REINA DEL PUERTO CAPÍTULO 13 — La firma del muerto
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CAPÍTULO 13 — La firma del muerto

LÍA

Una firma hecha después de la muerte debería ser fácil de descartar.

No lo es.

A las ocho de la mañana tengo delante a tres abogados, dos técnicos, Marco, Nico y una pantalla que insiste en que la autorización es auténtica.

No una imagen pegada.

No una firma escaneada.

Auténtica según el sistema.

—El certificado es de papá —digo.

—Sí —responde el técnico.

—Y se utilizó diecinueve horas después de que muriera.

—Sí.

—Entonces el sistema está mal.

El técnico se mueve en la silla.

—El sistema valida el certificado, no la condición vital del firmante.

Nico lo mira.

—Acabas de describirlo de la peor forma posible.

—Lo sé.

—¿Dónde estaba el dispositivo de firma? —pregunta Marco.

El técnico consulta sus notas.

—Según inventario, en el despacho del señor Vidal. Token físico, segundo factor y clave de activación.

—La clave solo la sabía él —dice Marco.

Yo no digo nada.

Mi padre tenía setenta y dos años, un corazón roto y una obsesión por el control. La idea de que una clave crítica existiera únicamente dentro de su cabeza me parece demasiado romántica para él.

—No —digo.

Marco me mira.

—¿Qué?

—No la sabía solo él.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque papá preparaba su muerte desde antes de admitir que podía morir.

Nico apoya ambas manos en la mesa.

—Entonces dejó contingencia.

—Seguro.

—¿A quién?

Pienso en la lista.

Marco, heredero visible.

Nico, seguridad.

Yo, votos ocultos.

Ramon Valls, socio histórico.

Manel Roca, notario.

Y una persona que nadie está mencionando porque nunca entraba en las fotos.

—Elena Puig —digo.

Marco frunce el ceño.

—¿La secretaria de papá?

—No era su secretaria.

—Lía…

—Le organizó la vida durante veintiséis años. Sabía qué médico veía, qué llamadas evitaba, dónde estaban los originales y qué cliente no debía coincidir con cuál. Si había una contingencia, Elena la conocía.

Nico ya está escribiendo.

—¿Dónde está?

Marco mira el móvil.

—No vino al funeral.

Silencio.

—Eso no es normal —digo.

Llamamos.

No contesta.

Nico manda a dos personas a su domicilio.

No está.

Su coche sí.

No hay señales de violencia, según la primera llamada. Tampoco maleta evidente. El vecino la vio por última vez la noche anterior al entierro.

La silla que faltaba estaba delante todo el tiempo.

No en el consejo.

En la despedida.

—Vamos a casa de papá —digo.

Marco niega.

—Nico puede revisar.

—No sabe qué buscar.

—Tú tampoco.

—Yo sé cómo guardaba las cosas.

—¿Desde cuándo?

—Desde que aprendí que me castigaban por abrir cajones.

Marco me mira.

—Eso explica demasiado.

—Muchísimo.

Enzo entra en la sala cuando estamos terminando. Lleva café para mí sin preguntarme si quiero. Lo deja al lado del portátil.

—¿Qué me he perdido?

—Una mujer desaparecida y un muerto que firma.

—Mañana normal.

Le explico.

No intenta decir que viene conmigo.

Solo pregunta:

—¿Quieres que vaya?

—Sí.

Marco abre la boca.

Lo miro.

La cierra.

Aprende lento, pero aprende.

La casa de mi padre todavía huele al funeral. Flores cortadas, café, cera. Han retirado las bandejas de comida, no las coronas. En el recibidor hay una tarjeta caída en el suelo. La levanto y la dejo sobre una mesa.

No quiero mirar de quién es.

Entramos al despacho.

El barco de Nico sigue en la estantería.

Me alegra y me enfada verlo.

Nico revisa cajones con guantes. Yo le digo cuáles tienen doble fondo. Marco no sabía que existían dos. Enzo no comenta.

El dispositivo de firma debería estar en un cajón pequeño detrás de una tabla deslizante.

Está vacío.

—¿Quién conocía esto? —pregunta Nico.

—Papá. Elena. Yo, desde los diecisiete.

Marco me mira.

—¿Desde los diecisiete?

—Buscaba dinero.

—¿Robabas a papá?

—Veinte euros.

—Lía.

—Tenía diecisiete.

Enzo está sonriendo.

—No ayudes —le digo.

—No hago nada.

—Tu cara.

—No está regulada.

Nico resopla.

—¿Podemos volver al dispositivo capaz de firmar después de la muerte?

—Sí.

Miro el hueco.

Hay polvo alrededor de la madera, pero no en el fondo. El aparato se retiró hace poco.

Junto al hueco, una pequeña marca blanca.

—Esto no estaba —digo.

—¿Qué? —pregunta Enzo.

Señalo.

Un adhesivo arrancado. Queda una esquina.

Nico lo toma con pinzas.

—¿Etiqueta de inventario?

—No.

Me acerco.

Es papel grueso, crema.

Lo reconozco.

—Elena etiquetaba así las cajas personales de papá.

—¿Con qué? —pregunta Marco.

—Iniciales.

—No quedan.

—Sí queda tinta.

Nico lo guarda.

