REINA DEL PUERTO CAPÍTULO 5 — La boda sin flores
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CAPÍTULO 5 — La boda sin flores

LÍA

No hay flores.

Eso es lo primero que me gusta de mi boda.

Lo segundo es que nadie ha tenido tiempo de comprarme un vestido blanco.

Lo tercero es que Enzo no intenta convencerme de que todo esto significa algo que todavía no significa.

A las siete y veinte de la tarde estamos en una sala municipal discreta gracias a una cadena de llamadas que no quiero conocer con detalle.

Clara ha insistido en que todo sea legal, verificable y sin favores que puedan volver a cobrarse.

Marco ha conseguido un funcionario. Giulia, dos testigos adicionales.

Nico ha convertido el edificio en una fortaleza sin que parezca una fortaleza.

Yo llevo el traje gris de esta mañana.

Enzo lleva el mismo traje oscuro y, finalmente, una corbata que no estaba antes.

—Te la ha obligado a poner tu padre —le digo cuando se acerca.

—Mi hermana.

—Peor.

—Mucho.

Giulia, a tres metros, levanta el dedo corazón sin dejar de hablar por teléfono.

Me río.

Es una risa breve, impropia del día, y por eso me sienta bien.

—¿Estás segura? —pregunta Enzo.

No me mira con solemnidad. Me mira como si la respuesta pudiera ser no y estuviera dispuesto a aceptarla.

Eso importa.

—No.

Alza una ceja.

—Buena base.

—Estoy segura de que quiero hacerlo. No estoy segura de lo que va a pasar.

—Eso es otra cosa.

—¿Tú?

—Igual.

Asiento.

No necesito más.

El funcionario habla de derechos, obligaciones, convivencia, régimen económico. Palabras civiles para una decisión nacida de una guerra que intentamos no tener.

Cuando pregunta si consiento, pienso en mi padre conectado a una máquina. En la foto tomada desde su habitación. En la hoja que me dejó. En Marco. En Nico. En Giulia negándose a ser mercancía. En Enzo colgando a su padre después de decirle que yo era una mujer y no continuidad.

Y, por último, pienso en mí.

Eso debería haber ido primero.

Estoy aprendiendo.

—Sí —digo.

Enzo tarda una respiración.

—Sí.

Firmamos.

No hay aplauso al principio.

Luego Clara empieza. Giulia la sigue. Marco, a regañadientes. Nico no aplaude; me besa la frente y murmura:

—Todavía puedo sacarte de aquí.

—Llegas tarde.

—Siempre se puede llegar tarde a una boda y a tiempo a un rescate.

—No necesito rescate.

Me mira.

—Lo sé.

Y esta vez sí lo sabe.

Mi padre no está.

Eso pesa más cuando salimos.

El cielo se ha oscurecido sobre Barcelona. Hay viento del mar y un grupo de turistas cruza la plaza sin saber que acabo de cambiar dos estructuras empresariales, una guerra familiar y mi estado civil en menos de doce horas.

Enzo se detiene a mi lado.

—Señora Rinaldi.

Lo miro.

—No vuelvas a llamarme así.

—Quería comprobarlo.

—¿Qué?

—Si mordías.

—Solo con permiso.

La frase sale antes de medirla.

Sus ojos cambian.

No mucho.

Lo suficiente.

Durante un segundo, el ruido de la plaza se aparta.

Su mirada baja a mi boca y vuelve a mis ojos.

No hace nada.

Perfecto.

Porque si hubiera hecho algo, quizá habría retrocedido.

Y me molesta descubrir que una parte de mí quería comprobar si lo haría.

—Tenemos que irnos —dice Nico.

La vida vuelve.

El lugar donde vamos a vivir es un ático en Poblenou que pertenece a una sociedad que ninguno de los dos controla individualmente. Lo eligió Clara de una lista preparada por seguridad: neutral, accesible, sin historia familiar. Enzo lo llamó “Suiza con terraza”. Nico no se rió.

Entramos a las nueve y diez.

No hay pétalos sobre la cama.

Gracias a Dios.

Hay dos dormitorios, un salón grande, una cocina que parece diseñada para gente que calienta comida cara y una terraza desde la que se ve una franja de mar entre edificios.

Nico revisa cada habitación. Enzo lo deja.

Giulia coloca una bolsa sobre la encimera.

—Ropa —me dice—. Tuya y de él. Lo básico.

—¿Has elegido la ropa interior de tu hermano?

—No seas desagradable.

—Necesito saberlo para poder dormir.

Enzo se apoya en la pared.

—Yo también.

Giulia nos mira a los dos.

—Os merecéis.

—Eso es lo que intentamos averiguar —digo.

Cuando todos se van, el silencio es enorme.

La puerta se cierra.

Enzo y yo nos quedamos a tres metros de distancia.

Casados.

La palabra parece un objeto dejado en medio del salón.

Ninguno quiere tocarlo primero.

—Habitación de la izquierda —dice él—. Es la más grande.

—No necesito la más grande.

—Yo tampoco.

—Entonces ¿por qué me la das?

—Porque tiene mejor cerradura.

Miro hacia el pasillo.

—Eso sí me convence.

Enzo se quita la chaqueta y la deja sobre una silla.

—Voy a pedir comida.

—No tengo hambre.

—Yo sí.

—Pide.

—¿Quieres algo?

—He dicho que no tengo hambre.

—Eso no responde.

Lo miro.

—¿Siempre eres así?

—Solo cuando la gente contesta otra pregunta.

—Pasta.

—¿Qué pasta?

