REINA DEL PUERTO CAPÍTULO 7 — Los hombres del consejo
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CAPÍTULO 7 — Los hombres del consejo

LÍA

Los hombres del consejo llevan años pronunciando mi nombre con una sonrisa que no usan con Marco.

No es desprecio abierto. Eso sería fácil.

Es algo más limpio.

Lía, qué bien verte.

Lía, tu padre debe de estar orgulloso.

Lía, cuéntanos qué estás estudiando ahora.

Tengo treinta años, dos titulaciones, siete años entrando y saliendo de sociedades que algunos de ellos no saben leer sin un asesor al lado, y todavía hay hombres que me preguntan qué estoy estudiando.

Hoy voy a contestarles.

La reunión se celebra en la sede de Vidal Logística a las cinco de la tarde. La noticia del matrimonio todavía no es pública, pero dentro de esta planta todo el mundo lo sabe. Los secretos corporativos duran menos que un café si afectan al apellido correcto.

Enzo llega conmigo.

No detrás.

No delante.

Conmigo.

Ese detalle no debería importar.

Importa.

Marco ya está dentro. Nico permanece de pie junto a la pared, fuera del consejo pero no de la sala. Clara no ha venido. Giulia tampoco. Esto es familia, dinero y hombres que llevan demasiado tiempo creyendo que ambas cosas significan propiedad.

Reconozco a casi todos.

Ramon Valls, setenta años, socio histórico de mi padre, bigote perfectamente recortado y una forma de mirar a las mujeres que convierte cualquier conversación en un examen médico no solicitado.

Pere Estany, finanzas.

Eduard Casas, operaciones.

Dos independientes que son independientes siempre que nadie levante la voz.

Y una silla vacía.

La de mi padre.

No miro mucho tiempo.

Me siento en ella.

El silencio dura exactamente lo que esperaba.

Ramon Valls carraspea.

—Lía, quizá esa silla…

—Está libre.

—Es la presidencia.

—También.

—Marco es el heredero natural.

Marco se acomoda en su silla, a mi derecha.

—Yo tengo una —dice.

Valls lo mira como si le hubiera fallado una articulación.

—No me refería a eso.

—Ya lo sé.

Enzo se sienta a mi izquierda.

No dice nada.

Le agradezco el silencio más que cualquier defensa.

Abro la carpeta.

—Tenemos cuarenta horas antes de que tres contratos entren en ventana de sustitución. Los tres están garantizados por entidades relacionadas con Meridian. Gabriel Aranda tiene participación declarada en dos sociedades del grupo y una relación no declarada que estamos verificando con la tercera.

Pere Estany se inclina.

—Eso no significa que haya una maniobra.

—No.

—Entonces quizá convendría no dramatizar.

—Tampoco estoy dramatizando.

Paso una hoja.

—Estoy congelando cualquier modificación de proveedor hasta revisión cruzada.

Valls se ríe suavemente.

—No puedes congelar operaciones por intuición.

Levanto la vista.

—No es intuición. Es voto.

Le entrego una copia de la participación que mi padre me cedió.

La lee.

Su cara pierde color de forma casi imperceptible.

Ahí.

No sorpresa.

Reconocimiento.

—¿La conocías? —pregunto.

Valls levanta los ojos.

—Claro que no.

Miente.

No necesito demostrarlo ahora.

Solo guardarlo.

—Entonces estamos todos aprendiendo —digo.

Pere toma el documento.

—¿Desde cuándo existe esto?

—Desde hace once años.

—¿Y por qué nadie…?

—Porque mi padre no quería que nadie supiera cuánto podía bloquear yo.

—O cuánto podía bloquear él a través de ti —dice Enzo.

Lo miro.

Es una lectura incómoda.

También correcta.

—Quizá —respondo.

Valls cruza las manos.

—Julià siempre protegió a su hija.

La frase me produce un cansancio físico.

—Mi padre protegía cosas poniéndolas donde solo él sabía encontrarlas.

—No deberías hablar así estando enfermo.

—No deberías usar su enfermedad para corregir mi tono.

Marco se mueve ligeramente, pero no interviene.

Bien.

Valls mira a Enzo.

—Y supongo que ahora el señor Rinaldi va a votar con su esposa.

La palabra esposa cae con intención.

Enzo se apoya en el respaldo.

—No.

Todos lo miran.

Yo también.

—Votaré según mis intereses —continúa—. Si coinciden con los de Lía, votaremos igual. Si no, tendrá que convencerme.

—Qué moderno.

—Qué básico —corrige Enzo.

Valls sonríe sin humor.

—Los matrimonios de nuestras familias nunca han funcionado así.

—Tal vez por eso hay tan pocos que merezca la pena recordar.

No es una frase brillante.

Es seca.

Precisamente por eso funciona.

Sigo con la reunión.

Revisamos contratos, seguros, vencimientos, garantías. No hay armas sobre la mesa. No hay amenazas físicas. Y, sin embargo, la tensión es más alta que en muchas reuniones donde Nico ha entrado armado.

El poder civilizado también sabe enseñar los dientes.

A mitad de la sesión, encuentro una anomalía.

Una línea pequeña en un anexo de 2024.

—Ramon.

Valls levanta la cabeza.

—¿Sí?

—¿Por qué autorizaste una opción de compra a favor de Port Meridian Holding sobre el almacén de Zona Franca?

La sala se queda inmóvil.

Pere se inclina para mirar.

—Eso no puede estar activo.

—No he preguntado si está activo.

Valls toma la hoja.

—Fue una garantía temporal.

—¿De qué?

—Liquidez.

—No consta disposición de crédito.

—Porque se canceló.

—Entonces la opción debería haberse cancelado.

—Seguramente se hizo.

—No.

Lo miro.

