la muerte ya es amiga mía.

Miré a Cala con una sonrisa burlona en ese preciso instante. Ella intentó corresponderme con una mueca torpe, aunque sin éxito. Aun así, no pude evitar reír por lo bajo, ocultando la risa tras el borde de mi vaso de vino.

—¿Podría hablar? —preguntó con voz débil.

No respondí, aunque la observé desde mi asiento mientras esperaba sus palabras. Ella se armó de valor y continuó con un tono vacilante:

—El acantilado es un nido de ñacús, ¿cierto?

Asha y Audry asintieron por mí. Yo seguí en silencio, contemplándola con curiosidad. Cala inhaló con cierta dificultad, y sus ojos oscuros se clavaron en los míos.

—Tiéndales una emboscada. Haga que los ñacús los ataquen hasta diezmar sus tropas. Cuando estén lo bastante débiles, nosotros soltaremos el golpe final.

Una ligera sonrisa se curvó en mis labios. El humo que llenaba la tienda me envolvía por completo, y sabía que apenas podían distinguirse mis rasgos entre las sombras. Aun así, vi cómo Cala percibía con claridad la forma de mi sonrisa.

La muchacha se movió, inquieta, como si dudara de haber dicho lo correcto.

—Bien hecho. Acabas de sentenciar tus primeras vidas, Cala. —La sombra de mi capucha me impidió ver su reacción, pero noté el movimiento de su cuerpo al intentar retroceder—. Ahora puedes marcharte. Déjame sola con ellos.

No necesitó que se lo repitiera. Limpió sus manos sudorosas en las faldas del vestido y, tras varias reverencias torpes, abandonó la tienda a pasos rápidos.

Dejé el vaso de madera sobre la mesa, junto a la jarra vacía, y me recosté contra el respaldo de mi silla. Las patas chirriaron por el movimiento.

El dolor que me acompañó toda la noche seguía allí, constante como un filo que no cedía.

No era frío, como el anhelo de recuperar un recuerdo perdido, ni amargo como el sabor del desamor.

Era un ardor áspero que crepitaba bajo la piel, abrasando los huesos y la carne hasta dejarme convertida en cenizas.

—Mañana visitaré a una vieja amiga en Gregdow. Quiero que en mi ausencia os encarguéis del campamento —dije mientras cerraba los párpados con pesadez. Me llevé una mano al rostro para presionar el puente de la nariz y así aliviar la punzada en mis sienes.

—¿Tienes más amigos? —preguntó Audry, con una sonrisa que apenas disimulaba su ironía.

—Si sigues con tus bromas, no pienso nombrarte comandante de mi ejército.

Su expresión se transformó al instante. Desde que habíamos acampado, lo veía a menudo riendo con los guardias mientras compartía historias o bromas.

Pensé que ante sus hombres se mostraría distinto, más solemne; sin embargo, seguía siendo el mismo joven risueño de siempre.

Aquello me hizo recordar la primavera pasada, cuando aún conservábamos algo parecido a la inocencia.

Aunque él ya no era ese niño que había sido.

—¿Me vas a nombrar comandante? —balbuceó, incrédulo.

—Así puedo volver a divertirme con mis apodos —dije.

No alcancé a terminar la frase cuando Audry se abalanzó sobre mí. Me echó la capucha hacia atrás y cubrió mis mejillas de besos.

—Por todos los dioses, te quiero tanto.

—Sí, sí. Ya lo sé —murmuré, empujando su hombro para apartarlo. Él se incorporó enseguida, todavía sonriendo—. Ahora ve y haz lo que hacen los comandantes, pero hazlo bien.

Audry asintió varias veces y se enderezó con una seriedad repentina.

—Voy a supervisar los entrenamientos. —Apretó el puño sobre la empuñadura de su espada y, antes de salir, nos dedicó una última sonrisa.

Esbocé una leve sonrisa al ver cómo los guardias frente a mi tienda se inclinaban a su paso. Al parecer, habían escuchado toda la conversación.

—¿Y Aylwind? —preguntó Asha en cuanto se aseguró de que Audry estaba lejos.

Fruncí el ceño casi por reflejo. ¿Acaso dudaba de mi decisión?

—Sabes que lo dejé a cargo de Valhiam. Le encomendé que informara a Evelyn de lo ocurrido.

—¿Por qué? —Su voz se quebró un poco, aunque intentó recomponerse—. Pensé que Aylwind era de confianza para la reina.

—Tal vez lo sea para ella, pero no para mí —respondí y aparté un mechón de cabello de mi rostro—. Por eso le di esa tarea. Confío en él para enviar un mensaje, no para dirigir mi ejército.

Noté que algo en su postura cambió. Su mirada seguía fija en el suelo.

