REINA DEL PUERTO CAPÍTULO 14 — El tío Riccardo
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CAPÍTULO 14 — El tío Riccardo

ENZO

Riccardo elige un restaurante donde las mesas están tan juntas que resulta imposible matar a alguien sin molestar a una pareja cenando.

No sé si eso me tranquiliza o me parece muy propio de él.

Llegamos a las siete en punto.

Lía lleva pantalón negro, jersey oscuro y el pelo recogido. Nada que atraiga cámaras. Aun así, la mitad de las miradas la siguen cuando entra.

No por belleza solamente.

Hay gente que ocupa espacio sin intentar hacerlo.

Riccardo está al fondo.

Solo.

Eso significa que no está solo.

Nos sentamos.

—La pareja del momento —dice.

—Tú también estuviste casado —respondo.

—Una vez. Aprendí.

Lía deja el bolso junto a su silla.

—¿Qué había en la carpeta?

Riccardo sonríe.

—Directa.

—Tenemos una vida fuera de aquí.

—Todos.

—Entonces no la desperdicies.

Mi tío me mira.

—Me gusta.

—No es relevante.

—Para ti parece bastante relevante.

Lía no reacciona.

Yo tampoco.

Riccardo toma vino.

—Julià llevaba años preparando un mapa de lealtades. Empresas, deudas, favores, personas comprables, personas no comprables. Una guía para saber qué parte del puerto se caería si él faltaba.

—¿Cómo lo sabes? —pregunta Lía.

—Porque Valls me enseñó una parte.

—¿Cuándo?

—Hace seis meses.

—¿Y tú qué le enseñaste a Valls?

Riccardo sonríe.

—Eso ya es otra conversación.

—Entonces esta termina.

Lía se levanta.

Riccardo alza una mano.

—Siéntate.

Ella lo mira.

No se sienta.

—No la mandes —digo.

—Dios mío, ya te ha domesticado.

Me inclino.

—No confundas educación con correa.

Riccardo suspira.

—Sentaos los dos.

Lía decide hacerlo.

La diferencia es visible.

Mi tío no la entiende.

—Valls vino a mí —continúa—. Dijo que Julià estaba enfermo. Que Marco no tenía estómago para hacer lo necesario. Que Nico era músculo. Que la niña…

Lía levanta una ceja.

—Sigue. Me interesa tu versión zoológica.

Riccardo sonríe.

—Que tú no estabas preparada.

—Error uno.

—Sí.

—¿Cuál fue el dos?

—Creer que yo quería el puerto.

—¿No lo quieres? —pregunto.

Mi tío me mira.

—Quiero influencia. El puerto es demasiado visible. Aranda quiere activos. Valls quiere seguir mandando aunque Julià muera. Yo quería que vuestra familia dejara de acercarse a la nuestra como si Giulia fuera la deuda pendiente.

—Eso es una versión noble —digo.

—No he dicho que sea noble.

—¿Qué querías a cambio?

—Participación en dos operaciones. Acceso preferente a contratos. Y que tu padre dejara de apartarme.

Lía cruza las manos.

—Entonces sí estabas dentro.

—Al principio.

—¿Y luego?

Riccardo mira alrededor.

Por primera vez parece incómodo.

—Aranda cambió el plan.

—Cómo.

—Valls quería presión. Aranda quiso quiebra.

—¿La diferencia? —pregunta Lía.

—Con presión, los Vidal negocian. Con quiebra, venden.

—¿Y tú te retiraste por conciencia?

Mi tío se ríe.

—No.

—Mejor.

—Me retiré porque Aranda empezó a pedir garantías que me dejaban debajo de él.

—Orgullo —dice Lía.

—Supervivencia.

—Mismo traje, distinto perfume.

Tengo que mirar el mantel para no sonreír.

—¿Qué robó Valls de la caja? —pregunto.

Riccardo toma la copa.

—El mapa.

—¿Original?

—Una copia parcial.

—¿Y el token de firma?

Mi tío deja la copa.

—Eso no estaba en el acuerdo.

Lía lo observa.

—¿No sabías que lo tenía?

—No.

—¿Elena Puig?

La cara de Riccardo cambia apenas.

—¿Qué pasa con Elena?

—Está desaparecida.

—No fui yo.

—No he preguntado.

—Pero lo has pensado.

—Pienso muchas cosas.

Riccardo se inclina hacia mí.

—Enzo, si Valls tiene el token, puede fabricar decisiones de Julià durante un tiempo. No muchas. Los certificados caducan, las auditorías llegan. Pero las suficientes para ensuciar una transición.

—Ya lo ha hecho.

—Entonces se está quedando sin tiempo.

Lía apoya las manos en la mesa.

—¿Qué quiere Aranda mañana?

Mi tío no responde.

—Sabes que hay algo mañana —dice ella.

—Hay una reunión de aseguradores y financiadores a las once.

—No consta en agenda.

—Porque no es vuestra.

—¿Dónde?

Riccardo bebe.

—Hotel Marina. Aranda presentará una propuesta de estabilización a varios acreedores. Si consigue que dos crean que los Vidal no pueden cubrir vencimientos, los otros seguirán.

—Efecto manada —digo.

—Dinero —corrige Riccardo.

Lía ya está pensando.

—¿Qué necesita demostrar?

—Que la alianza es inestable.

—Por eso los rumores.

—Sí.

—Y que la gobernanza Vidal está rota.

—Sí.

—Por eso la firma falsa.

—Probablemente.

—¿Y Elena?

Riccardo niega.

—No lo sé.

Lo creo.

No sé si eso es bueno.

—¿Por qué nos cuentas esto? —pregunto.

Mi tío me mira.

