CAPÍTULO 6 — La primera noche después
ENZO
Duermo mal.
No por seguridad.
No por amenazas.
Por una puerta cerrada a doce metros de mi cama.
Hay algo humillante en descubrir que el autocontrol que has entrenado durante años puede ponerse a prueba por una mujer descalza con una camiseta demasiado grande.
A las dos y media sigo despierto.
A las tres me levanto.
A las tres y diez estoy en la terraza con un vaso de agua, mirando el reflejo de la ciudad en los cristales y preguntándome en qué momento exacto acepté que esta situación tenía algo que ver con mi deseo.
La respuesta es incómoda.
Antes de la boda.
Mucho antes.
Oigo abrirse una puerta detrás.
Lía sale al salón.
No me ve al principio. Lleva el pelo suelto. La camiseta le cae hasta medio muslo. No hay nada calculado en su aspecto y, por eso, me afecta más que el traje gris.
Abre la nevera.
—No hay yogur —dice.
—Tragedia.
Se gira.
—¿Qué haces despierto?
—Lo mismo que tú.
—Yo busco yogur.
—Yo reflexiono sobre la fragilidad del abastecimiento lácteo.
Se apoya en la encimera.
—No has dormido.
—Tú tampoco.
—Mi padre está en un hospital.
—Yo estoy casado.
Me mira.
—Qué carga.
—Insoportable.
Hay un silencio extraño, cómodo a medias.
Lía viene a la terraza. Se queda a mi lado, no demasiado cerca.
—¿Te arrepientes? —pregunta.
—Todavía no.
—Eso no es muy romántico.
—Me pediste que no lo fuera.
—Te pedí que no mintieras.
—Entonces: todavía no.
Asiente.
—Yo tampoco.
Miro sus manos sobre la barandilla.
—¿Y del beso?
—Tampoco.
—Bien.
—Pero no quiero que se convierta en una obligación de convivencia.
—No lo hará.
—Ni en un premio después de una reunión.
—Eso sería desagradable.
—Ni en una forma de calmarnos después de una amenaza.
—De acuerdo.
Me mira.
—Estás aceptando demasiado rápido.
—Quizá estoy de acuerdo.
—Eso también es sospechoso.
—Lía.
—Qué.
—A veces la gente coincide contigo sin conspirar.
—No tengo evidencia suficiente.
Sonrío.
Ella también, apenas.
A las siete, el piso se llena de gente.
Nico llega primero. Luego Marco y Clara. Giulia trae café y una bolsa con yogures que deja frente a Lía sin decir nada.
—Te quiero —dice Lía.
—Lo sé.
Yo levanto la vista.
Giulia me señala.
—No es para ti.
—Qué alivio.
La reunión empieza en el salón.
Nico informa de la foto de Julià. El ángulo indica que se tomó desde un punto dentro de la habitación durante un intervalo de nueve minutos en el que una auxiliar sustituta estuvo asignada al pasillo.
La mujer existe, pero el turno no. Alguien insertó su nombre en el sistema durante cuarenta minutos y luego lo borró.
—Eso requiere acceso —dice Marco.
—O cooperación —responde Lía.
Está sentada con un bol de yogur en una mano y el portátil en la otra. La escena debería ser absurda.
No lo es.
—Aranda —dice Giulia.
—Demasiado visible —responde Lía.
—Puede ser visible porque sabe que pensaremos eso.
Lía la mira.
—Exacto.
Nico suspira.
—Odio cuando os entendéis.
—Te acostumbrarás —dice Giulia.
La conversación gira hacia los documentos de la alianza.
Clara ha revisado la versión corregida. No hay llave neutral.
No hay duración mínima. No hay cesión automática.
El matrimonio produce una señal pública, pero la estructura real queda en manos de una sociedad conjunta con cuatro votos: Lía, yo, Marco y un representante Rinaldi que todavía debe designarse.
—Mi padre querrá ser él —digo.
—No puede —dice Lía.
—¿Por qué?
—Porque la cláusula de incompatibilidad que añadí impide que un ascendiente directo de cualquiera de los cónyuges ocupe el puesto.
La miro.
—¿Cuándo hiciste eso?
—A las dos cuarenta y siete.
—Tú tampoco dormiste por el beso.
El silencio cae.
Giulia se atraganta con el café.
Marco cierra los ojos.
Nico me mira como si de pronto hubiera olvidado que estamos legalmente casados.
Lía deja la cuchara.
—No vuelvas a hacer eso.
Su voz es tranquila.
Demasiado.
Me doy cuenta del error.
No por revelar que nos besamos. Por usar algo íntimo en una mesa de trabajo.
Exactamente la cláusula que propuse.
—Tienes razón —digo.
No añado nada.
No intento salvarlo con humor.
Lía me mira un segundo más y vuelve al portátil.
