CAPÍTULO 8 — La versión pública
ENZO
La noticia del matrimonio tarda treinta y cuatro minutos en filtrarse.
La versión falsa tarda diecisiete.
A las siete de la tarde, un digital económico publica que la unión Vidal-Rinaldi “forma parte de una operación de rescate financiero”. A las siete y doce, otro medio habla de “matrimonio pactado por el patriarca enfermo”. A las siete y veinte, una cuenta anónima asegura que Lía está embarazada.
—Eficientes —digo.
Lía levanta la vista del móvil.
Estamos en el coche camino del hospital.
—¿Qué?
—Ya te han embarazado.
Me quita el teléfono.
Lee.
—Tres meses.
—Felicidades.
—Gracias. No sabía que lo había pasado tan bien.
—Yo tampoco.
Me mira.
Durante dos segundos intenta mantener la cara seria.
No puede.
Se ríe.
Yo también.
El conductor nos observa por el retrovisor y vuelve a mirar la carretera como si acabara de presenciar algo comprometedor.
La risa se apaga sola.
—Esto viene de alguien con acceso rápido —dice Lía.
—O de cualquier periodista con imaginación.
—La parte del rescate financiero usa una expresión que aparece en la propuesta de Aranda.
—“Operación de rescate”.
—Exacto.
—Entonces filtró él.
—O alguien que recibió su documento.
Lía ya está trabajando otra vez.
A veces me dan ganas de quitarle el teléfono de las manos.
No lo hago.
No porque respete siempre su concentración.
Porque sé que me arrancaría un dedo.
En el hospital, Julià está despierto.
No entro al principio. No me corresponde.
Lía pasa sola.
Marco está con Clara en la cafetería. Nico ha enviado a un equipo a revisar Valls y los contratos de Meridian. Giulia habla con nuestro padre por teléfono en un rincón del pasillo y parece tener ganas de arrojar el móvil por una ventana.
Me siento.
No hago bien esperar.
Nunca lo he hecho.
En mi familia, esperar significa que otro está decidiendo.
Después de veinte minutos, la puerta se abre.
Lía sale.
Tiene los ojos secos.
Eso ya no me tranquiliza.
—¿Cómo está?
—Ha preguntado si hemos firmado separación de bienes.
—Eso significa que está mejor.
—O que va a morir siendo insoportable.
La frase le rompe la voz al final.
Muy poco.
Suficiente.
Me levanto.
No la abrazo.
Espero.
Ella da un paso hacia mí.
Entonces sí.
La rodeo con los brazos.
No dice nada.
Apoya la frente en mi pecho durante unos segundos. Siento su respiración a través de la camisa.
Nadie nos mira de frente.
Giulia, de espaldas, se seca una lágrima que seguramente dirá que era alergia.
Cuando Lía se aparta, vuelve a ser la mujer de la sala de consejo.
Pero no del todo.
—Mi padre quiere verte.
—¿A mí?
—Dice que necesita comprobar qué clase de idiota ha firmado conmigo.
—Eso suena razonable.
Entro.
Julià Vidal parece un hombre que ha perdido peso en una tarde. Sus ojos, en cambio, siguen siendo incómodos.
—Rinaldi —dice.
—Vidal.
—No me llames Vidal en mi cama.
—No me llame Rinaldi en la suya.
Me observa.
Luego sonríe.
—Bien.
No sé qué he aprobado.
—¿Quieres a mi hija?
La pregunta llega sin aviso.
—No lo sé.
Julià gira apenas la cabeza.
—Respuesta peligrosa.
—Una mentira sería peor.
—¿La deseas?
Miro hacia la puerta cerrada.
—Eso no creo que sea asunto suyo.
—Entonces sí.
Viejo cabrón.
—Su hija no es una operación.
—Ya lo sé.
—No siempre lo ha demostrado.
Sus ojos se endurecen.
He cruzado una línea.
No retrocedo.
—¿Giulia te ha contado cosas? —pregunta.
—No hace falta. Las familias se parecen más de lo que admitimos.
Julià respira con dificultad.
—Mi error con Lía fue pensar que esconderla era protegerla.
No respondo.
—Marco nació con una silla debajo. Nico con una puerta delante. A Lía le dejé un pasillo.
Cierra los ojos un segundo.
—Y se dedicó a escuchar detrás de todas las puertas.
—Eso parece.
—No la conviertas en símbolo.
—No puedo convertirla en nada.
—Puedes intentarlo.
—No lo haré.
—Todos decís eso antes de tener miedo.
La frase me molesta porque es buena.
—Entonces quizá tendrá que recordármelo ella.
Julià abre los ojos.
—Eso también está bien.
Se cansa de golpe.
