CAPÍTULO 19 — Las cosas que no arregla una victoria
LÍA
Tres semanas después del disparo, Enzo sigue sin poder ponerse una chaqueta sin insultar en dos idiomas.
Lo observo desde la cama mientras intenta introducir el brazo herido en una manga.
—Puedo ayudarte.
—No.
—Llevas cuatro minutos.
—Tres.
—He mirado el reloj.
—Eso es invasivo.
—Eso es matrimonio.
Enzo vuelve a intentarlo. El hombro tira. Su cara cambia.
—Para.
—Puedo.
—No he dicho que no puedas. He dicho para.
Me mira.
La palabra hace su trabajo incluso fuera de la cama.
Se detiene.
No le gusta.
Eso también es nuevo: aplicar una norma cuando el que quiere seguir es él y lo que está en juego no es deseo, sino orgullo.
Me levanto, tomo la chaqueta y se la coloco despacio.
—Brazo bueno primero.
—Sé vestirme.
—La evidencia es confusa.
—No abuses de un herido.
—Te dispararon en el hombro, no en el sentido del humor.
—Ahí no estoy seguro.
Consigo ponerle la chaqueta sin que haga una mueca demasiado visible.
Luego le abrocho un botón.
Enzo me mira.
—Esto es humillante.
—A mí me gusta.
—Eso es preocupante.
—Muchísimo.
Se inclina para besarme.
Yo retrocedo apenas.
—Cuidado.
—El hombro es mío.
—Y la fisioterapeuta ha dicho…
—No menciones a la fisioterapeuta mientras intento besarte.
—Celos.
—No. Supervivencia erótica.
Me río y dejo que me bese.
Breve.
Tenemos una reunión en cuarenta minutos y todavía no hemos aprendido a calcular bien lo que un beso puede retrasarnos.
—Hoy va a ser desagradable —digo.
—Mi padre está invitado. Eso es redundante.
—También está Marco.
—Y Nico.
—Y Giulia.
—Entonces quizá la ambulancia debería esperar abajo.
La reunión no es en una oficina.
La he convocado en un restaurante cerrado al público al mediodía. Mesa redonda. Sin cabecera. Clara dice que estoy desarrollando una obsesión con el mobiliario simbólico.
Puede ser.
Vittorio llega primero.
No lo había visto desde el hospital. Me besa en ambas mejillas con una cortesía tan exacta que parece protocolaria.
—Lía.
—Vittorio.
Sus ojos bajan un instante al anillo.
—Sigues llevándolo.
—Suele ocurrir en matrimonios que continúan.
—Mi hijo no me cuenta nada.
—Eso también suele ocurrir entre padres e hijos.
Enzo entra detrás y me mira como si hubiera oído suficiente para saber que no debe preguntar.
Después llegan Marco y Clara. Nico y Giulia los últimos. Giulia se sienta frente a su padre. Nico a su lado.
La configuración habla por sí sola.
No la preparé.
Eso me gusta más.
—No estamos aquí para hablar de Aranda —empiezo—. La investigación seguirá su curso. Tampoco para repartir culpas antiguas. No terminaríamos de comer.
Vittorio levanta una ceja.
—Entonces para qué.
—Para decidir qué hacemos con la alianza ahora que ya no necesitamos el matrimonio para sostenerla.
Silencio.
Enzo gira la cabeza hacia mí.
No le había dicho la frase exacta.
Le había dicho que hablaríamos del futuro.
No que pondría nuestra utilidad sobre la mesa.
—¿Quieres anularla? —pregunta Vittorio.
—No.
—Entonces no entiendo.
—Ese es el problema.
Abro una carpeta.
—Hasta ahora las dos familias han cooperado porque había una amenaza externa y porque Enzo y yo nos casamos. Si la cooperación depende de que nuestro matrimonio funcione, hemos creado la misma debilidad que Aranda intentó explotar.
Marco asiente.
