CAPÍTULO 3 — La cláusula que falta
LÍA
Gabriel Aranda habla durante siete minutos después de que le diga que su contrato es basura.
No escucho la mitad.
No porque no importe.
Porque ya he encontrado lo que importa.
La cláusula seis es demasiado visible. Una trampa para que la veamos.
Las trampas visibles suelen cubrir otra cosa.
Paso a la página ocho.
Marco discute. Enzo permanece en silencio. Nico no se ha sentado desde que Aranda pronunció la palabra matrimonio. Giulia me mira con una mezcla incómoda de culpa y advertencia.
Yo leo.
Hay un ruido leve en el aire acondicionado. Una taza toca un plato. Alguien en el pasillo arrastra una maleta.
Nada de eso tiene importancia.
La página ocho sí.
—Aquí —digo.
Nadie me oye al principio.
Levanto la voz lo justo.
—Aquí.
Marco se calla.
Aranda vuelve hacia mí.
—¿Qué ocurre ahora?
—La administración neutral puede designar interventor si existe “riesgo reputacional grave”.
—Es una fórmula estándar.
—No en una estructura con activos portuarios sensibles y derechos de voto cruzados.
—Señorita Vidal…
—Lía.
—Lía, esto lo han revisado tres despachos.
—Entonces tres despachos han cobrado por dejarle una llave.
Enzo baja la cabeza un instante.
No sé si es una sonrisa.
Me molesta que quiera comprobarlo.
—¿Qué propones? —pregunta Marco.
Cierro la carpeta.
—Nada.
—¿Nada?
—No con Aranda en la sala.
Aranda se recuesta.
—Soy el mediador.
—No. Es el hombre que ha traído un contrato en el que el mediador puede terminar controlando la estructura.
—Eso es una interpretación hostil.
—Es mi especialidad.
Esta vez sí veo la sonrisa de Enzo.
Es breve. Incorrectamente atractiva.
Lo ignoro.
—Quiero una hora —digo.
Marco me mira.
—¿Para qué?
—Para rehacer esto desde cero.
—No vas a considerar seriamente…
—Sí.
La palabra detiene la sala.
Nico se mueve.
—No.
Lo miro.
—No es tu decisión.
—Es mi hermana.
—Y yo soy yo.
—Lía.
—Nico.
El tono es el mismo. No la posición.
Giulia se levanta.
—Tiene razón.
Nico gira hacia ella.
—No me ayudes.
—No te ayudo. Te recuerdo algo que aprendiste conmigo.
Silencio.
Nico aprieta la boca.
Giulia no necesita terminar la frase.
No decides por la persona que quieres proteger.
Me sorprende una ternura pequeña y molesta. La aparto.
Marco se pasa una mano por el pelo.
—Papá está en el hospital.
—Precisamente.
—No sabemos si…
Se detiene.
No quiere decir muere.
Yo tampoco.
—Precisamente —repito.
Miro a Enzo.
—¿Tú qué opinas?
Es la primera vez que se lo pregunto directamente.
Tiene la voz más grave de lo que recordaba.
—Que el contrato intenta convertirnos en garantía de un sistema que no controlamos.
—Bien.
—Y que casarme contigo sería una idea pésima.
Marco lo mira como si, por primera vez, estuviera de acuerdo con un Rinaldi.
Yo apoyo los codos en la mesa.
—¿Porque no te gusto?
Enzo no pestañea.
—Eso complicaría menos las cosas.
Mi cuerpo reacciona antes que mi criterio.
Una corriente baja por el centro del pecho, rápida, absurda.
No le doy espacio.
—Perfecto —digo—. Entonces tenemos una variable honesta.
Aranda se levanta.
—No voy a participar en una negociación improvisada.
—No se lo he pedido.
—El acuerdo expira hoy a medianoche.
—¿Qué acuerdo?
Aranda me mira.
—La ventana de financiación que mantiene congeladas ciertas ejecuciones.
Marco se vuelve.
—Eso no estaba en la documentación.
—Porque no era necesario hasta ahora.
—Todo lo necesario está en la documentación —digo.
Aranda me sostiene la mirada.
Por primera vez no me ve como hija.
Bien.
—A medianoche —repite—, si no hay señal de integración, algunas partes interpretarán que no existe estabilidad suficiente.
—¿Algunas partes?
—Mercado.
—El mercado tiene nombres.
No responde.
Eso también es respuesta.
Aranda recoge su teléfono.
—Tienen una hora.
—No —digo—. Tenemos hasta medianoche.
Se detiene junto a la puerta.
—Confías mucho en el tiempo.
—Confío poco en usted.
Sale.
Nico espera tres segundos y va tras él.
—No lo mates —dice Giulia.
—No pensaba hacerlo.
—Eso no ha sonado convincente.
La puerta se cierra.
Marco se sienta.
—Dime que no estás pensando en casarte con este hombre.
Enzo levanta una ceja.
—Estoy aquí.
Marco lo ignora.
Yo miro la hoja de mi padre.
NO HEREDES EL PUERTO.
OBLÍGALO A CAMBIAR.
—Estoy pensando en qué compra el matrimonio —respondo.
—Te compra a ti.
—Solo si firmo mal.
—No puedes convertir todo en una cláusula.
—Tú convertiste tu relación con Clara en un problema de seguridad durante meses.
Clara carraspea desde el extremo de la sala.
—Yo no estaba preparada para entrar en esto.
La miro.
—Perdón.
—No pasa nada. Es exacto.
Marco le lanza una mirada.
Ella bebe café.
Giulia se sienta junto a mí.