La mano le tiembla sobre la sábana.
—Una cosa más.
—Diga.
—Aranda no empezó esto.
Me quedo quieto.
—¿Qué significa?
—Empezó… a comprar después.
—¿Quién empezó?
Julià respira.
La máquina pita.
—Los nuestros.
—¿Los Vidal?
—Los viejos.
—¿Valls?
Sus ojos se mueven.
No sé si es sí.
—Y los vuestros —murmura.
—¿Quién?
Pero ya no puede contestar.
La enfermera entra y me hace salir.
En el pasillo, Lía se acerca.
—¿Qué te ha dicho?
Podría protegerla durante diez minutos.
Podría esperar a que su padre esté estable.
Podría hacer lo que los hombres de nuestras familias llaman cuidar.
—Que Aranda no empezó la operación —digo—. Se subió a algo que ya existía. Habló de los viejos Vidal y de los nuestros.
Lía palidece.
—Valls.
—Quizá.
—¿Y Rinaldi?
Miro a Giulia.
Ella ha terminado la llamada.
—Tenemos un tío —digo—. Riccardo. Hermano menor de mi padre. Lleva años diciendo que la familia se ha vuelto débil con negocios demasiado limpios.
Giulia se acerca.
—¿Qué pasa con Riccardo?
Se lo contamos.
Su cara cambia.
—Papá lo volvió a meter en dos sociedades hace seis meses.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque tú no me dijiste que estabas viniendo a casarte con Lía.
—Yo tampoco lo sabía.
—Pues estamos estupendamente informados.
Lía cierra los ojos un instante.
—Necesitamos pruebas.
—Las tendremos —digo.
—No digas eso.
—¿Qué?
—No prometas resultados para tranquilizarme.
Tiene razón.
—Necesitamos pruebas —repito.
Esta vez ella asiente.
A las nueve llega la orden de hacer pública una declaración conjunta antes de que las versiones externas se consoliden.
Lía odia la idea.
—No voy a posar como novia —dice.
—No tienes que hacerlo.
—Van a querer una foto.
—Les damos una foto.
—¿Y qué diferencia hay?
—Que elegimos la foto.
Me mira.
—Eso suena sospechosamente a comunicación.
—He estado cerca de gente civilizada.
La declaración se hace en un salón del propio hospital, sin logotipos. Marco habla primero. Luego un representante de mi padre por videollamada. Después Lía y yo.
No nos damos la mano al principio.
No sonreímos.
No hablamos de amor.
Lía dice que el matrimonio es una decisión personal vinculada a un acuerdo empresarial transparente y que ninguna sociedad cambia de control por el vínculo.
Yo digo que las dos familias mantendrán estructuras separadas y cooperación limitada.
Un periodista pregunta si la boda ha sido forzada por la enfermedad de Julià.
Lía responde:
—Mi padre lleva treinta años intentando forzar cosas. No siempre le sale bien.
Hay una risa incómoda.
Yo la miro.
Ella no.
Otro pregunta si estamos enamorados.
Silencio.
Lía gira hacia mí.
No estaba previsto.
—¿Quieres contestar tú? —dice.
—No.
—Cobarde.
Los periodistas se ríen otra vez.
Me acerco al micrófono.
—Nos casamos esta tarde. Si ya tuviéramos una respuesta clara a eso, me preocuparía nuestra capacidad de autoengaño.
Lía baja la cabeza.
Sé que está sonriendo.
La fotografía que sale en todos los medios diez minutos después no es la del beso que no existe.
Es una en la que ella me mira de lado y yo parezco estar aguantando la risa.
No parece una alianza mafiosa.
No parece una boda romántica.
Parece algo peor para nuestros enemigos.
Parece real.
Esa noche hay una cena pequeña en el ático. Solo nosotros seis. Marco, Clara, Nico, Giulia, Lía y yo. Julià sigue estable. Nadie quiere irse muy lejos.
Comemos tarde. Bebemos poco. Hablamos demasiado de cosas que no son la crisis porque el cuerpo necesita treguas aunque la cabeza las considere irresponsables.
A medianoche, los otros se marchan.
Lía recoge dos copas.
—Déjalas —digo.
—No me gusta despertar con desorden.
—Eso explica mucho.
—No empieces.
Me acerco.
—No he dicho nada.
—Lo has pensado.
—Eso todavía no está regulado por contrato.
Deja la copa.
—Podemos añadir anexo.
—Mañana.
La miro.
Ella me mira.
No hay hospital entre nosotros ahora. Ni consejo. Ni periodistas.
Solo el piso en silencio.
—Lía.
—Sí.
—Quiero besarte.
Su respiración cambia.
—Lo sé.
