CAPÍTULO 17 — El muelle viejo
LÍA
A las diez y cincuenta y ocho de la noche estoy sola en un coche detenido frente a una verja oxidada.
Sola en apariencia.
Eso es lo único que me permite no gritarle a Nico por haber convertido medio kilómetro alrededor en una geometría de personas que no puedo ver.
No sé dónde está Enzo.
Por diseño.
Lo odio.
También lo acepté.
La contradicción se me ha vuelto familiar.
Llevo el documento de renuncia en una carpeta fina. Llevo el teléfono que me indicaron. No llevo armas. Nico lo comprobó tres veces como si yo pudiera fabricarme una pistola entre revisiones.
El muelle viejo no está abandonado, pero a esta hora lo parece. Hay naves cerradas, farolas separadas por zonas de sombra y el ruido distante de actividad en otras partes del puerto.
No es una postal.
Es cemento, viento y metal.
Bajo del coche.
El teléfono vibra.
CAMINA HASTA LA NAVE 4.
SOLA.
Camino.
Cada paso me parece demasiado alto.
No pienso en coronas.
No pienso en poder.
Pienso en Elena Puig, que me compraba bocadillos cuando yo iba a la oficina de mi padre con dieciséis años y fingía estudiar mientras escuchaba reuniones.
Pienso en que quizá ella está aquí por haber confiado en un correo falso.
Pienso en que esa clase de error no debería costar una vida.
La puerta de la nave está entreabierta.
Entro.
Hay luz al fondo.
Gabriel Aranda está de pie junto a una mesa.
Ramon Valls, sentado.
Y Elena, en una silla a unos metros, con las manos libres pero dos hombres cerca.
Está consciente.
Me ve.
Su cara se rompe.
—Lía, no.
Uno de los hombres le toca el hombro.
—Déjala —digo.
Aranda sonríe.
—Puntual.
—No tienes aspecto de rey.
—Y tú has tardado en aceptar el papel de reina.
—No me gustan los títulos que elige otra gente.
Valls se levanta.
Parece más viejo que en el consejo.
—Esto no tenía que llegar tan lejos.
Lo miro.
—Siempre decís eso cuando ya ha llegado.
—Tu padre estaba destruyendo lo que construyó.
—Mi padre murió.
—Antes.
Valls se acerca a la mesa.
—Marco cedía demasiado. Nico no entiende negocios. Tú…
—Yo estaba en formación.
Su cara se endurece.
—No sabes lo que cuesta sostener una estructura como esta.
—Entonces explícamelo sin secuestrar a una mujer de sesenta años.
Elena cierra los ojos.
Aranda interviene.
—No está secuestrada.
—Perfecto. Elena, levántate y vete.
Uno de los hombres bloquea el paso.
—Curiosa libertad —digo.
Aranda pierde un poco la sonrisa.
—No hagamos teatro jurídico. Has venido a firmar.
—He venido a verla viva.
—Ya la has visto.
—Ahora sale.
—Después.
—Antes.
—Lía —dice Valls—. No compliques algo que puede terminar bien.
Me río.
No puedo evitarlo.
—¿Bien para quién?
—Para todos. Aranda aporta capital. Tú conservas participación. Marco mantiene posición. Los Rinaldi se retiran. El puerto sigue funcionando.
—Y tú vuelves a la silla.
Valls no responde.
—Ahí está —digo.
Aranda pone un documento sobre la mesa.
—Firma la renuncia. Grabarás una declaración diciendo que la decisión es voluntaria por motivos personales y de duelo. Elena se marcha. Mañana el consejo designa a Valls temporalmente. La oferta se ejecuta.
—¿Y mi matrimonio?
Aranda sonríe.
—No durará.
—Qué confianza.
—Rinaldi no aceptará perder influencia sin obtener control. Enzo volverá a Italia cuando su padre se lo ordene.
—No conoces a Enzo.
—Conozco a los hombres.
—Ese es uno de tus problemas.
Aranda me mira.
