REINA DEL PUERTO CAPÍTULO 18 — Nadie hereda limpio
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CAPÍTULO 18 — Nadie hereda limpio

ENZO

La bala atraviesa el hombro sin tocar hueso.

Según el cirujano, he tenido suerte.

Según Lía, he tenido estupidez.

—No vuelvas a hacerlo —dice por quinta vez.

—No estaba en mis planes la primera.

—Te pusiste delante.

—Valls tenía un arma.

—Nico estaba ahí.

—Nico estaba a cuatro metros.

—Y tú estabas donde no debías.

—Tú también.

Silencio.

Error.

Lía se pone de pie junto a la cama del hospital.

—No compares.

—No comparo.

—Lo has hecho.

—He dicho que estabas donde no debías según el plan de Nico. No que no debieras decidir ir.

Lía me mira.

Está agotada. Lleva la misma ropa de anoche, una mancha seca de mi sangre en la manga y el pelo recogido con una goma que probablemente alguien le ha dado.

—No me gusta que tengas razón mientras estás drogado —dice.

—A mí sí.

—Claro.

Se sienta.

—¿Te duele?

—Sí.

—¿Mucho?

—Menos cuando estás enfadada. Da perspectiva.

—Puedo irme.

—No abuses.

Lía baja la mirada a mi mano.

La toma.

—Me asustaste.

La frase sale pequeña.

—Lo sé.

—No, no lo sabes.

—Tienes razón.

—Cuando vi la sangre pensé…

Se detiene.

No la empujo.

—Pensé que todo lo que habíamos hablado sobre no convertir una muerte en guerra era una puta broma —continúa—. Pensé que iba a matar a Valls yo misma.

—Eso habría complicado la presidencia.

Lía me mira.

—No hagas humor.

—Perdón.

—Y luego pensé que no quería ser la mujer que decide no quemarlo todo porque su marido se lo pidió una noche. Quería decidirlo yo.

—¿Qué decidiste?

—Que quiero que paguen. Legalmente. Económicamente. Que pierdan acceso, poder y capacidad de volver a hacerlo.

—Eso suena menos satisfactorio que quemarlo todo.

—Mucho.

—Entonces probablemente sea mejor.

Lía aprieta mi mano.

—Aranda está retenido a la espera de declaración. El teléfono grabó bastante. Valls también. Elena ha declarado que fue engañada para activar el poder. Hay correos recuperados. Riccardo está cooperando porque ha descubierto de repente un amor profundo por su propia libertad.

—Mi tío siempre ha sido sensible.

—Tu padre quiere verte.

—Eso es peor que la bala.

—Está fuera.

—¿Desde cuándo?

—Veinte minutos.

—¿Y no ha entrado?

—Le he dicho que estabas dormido.

—No estaba dormido.

—Lo sé.

La miro.

—Eso sí es control.

—Lo sé.

—¿Y?

—Me apetecía tenerte veinte minutos sin Rinaldi.

No puedo discutir.

—Aceptado.

Vittorio entra cuando Lía sale a buscar café.

Mi padre se queda junto a la puerta.

No está impecable.

La corbata está floja.

Eso me impresiona más que cualquier emoción.

—Te han disparado —dice.

—Información correcta.

—No bromees.

—Todo el mundo me dice eso hoy.

Se acerca.

Me mira el vendaje.

—Riccardo está hablando.

—Lo sé.

—Ha implicado a Valls y Aranda.

—También lo sé.

—Dice que yo conocía parte de las conversaciones.

Lo miro.

—¿Es verdad?

Mi padre tarda.

—Sí.

Ahí está.

No a medias.

Sí.

—Cuánto.

—Sabía que Riccardo y Valls buscaban presionar a Julià para abrir contratos. Sabía que Aranda ofrecía capital. No sabía que pretendían forzar una quiebra ni usar firmas después de la muerte.

—Pero dejaste que siguieran.

—Pensé que una presión limitada podía obligar a los Vidal a aceptar un acuerdo estable.

—Usando a Giulia otra vez.

—No.

—¿Entonces qué pensabas que sería la integración?

Mi padre mira hacia la ventana.

—No importa ya.

—Sí importa.

—Enzo.

—Importa porque siempre dices que no sabías la parte que cruzaba la línea. Y la línea se mueve cada vez que te conviene.

Mi padre cierra los ojos un segundo.

—Puede ser.

No esperaba eso.

—¿Puede ser?

—No he venido a ganar una discusión contigo.

—Entonces para qué.

—Para decirte que me retiraré de la representación ejecutiva durante la investigación.

Me quedo quieto.

—¿Voluntariamente?

—Antes de que me obligues.

Eso se parece más a él.

—¿Y quién queda?

—Tú, si aceptas.

La oferta llega en una habitación de hospital.

Otra coronación sin flores.

—No.

Mi padre frunce el ceño.

