Reino de bestias y poder (Nargrave 3) CAPÍTULO XII
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CAPÍTULO XII

ÉIRE

—Así que los rumores eran ciertos, pretendes invadir Iriam por culpa de un corazón roto. —Nyliss retorció una hebra de su cabello, observándome con una sonrisa cargada de ironía—. Sorprendente, sin duda.

Ladeé la cabeza y la seguí con la mirada mientras se servía un trago de vino.

No se había sentado a mi lado ni había tenido la cortesía de ofrecerme un sorbo de mi propia jarra.

En su lugar, deambulaba por mi tienda como un felino curioso, inspeccionando cada objeto con una lentitud que buscaba prolongar el silencio.

Aparentemente, Nyliss seguía siendo tan encantadora como la recordaba.

—¿Eso dicen los rumores? —pregunté y apoyé la barbilla sobre el puño cerrado. Ella no era realmente mi prima; al menos, no en un sentido cercano. Nuestro parentesco se perdía entre ramas de sangre muy lejanas, pero bastaba para mantener un vínculo.

Aun así, Nyliss y yo siempre habíamos tenido una buena relación.

Era la única persona del reino que me agradaba de verdad, y también la única a quien Idelia permitía visitarme en palacio.

Desde jóvenes compartimos el mismo deseo de formar parte del ejército.

Fue su madre quien nos enseñó a manejar las armas por primera vez.

No la veía desde la víspera del último día del año anterior, cuando me confesó que haría las pruebas para ingresar en el ejército de Helisea. Nunca supe si lo consiguió, aunque aquel día me alegré sinceramente por ella, aun sabiendo que ese sueño ya no podríamos cumplirlo juntas.

—Sí, eso dicen —respondió al fin, dejándose caer en una silla frente a mí—. Pero no te avergüences por ello; tiene su mérito. Cualquier otra persona estaría llorando entre dulces y pañuelos.

—Qué interesante tu opinión. —Sonreí con fingido entusiasmo—. Pero ante tu visita, surge una duda que me gustaría que resolvieras, Nyliss.

Ella alzó su copa en mi dirección, como si brindara por mi desdicha.

—Adelante.

—¿Qué coño haces aquí? —solté con desdén.

Nyliss torció los labios, intentando parecer ofendida, aunque la ironía se delataba en su mirada. Dio un sorbo a su vino antes de responder.

—Bueno, pasaba por allí y venía de por allá. Lo normal.

Fruncí el ceño ante su humor y me incliné hacia ella, perdiendo la paciencia.

—¿Por qué no pruebas a ser un poco más concreta?

Por un instante, vaciló. Tragó saliva con dificultad antes de sostenerme la mirada. En sus ojos apareció un destello, como si diminutas chispas de marfil danzaran sobre el gris metálico de su iris.

—Hay monstruos que han empezado a salir del mar —dijo al fin—. Muchos han huido de Asolium y se han refugiado en la capital. Las criaturas razha están tomando las ciudades.

Solté un bufido, harta de las tragedias ajenas.

—¿Para eso has venido hasta aquí, Nyliss? No entiendo qué esperas que haga.

Sus facciones se tensaron, desconcertadas ante mi indiferencia.

—Se supone que eres la última razha que queda, Éire. Es evidente lo que quiero que hagas —masculló con un tono que parecía atragantarse en su garganta.

—No me digas que has venido por eso. —Reí, incrédula—.

¿De verdad cruzaste el país esperando que unas simples palabras me hicieran ceder?

¿Creíste que, al oír las desgracias de Asolium, ordenaría a esas bestias regresar encadenadas al mar de Vignís?

—Estiré las piernas sobre la mesa y apoyé las botas con desgano—.

No voy a ayudar a Helisea ni a sus familias, querida prima.

—No puedes ser tan egoísta —replicó, alzando la voz—. ¿Vas a permitir que toda esa gente muera por venganza?