—Porque tu padre me ha cortado.

Me quedo inmóvil.

—¿Qué?

—Después de que retiraras tus poderes, Vittorio me pidió que abandonara toda negociación con Meridian. Congeló dos cuentas.

No esperaba eso.

—No me lo dijo.

—Tu padre tampoco te cuenta todo. Qué sorpresa.

Lía me mira de lado.

No interviene.

—Entonces papá ha elegido.

Riccardo sonríe triste.

—No. Tu padre ha elegido no perderte todavía.

La frase me enfurece porque suena posible.

—¿Y tú quieres venganza?

—Quiero no hundirme con Aranda.

Honesto.

Feo.

Útil.

—Danos prueba —dice Lía.

—No tengo documentos.

—Entonces danos algo verificable.

Riccardo piensa.

—Aranda usa una sociedad llamada Bruma Capital para entrar donde no quiere aparecer. Preguntad por una garantía emitida hace tres semanas a favor de una empresa de Valls.

—Nombre.

—Vallmar Gestión.

Lía saca el móvil.

Riccardo levanta la mano.

—No aquí.

—No estoy llamando a nadie.

—Entonces qué haces.

—Apuntarlo.

—Tienes buena memoria.

—También respaldo.

Riccardo sonríe.

—Definitivamente me gustas.

Lía guarda el móvil.

—Definitivamente sigue sin importarme.

Nos levantamos.

Mi tío me agarra del brazo cuando paso.

—Enzo.

Lo miro.

—No te creas mejor que nosotros porque preguntas antes de tocarla.

Siento el cuerpo endurecerse.

Lía se detiene.

Riccardo continúa:

—El poder encuentra maneras más educadas de convertirse en abuso. Vigila las tuyas.

Quiero partirle la boca.

Eso me demuestra que la frase ha entrado.

Suelto el brazo.

—Preocúpate de las tuyas.

Salimos.

En la calle, Lía camina sin hablar durante media manzana.

—No le hagas caso —dice al fin.

—¿A qué parte?

—A la última.

—¿Por qué no?

—Porque quería herirte.

—Eso no significa que sea falsa.

Lía se detiene bajo un balcón.

Hay gente pasando. Una bicicleta. Dos turistas mirando un mapa. Vida normal alrededor de una conversación que no lo es.

—¿Crees que me controlas? —pregunta.

—A veces quiero.

Su expresión cambia.

—Gracias por la sinceridad.

—No significa que lo haga bien.

—¿Cuándo?

Pienso.

—Cuando sales sola y no sé dónde estás. Cuando discutes con Marco y quiero entrar. Cuando te veo cansada y sigues trabajando. Cuando alguien te habla como Valls y me dan ganas de resolverlo con métodos que no te necesitan.

Lía me mira.

—Eso es bastante.

—Sí.

—¿Y qué haces?

—Hasta ahora, preguntar. A veces equivocarme. A veces callarme cuando debería explicar por qué estoy callado.

—Eso último es muy tuyo.

—Lo sé.

—¿Quieres que te diga cuándo lo siento como control?

—Sí.

—Aunque no esté de acuerdo contigo.

—Sobre todo.

Lía respira.

—Bien.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Quieres controlarme?

La pregunta la sorprende más que debería.

—No.

Espero.

Ella me mira.

—Vale. Sí. A veces.

—¿Cuándo?

—Cuando hablas con tu padre y no sé qué le cuentas. Cuando pienso que puedes volver a Italia y dejarme aquí con una estructura a medias. Cuando alguna mujer te mira y recuerdo que hasta hace cuatro días teníamos una cláusula abierta.

—Ya no.

—Lo sé.

—¿Celos?

—No te emociones.

—Eso ha sido un sí.

—Ha sido un “cállate”.

Sonrío.

Ella intenta no hacerlo.

Fracasa.

—Enzo.

—Qué.

—Lo de la otra noche… con la corbata.

Mi cuerpo recuerda antes que yo responda.

—Sí.

—¿Fue bien de verdad?

La pregunta es seria.

—Sí.

—¿No lo dijiste porque pensabas que era lo que yo quería oír?

—No.

—¿Te gustó que yo tuviera el control?

—Mucho.

Lía baja la mirada un segundo.

—Bien.

—¿Por qué?

—Porque a mí también.

No añado una broma.

Es difícil.

Pero aprendo.

De vuelta al ático, verificamos Bruma Capital.

Existe.

Vallmar Gestión también.

Y hay una garantía registrada tres semanas antes.

No es prueba de delito.

Es el primer puente documental completo entre Aranda y Valls.

Nico llama veinte minutos después.

Ha localizado a Elena.

Viva.

En un apartamento turístico en Castelldefels.

No está retenida físicamente.

Está asustada.

Y no quiere volver.

—¿Por qué? —pregunta Lía.

Nico tarda.

—Dice que firmó una activación para Valls antes de que Julià muriera.

Silencio.

—¿Voluntariamente? —pregunto.

—Dice que Valls le enseñó un correo de Julià autorizándolo.

Lía cierra los ojos.

—Falso.

—Probablemente.

—¿Y luego?

—Cuando vio la autorización usada después de la muerte, entendió que la iban a señalar. Huyó.

Lía se sienta.

—No la traigas.

—¿Seguro?

—Pregúntale qué quiere.

Nico guarda silencio.

—Vale.

Lía cuelga.

Yo la miro.

—Eso no lo habría hecho tu padre.

Ella levanta los ojos.

—No.

—Y no has tardado en hacerlo.

Algo se afloja en su cara.

—Gracias.

No la beso.

No porque no quiera.

Porque a veces una frase necesita quedarse sola.