REINA DEL PUERTO CAPÍTULO 11 — El ruido de las máquinas
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CAPÍTULO 11 — El ruido de las máquinas

LÍA

El segundo rumor no aparece en prensa.

Aparece en un muelle.

A las nueve de la mañana, un proveedor cancela una descarga alegando “incertidumbre de control societario”.

A las nueve y cinco, otro pide confirmación de firmas.

A las nueve y veinte, un responsable de operaciones me llama para decir que hay treinta y dos trabajadores esperando una orden que nadie quiere dar porque cada jefe teme que el siguiente jefe vaya a desautorizarlo.

Eso sí me enfurece.

Los rumores en internet son aire.

Treinta y dos personas paradas porque alguien juega con nuestros apellidos son horas, salarios y familias.

Voy al puerto.

Marco intenta detenerme.

—Hay seguridad suficiente —le digo.

—No es por seguridad.

—Entonces peor.

—Lía, eres presidenta desde hace dos días. No necesitas presentarte en cada incidencia.

—Esta no es una incidencia.

—Es un proveedor nervioso.

—Es exactamente lo que quieren: que parezca que nadie sabe quién decide.

—Puedes resolverlo por teléfono.

—Y ellos pueden seguir diciendo que la presidencia es un papel.

Marco exhala.

—Vas con Nico.

—No.

—Lía.

—Nico está con Giulia siguiendo la vía Rinaldi. Voy con seguridad normal.

Enzo, apoyado en la puerta, no interviene.

Marco lo mira.

—¿No vas a decir nada?

—Me han explicado que no decido por ella.

—Eso es muy cómodo cuando la que se mete en problemas es mi hermana.

—También es mi esposa.

La palabra cambia el aire.

Marco aprieta la mandíbula.

Yo levanto la mano.

—Ya está.

Los dos me miran.

—Voy al puerto. Enzo viene si quiere. Seguridad hace su trabajo. Nadie convierte esto en un plebiscito sobre mi autonomía.

—Voy —dice Enzo.

—No te he pedido que…

—Has dicho si quiero.

Cierro la boca.

Correcto.

—Bien.

El puerto a media mañana no se parece a las fotografías. Hay ruido. Motores. Señales acústicas. Chalecos fluorescentes. Camiones avanzando a velocidades ridículas y aun así capaces de asustarte por tamaño. El aire huele a sal, caucho y gasóleo.

No es decorado.

Eso también importa.

En la oficina de operaciones hay nueve personas hablando a la vez.

Cuando entro, se callan.

Odio ese silencio.

—Seguid —digo.

Nadie sigue.

—No he venido a escuchar cómo dejáis de hablar.

Una mujer de unos cincuenta años con pelo corto levanta la mano, como si estuviéramos en clase.

—Soy Mercè, coordinación de turno.

—Sé quién eres.

Eso la sorprende.

—Vale.

—¿Qué necesitas?

Mercè mira a los demás.

—Una firma.

—¿De quién?

—Ese es el problema.

Me enseña una orden de continuidad. Requiere validación de presidencia porque el proveedor ha invocado cambio de control.

—No hay cambio de control —digo.

—Ya.

—Entonces ¿por qué estáis parados?

Un hombre joven responde:

—Porque legal dijo que mejor esperar.

—¿Quién de legal?

—No sé. Un correo general.

—Enséñamelo.

Mercè abre una pantalla.

El correo existe.

La cuenta también.

Pero la firma está mal.

No por ortografía.

Por una cosa más pequeña.

Nuestro departamento jurídico siempre escribe “Vidal Logística, S.A.” con coma después de Logística en la firma automatizada. Ese correo no.

—Es falso —digo.

Enzo se inclina.

—¿Por eso?

—Por eso y porque el dominio de respuesta tiene una letra duplicada.

Mercè maldice.

—¿Nos han parado con un correo falso?

—Durante treinta y siete minutos.

—Me cago en…

—Sí.

Firmo la orden.

—Reanudad.

El ruido vuelve casi de inmediato.

No como una metáfora.

Como máquinas.

Eso me produce una satisfacción que ningún consejo me da.

No porque haya mandado.

Porque algo vuelve a funcionar.

Enzo me observa.

—Qué.

—Nada.

—No empieces.

—Te gusta más esto que la silla.

Miro por la ventana de la oficina. Un operador hace una señal. Una plataforma empieza a moverse.

—Mucho más.

—Entonces quizá tu padre eligió mal el símbolo.

—Mi padre elegía símbolos para los demás.

—¿Y tú?

—Yo quiero cosas que funcionen.

Mercè se acerca.

—Lía.

—Sí.

—Hay otra cosa.

Me entrega una carpeta física.

—Esto llegó ayer por mensajero. Pensamos que era vuestro.

No tiene remitente.

Dentro hay una fotografía.

Enzo y yo saliendo del hospital la noche de la boda.

Y detrás, una frase escrita a mano:

NO DURARÁN NI UNA SEMANA.

Enzo la mira.

—Muy literario.

—Y muy físico —digo.

—¿Qué quieres decir?

—No es para nosotros.

Miro a Mercè.

—Es para que lo vea gente de aquí. Para que el rumor no parezca rumor, sino algo que “alguien sabe”.

Mercè frunce el ceño.

—Pues si sirve de algo, a mí me da igual con quién te acuestes mientras firmes a tiempo.

Enzo se ríe.

Yo también.

—Gracias, Mercè.