—¿Ellos intercedieron por mí cuando me llamaron criminal por sobrevivir? ¿Helisea estuvo ahí cuando asesinaron a Keelan? ¿Cuando intentaron matarme una y otra vez? —Chasqueé la lengua con desdén—. Me parece que la respuesta es no.

Se puso de pie de golpe, arrastrando la silla con violencia. El sonido llenó la tienda como una exclamación ahogada. Me miró con una mezcla de rabia y decepción, como si ya no me reconociera.

—Esa es una decisión cobarde —dijo con voz áspera.

—No es justo —respondí, más cansada que molesta.

No porque sus palabras me hirieran, sino porque ya no tenía fuerzas para discutir—.

No puedes pedirme que me dé la vuelta y vuelva a sacrificarlo todo por quienes me odian.

Ya lo hice una vez, y lo perdí todo. Ni siquiera obtuve un agradecimiento.

Lo único que recibo son más exigencias para seguir salvando sus malditos pellejos.

Nyliss se quedó inmóvil. Aunque permanecía de pie, parecía encogerse bajo el peso de mis palabras, hasta que finalmente volvió a sentarse. Su mirada seguía fija en mí, pero la luz de sus ojos se había apagado, reemplazada por una tristeza que la desbordaba.

—No te odian, Éire —susurró con sinceridad. Lo supe porque su voz temblaba, aunque intentaba mantenerla firme, y porque mordía el labio inferior en un gesto que apenas lograba contener la emoción.

—¿Ah, no? —Me reí sin humor—. ¿Y cómo llamas a poner precio a mi cabeza?

Intenté salvar a los hechiceros que Eris aún desea exterminar, y nadie quiso ayudarme.

Me dejaron sola, metida en la boca del lobo.

Nadie intercedió por mí. Ni siquiera tú.

—Sentí un nudo en el pecho, un dolor que no menguaba—.

La única persona que lo hizo está muerta.

Y no pienso detenerme hasta traerla de vuelta.

Llámame cobarde, egoísta o malvada si quieres, pero nada cambiará mi decisión.

Decirlo dolía más de lo que admitía, pero era la verdad. Quizá era egoísta, pero ellos también lo eran al pedirme que entregara mi vida por las suyas. Supongo que, para ellos, mi muerte era un mal menor. Pero yo ya no estaba dispuesta a ser el daño colateral de nadie.

—Tienes razón —dijo, tras un silencio que pareció interminable—. No estuve ahí para ti. No hay justificación posible. Tu madre murió, tu rostro apareció en cada cartel, y todo eran rumores. No sabía en quién confiar ni cómo encontrarte.

Sus palabras sonaban huecas. Quizá eran ciertas, pero no bastaban para sanar nada.

—No importa. Ya no importa —murmuré, apartando la vista—. ¿Tienes pensado quedarte mucho tiempo aquí o te marcharás ahora que ya tienes tu respuesta?

Durante un instante, el silencio se prolongó más de lo necesario.

Estuve segura de que no respondería; sin embargo, antes de que pudiera decir algo más, sentí un peso cálido sobre mi mano.

Los dedos de Nyliss se entrelazaron con los míos sobre la mesa y, cuando volví a mirarla, una sonrisa lánguida se dibujaba en su rostro.

—Te demostraré que aún hay personas a las que les importas. —Su mano se apretó contra la mía—. Esta vez lucharé contigo, Éire.

♣

El cielo nocturno se extendía sobre nosotros, derramando su luz plateada sobre la tierra.

Los rayos de luna y el titilar de las estrellas bañaban el paisaje en tonalidades cobalto, envolviéndonos en una calma engañosa.

A medida que nos aproximábamos al puente de Normagrovk, la nieve se acumulaba en los senderos, arrastrada por torrentes de agua que descendían desde las colinas.

Las lluvias de los últimos días habían inundado los campos, transformando los caminos en una masa de fango y escarcha.

