CAPÍTULO 15 — La oferta
LÍA
A las once de la mañana, Gabriel Aranda intenta comprar el puerto sin usar la palabra comprar.
Lo hace en una sala de hotel con vistas al mar, delante de siete personas que representan bancos, aseguradoras y fondos. Ninguna de ellas tiene aspecto de villano. Eso también conviene recordarlo.
El dinero importante casi nunca lleva cara de amenaza.
Marco está a mi derecha. Enzo, a la izquierda. Nico no entra; está fuera con seguridad. Giulia se ha quedado con su padre y con un equipo revisando la vía Riccardo. Clara participa como asesora externa y ha insistido en que todo quede documentado.
Aranda sonríe cuando entramos.
—No esperaba a los recién casados.
—Por eso hemos venido —digo.
Nos sentamos.
Sobre la mesa hay una presentación impresa.
“Plan de Estabilización Operativa”.
Leo el título.
—Qué poco imaginación.
Aranda no pierde la sonrisa.
—La imaginación es cara en finanzas.
—La opacidad también.
Uno de los representantes bancarios carraspea.
—Quizá podamos mantener un tono…
—Profesional —termino—. Perfecto.
Abro la carpeta.
Aranda empieza.
Habla de riesgo de transición, fallecimiento inesperado, incertidumbre de liderazgo, tensiones entre socios, exposición reputacional por el matrimonio, concentración de vencimientos y dudas de proveedores.
Todo cierto.
Esa es la parte inteligente.
Las mejores manipulaciones no inventan el suelo. Solo inclinan la habitación.
—Meridian está dispuesta a garantizar continuidad —dice— mediante una inyección de capital y adquisición temporal de una participación no dominante.
—Cuánto —pregunta Marco.
Aranda dice una cifra.
Es alta.
También es baja para lo que quiere.
—Porcentaje —digo.
Veintinueve.
—Derechos especiales.
—Protecciones habituales.
—Enumere.
Aranda me mira.
—Veto sobre ventas estratégicas, designación de dos consejeros, preferencia en futuras ampliaciones y derecho de adquisición si determinados ratios se incumplen.
—O sea, control sin llamarlo control.
—O sea, protección de una inversión.
—Con dinero que ustedes mismos han ayudado a hacer necesario.
La sala se queda quieta.
Aranda se apoya en la mesa.
—Eso es una acusación.
—No. Esta es una pregunta.
Pongo una copia de la garantía de Bruma Capital a Vallmar Gestión.
—¿Qué relación tiene Bruma con Meridian?
Aranda ni siquiera mira el papel.
—Una sociedad participada.
—¿Cuánto?
—No recuerdo.
—Doce por ciento directo y un acuerdo de gestión que les da control efectivo sobre determinadas operaciones.
—Si ya sabes la respuesta, no preguntes.
—Quería escuchar cómo la evitabas.
Uno de los fondos mira a Aranda.
Pequeño cambio.
Información nueva.
Marco pone otro documento.
—Vallmar Gestión pertenece en un cuarenta y uno por ciento a una estructura vinculada a Ramon Valls.
—Ramon Valls es socio histórico de su familia —dice Aranda.
—Suspendido —respondo.
—Por una decisión discutible.
—Por una decisión mía.
Aranda me mira.
—Eso es precisamente lo que preocupa. Una presidencia temporal, una boda precipitada, un consejo dividido…
—Y, sin embargo, hemos pagado todo a fecha de hoy.
—Hasta hoy.
Ahí está.
Demasiado rápido.
—Qué vence mañana —pregunto.
Aranda no responde.
Miro al representante de la aseguradora.
Baja la vista.
—Qué vence mañana.
El hombre se aclara la garganta.
—Una línea de garantía operativa.
Marco frunce el ceño.
—Está renovada.
—Estaba condicionada a mantenimiento de calificación interna.
—¿Y ha cambiado?
—Esta mañana.
Silencio.
—Por qué —pregunto.
—Gobernanza.
Aranda no sonríe ya.
Lo entiendo.
El rumor no era el objetivo.
Era el material para fabricar una bajada de calificación.