—Firma.
Miro a Elena.
Tiene un pequeño moratón en la sien.
No pregunta.
No me suplica.
Eso hace más difícil todo.
—Quiero hablar con ella.
—No.
—Entonces no firmo.
—Firmarás.
—¿Por qué?
Aranda suspira.
—Porque has venido.
—Eso demuestra que me importa Elena. No que vaya a obedecerte.
Valls se acerca.
—Tu padre habría entendido.
La frase me enciende algo.
—No uses a mi padre.
—Julià y yo levantamos…
—Mi padre está muerto y tú has usado su firma después. No vuelvas a ponerlo de tu lado.
Valls palidece.
Aranda mira el reloj.
—Se acaba el tiempo.
—Para qué.
—Para la ventana de registro.
Ahí.
Información.
—Necesitas registrar antes de medianoche.
Aranda no responde.
—Por eso las once —continúo—. No por dramatismo. Por cierre de día societario.
Valls me mira con odio.
—Siempre fuiste demasiado lista para tu propio bien.
—No. Solo me escuchabais poco.
Tomo el bolígrafo.
Aranda se relaja un milímetro.
No firmo.
—Una condición.
—No estás en posición.
—Elena sale por esa puerta antes de que yo termine la firma. Si no, rompo el papel.
Aranda mira a uno de los hombres.
—No.
Dejo el bolígrafo.
—Entonces hemos terminado.
—Lía.
—No tienes tiempo.
Lo miro.
—Yo sí.
Es mentira.
Pero él no sabe cuánto.
Aranda aprieta la mandíbula.
—Que salga.
Uno de los hombres se acerca a Elena.
Ella se levanta despacio.
—Camina —le dice.
Elena me mira.
—No firmes.
Valls da un paso.
—Cállate.
—Tú cállate, Ramon —dice Elena.
La voz le tiembla, pero sale.
—Veintiséis años sirviendo café a hombres como tú y todavía crees que no aprendí nada.
El hombre junto a ella la empuja suavemente hacia la puerta.
Elena pasa a mi lado.
No la toco.
—Sigue —le digo.
Sale.
Respiro.
Una variable cambia.
No todo.
Pero una.
Aranda vuelve a señalar el papel.
—Firma.
Me inclino.
Escribo mi nombre.
Despacio.
No una rúbrica rápida. Cada letra.
Lía Vidal.
Valls mira el reloj.
—Ahora la declaración.
Aranda coloca un teléfono frente a mí.
—Di que renuncias voluntariamente.
—No.
—Has firmado.
—Sí.
—Entonces.
—La firma no vale hasta registro y comunicación. Y la declaración es precisamente lo que necesitáis para tapar la coacción.
Valls se queda helado.
Aranda no.
—Lo sabe —dice.
—Claro que lo sabe —respondo—. Por eso me habéis hecho traer el original.
Aranda se acerca.
—Di la frase.
—No.
Uno de los hombres da un paso hacia mí.
No retrocedo.
Mi cuerpo quiere.
Yo no.
—Lía —dice Valls—. No seas estúpida.
—Llevo toda la vida intentando variar.
Aranda pierde la paciencia.
—Se acabó.
El hombre me agarra del brazo.
Eso es la señal.
No porque Nico lo haya ordenado así.
Porque acordamos una única cosa: mientras no hubiera contacto físico, esperarían. En cuanto alguien me retuviera, se acababa la ficción de negociación voluntaria.
Las luces de la nave se apagan.
No sé si lo ha hecho Nico o ellos.
Durante un segundo todo es negro.
Alguien grita.
El hombre me aprieta el brazo.
Yo bajo el cuerpo, me libero a medias y golpeo la mesa. El teléfono cae.
Se enciende una luz lateral.
Veo movimiento.
Nico aparece desde un acceso que no sabía que existía. Dos personas más con él. Todo ocurre demasiado deprisa para entenderlo como una secuencia limpia.
Un golpe.
Una orden.
Aranda retrocede.
