CAPÍTULO 16 — No vengas sola
ENZO
A las doce de la noche tenemos siete teorías y ninguna que me guste.
Nico las ha escrito en una pizarra del salón porque, cuando está preocupado, convierte el miedo en listas.
La séptima es la peor.
Marco camina de un lado a otro. Clara está sentada con un portátil, revisando la documentación de presidencia. Giulia habla por teléfono con alguien de nuestro lado. Lía está en el suelo junto a la mesa baja, descalza, con una carpeta abierta y una taza de café que lleva cuarenta minutos sin tocar.
Yo la observo demasiado.
No porque crea que puede desaparecer si aparto la vista.
Aunque quizá sí.
—Hay una cosa —dice Clara.
Todos la miramos.
—La presidencia temporal de Lía tiene una facultad que no tenían Marco ni Julià por separado.
Lía levanta la cabeza.
—Cuál.
—Puede suspender de manera inmediata determinados derechos de voto si existe conflicto grave acreditado, hasta que el consejo resuelva.
—Eso lo sé.
—Sí. Pero fíjate en la contrapartida. Si la presidenta renuncia durante una crisis de continuidad, la facultad pasa al consejero con mayor antigüedad hasta nueva votación.
Silencio.
Marco lo entiende primero.
—Valls.
Clara asiente.
—Si Lía renuncia antes de que formalicemos su suspensión definitiva, Ramon Valls recupera capacidad temporal.
Lía se pone de pie.
—Y puede activar la venta.
—No solo —dice Marco—. Puede reconocer la oferta de Aranda como medida de emergencia.
Nico borra los puntos uno, dos y tres de la pizarra y escribe una frase.
RENUNCIA PRESIDENCIAL.
—Eso es lo que quieren —dice.
—Una firma —murmura Lía.
—Y quizá una grabación para evitar que luego digas coacción —añade Clara.
Giulia cuelga.
—Riccardo confirma que Aranda ha movido fondos para mañana. No sabe a qué cuenta.
—Entonces tienen prisa —digo.
—Y Elena —dice Lía.
Nadie responde.
Nico se gira hacia ella.
—Ahora que sabemos la razón, no vas.
Lía lo mira.
—Ahora que sabemos la razón, puedo ir sin firmar.
—No.
—Nico.
—No me pidas que haga esto.
—No te lo pido. Te digo lo que voy a hacer.
—Te pueden matar.
—También pueden matar a Elena si no voy.
—Elena no querría que…
—No uses lo que Elena querría. No lo sabes.
Nico golpea el rotulador contra la mesa.
—Eres mi hermana.
—Sí.
—Y no pienso quedarme mirando mientras entras en una trampa.
Lía baja la voz.
—No te estoy pidiendo que mires.
—Entonces qué coño quieres.
—Que hagas tu trabajo sin decidir mi vida.
La frase cae demasiado dura.
Nico se queda inmóvil.
Giulia cierra los ojos.
Marco interviene.
—Basta.
—No —dice Nico.
Lo mira a él.
—Tú también quieres que vaya, ¿verdad? Porque es “la presidenta”. Porque papá la dejó con el voto y ahora todos fingimos que ser responsable significa ponerse delante.
Marco palidece.
—No he dicho eso.
—Lo piensas.
—No.
—Yo sí —dice Lía.
Todos nos callamos.
Ella respira.
—Una parte de mí piensa exactamente eso. Que si soy presidenta, si he dicho que nadie negocia mi sitio sin mí, tengo que ir.
Nico la mira.
—Eso no es valor.
—Ya lo sé.
—Entonces no vayas.
Lía se sienta otra vez.
—Y otra parte piensa que si no voy, Elena puede morir por una decisión que tomó Valls usando mi familia.
—Eso tampoco te obliga.
—No.
—Entonces.
Lía cierra la carpeta.
—Entonces necesito elegir sabiendo que ninguna opción es limpia.
Eso cambia la habitación.