La bajada permite no renovar.
La no renovación crea necesidad de capital.
Y Aranda entra como salvador.
No necesito decirlo en voz alta.
Clara sí dice algo.
—¿Quién emitió la evaluación de gobernanza?
El representante mira sus papeles.
—Una consultora externa.
—Nombre.
—Orbe Risk.
Enzo se inclina hacia mí.
—La conozco.
—¿De qué?
—Trabaja con dos sociedades de mi padre.
Aranda mira hacia él.
—Trabaja con media Europa.
—Y con Riccardo —dice Enzo.
Ahí sí cambia algo.
Muy poco.
Suficiente.
—Esto se suspende —digo.
El representante del banco levanta una mano.
—Señora Vidal, no puede suspender una evaluación externa.
—No. Pero sí puedo rechazar la oferta de Aranda y aportar garantía alternativa.
Marco me mira.
No tenemos garantía alternativa suficiente.
Eso también lo sabe Aranda.
—¿Con qué? —pregunta.
Antes de que yo responda, Enzo habla.
—Con Rinaldi Mercantile.
Me giro.
—No.
Enzo no me mira.
—Emitiremos cobertura por el importe de la línea durante noventa días.
Aranda se ríe.
—Tu padre no ha autorizado eso.
—No necesita hacerlo.
—La sociedad no es solo tuya.
—La participación con derechos de firma sí.
Lo miro.
—Enzo.
Ahora sí vuelve hacia mí.
—No compra participación. No obtiene voto. No cambia propiedad. Es una garantía comercial con comisión de mercado.
—No hemos hablado de esto.
—No.
—Entonces no puedes…
Me detengo.
Iba a decir decidir por nosotros.
Enzo lo sabe.
—Puedo decidir arriesgar mi parte —dice—. No puedo obligarte a aceptarla.
Silencio.
La distinción me enfurece porque es real.
Y porque me deja una elección que no quiero hacer delante de Aranda.
—Necesito cinco minutos —digo.
Aranda se recuesta.
—Cada minuto cuenta.
—Entonces disfruta viéndolos pasar.
Salimos a una sala contigua.
Cierro la puerta.
—¿Qué demonios haces?
Enzo se quita la chaqueta.
—Lo que he dicho.
—No puedes poner una empresa de tu familia detrás de una garantía sin hablar conmigo.
—Puedo ofrecerla.
—Sabías que me pondrías contra la pared.
—No.
—Claro que sí. O acepto y parezco depender de mi marido o rechazo y Aranda entra.
—Lía.
—No.
Camino hasta la ventana.
Estoy furiosa.
También asustada.
Y debajo de ambas cosas, una gratitud que no quiero sentir porque me hace más difícil estar furiosa.
—Tenías que decírmelo —digo.
—Sí.
Me giro.
—¿Sí?
—Sí. Lo pensé anoche después de saber lo de Orbe. Quería comprobar si podía hacerlo antes de plantearlo. Esta mañana confirmé la firma. Debí llamarte entonces.
—¿Por qué no lo hiciste?
Enzo tarda.
—Porque sabía que intentarías encontrar diez alternativas antes de aceptar ayuda de mi lado.
—Eso es decidir por mí.
—Sí.
No se defiende.
Eso no me calma.
Pero evita que empeore.
—Y porque —continúa— una parte de mí quería llegar a la sala con una solución que Aranda no esperara.
—Querías ganar.
—Sí.
—Usándome.
—No.
—Usando nuestro problema.
—Sí.
La diferencia existe.
No sé si me basta.
—Te odio un poco ahora mismo.
—Lo entiendo.
—No digas que lo entiendes como si eso fuera a resolverlo.
—No lo resuelve.
—Bien.
Silencio.
Marco abre la puerta apenas.
—¿Puedo entrar o vais a divorciaros de verdad y darle una alegría a Aranda?
—Entra —digo.
Le explicamos la garantía.
Marco la revisa.
—Es limpia —dice—. Si la comisión es de mercado y no hay opción oculta.
—No hay opción —dice Enzo.
—¿La aceptamos? —pregunta Marco.
