CAPÍTULO 12 — La sangre de mi padre
ENZO
Mi padre recibe a su hijo recién casado en una suite de hotel como si hubiera venido a presentar resultados trimestrales.
No abraza.
No pregunta por Lía.
Mira el reloj.
—Llegas tarde.
—He heredado malas costumbres españolas.
—No bromees.
Me siento frente a él.
Vittorio Rinaldi ha envejecido desde la última vez que lo vi.
No físicamente de manera evidente. Sigue impecable.
Pelo gris corto. Camisa blanca. Gemelos de plata.
Pero hay algo en la forma de sostener los hombros, una rigidez nueva, como si hubiera empezado a descubrir que un apellido pesa más cuando se acerca el momento de entregarlo.
Riccardo no está.
Eso importa.
—¿Dónde está mi tío?
—No es asunto tuyo.
—Entonces empezamos bien.
—Enzo.
—Está pidiendo financiación a Meridian contra un supuesto fracaso de mi matrimonio.
Mi padre no reacciona.
Demasiado tarde.
—Lo sabías.
—Sabía que hablaba con ellos.
—¿Para qué?
—Riccardo lleva años buscando capital para una expansión.
—¿Y decides reactivarle sociedades justo cuando Vidal entra en crisis?
—No tienes toda la información.
—Dámela.
—No funciona así.
Me río una vez.
Sin humor.
—Claro que funciona así. Solo que tú no quieres.
Mi padre se levanta y va hacia la ventana.
Barcelona al fondo. El puerto no se ve desde aquí, pero ambos sabemos dónde está.
—Julià murió —dice.
—Lo sé.
—Era de mi generación.
No sé qué hacer con ese dato.
—¿Eso te preocupa?
—Me recuerda que las estructuras duran más que nosotros.
Ahí está otra vez.
Estructuras.
Continuidad.
Palabras que mi padre usa cuando quiere hablar de personas sin concederles el desorden de ser personas.
—Lía no es una estructura.
—No he dicho eso.
—Lo piensas.
—Pienso que os habéis casado para estabilizar dos casas.
—Nos hemos casado para quitarle a Aranda la llave que quería.
Mi padre gira.
—¿Y crees que eso os hace libres?
—No.
—Bien.
—Pero nos hace menos obedientes.
Eso le gusta menos.
—Riccardo cree que te estás ablandando —dice.
—Riccardo cree que la violencia es una personalidad.
—También tiene apoyos.
—¿Cuántos?
—Suficientes.
—¿Y tú?
Mi padre no contesta.
La pregunta no era cuántos apoyos tiene.
Era a quién apoya.
—Papá.
—No voy a permitir que una boda de tres días reorganice nuestra familia.
—No te lo estoy pidiendo.
—Entonces deja a Riccardo.
—No.
—No es tu decisión.
—Todavía.
La palabra queda en el aire.
Mi padre me mira como si acabara de reconocer a alguien.
Quizá a sí mismo.
Eso no me halaga.
—¿Qué vas a hacer? —pregunta.
—Suspender su acceso a las sociedades que represento.
—No tienes mayoría.
—No necesito mayoría para retirar mis poderes delegados.
—Eso será interpretado como una fractura.
—Perfecto.
—Estás jugando con fuego.
—No. Estoy quitando gasolina a un hombre que la compra con dinero de Aranda.
Mi padre aprieta los labios.
—No tienes prueba.
—Tengo suficiente para no prestarle mi firma.
Silencio.
—Esto es ella —dice al fin.
No necesito preguntar quién.
—No.
—Antes no habrías hecho esto.
—Antes Giulia todavía vivía como moneda de cambio, tú controlabas todas mis sociedades y yo pensaba que obedecer era una forma elegante de esperar mi turno.
Mi padre se queda inmóvil.
—Lía no me ha cambiado —continúo—. Me ha puesto delante algo que ya me estaba molestando.
—Las mujeres siempre creen que descubren a los hombres.
—Y los hombres siempre creen que las mujeres solo aparecen cuando las miramos.
La frase me sale demasiado perfecta.
Me molesta incluso a mí.
Mi padre sonríe.
—Ahora sí suenas casado.
Me levanto.
