CAPÍTULO 10 — El entierro
ENZO
Los funerales convierten a los enemigos en hombres educados durante exactamente el tiempo que tarda en cerrarse una tumba.
Después vuelven a ser enemigos.
Julià Vidal es enterrado dos días después de morir.
La mañana está limpia, fría para Barcelona. El tipo de cielo que parece una falta de respeto cuando una familia llega vestida de negro.
Lía camina entre Marco y Nico.
Yo voy detrás con Giulia.
No porque alguien haya decidido el orden. Porque Lía lo ha pedido.
—Hoy quiero estar con mis hermanos —me dijo al salir del coche.
—Claro.
Nada más.
No me ha tocado desde que nos levantamos. Yo tampoco a ella.
No forma parte del señuelo.
Eso me preocupa.
Hay momentos en los que la estrategia y la emoción usan la misma cara y solo quien la lleva sabe cuál es cuál.
El cementerio está lleno de hombres que no lloran y mujeres que saben quién está mirando.
Reconozco a socios, abogados, empresarios, antiguos trabajadores, políticos locales, dos periodistas que fingen haber venido por respeto y tres personas de mi familia que no deberían haber conseguido asiento tan cerca.
Una de ellas es Riccardo Rinaldi.
Mi tío lleva un traje negro de corte antiguo y un bastón que no necesita. Tiene sesenta y cinco años y la costumbre de hablar como si cada conversación ocurriera en una habitación de la que él posee la llave.
No lo veía desde Navidad.
No lo echaba de menos.
—Enzo —dice cuando se acerca.
—Riccardo.
Mira a Giulia.
—Te has vuelto difícil de localizar.
—Me he vuelto selectiva.
—Eso es una enfermedad de juventud.
Nico aparece a su lado.
No dice nada.
Riccardo lo mira y sonríe.
—El guardián.
—El tío —responde Nico.
Giulia me pisa ligeramente el zapato para que no me ría.
Riccardo vuelve a mí.
—Así que te has casado.
—Eso dicen los papeles.
—Rápido.
—Tú tardaste más y acabó peor.
Su sonrisa se queda quieta.
Su primer matrimonio terminó con una separación que todavía se menciona en voz baja en reuniones familiares, no porque hubiera escándalo sino porque su exmujer se marchó con la mitad de una empresa y una alegría imposible de disimular.
—Sigues teniendo mal gusto para el momento —dice.
—Y tú buen gusto para aparecer cuando alguien muere.
Giulia interviene.
—Estamos en un funeral.
Riccardo inclina la cabeza.
—Precisamente.
Se aleja.
Nico espera hasta que está fuera de oído.
—Me cae bien.
—Se nota.
—Me gustaría hablar con él en un lugar sin cámaras.
—Eso también se nota.
El servicio empieza.
No escucho todo. Miro a Lía.
Permanece recta. La cara inmóvil. Cuando Marco habla, baja la cabeza. Cuando Nico pone una mano en su espalda, ella la acepta. Cuando Clara lee una breve despedida, Lía cierra los ojos.
Yo no debería estar midiendo cada gesto.
Lo hago.
No por control.
Porque quiero saber cuándo me necesita.
Eso también puede convertirse en control si no tengo cuidado.
Me repito la diferencia como una disciplina.
Al terminar, la gente forma una fila absurda para decir frases que nadie recuerda.
Lo siento mucho.
Era un gran hombre.
Tu padre cambió esta ciudad.
Siempre estará con vosotros.
Lía responde gracias una y otra vez hasta que la palabra pierde significado.
Yo me quedo a distancia.
Esa es la primera versión que hemos decidido filtrar: matrimonio frío, alianza puramente formal, tensión privada después del fallecimiento.
Ramon Valls aparece junto a ella.
Lo veo antes de oírlo.
—Lía —dice—. Tu padre y yo tuvimos diferencias, pero…
Ella levanta una mano.
—Hoy no.
—Solo quería decirte…
—Hoy no, Ramon.
Valls traga saliva.
Mira hacia mí.
Yo aparto la vista.
Que crea que no intervenimos el uno por el otro.
Que crea lo que necesite.
Después del entierro hay una recepción breve en la casa familiar.
No había estado allí.
Es grande sin ser ostentosa, lo cual probablemente significa que la ostentación está en cosas que no se ven: madera antigua, arte real, seguridad discreta, una cocina donde tres personas trabajan sin hacer ruido.
