Reino de bestias y poder (Nargrave 3) CAPÍTULO X
18%

CAPÍTULO X

ÉIRE

Fuera de las tiendas lloviznaba. El cielo permanecía cubierto por nubes ennegrecidas, impregnadas de lo que parecía ser tizne, chocando entre sí en un intento fiero por dominar el espacio del firmamento.

El agua calaba mi capucha con una rapidez abrumadora, empapando mi cabello aún aceitoso.

Mis botas saltaban como podían entre el barro, mientras los restos de nieve amontonados atrapaban de vez en cuando mis suelas gastadas, aferrándose a ellas con sus garras gélidas.

Las sombras que me envolvían bajo la capa impedían ver lo que había frente a mis pies, así que debía avanzar casi a ciegas por el campamento.

Aun así, tenía una idea clara de hacia dónde debía ir.

El aire helado se deleitaba lamiendo mi piel húmeda con su lengua invisible y dejaba un sabor agrio en el fondo de mi estómago.

La piel me ardía bajo el contacto del viento, y los vellos se me erizaron al instante.

Ajusté la capa contra mi cuerpo con fuerza.

Tenía frío. Mucho frío. El agua se filtraba entre los pliegues de mi ropa, descendiendo por mi piel con la paciencia de un veneno.

Los dientes me castañearon mientras me acercaba con paso rápido hacia los dos guardias apostados frente a la tienda. Sus miradas se cruzaron y, al instante, elevaron las lanzas hacia mí sin reconocerme.

—Fuera de mi vista, inútiles —gruñí.

Gotas de agua resbalaban por mi rostro, mezclándose con el sudor y la escarcha. La llovizna se había vuelto más densa, más sonora, y el cielo rugió de forma ensordecedora antes de desgarrarse con un relámpago que iluminó la tierra.

Los guardias entrecerraron los ojos casi al unísono. Bajaron las armas con rapidez y se irguieron aún más, intentando protegerse bajo las telas empapadas de lluvia. El agua se acumulaba sobre los techos de piel, y enormes gotas caían con un sonido hueco desde las costuras saturadas.

No dijeron una palabra. Agradecí su silencio, si hubiesen intentado entablar conversación, probablemente no habrían obtenido una buena respuesta. No esa noche.

Atravesé las sedas que los guardias apartaron para dejarme pasar y contuve un suspiro al sentir el aire cortante que se arremolinaba dentro. El viento sacudía la tienda con violencia, como un navío perdido en mitad de una tormenta. Allí dentro, el frío era incluso más punzante que fuera.

Solo unas pocas velas derretidas alumbraban tenuemente el interior.

La sombra de mi cuerpo se proyectó junto a mí, era una figura deformada que parecía inclinarse en un gesto siniestro.

Aspiré una pequeña bocanada de aire, pero lo único que sentí fue un vacío helado en el pecho.

No era el frío de la tormenta, ni el de la escarcha que aún cubría el campamento.

Era algo más profundo. Un frío que nacía en el alma.

Se arrastraba por mis huesos como una marea invisible, despedazando mis músculos y oprimiendo mis venas.

Por un instante, creí que me desvanecería.

Preferí atribuirlo al clima. A la falta de descanso. A cualquier cosa, menos a la verdadera razón: Keelan estaba allí, frente a mí. Pero no vivo. No sonriente. No esperándome con su habitual mueca burlona.

Estaba recostado sobre un lecho de cojines de seda, rellenos con plumas de oca, cubierto por varias pieles. Su cuerpo yacía inerte. Sin vida.

—He venido a verte… —murmuré, obligándome a mantener los ojos abiertos mientras me arrodillaba a su lado. Tomé sus manos entre las mías, aunque el contacto con su piel fría y cetrina me provocó un escalofrío—. De nuevo.

Sabía que no me respondería. Nunca lo hacía. Pero aún no había perdido la esperanza de que algún día lo hiciera.

“Tanto como hojas de melisa haya en el mundo.”

Cerré los ojos con fuerza. La agonía me acompañaba cada día, cada noche, cada amanecer. Era un dolor insondable, tan vasto que no podía imaginar su fin. Deseaba que acabara pronto, pero nunca lo hacía.

Hacía meses que había dejado de llorar por su muerte, pero el dolor seguía anclado en mi pecho, tan presente como el propio latido de mi corazón, pero ya no podía derramar lágrimas por él.

Era un peso que cargaba en silencio, una cadena invisible que oprimía mis hombros y me mantenía sujeta al pasado.

Eran grilletes de hierro que jamás lograría romper.

“Yo nunca privaría al mundo de alguien como tú.”

Ahora comprendía que había sido yo quien nunca habría podido privar al mundo de alguien como Keelan Gragbeam.

Porque sin él, el mundo era un lugar vacío, oscuro.

Era como bracear en un océano bravo, sin horizonte, donde nada existía más allá del agua.

Agua y más agua. Cada vez más turbia, más profunda, más fría.

—Te he traído una sorpresa. Es… una tontería, pero me recordó a ti.

—Sorbí la nariz y saqué de entre los pliegues de mi capa el pequeño instrumento que había robado semanas atrás del puesto de un comerciante.

Era diminuto, decorado con pinceladas en tonos pastel sobre la madera, tan finas como hilos enroscados alrededor de su mástil.

Lo sostuve entre mis brazos con cuidado, como si fuera mi posesión más preciada. La madera se había hinchado por la humedad y una de las cuerdas se había roto durante el trayecto, pero seguía siendo hermoso. Era nuestro. Y seguía siendo hermoso.

—Es un ukelele, Keelan. Como aquel… ¿lo recuerdas?

Cuando tuviste que hacerte pasar por un juglar.