—¿No?

—No ahora.

—La familia necesita…

—Un consejo temporal. Giulia, yo y dos independientes. Ningún heredero único.

—Eso es debilidad.

—Eso es lo que tú llamas a cualquier sistema que no depende de un hombre.

Mi padre se queda en silencio.

—Lía —dice.

—No.

—Suena a ella.

—Suena a que he visto lo que pasa cuando todo espera la firma de un patriarca enfermo.

Mi padre casi sonríe.

—Quizá sí te ha cambiado.

—Quizá.

—Antes dijiste que no.

—Antes estaba más seguro de demasiadas cosas.

Eso parece gustarle.

O entristecerlo.

No sé.

Se acerca a la cama.

Por un momento pienso que va a darme la mano.

No lo hace.

—Descansa —dice.

—Tú también.

—No soy yo el herido.

—No hablaba del hombro.

Mi padre me mira.

Luego se va.

Lía entra con dos cafés.

—¿Qué quería?

—Retirarse.

—¿En serio?

—Temporalmente.

—Eso sigue siendo algo.

—Me ofreció el mando.

—¿Y?

—He dicho que no.

Lía deja un café.

—¿Por qué?

—Porque no quiero que nuestra historia termine con dos personas heredando dos tronos y llamándolo progreso.

Me mira.

—Eso ha sonado peligrosamente bien.

—La morfina.

—Seguro.

—He propuesto consejo temporal.

—¿Con Giulia?

—Sí.

—Te va a odiar.

—Ya me odia por temporadas.

Lía se sienta.

—Yo tengo votación mañana.

—Para la presidencia.

—Sí.

—¿Quieres seguir?

Ella mira el café.

—No sé.

Me gusta que esa palabra ya no sea una emergencia.

—Bien.

—¿Bien?

—Significa que no estás respondiendo como tu padre habría esperado.

—Tampoco quiero responder solo para llevarle la contraria.

—Mejor.

—Odio que estés tan razonable.

—Disparo terapéutico.

Lía pone los ojos en blanco.

—He pensado una cosa.

—Dime.

—Si sigo, quiero limitar el cargo. Dos años. Después votación obligatoria. Y quiero separar seguridad de presidencia. Y auditoría externa permanente de operaciones vinculadas.

—Eso va a enfadar a mucha gente.

—Sí.

—Entonces me gusta.

—No lo hago para enfadar.

—Eso lo hace mejor.

Al día siguiente me dan el alta.

No debería ir a la reunión del consejo.

Voy.

Lía no intenta impedírmelo.

Solo dice:

—Si te desmayas, te dejo en el suelo hasta que termine la votación.

—Eso es amor.

—Eso es agenda.

La sala es la misma de la reunión anterior, aunque parece otra.

La silla de Julià sigue vacía al principio.

Ramon Valls no está.

Su nombre ha sido suspendido formalmente y sus poderes revocados. Dos consejeros han presentado renuncia. Pere Estany parece haber envejecido diez años en una semana.

Marco se sienta a un lado.

Nico al fondo.

Clara y Giulia observan desde fuera del consejo.

Lía entra última.

No se sienta en la presidencia.

Se queda de pie.

—Antes de votar —dice— quiero proponer cambios que serán condición de mi candidatura.

Habla durante quince minutos.

Límite temporal.

Auditoría.

Incompatibilidades.

Control cruzado.

Registro de decisiones.

Protocolo para incapacidades.

Ninguna persona podrá volver a tener una llave que solo existe en su cabeza.

No habla de moral.

No habla de legado.

Habla de procedimientos.

Eso es mucho más revolucionario aquí.

Cuando termina, Pere Estany pregunta:

—¿Y si el consejo no acepta esas condiciones?

Lía cierra la carpeta.

—Entonces no soy candidata.

Marco la mira.

—¿En serio?

—Sí.

—¿Y quién preside?

—Lo decidís.

—Podría salir alguien peor.

—Eso es democracia corporativa, Marco. A veces sale gente que no me gusta.

Hay una risa pequeña.

La tensión baja.

Se vota primero la reforma.

Sale adelante por un margen menor del que esperaba.

Luego la presidencia.

Lía gana.

No por unanimidad.

Me alegra.

Las unanimidades en familias como estas siempre esconden algo.

Cuando anuncian el resultado, nadie aplaude al principio.

Lía mira la silla.

La de su padre.

Entonces hace algo que no esperaba.

—Cambiadla —dice.

Pere frunce el ceño.

—¿Qué?

—La silla. Está rota de un brazo y es incómoda.

Marco la mira.

Nico empieza a reír.

Primero bajo.

Luego de verdad.

Clara también.

Lía se sienta en una silla normal al otro lado de la mesa.

—Seguimos —dice.

Y ahí entiendo por fin qué significa reina para ella.

No quedarse con el trono.

Hacer que deje de ser necesario.