La reunión continúa.
Eso duele más que una discusión.
A media mañana, Marco y Nico se van al hospital. Clara tiene una videollamada. Giulia recibe un mensaje de Italia y sale a la terraza.
Lía recoge tazas.
Voy hacia ella.
—No quería exponerte.
—Pero lo hiciste.
—Sí.
—Y habíamos firmado que no usaríamos intimidad en decisiones o posiciones de poder.
—No la usé para una decisión.
Me mira.
—La usaste para ganar una réplica.
Tiene razón.
Otra vez.
—Sí.
—Eso es peor porque fue pequeño.
—¿Peor?
—Las grandes traiciones se ven. Las pequeñas se vuelven costumbre.
No sé qué decir.
Ella seca una taza.
—No necesito una disculpa perfecta, Enzo.
—Bien, porque no la tengo.
Eso le arranca una mirada.
—Tengo una mediocre —continúo—. Me gustó que supieras algo sobre mí que los demás no y, por un segundo, me gustó más que ellos supieran que tú lo sabías.
Lía deja la taza.
—Eso sí es bastante malo.
—Te advertí que la disculpa era mediocre.
—¿Por qué?
—Porque soy un hombre que ha crecido viendo cómo se marca territorio con información.
—Yo no soy territorio.
—Lo sé.
—A veces saber no basta.
—También lo sé.
—Entonces aprende más rápido.
No hay reconciliación.
Me gusta menos de lo que debería.
A las once y media llega el primer informe de la sociedad conjunta.
Lía lo abre.
Yo me quedo a distancia.
—Ven —dice.
Me acerco.
En pantalla hay una lista de contratos, porcentajes, vencimientos y garantías.
—Mira esto.
Señala tres líneas.
—No sé qué miro.
—Tres empresas distintas. Tres contratos de servicios. Tres vencimientos en cuarenta y ocho horas.
—¿Y?
—Los beneficiarios finales son distintos, pero las garantías han sido emitidas por la misma aseguradora.
—¿Aranda?
—No.
Abre otra ventana.
—Una filial de Meridian Surety.
Conozco el nombre.
—Gabriel Aranda tiene participación indirecta.
—Doce por ciento visible —dice Lía—. No sé cuánto invisible.
—Si vencen…
—Podrían activar sustituciones de proveedor y justificar intervención por riesgo operativo.
—La cláusula que quitamos.
—Exacto.
Me inclino sobre la pantalla.
Mi brazo roza el suyo.
Los dos lo notamos.
Ninguno se aparta inmediatamente.
Eso es nuevo.
Lía gira la cabeza.
Estamos demasiado cerca.
Su olor no es perfume. Jabón. Café. Algo limpio.
Yo debería moverme.
Ella también.
No lo hacemos.
—¿Esto cuenta como presión? —pregunto en voz baja.
—Todavía no.
—¿Y esto?
Levanto la mano, pero no la toco.
—Pregunta mejor.
—¿Puedo tocarte?
Sus ojos bajan a mi boca.
—Sí.
Le pongo la mano en la cintura.
Esta vez por debajo del borde de la camiseta, solo la palma contra la piel del costado.
El contacto me sube por el brazo.
Lía cierra los ojos un segundo.
—¿Bien?
—Sí.
La beso.
Más despacio que anoche al principio. Luego ella se gira hacia mí y el portátil queda olvidado a un lado. Sus dedos suben por mi nuca. Mi mano sigue en su cintura, pero quiero moverla. Mucho.
No lo hago.
Hasta que ella toma mi muñeca y la guía un poco más arriba por su espalda.
—Aquí —dice.
La obedezco.
El beso cambia.
Ya no es curiosidad.
Hay hambre.
No una urgencia descontrolada. Algo que ha estado esperando debajo de cada conversación desde ayer.
Lía me empuja suavemente contra la encimera.
Me río contra su boca.
—¿Qué?
—Nada.
—Te estás riendo.
—Me gusta cuando tomas decisiones sin una hoja Excel.
Se separa.
—Lo has estropeado.
—Lo sé.
—Completamente.
—Puedo intentarlo otra vez.
—No.
—¿No?
—No ahora.
Asiento.
Ella respira, se recoloca la camiseta y vuelve al portátil.
Yo debería sentir frustración.
La siento.
Y también otra cosa.
Confianza.
Porque ha parado y el mundo no se ha roto.
Porque yo he parado y no he perdido nada.
Lía señala la pantalla.
—Tenemos cuarenta y ocho horas.
—Para qué.
—Para descubrir quién está preparado para ganar dinero si nuestro matrimonio fracasa.
Miro los contratos.
Luego a ella.
—Y si no fracasa.
—Eso sería un problema distinto.
—¿Para ellos?
Lía tarda un segundo.
—No solo para ellos.