—La que quieras.

—Eso es una trampa matrimonial.

Me río otra vez.

Dos veces en un día.

Mala señal.

Mientras él pide, voy al dormitorio y cierro la puerta.

No con llave.

Todavía.

Me miro en el espejo del baño.

Traje gris. Ojeras. Pintalabios inexistente. Una mujer que se ha casado y parece venir de una auditoría.

Me desabrocho la chaqueta.

Debajo, la camisa blanca se ha arrugado. El botón que abroché esta mañana está mal puesto: he unido el cuarto ojal con el quinto botón y toda la línea cae torcida.

Me quedo mirándola.

De pronto me entran ganas de llorar.

Por el botón.

No por mi padre.

No por la boda.

Por un botón.

Me parece tan absurdo que me siento en el borde de la bañera y me tapo la cara.

No lloro mucho.

Lo suficiente.

Cuando salgo, veinte minutos después, llevo unos pantalones de algodón y una camiseta de Giulia demasiado grande. Me he lavado la cara.

Enzo está poniendo platos sobre la mesa.

No pregunta por mis ojos.

Otro punto a favor.

Comemos.

Pasta demasiado picante. Vino que ninguno termina. Hablamos de cosas pequeñas: horarios, seguridad, quién usa qué baño, reuniones de mañana.

La normalidad es tan extraña que duele.

A las once, mi móvil vibra.

Hospital.

Mi padre está estable.

Leo el mensaje dos veces.

Enzo espera.

—Estable —digo.

—Bien.

Silencio.

—Gracias por no decir “te lo dije”.

—No sé qué te habría dicho.

—Que casarnos no iba a matarlo.

—Todavía no tengo tanto ego.

Me levanto para llevar el plato al fregadero.

Enzo hace lo mismo.

Nos encontramos en un espacio demasiado pequeño entre la mesa y la cocina.

Su cuerpo queda cerca.

Muy cerca.

No me toca.

Yo noto el calor a través de la camiseta.

Es ridículo. Hemos firmado un contrato. Hemos hablado de amantes y cláusulas. Nos hemos casado. Y lo que me desordena es la distancia entre su mano y mi cadera.

—Lía —dice.

—Qué.

—Estás conteniendo la respiración.

Suelto el aire.

—No.

—Acabas de hacerlo.

—No me analices.

—No te analizo.

Su voz ha bajado.

—Te estoy mirando.

Levanto la cara.

Está demasiado cerca para que la mirada sea neutra.

—Eso también puede ser una forma de presión.

Enzo da un paso atrás inmediatamente.

La ausencia de su calor me irrita.

Qué bien.

Ya hemos llegado a la parte en que mi cuerpo contradice mis instrucciones.

—Gracias —digo.

—No me des las gracias por hacer lo mínimo.

—No te acostumbres.

—Imposible.

Toma su vaso.

Yo debería irme.

No lo hago.

—Enzo.

Se gira.

—¿Sí?

—La pregunta de antes.

—¿Cuál?

—La del beso.

Su cara se queda quieta.

—¿Qué pasa con ella?

—Ahora ya no es prematura.

No se acerca.

—Eso no es un sí.

Bien.

—Quiero besarte.

No sé quién de los dos se sorprende más de oírlo.

Enzo deja el vaso.

—¿Por qué?

—No conviertas esto en terapia.

—Necesito saber si es por la boda, por el miedo o porque quieres.

Me molesta que use mi propio idioma contra mí.

—Porque quiero.

—¿Ahora?

—Ahora.

—¿Y si paro?

—Paras.

—¿Y si tú paras?

—Paras.

Una sombra de sonrisa.

—Eso estaba mal formulado.

—Bésame antes de que vuelva a ser abogada.

Enzo se acerca.

Lento.

No hay música. No hay ciudad desapareciendo. El frigorífico hace un ruido suave. Un coche pita abajo. Alguien mueve una silla en el piso de arriba.

Me gusta que el mundo no colabore.

Me toca la mandíbula con dos dedos.

Es un contacto pequeño y, sin embargo, siento todo el cuerpo demasiado despierto.

—¿Sí? —pregunta.

—Sí.

Me besa.

No como esperaba.

No hay conquista.

Hay paciencia.

Primero una presión breve, casi una pregunta. Luego mi mano se cierra en su camisa y él vuelve, más despacio, más profundo, sin empujarme contra nada, sin apropiarse del momento.

Soy yo quien acorta la distancia.

Mi cuerpo choca con el suyo.

El calor sube por mi cuello.

Enzo respira contra mi boca.

—¿Bien?

—No hables.

—Eso sí ha sonado a orden.

—Lo era.

Lo beso yo.

Esta vez no hay paciencia porque yo no la tengo. Le muerdo el labio inferior, suave. Su mano se posa en mi cintura por encima de la camiseta y se queda ahí, inmóvil, esperando.

—Puedes —susurro.

Los dedos se cierran un poco.

Nada más.

Y esa contención me enciende de una manera que no quiero entender todavía.

Me separo.

Enzo no me sigue.

—Hasta aquí —digo.

—Hasta aquí.

No pregunta por qué.

No hace falta.

Voy hacia mi habitación.

Antes de cerrar la puerta, lo miro.

Sigue en la cocina, apoyado en la encimera, respirando como si también hubiera tenido que detener algo.

—Buenas noches, marido —digo.

Se ríe por lo bajo.

—Buenas noches, Lía.

Cierro.

Y por primera vez en todo el día, la palabra matrimonio no me parece una amenaza.

Eso me preocupa bastante más.