—No se hizo.

Marco toma la documentación.

—¿Quién firmó por la otra parte?

Ya lo sé.

Se lo dejo encontrar.

—Gabriel Aranda —dice.

Nico se separa de la pared.

Valls levanta una mano.

—Esto fue hace dos años. No recuerdo cada papel que…

—Yo sí recuerdo mis papeles —digo.

—Tú no estabas en el consejo.

—Estaba en la empresa.

—En formación.

Ahí está.

La palabra.

No me duele.

Me libera.

Cierro la carpeta.

—Ramon, quedas suspendido de acceso a documentación sensible hasta que revisemos esta operación.

Se ríe.

—No tienes autoridad para eso.

—Sí.

—Julià no lo permitiría.

—Julià está en un hospital.

La frase sale más dura de lo que quería.

Silencio.

Me arrepiento un segundo.

No de la decisión.

Del modo.

Pero no la retiro.

Valls se levanta.

—Eres una niña jugando a ocupar una silla.

Nico da un paso.

Yo levanto una mano.

No para detener a Nico.

Para detenerme a mí.

Porque mi primera respuesta quiere ser cruel.

Y no necesito serlo.

—Entonces no deberías tener miedo —digo.

Valls me mira.

No contesta.

Sale.

La puerta se cierra.

Durante unos segundos nadie habla.

Pere Estany carraspea.

—Habrá que revisar el procedimiento de suspensión.

—Revísalo —digo.

La reunión termina cuarenta minutos después.

Marco se queda conmigo cuando los demás salen.

Enzo espera junto a la puerta, pero Marco lo mira.

—¿Nos das un minuto?

Enzo me mira a mí, no a él.

—Sí —digo.

Sale.

Marco se sienta en la esquina de la mesa.

—Has hecho bien.

—No necesito que me apruebes.

—Ya lo sé.

—Entonces no empieces con eso.

—Lía.

Me quito las gafas. No las necesito siempre, pero después de diez horas de pantallas me arden los ojos.

—Qué.

—Estoy intentando ser tu hermano.

La frase me desarma un poco.

—Hazlo mejor.

Marco sonríe cansado.

—Estoy aprendiendo.

Lo miro.

—Yo también.

—¿Estás bien con lo de Enzo?

—Pregunta mal formulada.

—No eres una cláusula, joder.

—Lo sé.

—Pues contesta como persona.

Miro hacia la puerta cerrada.

—No sé.

Marco asiente.

No intenta arreglarlo.

Eso es ser mi hermano mejor.

—Papá ha preguntado por ti —dice.

—¿Está despierto?

—A ratos.

—Iré luego.

Marco se levanta.

Antes de salir, se detiene.

—Una cosa.

—Qué.

—Valls te ha llamado niña porque estaba perdiendo.

—Lo sé.

—No. No lo sabes del todo. Papá lleva veinte años diciendo que Ramon solo desprecia a la gente que no puede comprar.

Miro la puerta por la que ha salido Valls.

—Entonces hoy he subido de categoría.

Marco sonríe.

—Bastante.

Cuando me quedo sola, cierro el portátil.

Tengo la espalda rígida y una presión detrás de los ojos.

La puerta se abre sin llamar.

Enzo.

—Marco se ha ido.

—Lo he visto.

—Nico también.

—Bien.

Se queda junto a la puerta.

—¿Puedo entrar o esta respuesta también era general?

Lo miro.

—Entra.

Cierra.

No se acerca.

—Has estado bien ahí dentro.

—No empieces tú también.

—No iba a felicitarte.

—¿No?

—Iba a decir que cuando Valls te llamó niña casi le rompiste la cara con una carpeta.

Lo miro.

—No hice nada.

—Exacto.

Una risa se me escapa.

Me masajeo la frente.

—Estoy cansada.

—Lo sé.

—Y tengo que ir al hospital.

—Te llevo.

—Puedo ir sola.

—También lo sé.

Silencio.

Me observa.

No como en la cocina.

De otra manera.

—¿Qué? —pregunto.

—Nada.

—Mientes peor que crees.

—Estoy intentando decidir si besarte después de una reunión viola nuestra cláusula.

Mi cuerpo responde con una rapidez irritante.

—Depende.

—¿De qué?

—De si crees que es un premio.

—No.

—¿Una celebración?

—No.

—¿Una forma de influirme?

—No.

—Entonces ¿qué?

Enzo se acerca un paso.

—Llevo dos horas queriendo hacerlo y he esperado a que terminara la reunión.

Eso.

Eso sí.

Me levanto.

La distancia se vuelve pequeña.

—Pregunta —digo.

—¿Puedo besarte?

—Sí.

Me besa.

Esta vez no es la curiosidad de la cocina.

Ni la prueba de la noche anterior.

Es deseo con memoria.

Sé cómo se siente su boca. Él sabe que me gusta que me pregunte. Yo sé que puede detenerse. Él sabe que no necesito que me conduzca para poder acercarme.

Mis manos suben por su pecho. La tela de la camisa está fría; debajo, él no.

Enzo me rodea la cintura y me acerca.

—¿Así? —murmura.

—Más.

Lo hace.

Su cuerpo contra el mío me borra durante un segundo la sala, Valls, los contratos, el hospital.

Solo un segundo.

Luego me acuerdo de mi padre.

Me separo.

Enzo se detiene inmediatamente.

No hay decepción visible. No hay reproche.

—Hospital —digo.

—Hospital.

Recojo el bolso.

Cuando llego a la puerta, me toma la mano.

No fuerte.

Solo la toma.

—Lía.

—Qué.

—No tienes que ganar todas las habitaciones el mismo día.

Quiero responder algo inteligente.

No me sale.

Aprieto sus dedos una vez.

—Vamos.

Y eso basta.