Me mantenía erguida sobre el lomo de mi caballo, con los muslos tensos para conservar el equilibrio ante el galope constante.

Llevábamos horas cabalgando sin descanso.

Nadie había dormido aquella noche, y lo sabía porque yo misma había compartido las horas de vigilia.

Escuché las oraciones susurradas en la penumbra, el roce de las piedras al afilar las armas, el sonido del aceite y la loción de musgo y cenizas deslizándose sobre el metal.

A ratos, el silencio se quebraba con el choque seco de espadas al entrenar o el rumor de dagas saliendo de sus fundas.

Casi todos aguardaban el momento de la partida con una serenidad forzada, contenida.

Casi todos. Algunos, incapaces de dominar los nervios, se habían entregado a su impaciencia.

Afilaban sus armas una y otra vez, repitiendo los mismos movimientos con desesperación.

Brunilda, por ejemplo, había intentado convencer a Haakon de que su brazo herido no le impediría combatir; él, sin embargo, había pasado la noche contemplando su lanza con gesto sombrío.

A la luz de la luna, sus dedos rasguñaban su propio cuello, dejando a la vista las heridas frescas que delataban su inquietud.

—Deberíamos detenernos aquí —dijo Asha con voz baja, reduciendo el paso de su yegua hasta colocarse a mi lado. Desde la discusión que habíamos tenido unas horas antes, apenas habíamos cruzado más que miradas vacías y comentarios superficiales.

Asentí una sola vez y volví la vista hacia las dos figuras que nos acompañaban: Nyliss y Audry. No había tenido ocasión de presentarlos formalmente, pero por la sonrisa cordial del comandante deduje que ya se habían presentado.

—Es tu turno, Éire —murmuró Audry, mirándome con una expresión alentadora.

Inspiré con lentitud y me detuve tras un árbol de tronco torcido, cuyas ramas largas me ofrecían cierta cobertura.

Escuchaba los relinches de los caballos, el golpeteo metálico de las herraduras contra el suelo húmedo y la respiración profunda de los soldados que esperaban detrás de mí.

Un ejército entero contenía el aliento. Ahora éramos casi seis mil.

Las miradas de todos pesaban como planchas de hierro. En sus rostros se reflejaban la determinación y el miedo, dos fuerzas opuestas que compartían un mismo origen, el deseo de sobrevivir.

Frente a nosotros se alzaba el acantilado de Normagrovk, tal y como lo recordaba.

No era un acantilado común, sino una vasta extensión de roca desgastada por la erosión, partida en dos por el paso implacable del río Ágocav.

Este se deslizaba entre los riscos, estrecho y turbulento, hasta golpear las afiladas piedras que aguardaban bajo el puente.

Técnicamente, eran dos acantilados separados por la corriente del río, donde nadie osaba navegar ni bañarse por miedo a las rocas ocultas bajo la superficie. Esa característica lo convertía en un punto estratégico, era el límite natural entre el norte y el sur.

El puente, pese a su importancia, no tenía un aspecto imponente.

Era una estructura de madera reforzada con clavos de latón, sostenida por gruesas cuerdas anudadas a ambos extremos.

Los tablones, astillados y viejos, se mantenían unidos con obstinación, resistiendo al tiempo y a la intemperie.

No había nada extraordinario en su diseño, salvo su tamaño, que era al menos veinte varas de ancho y sesenta de largo.

Sobre nuestras cabezas, más allá de la niebla y del resplandor lunar, revoloteaban los ñacús.

Aquellas criaturas habían custodiado el acantilado desde los primeros registros de los hombres.

Nadie sabía con certeza por qué elegían ese lugar, pero solían ocultarse entre las montañas de Iriam y las cuevas de Aherian antes de detenerse aquí, donde sobrevolaban el mar trazando círculos incesantes.