Me mira a mí.
La decisión.
Podría rechazarla para demostrar independencia.
Eso sería orgullo, no poder.
Podría aceptarla sin condiciones.
Eso sería prisa.
—Sí —digo—, con tres condiciones.
Enzo espera.
—Uno: comisión auditada por tercero. Dos: la garantía no puede convertirse en capital ni en derecho de voto bajo ninguna circunstancia. Tres: si tu familia intenta usarla para condicionar una decisión, la sustituimos aunque nos cueste más.
—Acepto.
—Y cuatro.
Enzo levanta una ceja.
—Has dicho tres.
—He cambiado de opinión.
Marco resopla.
—Qué sorpresa.
—Cuatro: no vuelves a traer una solución de este tamaño a una sala sin decírmelo antes.
Enzo me mira.
—Acepto.
Volvemos.
Aranda nos ve entrar y sabe que algo ha cambiado.
Anuncio la garantía.
El representante de la aseguradora pide detalles. Clara los entrega. Marco explica la estructura. Enzo confirma que no hay participación ni opción de conversión.
Aranda escucha.
Cuando terminamos, sonríe otra vez.
—Qué bonito —dice—. El marido salva a la esposa.
El comentario está diseñado para herirme.
Funciona un poco.
Antes de que responda, Enzo habla.
—No. Una sociedad garantiza a otra y cobra por ello.
—Casualmente la de tu esposa.
—Casualmente la presidencia de mi esposa podría haber elegido cualquier otra garantía si existiera tiempo. Usted ha trabajado para que no lo hubiera.
Aranda se inclina.
—Cuidado con las acusaciones.
—Cuidado con creer que somos tan fáciles de provocar como sus informes.
Yo pongo las manos sobre la mesa.
—La oferta queda rechazada.
Uno de los fondos asiente. Otro también.
La aseguradora pide veinticuatro horas para revisar la nueva cobertura.
No es victoria.
Es tiempo.
A veces el poder consiste en comprar un día.
Al salir, Nico nos espera.
Su cara me dice que el día acaba de encarecerse.
—¿Qué pasa?
—Elena ha desaparecido del apartamento.
Se me para el cuerpo.
—¿Cómo?
—La persona que la vigilaba perdió visual durante nueve minutos por una incidencia en el edificio. Cuando volvió, no estaba.
—¿Se la han llevado?
—No lo sé.
—¿Hay cámaras?
—Una. Cortada.
Enzo se acerca.
—¿Mensaje?
Nico asiente.
Me enseña una foto enviada al teléfono de Marco.
Elena dentro de un coche.
No sabemos si consciente.
Y una frase:
MAÑANA, 23:00.
MUELLE VIEJO.
LA REINA VIENE SOLA O LA SECRETARIA FIRMA SU ÚLTIMO PAPEL.
Nico me quita el teléfono antes de que termine de leer dos veces.
—No vas.
Lo miro.
—No empieces.
—Esta vez sí.
—Nico.
—No.
Marco se coloca a su lado.
—Tiene razón.
Enzo no dice nada.
Lo miro.
—¿Tú también?
Él tarda.
—Creo que quieren exactamente esta discusión.
Eso me detiene.
No ha dicho no vas.
—Entonces qué hacemos.
Enzo mira la foto.
—Primero averiguar por qué necesitan que seas tú.
Nico aprieta la mandíbula.
—Y luego no va.
—Luego decide con información —dice Enzo.
Mi hermano lo mira.
—Te estás jugando que la maten.
Enzo gira hacia él.
—No. Me estoy negando a decidir por ella aunque me dé miedo.
Silencio.
Nico me mira.
Yo también tengo miedo.
Mucho.
Eso no desaparece porque alguien respete mi decisión.
Solo deja de ser una jaula.
—Esta noche —digo— nadie decide nada.
Marco abre la boca.
—He dicho nadie.
Tomo la foto.
—Primero encontramos la razón.
Y, por primera vez, la palabra reina deja de parecerme una provocación.
Empieza a parecerme una responsabilidad que no quiero, pero que ya no puedo fingir que pertenece a otro.