No resuelve.
Cambia.
La gente siempre habla de decisiones difíciles como si al encontrar la correcta apareciera una especie de paz.
Es mentira.
A veces solo eliges qué culpa prefieres poder soportar después.
Nico se sienta.
Por primera vez en una hora.
—Si vas —dice—, no vas sola.
—El mensaje dice…
—Me importa una mierda el mensaje. Ellos quieren creer que estás sola. No es lo mismo.
Lía lo mira.
—Eso sí.
Marco exhala.
—Podemos preparar cobertura discreta.
Nico asiente.
—Sin detalles que puedan filtrarse. Círculo mínimo.
Clara levanta una mano.
—Y una cosa más: no llevas documento de renuncia real. Si te obligan a firmar, que sea una copia sin efecto.
Lía niega.
—No. Lo detectarán.
—¿Entonces?
—Llevaré el original.
Todos hablamos a la vez.
Lía levanta la voz.
—Escuchad.
Silencio.
—Si quieren una firma, tienen que creer que pueden conseguirla. La renuncia solo produce efecto cuando se registra en el consejo y se notifica a la sociedad. Firmar un papel no basta.
Clara piensa.
—Es verdad.
—Entonces puedo firmar si hace falta ganar tiempo.
—No me gusta —dice Marco.
—A mí tampoco.
Nico mira a Clara.
—¿Seguro?
—Sí. Una renuncia firmada puede revocarse antes de comunicación efectiva si demostramos coacción y no se ha ejecutado. No es ideal, pero no entrega automáticamente el control.
Lía se inclina.
—Eso es margen.
Yo sigo sin hablar.
Ella lo nota.
—Enzo.
—No sé qué decir.
—Eso no te pasa mucho.
—Estoy intentando no decir no vayas.
La habitación se queda quieta.
Lía me mira.
—¿Quieres decirlo?
—Sí.
—Dilo.
Me levanto.
—No vayas.
Nico asiente como si por fin alguien hubiera recuperado la razón.
Yo sigo.
—No vayas porque tengo miedo de que te maten. No vayas porque la idea de que estés ahí mientras yo espero me vuelve loco. No vayas porque llevo cuatro días casado contigo y ya me parece obsceno que el mundo pueda quitarme algo que todavía ni siquiera sé nombrar.
Lía no aparta los ojos.
—Pero —continúo— no voy a convertir ese miedo en una orden.
Nico me mira con incredulidad.
—Enzo.
—He dicho lo que quiero. Ella decidirá.
—Eso es fácil si luego el que tiene que recogerla soy yo.
La frase me entra como un golpe.
Me acerco a Nico.
—No creas que porque no la encierre me importa menos.
—No he dicho eso.
—Lo has insinuado.
Giulia se pone de pie.
—Los dos, parad.
Nico me sostiene la mirada.
Yo la suya.
Hay una parte de nosotros que entiende mejor la violencia que esta conversación.
Esa es precisamente la parte que no puede mandar.
Lía se mete entre los dos.
—No pienso pasar mi última noche antes de una posible trampa separando hombres.
La frase nos desarma.
—No digas “última noche” —dice Nico.
—Era una forma de hablar.
—Pues busca otra.
Lía lo mira.
—Vale.
Eso es lo más parecido a una disculpa que puede darle ahora.
A las dos, decidimos el plan general.
No detalles innecesarios. No rutas compartidas con más gente.
No heroicidades. Lía llegará al lugar acordado con apariencia de estar sola.
Nico coordinará la cobertura a distancia.
Marco permanecerá fuera del operativo, preparado para bloquear cualquier registro societario.
Clara estará con él. Giulia se quedará con su padre y mantendrá abierto el canal Riccardo.
Yo tengo una función sencilla y horrible.
Esperar donde Nico me diga.
—No —digo.
Nico me mira.
—No negociable.
—Soy parte del objetivo.
—Precisamente.
—Si algo cambia…
—Cambiará cuando yo diga.
