CAPÍTULO 4 — Contrato prematrimonial
ENZO
Hay hombres que reciben una propuesta de matrimonio con champán.
Yo la recibo en un pasillo de hospital, con una amenaza anónima todavía iluminando la pantalla del móvil de la mujer que acaba de decir que va a casarse conmigo.
No es romántico.
Me alivia.
—No vuelvas a decirlo así —le digo.
Lía sigue caminando.
—¿Así cómo?
—Como si hubieras decidido comprar una empresa.
—Comprar una empresa suele ser más complicado.
—No si la empresa soy yo.
Se detiene frente al ascensor.
—Eso dependerá de tus pasivos.
Las puertas se abren.
Entramos.
Por un momento estamos solos otra vez, pero ahora el silencio no es igual. Antes había hipótesis. Ahora hay una frase que ninguno puede devolver a la boca.
Voy a casarme contigo.
La miro de perfil.
No tiembla.
Eso no significa que esté tranquila. Ya he aprendido una cosa de Lía Vidal: su cuerpo no confiesa gratis.
—Tu padre puede morir hoy —digo.
Sus ojos se clavan en mí.
—Gracias por la delicadeza.
—No es delicadeza lo que necesitas.
—Tampoco crueldad.
—Necesitas no tomar una decisión irreversible porque estás asustada.
—No sabes por qué la tomo.
—Precisamente.
El ascensor se detiene.
Lía no sale.
Yo tampoco.
Las puertas vuelven a cerrarse.
—Pulsa otra vez —dice.
—No hasta que me contestes.
—¿Acabas de secuestrarme en un ascensor de seis metros cuadrados?
—Si quisiera secuestrarte, elegiría uno con mejor ventilación.
No sonríe.
Yo tampoco.
—Dime una sola razón que no sea miedo.
Lía mira los números apagados sobre la puerta.
—Si nos casamos, la idea de integración deja de ser una propuesta de Aranda y se convierte en un hecho que él ya no administra.
—Eso es estrategia.
—Has pedido una razón.
—He pedido una razón que no sea miedo. No una que puedas poner en una presentación.
Se gira.
Por primera vez veo el cansancio. No una grieta dramática. Algo peor: la sombra bajo los ojos, la boca seca, el botón de la camisa que sigue mal abrochado bajo la chaqueta.
—Porque estoy harta —dice.
Eso sí es verdad.
—¿De qué?
—De llegar a las habitaciones cuando los hombres ya han decidido qué puedo perder.
La voz le baja.
—De que mi padre enferme en secreto. De que Marco tenga que parecer fuerte porque nació primero.
De que Nico crea que si no vigila una puerta alguien muere.
De que Giulia haya tenido que negociar el derecho a no ser una mercancía.
De que todos los pactos se escriban alrededor de nosotras y luego nos pregunten si estamos cómodas.
Respira.
—Quiero entrar antes.
No hay una frase mejor que esa.
No intento mejorarla.
Pulso el botón.
Cuando las puertas se abren, salimos.
—Eso es una razón —digo.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—Necesito una razón tuya.
—No he dicho que acepte.
—Lo sé.
Llegamos al pasillo. Nico está junto a la habitación. Marco habla con un cardiólogo. Giulia nos ve juntos y aparta la mirada con una prudencia que en mi hermana siempre resulta sospechosa.
Lía se acerca a Marco.
No escucho lo que dicen. No quiero.
Hay intimidades familiares que no se violan ni siquiera cuando todo el mundo lleva el mismo apellido escrito en una amenaza.
Giulia viene hacia mí.
—¿Qué has hecho?
—Nada.
—Tienes cara de haber hecho algo.
—Tu amiga me ha propuesto matrimonio.
Giulia parpadea.
—No es mi amiga.
—Eso es lo que has entendido de la frase.
—Necesito tiempo.
—Yo también.
—¿Has dicho que no?
Miro a Lía. Marco la abraza. Ella tarda un segundo en devolver el gesto.
—No.
Giulia sigue mi mirada.
—Enzo.
—No he dicho que sí tampoco.
—Eso es peor.
—¿Por qué?
—Porque tú nunca dejas una puerta abierta si no tienes intención de cruzarla.
No respondo.
Mi padre llama.
Le enseño la pantalla.
Giulia pone los ojos en blanco.
—Buena suerte.
—Tú eres su hija favorita.
—Yo dejé de competir.
Contesto.
—Papá.
—¿Has llegado?
La voz de Vittorio Rinaldi suena limpia, reposada, como si no llevara días intentando apagar incendios con papeles.
—Sí.
—¿Has visto la propuesta?
—Sí.
—Es aceptable.
—No.
Silencio.
—Enzo.
—Tiene una cláusula que entrega el control a Aranda si el matrimonio falla.
—Se puede corregir.
—Tiene otra que permite interventor por riesgo reputacional.
—También.
—Y quizá una tercera que todavía no hemos visto.
—Para eso están los abogados.
Miro a Lía.