Valls saca algo del interior de la chaqueta.
Una pistola.
No pienso.
Solo veo la mano.
—¡Nico!
El disparo suena enorme.
No siento dolor.
Eso es lo primero.
Lo segundo es Enzo.
No sé de dónde sale.
Está entre Valls y yo.
Se lleva una mano al hombro.
La sangre aparece demasiado rápido sobre la camisa.
—No —digo.
Todo se rompe.
Nico llega a Valls antes de que pueda levantar otra vez el arma. No veo exactamente cómo. Solo veo a Valls en el suelo, el arma lejos y a uno de los hombres de Nico sujetándolo.
Aranda corre hacia una puerta lateral.
No llega.
Otra persona lo intercepta.
Yo estoy junto a Enzo.
—Mírame.
—Te estoy mirando.
Su voz está tensa.
—¿Dónde?
—Hombro.
—¿Ha salido?
—No lo sé.
—Enzo.
—Lía, respira.
—No me digas que respire.
—Entonces no respires, pero presiona aquí.
Me guía la mano sobre su hombro.
La sangre caliente atraviesa mis dedos.
Me mareo.
No ahora.
—Nico —grito.
—Sanitarios vienen.
—Ahora.
—Ya vienen.
Enzo intenta sonreír.
—Muy presidencial.
—Cállate.
—Eso sí es control.
—Te juro que si te mueres…
—No conviertas mi muerte en una guerra.
Lo miro.
El muy cabrón.
Se está riendo.
—Te odio.
—No era lo que dijiste anoche.
—Enzo.
Su cara cambia.
El dolor entra de verdad.
—Estoy bien.
—No mientas.
—No estoy bien.
—Mejor.
No sé por qué digo eso.
Quizá porque necesito que siga hablando.
Los sanitarios entran.
Me apartan.
No quiero.
Nico me toma por los hombros.
—Déjalos.
—Está sangrando.
—Lo sé.
—Se ha puesto delante.
—Lo sé.
—No tenía que estar aquí.
Nico me mira.
—Cambió cuando vio a Valls sacar el arma.
—Tú le dijiste que esperara.
—Y esperó hasta que no pudo.
Eso debería enfadarme.
No puedo.
Miro a Aranda esposado a unos metros. Ya no sonríe. Valls está sentado en el suelo, pálido, con una herida pequeña en la ceja.
Elena reaparece en la puerta acompañada por una mujer de seguridad.
Está viva.
Enzo está vivo.
De momento.
—El teléfono —digo.
Nico frunce el ceño.
—Qué.
—El de la declaración. Estaba grabando.
Nico mira al suelo.
Uno de los suyos lo encuentra bajo la mesa.
Pantalla rota.
Todavía encendida.
Grabación activa.
Aranda cierra los ojos.
Ahí.
No una confesión perfecta.
No todo.
Pero suficiente para que sus propias palabras existan fuera de su boca.
Suficiente para que mañana sea distinto.
Los sanitarios se llevan a Enzo.
Subo con él.
Nico intenta decir que no.
Lo miro.
No termina.
En la ambulancia, Enzo abre los ojos.
—¿Elena?
—Viva.
—¿Aranda?
—Detenido.
—¿Valls?
—También.
—¿La firma?
—No registrada.
Cierra los ojos.
—Entonces…
—No termines la frase.
—Solo iba a decir que ha sido una noche eficiente.
—Eres insoportable.
—Casada conmigo.
—Temporalmente.
Abre un ojo.
—Eso ha dolido más que el hombro.
Le aprieto la mano.
—Te quiero.
—Eso lo arregla.
—No te acostumbres.
La ambulancia arranca.
A través de la puerta trasera veo el puerto alejarse.
No parece conquistado.
Parece cansado.
Yo también.
Y por primera vez entiendo que quizá ser reina no consista en quedarse con el tablero.
Quizá consista en romper algunas casillas antes de que vuelvan a pedirte que sacrifiques a alguien para seguir jugando.