Lía me mira.
Por un segundo estoy a punto de decir que no acepto.
Luego recuerdo todas las veces que he pedido a otros que confíen en una función.
—Vale.
Nico parece sorprendido.
—¿Vale?
—No me hagas repetirlo.
A las tres y media, todos se marchan.
Lía y yo nos quedamos solos.
El ático parece otro cuando se vacía después de una noche de miedo. Vasos, papeles, una manta en el sofá, la pizarra con palabras que preferiría borrar.
Lía lo hace.
Pasa una bayeta sobre RENUNCIA PRESIDENCIAL hasta que queda una mancha gris.
—¿Has decidido? —pregunto.
—Sí.
Mi estómago se cierra.
—Vas.
—Sí.
No intento discutir otra vez.
Me acerco.
—Ven.
—¿Dónde?
—A dormir.
—No voy a poder.
—Yo tampoco.
—Entonces para qué.
—Para fracasar juntos.
Eso le arranca una sonrisa agotada.
Entramos en el dormitorio.
Nos desvestimos sin intención sexual al principio. Camiseta, pantalón, ropa tirada en una silla. Lía se mete en la cama y se queda de lado, mirándome.
Yo apago la luz.
—No —dice.
La vuelvo a encender.
—¿Qué pasa?
—Quiero verte.
Me quedo quieto.
—Lía.
—No es despedida.
—Ha sonado.
—Pues no lo hagas sonar así.
Se acerca y me besa.
Despacio.
Nada que ver con la hora que me pidió después de ver a mi padre. Esto es otra cosa. No quiere olvidar. Quiere recordar.
Le toco la cara.
—¿Quieres seguir?
—Sí.
—¿Sexo?
—Sí.
La palabra queda limpia.
No es adrenalina convertida en deseo a la fuerza. No es premio. No es despedida aunque el miedo intente disfrazarla de eso.
Nos besamos con una lentitud que al principio me desespera y luego se vuelve necesaria. Lía recorre mi espalda con las manos. Yo la beso en el hombro, en el cuello, en la boca otra vez. El cuerpo aprende una memoria distinta cuando no corre.
—Mañana —dice de pronto.
Me detengo.
—Qué.
—Si algo sale mal…
—No.
—Enzo.
—No quiero instrucciones póstumas.
—No seas imbécil.
—Soy serio.
—Y yo.
Me mira.
—Si algo sale mal, no conviertas mi muerte en una guerra.
Me aparto un poco.
El deseo desaparece de golpe.
—No.
—Escúchame.
—No.
—Eso sí es decidir por mí.
La frase me hiere.
Precisamente porque tiene razón.
Me siento en la cama.
—No me pidas eso.
Lía se incorpora.
—Te lo pido.
—No sé si podría.
—No te pido que no quieras quemarlo todo. Te pido que no lo hagas.
Miro el suelo.
—¿Y tú qué harías si me mataran a mí?
Lía tarda.
—Querría quemarlo todo.
—Gracias.
—Y luego intentaría no hacerlo.
—Eso es muy poco tranquilizador.
—Es verdad.
La miro.
—Prometo intentarlo.
—Me basta.
—No debería.
—No busco promesas perfectas.
Me toca la cara.
El momento sexual se ha roto.
No intentamos recuperarlo.
Nos tumbamos.
Lía apoya la cabeza en mi pecho.
Después de unos minutos, dice:
—Te quiero.
No estoy seguro de haberla oído bien.
—¿Qué?
—No me obligues a repetirlo porque lo convertiré en una cláusula.
El corazón me golpea tan fuerte que me parece ridículo.
—Yo también te quiero.
Silencio.
—Eso ha sido rápido —dice.
—Llevo días siendo lento.
—Cuatro.
—Una eternidad.
Lía se ríe contra mi pecho.
No hacemos el amor esa noche.
Dormimos.
Y me sorprende que eso sea más íntimo que muchas cosas que he hecho desnudo.