—De nada.

Salimos de la oficina.

La fotografía no corresponde a ninguna de las tres versiones que enviamos.

Eso significa que hay un cuarto canal.

Uno que no controlamos.

—¿Aranda? —pregunta Enzo.

—O alguien dentro del puerto.

—Valls tenía gente aquí.

—Sí, pero su versión ya salió por prensa. Esto es distinto.

Mi móvil vibra.

Nico.

Contesto.

—Habla.

—La versión enviada por el canal de Riccardo ha aparecido en Italia.

—¿Cuál?

—Que Enzo se niega a consumar el matrimonio y está preparando salida.

Miro a Enzo.

—Qué humillante para ti.

—Devastador.

Nico continúa:

—La ha repetido un intermediario financiero vinculado a Riccardo. Canal confirmado.

—Dos.

—Dos.

—Falta Aranda.

—Sí. Y hay algo más. Riccardo ha preguntado esta mañana por una línea de crédito puente si “la integración falla”.

—¿Con quién?

—Meridian.

Miro a Enzo.

Su cara cambia.

—Ya tenemos conexión —digo.

—Tenemos conversación —corrige Nico—. No prueba.

—Lo sé.

Cuelgo.

Enzo se queda mirando las máquinas.

—Mi tío está más metido de lo que pensaba.

—Sí.

—Y mi padre lo reincorporó.

—También.

—No digas nada.

Lo miro.

—No iba a hacerlo.

—Tu cara sí.

—Mi cara no está regulada por contrato.

Él sonríe apenas.

Luego desaparece.

—Tengo que hablar con mi padre.

—Sí.

—Solo.

La palabra me molesta.

No debería.

—Claro.

Enzo me mira.

—Eso ha sonado a castigo.

—No.

—Lía.

—Has pedido ir solo. He dicho claro.

—Y te has cerrado.

—No todo es sobre nosotros.

—No he dicho eso.

—Entonces vete.

Lo digo demasiado rápido.

Enzo se queda quieto.

Podría discutir.

No lo hace.

—Vale.

Se va.

Yo me quedo entre ruido, gente y movimiento sintiéndome ridícula.

No porque quiera acompañarlo.

Porque quiero que quiera que lo acompañe.

La diferencia no me mejora.

Vuelvo a la oficina.

Mercè me mira.

—¿Problemas matrimoniales?

—No.

—Claro.

—No te pago por diagnosticarme.

—Tampoco me pagas tú directamente.

Me siento frente al ordenador.

—Me caes peor de lo que recordaba.

—Eso también significa que me recuerdas.

Durante dos horas revisamos accesos, correos, turnos y llamadas. No encontramos al autor de la foto. Sí encontramos que el mensajero usó un nombre falso y pagó en efectivo.

Poco.

Pero algo.

A las cuatro, Enzo vuelve.

No me escribe antes.

Entra en la oficina y se queda junto a la puerta.

Mercè mira de uno a otro.

—Voy a… hacer cosas de trabajo.

Sale.

Enzo espera.

—¿Qué ha dicho tu padre?

—Que Riccardo no es asunto mío.

—Eso significa que es asunto tuyo.

—Sí.

—¿Lo sabía?

—Sabía que Riccardo estaba buscando financiación. Dice que no sabía para qué.

—¿Le crees?

Enzo tarda.

—A medias.

Asiento.

—Y antes —dice—, cuando me fui.

—No hace falta.

—Sí hace.

Se acerca.

—Te pedí ir solo porque si mi padre mentía no quería que tuvieras que verlo antes de que yo supiera qué hacer con eso.

—Eso sigue siendo decidir por mí.

—Sí.

Me sorprende.

—¿Sí?

—Sí. Y mientras conducía me di cuenta.

—Bien.

—No tan bien.

—No.

Silencio.

—La próxima vez —dice— te diré por qué necesito ir solo y tú decidirás qué haces con esa información.

—Eso es mejor.

—Mediocre, pero mejor.

La palabra de su disculpa anterior.

Me acuerdo.

—Mucho.

Enzo se acerca otro paso.

—¿Puedo besarte?

Lo miro.

—Estamos en una oficina del puerto.

—Lo sé.

—Hay cristal.

—También.

—Mercè puede volver.

—Eso me preocupa más.

Me río.

—Sí.

Me besa.

Breve al principio.

Yo no quiero breve.

Le agarro la corbata —hoy sí lleva— y lo acerco de nuevo. Su espalda golpea suavemente la puerta. Enzo levanta las manos, como si quisiera demostrar que no va a asumir nada.

—No seas idiota —murmuro.

—Necesito instrucciones.

Tomo una de sus manos y la pongo en mi cintura.

—Empieza por recordar.

Su mirada se oscurece.

—Eso puedo hacerlo.

El beso siguiente no tiene nada de prudente salvo la forma en que sigue preguntando con el cuerpo antes de avanzar. Mi respiración se desordena. La suya también.

Alguien golpea el cristal.

Nos separamos.

Mercè está al otro lado con una carpeta.

Nos mira.

Mira la corbata de Enzo en mi mano.

—Cuando terminéis de estabilizar el mercado —dice a través del cristal— tengo las hojas de acceso.

Quiero morirme.

Enzo se ríe.

Yo le suelto la corbata.

—Ni una palabra.

—No he dicho nada.

—Tu cara.

—No está regulada por contrato.

Lo odio un poco.

Eso también empieza a gustarme.