—Necesitamos una estructura independiente.
—Exacto.
—Consejo conjunto limitado —dice Giulia—. Solo para operaciones compartidas.
—Y con salida definida —añade Enzo.
Vittorio lo mira.
—Eso os debilita.
—Nos separa —dice Enzo—. No es lo mismo.
Mi suegro vuelve hacia mí.
—¿Y tú estás de acuerdo en que los Rinaldi mantengan autonomía completa?
—No es mío concederla.
—Todo el mundo concede algo.
—Entonces concedo dejar de fingir que puedo decidir lo que no me pertenece.
Vittorio sonríe sin alegría.
—Hablas como alguien que todavía no ha tenido que conservar poder durante treinta años.
—Puede ser.
—Cuando lleves diez, entenderás que los sistemas horizontales funcionan hasta que alguien tiene que responder por un error.
—Y los verticales funcionan hasta que el hombre de arriba enferma y nadie sabe la contraseña.
Marco baja la vista para ocultar una sonrisa.
Vittorio no.
Me sostiene la mirada.
—Eso ha sido bajo.
—Sí.
No lo disfrazo.
—Perdón por el golpe. No por la idea.
Eso lo desconcierta más que una réplica elegante.
Enzo me mira.
Sé que aprecia que haya distinguido.
La discusión dura dos horas.
No hay acuerdo limpio.
Vittorio quiere veto amplio. Marco no. Giulia exige que cualquier decisión que afecte a miembros de la familia tenga consentimiento individual.
Nico dice que esa frase debería haber existido hace veinte años.
Clara propone separar lo personal por completo y construir reglas solo para activos compartidos.
Enzo participa menos de lo normal.
Al principio creo que por el dolor del hombro.
Luego veo que está escuchando a su padre.
No para obedecer.
Para entender qué teme.
Eso me gusta.
Finalmente salimos con un borrador mediocre.
Me alegra.
Los borradores perfectos suelen significar que alguien se ha callado demasiado.
Acuerdo temporal de seis meses. Cuatro representantes. Ningún veto personal. Transparencia de operaciones vinculadas. Arbitraje externo. Prohibición expresa de usar matrimonios, hijos, parejas o herencias personales como garantía o condición.
Vittorio llama a esa última cláusula “teatro moral”.
Giulia responde:
—Entonces no tendrás problema en firmarla.
Él no contesta.
La firma queda para la semana siguiente.
Al salir, Vittorio me pide hablar a solas.
Enzo me mira.
—¿Quieres que me quede?
—No.
—Vale.
Se va con los demás.
No pregunta por qué.
Vittorio y yo nos quedamos en la mesa vacía.
—Mi hijo te quiere —dice.
No esperaba eso.
—Sí.
—Respuesta segura.
—Me lo ha dicho.
—Eso no significa que sepa lo que implica.
—Yo tampoco.
Vittorio junta las manos.
—Enzo siempre ha querido creer que podía heredar sin parecerse a mí.
—¿Y puede?
—No.
La seguridad me molesta.
—Todos heredamos algo.
—No es lo mismo.
—No. Pero tampoco estamos obligados a obedecerlo.
Vittorio me mira como si estuviera evaluando una inversión.
—Julià pensaba que eras la más peligrosa.
La frase me detiene.
—¿Te lo dijo?
—Hace años.
—¿Cuándo?
—Una cena en Roma. Marco acababa de cerrar su primera operación grande. Nico seguía fuera. Tú estudiabas.
—¿Qué dijo exactamente?
Vittorio sonríe.
—Que los chicos habían aprendido a ocupar el sitio que les dio. Tú habías aprendido a entrar en los sitios donde no te invitaban.
Siento una presión en el pecho.
Odio que mi padre siga apareciendo a través de hombres que no quiero escuchar.
—No sé si eso era un elogio.
—Con Julià, nunca.
—¿Por qué me lo cuentas?
Vittorio mira hacia la puerta por la que salió Enzo.