—Retiro mis poderes a Riccardo hoy.
—Si haces eso, tendrás enemigos dentro.
—Ya los tengo.
—No sabes cuántos.
—Entonces empezaremos a contarlos.
Voy hacia la puerta.
—Enzo.
Me detengo.
—¿La quieres?
Julià me hizo la misma pregunta.
Qué obsesión tienen los padres con saber algo antes que sus hijos.
—No sé.
Mi padre niega.
—Entonces eres más tonto de lo que pensaba.
—Probablemente.
Salgo.
Lía está en el coche.
No debería.
Yo le había dicho que iba solo.
Luego corregí mi error y le expliqué dónde estaría. Ella decidió venir y esperar abajo.
Cuando abro la puerta, no pregunta inmediatamente.
Me da una botella de agua.
—Tienes cara de haber discutido en italiano.
—Hemos hablado en castellano.
—Entonces has desperdiciado dramatismo.
Bebo.
—Sabía que Riccardo estaba hablando con Meridian.
—¿Tu padre?
—Sí.
—¿Sabía para qué?
—Dice que no.
—¿Le crees?
—A medias.
—Igual que antes.
—Con menos mitad.
Lía asiente.
No me toca.
—He retirado mis poderes delegados a Riccardo.
Ahora sí me mira.
—Eso es grande.
—Sí.
—¿Lo hiciste por mí?
La pregunta es una trampa aunque ella no quiera.
—No.
Algo se le endurece en la cara.
—Bien.
—Lo hice por mí y porque afecta a nosotros.
La dureza baja un poco.
—Mejor.
—No quiero que puedas pensar algún día que te debo una fractura con mi familia.
—No te la pediría.
—Lo sé.
—¿Seguro?
—No.
Lía exhala.
—Por fin aprendes.
El coche arranca.
A mitad de camino, ella recibe un mensaje.
—Aranda ha mordido —dice.
—¿Qué versión?
—La tercera. Que estamos negociando anular el matrimonio a cambio de vender una participación.
—¿Dónde apareció?
—En una llamada registrada entre un despacho vinculado a Meridian y un fondo de adquisición.
—Tres canales.
—Tres confirmados.
—Y la foto del puerto sigue siendo un cuarto.
—Sí.
Se queda pensando.
—Eso me preocupa más.
—A mí también.
—Porque no es rumor financiero. Es presencia física.
—Y alguien dentro.
Lía mira por la ventanilla.
—Quiero ir al ático.
—¿No tenías reunión con Marco?
—La he movido.
—¿Por qué?
Gira hacia mí.
—Porque llevamos tres días casados, mi padre ha muerto, tu familia se está fracturando, alguien nos fotografía y quiero una hora en la que nada sea una estrategia.
La frase me golpea directamente en el cuerpo.
—Una hora.
—Sí.
—¿Qué quieres hacer con ella?
Lía me mira.
No aparta los ojos.
—A ti.
No hay sonrisa.
No es broma.
El conductor mira la carretera con una intensidad heroica.
Yo me acomodo en el asiento.
—¿Quieres que paremos el coche?
—No.
—¿Quieres que cuando lleguemos…?
—Quiero que cuando lleguemos no me preguntes veinte veces porque tienes miedo de equivocarte.
—Eso contradice varias normas.
—No. Te estoy diciendo lo que quiero.
—Dímelo completo.
Lía aprieta los labios.
Luego decide no protegerse detrás del fastidio.
—Quiero que me lleves a la habitación. Quiero que me beses hasta que deje de pensar en contratos. Quiero que seas más firme que las otras veces. Y si digo para, paras. Si digo despacio, bajas. Si no digo nada raro, sigues.
Mi respiración cambia.
—¿Eso es un sí anticipado a todo?
—No.
—Bien.
—Es un sí a que no conviertas cada centímetro en una consulta administrativa.
—Eso puedo intentar.
—Inténtalo bien.
El trayecto restante es largo.
No por distancia.
Cuando entramos en el ático, Lía deja el bolso en el suelo antes de que la puerta termine de cerrarse.
Yo pongo la mano en su nuca.
Me mira.
No pregunto con palabras.
Ella asiente.
La beso.
Firme.