—No. Para eso está la mujer con la que quieres que me case.
Mi padre no responde durante dos segundos.
—No te confundas —dice al fin—. No se trata de una mujer. Se trata de continuidad.
Ahí está.
La frase que Giulia me pidió que no imitara.
Miro a mi hermana. Ella no puede oírlo, pero lo conoce.
—Entonces no hay acuerdo —digo.
—No seas infantil.
—Si quieres que me case con Lía Vidal, empieza por entender que se trata exactamente de una mujer.
Cuelgo.
Giulia me mira.
—Eso ha sido casi decente.
—No lo difundas.
A las doce y media, el estado de Julià se estabiliza lo suficiente para que los médicos dejen de hablar en condicionales inmediatos.
A la una, Lía reserva una sala del hospital.
A la una y cuarto, estamos sentados frente a dos abogados, uno de cada familia, y Clara, que ha insistido en participar como tercera lectura precisamente porque no representa a ninguno.
Lía ha convertido una propuesta de matrimonio en una due diligence.
Eso debería matar cualquier deseo.
No funciona.
—Duración mínima —dice uno de los abogados—: veinticuatro meses.
—No —dice Lía.
—¿Doce?
—No habrá duración mínima.
El abogado la mira.
—Entonces el valor simbólico…
—No me caso para producir valor simbólico a terceros.
Yo apoyo la espalda en la silla.
—De acuerdo.
Lía me mira.
—No te he preguntado.
—Te estoy facilitando trabajo.
—No lo hagas.
Clara oculta una sonrisa detrás del bolígrafo.
Seguimos.
Separación total de patrimonios personales.
Blindaje de participaciones previas. Ningún derecho automático por cónyuge.
Decisiones conjuntas solo en una sociedad temporal creada para gestionar la alianza.
Veto mutuo a operaciones que afecten activos estratégicos.
Acceso recíproco a cuentas de la sociedad, no a cuentas privadas.
Prohibición de usar la relación como garantía financiera.
Y luego llega la parte que nadie esperaba.
—Vida privada —dice Lía.
El abogado de los Rinaldi tose.
—Eso no suele…
—Ahora sí.
Me mira.
—No exclusividad automática.
No sé qué cara pongo.
Ella sí.
Lo noto.
—Mientras sea un contrato —continúa—, ninguno tiene derecho a exigir fidelidad emocional o sexual al otro.
Clara deja el bolígrafo.
Giulia, sentada al fondo, se queda muy quieta.
Yo miro a Lía.
—¿Quieres un matrimonio abierto?
—Quiero que el papel no tenga derechos sobre mi cuerpo.
No debería excitarme una frase jurídica.
Empiezo a preocuparme.
—Y si dejamos de ser solo papel —pregunto.
Silencio.
Los abogados intentan desaparecer.
Lía no.
—Entonces se negocia otra vez.
—¿Negocias todo?
—Lo importante.
—¿Y besarme sería importante?
La pregunta sale antes de que decida si quiero hacerla.
Clara mira al techo.
Giulia se levanta.
—Voy a buscar café.
Los abogados descubren una urgencia simultánea con varias páginas.
Lía me sostiene la mirada.
—Depende del beso.
—Respuesta evasiva.
—Pregunta prematura.
—No tanto si vamos a casarnos.
Se inclina hacia delante.
—No confundas disponibilidad contractual con permiso.
Ahí está otra vez.
La corriente.
No porque me rechace.
Porque delimita.
—No lo haré —digo.
La tensión cambia.
Algo en sus hombros baja apenas.
—Bien.
—Pero quiero otra cláusula.
—Cuál.
—Ninguno usa sexo, afecto o celos para conseguir una decisión de negocio.
Lía tarda un segundo.
—Aceptada.
—Y otra.
—Te estás animando.
—Si uno dice para, el otro para. En cualquier contexto íntimo. Sin preguntas hasta después.
Ahora sí se queda completamente quieta.
No incómoda.
Atenta.
—Aceptada —dice.
Clara vuelve a bajar la mirada al documento.
Los abogados escriben.
Yo miro la mano de Lía sobre la mesa.
No la toco.
Ni siquiera acerco la mía.
Y entiendo algo desagradablemente simple.
Me gusta más que me ponga límites que cualquier mujer que haya intentado impresionarme sin ellos.
A las tres y siete, mi padre manda un mensaje.
ACEPTA.
A las tres y ocho, Lía recibe otro.
No sé de quién.
Ella lo lee y la sangre se le va de la cara.
—¿Qué pasa? —pregunto.
Me enseña la pantalla.
Una fotografía de Julià dormido en la cama del hospital.
Tomada desde dentro de la habitación.
Debajo:
TENÉIS HASTA LAS OCHO.
Nico ya está de pie cuando levanto la vista.
Lía no mira la foto otra vez.
Mira el contrato.
—Cambiamos la fecha —dice.
—¿A cuándo? —pregunta Marco.
Lía firma la primera página con sus iniciales.
—Hoy.