—Porque mi hijo ha elegido una mujer que no puedo integrar en mi sistema sin romperlo.
—No intentes integrarme.
—Eso he entendido.
—¿Y te molesta?
—Mucho.
Por primera vez le creo sin reservas.
—Bien —digo.
Vittorio se ríe.
Una vez.
No somos amigos.
Probablemente nunca.
Eso también me parece sano.
Cuando vuelvo al ático, Enzo está en el sofá con la chaqueta quitada y una bolsa de hielo sobre el hombro.
—Te dije que no forzaras.
—No he forzado.
—Tienes hielo.
—Prevención.
—Mientes.
—Un poco.
Dejo el bolso.
—Tu padre me ha contado una cosa sobre el mío.
—Eso suena como el principio de una maldición familiar.
Se lo cuento.
Enzo escucha.
—¿Cómo estás? —pregunta al terminar.
Me siento a su lado.
—Molesta.
—¿Porque hablaban de ti sin ti?
—Sí.
—Coherente.
—Y porque una parte de mí quería oírlo.
—También coherente.
—No tienes que validar todo.
—No valido. Describo.
Le quito la bolsa de hielo.
—Déjame ver.
—El vendaje está bien.
—No he preguntado.
Enzo me mira.
—Sí.
Le desabrocho la camisa despacio. El hombro todavía tiene marcas, el corte limpio de la cirugía, piel amarillenta por el hematoma que se va.
No es bonito.
Me parece precioso que esté vivo.
Toco alrededor, no encima.
—¿Duele?
—No así.
Mis dedos bajan por su pecho.
Enzo me observa.
—Lía.
—Qué.
—¿Esto es revisión médica?
—Todavía.
—La palabra todavía me preocupa.
Me inclino y beso la piel cerca del vendaje.
No la herida.
Su respiración cambia.
—Ahora no —digo.
—Ahora no qué.
—Ahora no es médico.
—Bien.
—¿Te duele si te tumbas?
—Depende del lado.
—¿Y si no haces nada con ese brazo?
Su mirada se oscurece.
—Eso suena familiar.
—No tengo corbata.
—Hay cajones enteros.
Me río.
—No hace falta.
Lo beso.
Esta vez el cuidado no significa lentitud absoluta. Significa adaptar. Yo tomo más iniciativa porque su hombro limita movimientos y porque descubro que me gusta cuidarlo sin convertirlo en niño.
—Dime si duele —murmuro.
—Te lo diré.
—No seas héroe.
—No pienso repetir la experiencia.
Lo empujo suavemente hacia el respaldo.
—Quédate.
—Orden.
—Sí.
—Me gusta.
—Lo sé.
Lo beso otra vez.
Hay placer en su inmovilidad elegida. En que no pueda —y no quiera— convertir fuerza en iniciativa constante.
En que me mire mientras yo decido ritmo y distancia.
Pero no es una inversión teatral del poder.
Enzo sigue siendo Enzo. Cuando quiere algo, lo dice.
Cuando el hombro tira, me avisa. Cuando yo cambio de idea sobre una posición, nos reímos y buscamos otra.
No hay perfección.
Hay confianza suficiente para que la torpeza no dé vergüenza.
Después nos quedamos en el sofá, yo con las piernas sobre las suyas, él con la bolsa de hielo otra vez.
—Romántico —digo.
—Mucho.
—Te quiero.
—Yo también.
—Tu padre me cae mal.
—Eso no era necesario añadirlo.
—Quería que el momento respirara.
Enzo se ríe y luego hace una mueca por el hombro.
—No te rías fuerte.
—No me controles.
—Vete a la mierda.
—Eso sí ha sonado a matrimonio real.
Y quizá lo sea.
No porque hayamos ganado.
Porque después de ganar seguimos teniendo que aprender cómo vivir con lo que somos cuando ya no hay un enemigo claro al que culpar de todo.