—¿A quién vas a visitar, Éire? —preguntó de pronto. La tensión en mi mandíbula fue inmediata.

—Que yo sepa, no le debo explicaciones a nadie —repliqué—. Y menos a ti.

—Sí que me las debes. No sólo por ser tu amiga, sino porque te he ayudado a mentir a todos los que están aquí.

No aparté los ojos de ella. Su respiración se aceleró, y sus uñas se clavaron con fuerza en la madera de la mesa.

—¿Sabes lo fácil que sería deshacerme de ti, Ashania Minceust?

A esta gente, mañana, cuando les entregue la gloria que esperan, olvidarán tu existencia.

Pero a mí… —Chasqueé la lengua—. Créeme, considerarte mi amiga no te absuelve de nada.

Sobre todo cuando mi único amigo aquí es el nuevo comandante.

No me desagradaba Asha. No como la mayoría de los que me rodeaban.

Fue ella quien nos ayudó a escapar de las manos de su padre, el mismo que la había traicionado.

Me había protegido, y también había contribuido a mantener a Keelan lejos de la corrupción que nos rodeaba.

Pero llamar “amigo” a alguien en estos tiempos era una promesa demasiado arriesgada.

Al fin y al cabo, aquel a quien consideré mi hermano me había traicionado. Me engañó incluso después de todos los años que compartimos. Entonces, ¿qué me garantizaba que podía confiar en esta mujer?

Nada.

La respuesta surgió con la voz helada de Gianna resonando en mi mente. Ya no me sobresaltaba su presencia. Hacía tiempo que me había acostumbrado a sus dedos fríos recorriendo mi alma mientras robaba los últimos fragmentos de calma que conservaba.

Asha tensó la mandíbula. Su mirada, dura y encendida, se alzó hacia mí con una furia apenas contenida.

—Solo era curiosidad, Éire. No tienes por qué amenazarme —masculló, tomando una bocanada prolongada de aire. Sabía que trataba de serenarse, aunque no lo lograba.

—Y yo únicamente he ascendido a un hombre capaz y de confianza. —Me incorporé, apoyé las manos en el reposabrazos antes de ponerme de pie frente a ella. Los dedos me temblaban mientras se cerraban en torno a la madera astillada—. ¿Tienes algún problema con eso?

Asha carraspeó con un dejo de incomodidad.

—No, no lo tengo. Sé que Audry es apto para el cargo, pero quería entender por qué Aylwind ya no lo es.

—Bien, ahora ya lo sabes. —Le señalé la salida con un gesto seco—. Puedes irte.

Creí que obedecería sin decir una palabra.

La vi darse la vuelta y pensé que se marcharía, pero cuando me dejé caer de nuevo en la silla y estaba a punto de llamar a Cala para pedirle un vaso de agua de tormenta, Asha se detuvo.

Su mirada se deslizó sobre su hombro, cargada de una suspicacia que me erizó la piel.

—Vas a visitar a Serill, ¿verdad?

Gruñí por lo bajo. Un impulso feroz me recorrió las manos.

—Sí. ¿Por qué lo preguntas?

—¿Aún sigues intentando resucitar a Keelan?

“Buenas noches, hechicera.”

No supe en qué momento me moví ni de dónde surgió la fuerza que me impulsó.

De pronto, salté del asiento, desenvainé la daga y la acerqué a su cuello.

El filo tocó su piel antes de que pudiera retroceder.

En un instante, mi rostro estaba a un suspiro del suyo.

La hechicera contuvo la respiración; vi cómo un escalofrío descendía por su vientre.

—Si vuelves a pronunciar su nombre —susurré—, te arrebataré la capacidad de hablar.

—Qué agresiva estás últimamente, querida prima —dijo una voz al fondo de la tienda.

El sonido me heló. No necesitaba verla para reconocerla. Nadie, salvo ella, podía atravesar mis aposentos sin ser detenida por los guardias. Probablemente ni siquiera la habían notado.

Su figura emergió de la penumbra. El cabello castaño caía suelto sobre su pecho, enmarcando la túnica cerúlea que se ceñía a su cuerpo esbelto.

Los ojos, enormes y de un gris despampanante, destacaban en un rostro redondeado y parecían esculpidos entre el alabastro y la obsidiana.

Aquella mirada, tan profunda, luminosa y peligrosa, atraía la atención dondequiera que la mujer pisara.

Una capa oscura, casi viva, se extendía tras ella, ondeando en el aire mientras el humo de la hoguera la envolvía como un velo. Sus ojos brillaban en la sombra con el hambre depredadora de un ñacú.

Tragué saliva con esfuerzo.

—Nyliss… —susurré, apenas capaz de pronunciar su nombre.