Lía desaparece durante casi una hora.
Nadie sabe dónde está.
Marco cree que con Nico. Nico cree que conmigo.
Yo sé que no está conmigo.
Eso me irrita más de lo razonable.
La encuentro en el despacho de su padre.
La puerta está entreabierta.
No entro.
—Lía.
—Pasa.
Está sentada en la silla de Julià, rodeada de cajas. Ha abierto un cajón y tiene fotografías antiguas sobre la mesa.
—Te están buscando.
—Ya me encontrarán.
—Marco cree que estás conmigo.
—Eso ayuda al rumor.
—¿Es por eso que estás aquí?
Me mira.
—No.
Entro y cierro.
—¿Qué buscas?
—No sé.
Esa respuesta es tan extraña en ella que me detengo.
Lía toma una fotografía.
Julià joven, quizá treinta y cinco. Marco niño. Nico en brazos. Una mujer que debe de ser su madre. No hay Lía.
—Yo nací después —dice.
—Lo supuse.
—Mi madre guardaba fotos. Mi padre guardaba pruebas.
Deja la imagen.
—Quería saber si alguna vez guardó algo solo porque le gustaba.
Miro alrededor.
—¿Y?
—No sé distinguirlo.
Me acerco.
Sobre una estantería hay un barco de madera pequeño. Mal hecho. La pintura está saltada.
—Eso —digo.
Lía sigue mi mirada.
—Lo hizo Nico en el colegio.
—Entonces no tiene valor.
—Ninguno.
—Y está aquí.
Se queda mirando el barco.
La boca le tiembla.
Muy poco.
—Cabrón —susurra.
No sé si habla de su padre o de mí.
Probablemente de ambos.
Se levanta y va hasta la estantería. Toma el barco.
Una de las pequeñas velas de tela está torcida.
—Nico tenía ocho años —dice—. Papá se burló porque parecía una bañera.
—Y lo guardó.
—Sí.
Lía se sienta en el suelo con el barco entre las manos.
Yo me siento a su lado.
No la abrazo al principio.
Ella apoya el hombro en el mío.
Nos quedamos así.
—Esto no se lo contamos a nadie —dice.
—¿El barco?
—Que hemos tenido un momento humano.
—Destruiría nuestra reputación.
Una risa pequeña.
Luego silencio.
—Enzo.
—Sí.
—Hoy no quiero hacer de nosotros una estrategia.
—Bien.
—Pero tampoco quiero que parezca que por eso tenemos que…
Se detiene.
—¿Qué?
—No sé.
Otra vez.
Dos “no sé” en diez minutos.
El duelo está haciendo cosas interesantes y crueles con su vocabulario.
—No tenemos que hacer nada —digo.
Lía deja el barco sobre la mesa baja.
—Quiero que te quedes esta noche.
—Vivimos juntos.
—Sabes lo que quiero decir.
Sí.
—¿En tu habitación?
—Sí.
—¿Quieres sexo?
Me mira, sorprendida por la claridad.
—No.
—Entonces dormiré contigo.
—¿Y si cambio de idea?
—Me lo dices.
—¿Y si tú quieres?
—Querer no obliga a hacer.
Sus ojos se quedan en mí.
—Eso te sale demasiado bien.
—He tenido una profesora intensa durante cuarenta y ocho horas.
Lía me empuja con el hombro.
No fuerte.
Esa noche dormimos juntos.
Vestidos.
Ella de espaldas a mí al principio. Después se gira dormida y se pega a mi cuerpo. Yo permanezco despierto un rato, sintiendo su respiración contra el cuello.
Tengo deseo.
Claro que sí.
Y no hago nada con él.
Hay una clase de intimidad que consiste precisamente en no convertir cada deseo en acción.
A las cinco y doce, el teléfono de Lía vibra sobre la mesita.
Los dos despertamos.
Mensaje de Nico.
VERSIÓN 1 HA SALIDO.
RUMOR: MATRIMONIO EN CRISIS TRAS EL FUNERAL.
ORIGEN TRAZADO A CONTACTO DE VALLS.
Lía lee y se sienta.
—Uno —dice.
—Uno.
—Faltan dos.
Me levanto.
—Vamos a ver quién necesita que nos odiemos más.