—No es una respuesta.
—Sí.
Me acerco.
La beso.
Esta vez no hay ensayo.
Su boca se abre bajo la mía y sus manos se cierran en mi camisa. La rodeo por la cintura, espero un segundo, siento cómo se pega a mí. Ella misma guía una de mis manos por su espalda, hasta donde quiere.
—Aquí —murmura.
—Aquí.
La beso en la mandíbula, en el cuello, despacio. Su cabeza se inclina y oigo el aire escapársele.
—¿Bien?
—Sí.
—¿Más?
Me mira.
Hay algo oscuro y brillante en sus ojos.
—Más.
No necesito que lo repita.
Pero tampoco corro.
La llevo hasta el sofá solo cuando ella tira de mí. Nos sentamos, nos volvemos a besar, más desordenados. Su pierna se acomoda junto a la mía. Mis dedos recorren su espalda por debajo de la tela. Cada vez que cambio el contacto, la miro. Cada vez que duda, paro lo suficiente para que ella elija.
—Enzo —susurra.
—Dime.
—No quiero ir despacio porque tengas miedo de romper una regla.
—No tengo miedo de la regla.
—Entonces.
—Tengo miedo de asumir.
Su expresión cambia.
Me toca la cara.
—No asumas. Pregunta.
—¿Quieres ir a la habitación?
—Sí.
—¿Quieres que siga?
—Sí.
—¿Quieres que pare si te quedas callada?
—Pregunta si me quedo callada.
—De acuerdo.
Se levanta y me toma de la mano.
No hay ceremonia.
No hay noche de bodas pendiente.
Hay dos adultos caminando por un pasillo que ya conocen, sabiendo exactamente que cualquiera puede cambiar de idea.
En su habitación, Lía enciende solo la lámpara de la mesita.
La luz es baja y real. Hay ropa sobre una silla, un cargador en el suelo, una carpeta abierta en el escritorio.
Me gusta más que cualquier habitación preparada.
Me besa primero.
La ropa desaparece sin prisa y sin coreografía. Hay torpeza. Una manga que no sale. Un botón que casi arranco y que ella me obliga a desabrochar como una persona civilizada. Se ríe contra mi boca.
—No eres muy paciente.
—Estoy haciendo un esfuerzo histórico.
—Se nota poco.
—Cruel.
Luego deja de reírse cuando la toco.
No necesito describirla para recordar cada reacción. El modo en que cierra los ojos. La mano que se aferra a mi hombro. La respiración que intenta controlar hasta que decide dejar de hacerlo.
—Mírame —dice.
La miro.
—No quiero que esto sea una cosa que hacemos para olvidar el día.
—No lo es.
—¿Qué es?
Podría decir deseo.
Podría decir curiosidad.
Podría decir algo bonito y quizá cierto.
Elijo lo que sé.
—Es algo que quiero contigo.
Lía me sostiene la mirada.
—Bien.
Me besa otra vez.
Lo que sigue no es una lucha por el control, aunque los dos estamos acostumbrados a convertirlo todo en eso. A veces guía ella. A veces yo. Nos preguntamos. Nos corregimos. Nos reímos una vez cuando mi rodilla golpea la mesita y casi tira el vaso de agua.
Y cuando el deseo se vuelve demasiado grande para las frases completas, seguimos teniendo palabras pequeñas.
Sí.
Así.
Espera.
Ahora.
Después quedamos tumbados en silencio.
No siento victoria.
Gracias a Dios.
Siento calor, cansancio y una vulnerabilidad que me irrita más que cualquier amenaza.
Lía está de lado, mirándome.
—¿Qué? —pregunto.
—Nada.
—Mientes peor que yo.
—Estoy comprobando si te arrepientes.
—No.
—Rápido.
—Estoy desnudo en tu cama. La diplomacia tiene límites.
Sonríe.
Luego la sonrisa se apaga.
—Mañana esto no cambia el voto.
Ahí está Lía.
—No.
—Ni la cláusula de exclusividad.
La miro.
—¿Quieres que cambie?
Silencio.
No largo.
Suficiente.
—No lo sé —dice.
—Entonces no cambia.
Asiente.
Se acerca un poco más y apoya la frente en mi hombro.
Cinco minutos después, su móvil vibra.
Los dos nos quedamos quietos.
Lía lo toma.
Hospital.
Lee.
Su cuerpo se enfría contra el mío.
—¿Qué pasa?
Me enseña la pantalla.
JULIÀ VIDAL HA ENTRADO EN PARADA. FAMILIA INMEDIATA, ACUDAN.
Lía ya se está levantando.
Yo también.
La noche termina sin terminar.
Como casi todo lo nuestro.