Sin la lentitud de las primeras veces, pero sin perder atención. Lía responde al instante. Sus manos se meten bajo mi chaqueta, la empujan hacia atrás. Yo la acerco por la cintura y ella deja escapar un sonido bajo contra mi boca.
Eso me atraviesa.
—¿Bien? —murmuro.
—Sí. No pares por hablar.
La vuelvo a besar.
Caminamos mal hacia el dormitorio, tropezando una vez con el borde de la alfombra. Lía se ríe y yo también. La risa dura poco. En la habitación, me empuja contra la puerta y me besa el cuello.
No esperaba eso.
Me gusta demasiado.
—Creía que querías que yo fuera firme.
—No he dicho que tú mandaras.
Ah.
La miro.
Sus ojos tienen esa luz que aparece cuando ha encontrado una cláusula escondida.
—Entendido.
Lía me hace sentarme en el borde de la cama.
Se queda de pie entre mis piernas.
Me quita la corbata despacio.
—Esta me gusta más así —dice.
—¿Fuera?
—En mis manos.
El deseo me golpea con una claridad casi ofensiva.
—Lía.
—¿Qué?
—Si vas a usar eso, dime cómo.
Su expresión cambia, se suaviza un poco.
—No voy a atarte.
—No he dicho que no quiera.
Silencio.
No había pensado decirlo hasta oírme.
Ella tampoco esperaba oírlo.
—¿Quieres? —pregunta.
—Contigo, sí.
—¿Seguro?
—Sí.
Lía mira la corbata en sus manos.
Luego a mí.
—Muñecas delante. Nada de cuello. Si quieres parar, dices rojo.
—Rojo.
—Si quieres bajar, amarillo.
—Amarillo.
—Y yo puedo parar cuando quiera.
—Siempre.
No hay nada improvisado en el consentimiento y, precisamente por eso, todo lo demás puede serlo.
Lía ata la corbata alrededor de mis muñecas con un nudo que no es tan seguro como cree. No se lo digo.
No importa.
Lo que importa es que he elegido no usar las manos.
Ella se inclina y me besa.
Despacio al principio, luego con una seguridad nueva. Me toca el pecho, la mandíbula, el pelo. Se aleja cuando intento seguirla y sonríe.
—No.
—Cruel.
—Mediocre paciencia.
—Histórica.
Lía se ríe y vuelve.
El juego dura poco y mucho a la vez. Lo suficiente para que el control cambie de sitio sin que ninguno pierda nada. Cuando finalmente deshace el nudo, me pregunta:
—¿Bien?
—Muy.
—¿Más?
Esta vez sonrío.
—Mucho más.
Lo que sigue es menos ordenado. Más cuerpo, menos frases. Aun así, las palabras pequeñas siguen apareciendo cuando hacen falta.
Sí.
Así.
Espera.
No ahí.
Otra vez.
No necesitamos convertirlo en una escena perfecta. Hay una risa, una rodilla mal colocada, un momento en que Lía me pide que pare porque le tira el pelo una horquilla que olvidó quitarse. La saca, la lanza al suelo y dice:
—Sigue.
Sigo.
Después, tumbado a su lado, miro el techo.
—Una hora —digo.
Lía gira la cabeza.
—¿Qué?
—Has dicho una hora.
Mira el reloj.
Han pasado setenta y tres minutos.
—Mierda.
—Fracaso de planificación.
—No se repetirá.
—Espero que sí.
Me golpea con la almohada.
El teléfono vibra en el suelo.
Los dos lo miramos.
Lía suspira.
—El mundo tiene un sentido del tiempo horrible.
Toma el móvil.
Mensaje de Nico.
NO ENCUENTRO QUIÉN ENTREGÓ LA FOTO.
PERO EL MENSAJERO ENTRÓ AL PUERTO CON UNA AUTORIZACIÓN VIGENTE.
FIRMADA POR PRESIDENCIA.
Lía se queda inmóvil.
—Presidencia —digo.
—La firma es de mi padre.
—¿Antes de morir?
—La autorización tiene fecha de ayer.
Nos miramos.
Julià ya estaba muerto.
Alguien no solo tiene acceso.
Alguien puede firmar como un muerto.