REINA DEL PUERTO CAPÍTULO 9 — La silla vacía
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CAPÍTULO 9 — La silla vacía

LÍA

Mi padre muere a las dos y cuarenta y tres de la madrugada.

No hay una frase final.

No hay una mirada que cierre nada.

Cuando llegamos, ya están intentando reanimarlo.

Marco entra primero. Nico después. Yo llego a la puerta y me quedo parada un segundo que odiaré durante semanas.

No porque no quiera entrar.

Porque de pronto entiendo que, si cruzo, mi padre puede morir delante de mí.

Como si no cruzar fuera a impedirlo.

Enzo me toca la espalda.

Solo una vez.

No empuja.

Entro.

Los médicos trabajan. Las máquinas hacen sonidos demasiado altos. Una enfermera nos aparta. Marco tiene la cara blanca. Nico aprieta los puños. Yo miro los pies de mi padre bajo la sábana porque no puedo mirar otra cosa.

A las dos y cuarenta y tres, alguien dice la hora.

Eso es todo.

Una vida de órdenes, miedo, dinero, favores, errores y silencios termina convertida en una hora exacta.

No lloro allí.

Marco sí.

Una vez.

Nico apoya la frente en la pared.

Yo firmo un papel.

No sé por qué me lo dan a mí. Quizá porque estoy más cerca. Quizá porque alguien ha decidido que soy la que parece capaz.

Firmo.

Después salgo al pasillo.

Enzo está de pie.

Me ve.

No pregunta.

Camino hasta él y le digo:

—Ha muerto.

La frase suena ajena.

Enzo me abraza.

Esta vez no espero a decidirlo. Me agarro a su camisa y lloro con la cara contra su pecho.

Lloro mal.

Sin elegancia. Sin silencio. Con una respiración que se rompe y mocos que seguramente acabarán en una camisa carísima.

No me importa.

Él no dice que todo irá bien.

Eso salva algo.

Horas después, la familia vuelve al ático porque nadie quiere ir a la casa de mi padre todavía.

Clara prepara café. Giulia encuentra mantas. Nico hace llamadas. Marco se encierra diez minutos en el baño y sale con la cara lavada. Enzo se queda cerca sin ocupar el centro.

A las seis, yo sigo con la ropa de anoche debajo del abrigo.

La ropa de la primera vez que me acosté con mi marido.

La ropa de la noche en que murió mi padre.

No sé qué hacer con esa coincidencia.

Así que no hago nada.

A las siete y veinte, llega el notario.

—No —dice Marco cuando abre la puerta.

El hombre, un señor bajo de pelo blanco llamado Manel Roca, parece más cansado que nosotros.

—Lo siento —dice—. Julià dejó instrucciones.

—Mi padre acaba de morir.

—Lo sé.

—Entonces váyase.

—Marco —digo.

Se gira.

—No.

—Déjalo entrar.

—No tenemos que hacer esto ahora.

—Precisamente por eso él quiso que fuera ahora.

Marco cierra los ojos.

Odia que yo conozca a nuestro padre igual que él.

A veces más.

El notario entra.

Nos sentamos alrededor de la mesa donde ayer comimos pasta.

La vida tiene una falta de respeto extraordinaria por la escenografía.

Manel saca un sobre sellado.

—Esto no es la lectura completa del testamento. Solo una instrucción de continuidad empresarial que debía comunicarse dentro de las seis horas siguientes al fallecimiento.

—Por supuesto —murmura Nico—. Ni muerto sabe parar.

Nadie lo contradice.

Manel lee.

Marco mantiene su participación. Nico conserva la suya. Yo conservo la participación que recibí y, además, asumo temporalmente la presidencia de la sociedad matriz durante noventa días.

Marco levanta la cabeza.

Yo también.

—No —digo.

El notario sigue leyendo.

—“…con obligación de someter a votación del consejo cualquier continuidad posterior. La designación no implica preferencia hereditaria ni alteración permanente de las participaciones de mis hijos.”

—No —repito.

Manel baja el papel.

—Es una disposición válida.

—No he dicho que no sea válida.

Marco me mira.

—Lía.

—No quiero que haga esto desde la tumba.

—No lo está haciendo —dice Marco.

—Claro que sí.

Me levanto.

—Me ocultó los votos. Me dijo qué hacer. Me dejó una silla preparada y ahora todos tenemos que fingir que esto es mi elección.

Nico se inclina.

—Puedes rechazarlo.

—Y si lo rechazo, ¿quién entra?

Silencio.

Marco.

Todos lo sabemos.

Y Marco está agotado, expuesto y marcado como heredero desde que aprendió a caminar.

Mi padre sabía exactamente qué hacía.

Eso es lo que más me enfurece.

—Noventa días —dice Marco.

Lo miro.

—No me hagas eso.

—¿Qué?

—Sonar aliviado.

La culpa le cruza la cara.

Bien.

No quería hacerle daño.

Lo he hecho.

Otra de esas pequeñas verdades familiares: puedes querer a alguien y aun así elegir la frase que sabes que le dolerá.

Me siento.

—Perdón.

Marco mira la mesa.

—Lo estoy.