No necesitamos un laboratorio para saber que alguien movió el dispositivo a una caja.

La pregunta es quién se llevó la caja.

Buscamos durante una hora.

No está.

Entonces Enzo mira el suelo.

—¿Esa alfombra siempre estaba torcida?

Lo miro.

—No.

Mi padre podía tolerar corrupción, amenazas y tres cenas simultáneas. Una alfombra torcida, no.

Entre los cuatro movemos el mueble bajo que la pisa.

Detrás hay una caja fuerte pequeña empotrada.

Marco me mira.

—¿También desde los diecisiete?

—Esta no.

Nico examina el teclado.

—Está abierta.

Dentro no hay dinero.

Hay una carpeta y un teléfono viejo.

La carpeta contiene copias de poderes delegados.

Uno a nombre de Elena.

Otro a nombre de Ramon Valls.

Ambos pueden activar el certificado en caso de incapacidad temporal del presidente.

—Valls —dice Marco.

—Y Elena —corrige Nico.

—Elena está desaparecida.

—Eso no la hace inocente.

—Tampoco culpable —digo.

Tomo el teléfono.

No tiene batería.

Nico lo guarda.

Enzo sigue mirando la caja.

—¿Qué falta?

—¿Cómo sabes que falta algo?

—Porque hay dos marcas rectangulares en el polvo y solo una carpeta.

Miro.

Tiene razón.

Había otra.

—¿Qué guardaría papá aquí? —pregunta Marco.

No lo sé.

Y no soportarlo me enfurece.

—Algo que no quería en el despacho —digo.

Mi móvil vibra.

Número desconocido.

Una foto.

Elena Puig sentada en una cafetería. Viva. Sola. Mira hacia la ventana.

Debajo:

DEJAD DE BUSCAR A LA SECRETARIA.

LA PRÓXIMA FOTO SERÁ PEOR.

Enzo está a mi lado antes de que termine de leer.

—¿Cuándo? —pregunta.

Miro los metadatos visibles.

No hay hora.

Nico toma el teléfono.

—No respondas.

—No iba a hacerlo.

—Lía.

—Ya lo sé.

Mi cuerpo está frío.

No porque Elena pueda ser culpable.

Porque puede no serlo.

Y si no lo es, alguien está usando una mujer de sesenta años como mensaje para que yo vuelva a sentir exactamente lo que he estado intentando destruir: que decidir tiene cuerpos alrededor.

Marco se pasa la mano por la cara.

—Paramos.

—No.

—Hay una vida.

—Por eso no paramos.

—Lía, no puedes…

—No voy a lanzar una búsqueda pública. No voy a mover veinte coches. No voy a hacer lo que esperan.

Miro a Nico.

—Una persona. La mejor que tengas. Sin relación visible con nosotros. Localiza la cafetería por detalles de la foto, no por el teléfono.

Nico asiente.

—Eso puedo hacerlo.

—Y nosotros seguimos como si no hubiéramos recibido nada.

Marco me mira con algo que no sé si es miedo o respeto.

Quizá ambos.

—Te pareces a él —dice.

La frase me golpea.

—No.

—Lía…

—No vuelvas a decírmelo hoy.

Salgo del despacho.

Enzo me sigue, pero no inmediatamente. Me alcanza en el pasillo.

—¿Quieres que te deje?

—No.

La respuesta sale rápido.

Me detengo.

—No.

Enzo espera.

—Lo odio —digo.

—¿Qué?

—Que Marco tenga razón en algo.

—Pasa mucho con los hermanos mayores. Es una enfermedad.

—No bromees.

—Vale.

Respiro.

—Tomé una decisión y durante un segundo pensé en Elena como variable.

—También dijiste que hay una vida y cambiaste el método.

—Después.

—Lía.

—No quiero convertirme en mi padre.

Enzo se acerca, despacio.

—Entonces no uses a tu padre como única medida de lo que eres.

—Eso suena a frase de terapeuta.

—Ha sido horrible.

—Bastante.

—Puedo hacerlo peor.

—No.

Me toca el brazo.

—¿Puedo?

Asiento.

Me abraza.

No tengo ganas de sexo.

Tengo ganas de esconderme dentro de su chaqueta durante cinco minutos y odiar a todo el mundo desde ahí.

Lo hago.

Cinco minutos exactos.

Más o menos.

Cuando me separo, su teléfono vibra.

Giulia.

Enzo lee.

—Riccardo quiere vernos.

—¿A los dos?

—A los dos.

—¿Dónde?

—Dice que en un lugar sin Vidal ni Rinaldi.

—Eso no existe.

Enzo me enseña el mensaje.

Un restaurante pequeño en el Born.

Hora: siete.

Y debajo:

VENID SOLOS SI QUERÉIS SABER QUÉ ROBÓ VALLS DE LA CAJA DE JULIÀ.

Miro hacia el despacho.

La segunda carpeta.

Alguien acaba de decirnos que sabe qué contenía.

No es una invitación.

Es una forma muy educada de colocar un anzuelo.

—Vamos —digo.

Enzo no contesta enseguida.

—No solos.

—El mensaje dice…

—Me da igual. Vamos sin familia visible. Pero Nico sabrá dónde estamos.

Lo miro.

—Eso sí lo acepto.

—Milagro.

—No lo estropees.