Durante un momento los observé. Ninguno descendía, ninguno atacaba. A pesar de su fama de bestias voraces, devoradoras de carne humana, parecían limitarse a vigilar. Su vuelo era silencioso, casi solemne. Era como si vigilaran aquel espacio como si fuera… sagrado.

La única explicación posible era que, según la leyenda, de ese mismo mar brotaban las lágrimas de la Nigromante.

Si era así, aquel acantilado podía considerarse un lugar sagrado.

Pero me negaba a creer que los monstruos fuesen capaces de una conciencia tan compleja.

No podía aceptar que comprendieran lo que significaba eso.

—Es mi turno, sí —acepté sin apartar la vista de aquellas criaturas.

Tal vez antes no lo había notado, pero eran excepcionales.

No sólo por sus largas alas membranosas o el veneno que destilaban, sino por su mente.

Era similar a la de la mayoría de los monstruos —excepto las bynges—, sin poseer una inteligencia sobrehumana, aunque entre los hilos oscuros y las brumas que las envolvían, se percibía la chispa de un poder inmenso.

El mismo que hacía vibrar su gruñido, denso y profundo, como un eco que provenía de un lugar ajeno a este mundo.

Por un instante me pregunté si Asha compartiría aquella habilidad. Y, sin poder resistirlo, empujé con fuerza la frontera de sus mentes, abriéndome paso entre los restos de su conciencia hasta rozar la esfera chisporroteante que reclamaba mi atención.

Cuando la yema de mi dedo tocó una de las chispas, el calor se extendió por mi piel y se adentró en mi cuerpo como una corriente viva.

Contuve el jadeo. Sentí que el mundo entero se precipitaba sobre mí, empujando mi pecho y desgarrando mis pensamientos con sus espolones de fuego.

Algo trató de arrancarme de aquel contacto, de impedir que tomara el poder, pero fue inútil, lo encerré entre mis manos.

No se deshizo en hilos apagados ni en grasa oscura, como tantas veces antes; en cambio, el destello se intensificó hasta obligarme a cerrar los ojos.

Entonces lo sentí. Los tentáculos de mi poder se deslizaron desde mis pupilas y escaparon de mi cuerpo como si tuvieran voluntad propia hasta envolver aquella chispa que palpitaba dentro de cada una de las bestias, y, en cuestión de segundos, fueron míos.

Pocos podrían haberlo notado, pero yo lo vi con nitidez, sus alas se tensaron, sus colmillos relucieron y sus ojos, antes lechosos, se tornaron tan oscuros como los míos.

Solo necesité un leve movimiento de la mano para que comprendieran lo que debían hacer.

Las sombras se deslizaron por los bordes de mi visión, veloces y feroces, tan etéreas que apenas dejaban un rastro entre las cortezas que desgarraban con sus garras.

Eran los quepaks, abriéndose paso hacia el campo de batalla.

Sabía que controlar a tantas criaturas me pasaría factura más tarde. Tan solo el espectáculo de Valhiam me había costado varios barriles de vino, días sin dormir lo suficiente, parálisis cuando despertaba de mis pesadillas y una pequeña fiebre que me había tenido sin comer.

Y entonces los ñacús atacaron. Cayeron en picada, con sus púas dirigidas hacia los guardias y los gruñidos resonando como una tormenta lejana.

En un instante, casi un millar de soldados de Normagrovk se vio envuelto en sombras que partían cuellos y abrían gargantas, bañando sus uniformes en sangre.

Los cuerpos colosales de las bestias aplastaban sus huesos, desgarraban la carne y reducían todo a un caos de gritos y polvo.

—Ahora. Es hora de atacar a esos hijos de puta —gruñí, mirando por encima del hombro a mis guerreros.

Bastó un gesto para que entendieran la orden. Nos lanzamos juntos hacia el corazón del combate, sumidos en una vorágine sangrienta de monstruos y mortales que sumía a aquel lugar sagrado.