—Mi voz se quebró al pronunciarlo. Sentí que el aire pesaba dentro de mis pulmones.

Quizá ya no era aire. Quizá por fin me estaba ahogando en aquel mar de aguas oscuras que me rodeaba—.

Pensé en traerte tus famosos pantalones, pero me di cuenta de que… ya no podrías ponértelos otra vez.

Tragué saliva con dificultad, pero aquello no alivió el dolor.

Ardía en mi pecho, incendiaba mis órganos y los atravesaba con filos invisibles y punzantes.

Unas uñas afiladas se hundieron en la piel sensible del pecho y rasgaron el esternón.

Sentí cómo apretaban mi corazón, cómo lo reducían a hollín y cenizas.

En ese instante, otro gruñido iracundo restalló en el campamento, y fue como si un rayo hubiera estallado dentro de mí, pulverizando lo que quedaba de mi corazón.

Lo sentí deshecho, convertido en fragmentos diminutos.

Dejé el instrumento sobre el regazo de Keelan y deslicé mis manos sobre las suyas.

Su piel estaba tan fría como siempre, y sus facciones permanecían relajadas, con los ojos serenamente cerrados.

A simple vista podría parecer que dormía plácido, pero bastaba observar con atención para comprender que no era el sueño quien lo mantenía inmóvil.

Su piel tenía el tono del alabastro, y las sombras que solían dibujarse en su rostro al dormir habían desaparecido.

Estaba inusualmente tranquilo, más que nunca.

Ya no fruncía los labios, ni los mordía.

Ya no rozaba su mentón ni sonreía sin darse cuenta.

Apreté con más fuerza sus manos. Sentía que me moría, aunque no estaba herida ni enferma.

—Keelan, tienes que volver. Tienes que volver o quemaré Zabia hasta los cimientos, ¿de acuerdo?

—Mi voz temblaba; mis manos también. Mordí con fuerza mi labio inferior.

Ese dolor era soportable. Ese sí podía resistirlo—.

Tienes que volver conmigo… antes de que te olvide.

Antes de que la magia elaboradora se lleve todos nuestros recuerdos. No quiero perderte por segunda vez.

No obtuve respuesta. El silencio fue mi única compañía, así que insistí. Entrelacé sus dedos con los míos, aunque ya no sentí su presencia. Esa no era su mano. No era Keelan. Lo supe porque al rozar su piel no sentí ni un leve hormigueo, solo vacío.

—Voy a recuperarte, ¿vale? Confía en mí. Confía en mí, por favor. Yo… lo haré.

De nuevo, el silencio fue todo lo que recibí.

♣

—¿Podemos hablar, Éire? —preguntó Asha mientras sostenía las faldas de su vestido para no mancharlas de barro.

Llevaba las mangas fruncidas, remangadas hasta los codos, procurando no ensuciar la delicada tela con las lociones que cubrían sus brazos.

Un aceite espeso y brillante humedecía sus manos, de un tono verdinegro, como una sustancia destinada a nutrir la piel.

Al abrirse las telas de mi tienda para dejarla pasar, una fragancia especiada y cálida se coló con ella, impregnando el aire.

Levanté la mirada en su dirección, apartándola de la baraja de cartas que sostenía entre mis manos. Se las había pedido al amanecer, cuando quedó claro que la tormenta no cesaría y Audry y yo nos aburríamos sin nada que hacer. Nuestra suerte había sido pésima, habíamos perdido todas las partidas.

—¿Por qué te aplicas esos ungüentos en los brazos? Pensé que solo los usaban en el rostro —comentó Audry, frunciendo el ceño.

Asha chasqueó la lengua con fastidio.

—¿Ungüento? Por todos los dioses, Audry, son las preparaciones para la víspera del último día.

Audry dejó caer las cartas entre sus dedos, desconcertado.

—¿Has preparado el musgo para la limpieza? ¿Por qué nadie me ha avisado? —Nos miró a ambas, indignado—. ¡Casi me pierdo las preparaciones para el final de año!

Sabía exactamente a qué se refería. Las purificaciones de fin de año comenzaban un mes antes de diciembre.

Durante treinta días se limpiaba el cuerpo con musgo y cenizas para recibir las bendiciones de los dioses en el nuevo ciclo.

Yo nunca había hecho aquella ceremonia absurda, aunque recordaba a Idelia bañándose cada madrugada en aguas mezcladas con hollín y el musgo que recogíamos de la corteza de los árboles.

—Audry, si me pagaran por cada vez que olvidas una de las celebraciones de tus dioses, sería rica. —Suspiré, dejando el mazo de cartas pintadas a mano sobre el regazo. Al parecer, mi mañana de juegos había terminado.

—Ya hay una larga cola para sahumarse antes de la limpieza. Yo que tú me daría prisa —le advirtió Asha, señalando hacia la entrada. Audry no esperó a que terminara; se levantó apresurado y salió de la tienda a trompicones.

Observé cómo desaparecía tras las telas.

—Si soy sincera, admiro su fe. Debe de ser hermoso creer en algo con tanta firmeza —confesé. Asha permaneció callada mientras se sentaba frente a mí.

Pasaron unos instantes antes de que rompiera el silencio.

—Tenemos que hablar.

—Lo sé, lo dijiste al entrar —respondí con una sonrisa tenue.

—Los exploradores han vuelto.

Fruncí el ceño, expectante, mientras daba un sorbo al agua de tormenta de mi jarra. Tenía un sabor metálico que dejaba un amargor persistente en la lengua.

—¿Y bien? ¿Qué dicen? —Por el temblor de su garganta, supe que no traía buenas noticias—. ¿Asha? ¿Qué ocurrió con los exploradores?

Desvió la mirada. Su voz se quebró cuando respondió:

—Están muertos, Éire. Todos muertos.