—Hay una pregunta que nadie está haciendo.
—Hazla.
—¿Por qué Enzo?
Miro a su hermano.
Él ya sabe la respuesta.
—Porque es el heredero operativo Rinaldi —digo—. Tú ya elegiste salir del papel de intercambio. Tu padre no puede usarte sin romper el pacto que acaba de firmar. Enzo tiene legitimidad dentro y fuera de Italia.
—Y tú —dice Enzo— tienes votos que nadie sabía que tenías.
Levanto la hoja.
—Mi padre sí.
Marco se inclina.
—¿Cuántos?
Le doy el documento.
Lo lee y su cara cambia.
—Esto es imposible.
—No. Solo estaba oculto.
—Son derechos suficientes para bloquear una venta.
—O forzar una.
Giulia silba muy bajo.
Enzo me mira.
—Eso explica la prisa.
—Sí.
—Y quizá el hospital.
La frase me atraviesa.
Marco golpea la mesa con la palma.
—No.
—No he dicho que hayan provocado la arritmia —dice Enzo—. He dicho que alguien sabía que su salud podía abrir una ventana.
No miro a Marco.
Porque Enzo tiene razón y porque odio que la tenga.
—Una hora —digo—. Necesito una sala pequeña, acceso a los estatutos, los acuerdos vigentes con los Rinaldi y la estructura de voto actual.
Marco me observa.
—¿Y él?
Señala a Enzo con la barbilla.
—Él viene conmigo.
Enzo se incorpora.
—¿Por qué?
—Porque si vamos a casarnos, quiero saber cuánto tardas en mentirme.
—No hemos dicho que vayamos a casarnos.
—Todavía.
La sala pequeña está dos puertas más allá. No hay ventana. Solo una mesa redonda, cuatro sillas y una lámpara demasiado blanca.
Entro. Enzo detrás.
Cierro la puerta.
Durante unos segundos ninguno habla.
Es distinto estar solos.
No más íntimo.
Más preciso.
El silencio tiene cuerpo.
Enzo se quita la chaqueta y la deja en el respaldo. Camisa negra. Mangas abrochadas. Un reloj sencillo. Nada de ostentación italiana de catálogo.
—¿Vas a interrogarme? —pregunta.
—Sí.
—¿Con abogado?
—Soy casi dos.
Se sienta.
Yo no.
—¿Quieres este matrimonio?
—No.
—Bien.
—¿Y tú?
—No.
—Excelente comienzo.
—¿Tienes amantes?
La pregunta lo sorprende.
No mucho.
—No de forma estable.
—No he preguntado si son estables.
—Sí.
—¿Actualmente?
—No.
—¿Últimos tres meses?
Ahora sonríe.
—¿Esto está en el contrato?
—Lo estará.
—Dos.
No esperaba que contestara tan directo.
—¿Las dos sabían que no era exclusivo?
La sonrisa desaparece.
—Sí.
Asiento.
—¿Tú?
—No.
—¿No tienes amantes o no vas a contestar?
—No tengo.
—¿Últimos tres meses?
—Uno.
—¿Sabía que no era exclusivo?
—No llegó a importarle.
Enzo se inclina.
—Eso suena peor de lo que quieres.
—Fue una noche.
—Ahora suena mejor.
—No estoy intentando sonar de ninguna manera.
—Eso es mentira.
Lo miro.
Ahí está.
La primera.
—Explícate.
—Llevas toda la mañana controlando cómo te ve la gente. La camisa, el traje, las preguntas, el hecho de no llorar. Claro que intentas sonar de una manera.
Siento calor en la cara.
No me gusta.
—No confundas observación con intimidad.
—No lo hago.
—Bien.
—Pero tú sí confundes control con ausencia de miedo.
Me acerco a la mesa.
—No sabes nada de mi miedo.
—No. Pero sé que tienes.
—Qué descubrimiento.
—Y sé que te enfurece que yo lo haya visto.
Lo miro demasiado tiempo.
Su cara no tiene la belleza fácil de Marco ni la dureza seca de Nico. Es otra cosa. Rasgos limpios, nariz ligeramente torcida, ojos oscuros que parecen perezosos hasta que se fijan en algo.
Ahora están fijos en mí.
Me siento.
—Regla uno —digo—: no uses lo que ves para intentar dominarme.
—Regla uno mía: no conviertas toda emoción en una negociación.
—Eso no es una regla. Es una opinión.
—Entonces ya estamos casados.
Me río.
No quiero.
Pero ocurre.
Él también sonríe.
Y eso es peor.
Porque por un segundo la habitación deja de ser una sala de crisis.
Luego mi móvil vibra.
Mensaje de Marco.
PAPÁ HA EMPEORADO.
Me levanto tan rápido que la silla golpea el suelo.
Enzo ya está de pie.
No me toca.
No pregunta.
Solo abre la puerta.
Corremos por el pasillo.
A mitad de camino, mi teléfono vuelve a vibrar.
Número desconocido.
Un texto.
PRIMERA REGLA DE UNA CORONACIÓN: EL REY MUERE ANTES DE QUE LA REINA SUBA.
Me detengo.
Enzo lee por encima de mi hombro.
Siento su respiración cerca de mi pelo.
—No respondas —dice.
Lo miro.
—No pensaba hacerlo.
—Bien.
—Pero voy a casarme contigo.
Por primera vez desde que lo conozco, Enzo Rinaldi pierde el control de la cara.
—¿Qué?
Guardo el móvil.
—No porque ellos quieran.
Empiezo a caminar.
—Porque ahora quiero saber qué pasa cuando les quitamos el mecanismo.