—¿Qué?

—Aliviado.

Me mira.

—Y me da vergüenza.

La rabia se me afloja.

No desaparece.

No necesita.

Manel continúa.

Hay una segunda instrucción.

Cualquier intento de vender activos estratégicos durante los noventa días exige una mayoría reforzada que incluye mi voto.

Y un anexo.

Una lista de operaciones que mi padre consideraba sospechosas.

Entre ellas, la opción firmada por Ramon Valls.

Y dos sociedades Rinaldi vinculadas a Riccardo.

Enzo se inclina.

—Dámelo.

Manel me mira.

Yo asiento.

Enzo lee.

Giulia se acerca por detrás.

—Conozco esta —dice señalando una sociedad—. Papá la cerró hace años.

—La reactivó hace seis meses —responde Enzo.

—¿Con Riccardo?

—Parece.

Yo miro el documento.

—Valls y Riccardo no necesitan quererse.

—Solo ganar lo mismo —dice Nico.

—Y Aranda puede ser el comprador —añade Marco.

Silencio.

Ahí está la forma.

Viejos de ambos lados crean presión. Aranda aporta capital y salida. Nosotros nos destruimos o vendemos. Ellos llaman transición a quedarse con lo que sobreviva.

—No es suficiente —digo.

—¿Para qué? —pregunta Enzo.

—Para acusar a nadie.

—No.

—Necesitamos trazabilidad.

—Sí.

—Y necesitamos que crean que el plan sigue funcionando.

Nico me mira.

—¿Qué propones?

Tengo una idea.

No me gusta.

Por eso puede ser útil.

—Que nuestro matrimonio parezca peor de lo que está.

Enzo levanta la vista.

—Explícate.

—Las cláusulas que dependían de fracaso matrimonial ya no existen, pero si su plan se construyó alrededor de una ruptura, van a seguir buscando señales.

—Quieres alimentarlos —dice Marco.

—Quiero que se muevan.

Nico niega.

—No usamos vuestra relación como señuelo.

—Nuestra relación ya es el señuelo. La diferencia es si lo sabemos.

Enzo sigue mirándome.

—¿Qué tendría que hacer?

—Nada todavía.

—Lía.

—Primero quiero saber qué canales reciben cada versión.

Nico se frota la mandíbula.

—Un señuelo de información.

—Sí. Tres versiones de una crisis matrimonial. Una a Valls por un canal, otra a Riccardo por otro, otra a Aranda por un tercero.

Giulia se sienta.

—Y vemos cuál reaparece.

—Exacto.

Marco me observa.

—Papá habría hecho esto.

La frase me alcanza donde no quería.

—No soy papá.

—No he dicho que lo seas.

—Ha sonado así.

Marco abre la boca y la cierra.

No hay respuesta buena.

La reunión termina a las nueve.

Todos se marchan menos Enzo.

No porque viva aquí.

Porque es mi marido.

La diferencia se ha vuelto confusa en veinticuatro horas.

Entro en el dormitorio y cierro la puerta.

Me quito el abrigo.

La camisa de anoche está arrugada. Huele a él, al hospital y a mí.

Me siento en el suelo junto a la cama.

No sé cuánto tiempo pasa.

La puerta no se abre.

Enzo llama.

—Lía.

—Sí.

—¿Quieres estar sola?

Pienso la respuesta.

—No sé.

—Puedo esperar fuera.

—Eso suena ridículo.

—Estoy descubriendo que el matrimonio tiene bastante de ridículo.

Me río una vez.

Me duele.

—Entra.

Abre.

Me ve en el suelo y se sienta a mi lado, sin preguntarme por qué no uso una silla.

Nos quedamos así.

—Anoche —digo al cabo de un rato.

—Sí.

—No quiero que se convierta en algo asociado a esto.

Enzo tarda en entender.

Luego lo hace.

—A la muerte de tu padre.

Asiento.

—No lo será.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque habrá otras noches.

Lo miro.

La frase podría sonar como promesa sexual.

No suena así.

Suena a futuro.

Eso me asusta más.

—La cláusula de exclusividad —digo.

—Sigue igual.

—Quiero cambiarla.

Enzo no se mueve.

—¿A qué?

—Exclusividad.

—¿Por estrategia?

—No.

—¿Por la prensa?

—No.

—¿Por miedo?

Lo pienso.

—Un poco.

—Eso cuenta.

—Ya lo sé.

Me obligo a seguir.

—Y porque no quiero acostarme con nadie más. Y no quiero que tú lo hagas mientras averiguamos qué es esto.

Enzo mira sus manos.

—Eso sí es una razón.

—¿Aceptas?

—Sí.

—Muy rápido.

—Lía.

Me mira.

—Hace horas que estaba esperando que lo pidieras para no pedírtelo yo.

Por primera vez desde las dos y cuarenta y tres, siento algo que no es dolor.

No alegría.

Algo más pequeño.

Alivio.

Apoyo la cabeza en su hombro.

—Noventa días —murmuro.

—¿De presidencia?

—De todo.

—No pongas fecha a todo.

—Déjame esta noche.

Enzo apoya la mejilla en mi pelo.

—Esta noche sí.