CAPÍTULO 2 — El heredero que no estaba
ENZO
Mi padre siempre llama dos veces cuando quiere que haga algo que sabe que voy a odiar.
La primera llamada es para informarme.
La segunda, para recordarme quién soy.
Esta vez llama tres.
Eso significa miedo.
No miedo por mí. Mi padre no funciona así.
Miedo a perder control.
Cuando el avión toca pista en Barcelona, tengo diecisiete mensajes, dos llamadas perdidas de Giulia y una fotografía de Julià Vidal entrando en un hospital.
Debajo, otra imagen.
Lía Vidal saliendo del coche.
La foto está tomada desde lejos, pero quien la hizo sabía esperar. No enfoca la entrada. La enfoca a ella.
Camisa blanca. Pelo recogido deprisa. Cabeza alta. Nada de lágrimas.
La hermana pequeña.
La princesa, según hombres que no han hablado con ella más de cinco minutos.
Yo sí he hablado con ella.
Una vez.
Hace dos años, en una cena absurda en Milán donde treinta personas fingían que la logística internacional era una conversación de sobremesa y no una forma de poder. Lía llevaba un vestido verde oscuro, no bebió vino y dejó en ridículo a un banquero sin elevar la voz.
Él había explicado durante diez minutos por qué una adquisición era inevitable.
Ella preguntó qué pasaba si el activo principal perdía dos licencias temporales.
El hombre dejó de sonreír.
Yo también.
Desde entonces, cada vez que alguien la llama princesa, pienso que el problema de los hombres poderosos es que confunden una mujer silenciosa con una mujer vacía.
El chófer me espera junto a la salida privada.
—Señor Rinaldi.
—Hotel.
—Su padre ha pedido que vaya primero al punto de reunión.
Lo miro.
El hombre traga saliva.
No por amenaza. Por costumbre.
—He dicho hotel.
Subo.
Barcelona entra por la ventanilla con luz gris de mañana. No es una ciudad italiana, aunque mi familia insista en compararla con todas. Aquí el mar parece un límite civilizado. En Génova parece una advertencia.
Mi teléfono vibra.
Giulia.
Contesto.
—¿Estás bien?
No digo hola. Ella tampoco.
—Estoy casada con un hombre que revisa las salidas de emergencia de un restaurante antes de sentarse. Estar bien se ha vuelto relativo.
—¿Nico está contigo?
—No.
—Entonces no estás bien.
—No empieces.
Sonrío.
—¿Cómo está Vidal?
—Julià, mal. Los demás, peor de lo que admitirían.
—¿Y Lía?
Silencio.
Miro otra vez la fotografía.
—¿Qué? —pregunto.
—Nada.
—Giulia.
—Solo intenta no hablarle como papá habla a las mujeres.
—No hablo como papá.
—A veces hablas como si hubieras mejorado el método.
—Eso ha sido cruel.
—Era la intención.
Apoya la voz un poco.
—Enzo, escucha. Lo de esta mañana no es solo una amenaza. Quieren sentarnos a todos en una sala y que alguien proponga una solución.
—¿Qué solución?
—No lo sé.
Miente mal cuando está cansada.
—Giulia.
—No quiero condicionarte.
—Ya me has condicionado diciendo eso.
Suspira.
—Papá lleva dos semanas hablando de consolidación familiar.
Me quedo quieto.
—¿Qué significa eso?
—Lo sabes.
Sí.
Lo sé.
Matrimonios.
Apellidos.
Personas convertidas en puentes porque los hombres no saben construir otra cosa.
—No —digo.
—Todavía no han propuesto nada.
—No.
—Enzo.
—No voy a casarme con una Vidal para que papá duerma tranquilo.
—Me alegra que la primera persona en la que hayas pensado sea Lía.
Miro por la ventanilla.
—Es la única Vidal soltera.
—Claro.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Ese silencio de hermana que cree saber cosas.
—No creo saberlas. Sé que llevas dos años preguntando por ella sin preguntar por ella.
Cuelgo.
No porque tenga razón.
Porque no quiero comprobarlo.
En el hotel me ducho, me afeito y me pongo un traje oscuro sin corbata. Mi padre odia que no use corbata en reuniones formales. Llevo quince años dándole pequeñas decepciones para que no se acostumbre a las grandes.
A las nueve y cincuenta recibo la ubicación exacta.
Sala Mirador.
Subo solo.
En la puerta hay dos hombres que reconozco de seguridad Vidal. Uno me registra con los ojos.
—Señor Rinaldi.
—Si me llamas “señor” otra vez, pensaré que hemos envejecido los dos.
No sonríe.
Correcto.
Dentro hay una mesa larga, café, agua, seis carpetas negras.
Marco Vidal está de pie junto a una ventana. Nico, cerca de la puerta. Giulia se sienta a su lado y no delante, detalle que mi padre consideraría una derrota y yo considero información.
Clara Soler está allí también, aunque parece querer desaparecer de la fotografía. La conozco por prensa, por informes y por la forma en que Marco la mira cuando cree que nadie lo ve.
Y Lía.
Está sentada en el centro de uno de los lados largos.
No lleva la camisa de la foto. Ahora viste un traje gris oscuro, sin joyas salvo un reloj pequeño. Frente a ella hay un sobre abierto y una hoja escrita a mano.
Cuando entro, no se levanta.
Me gusta.
—Enzo —dice Giulia.
La beso en la mejilla.
Nico me observa como si calculara cuántos huesos tengo.
—Vidal.
—Rinaldi.
Eso es todo.
Me siento frente a Lía.
Ella levanta la vista.
Los ojos son más claros de lo que recordaba.
—Llegas a tiempo —dice.
—Me habían advertido que las coronaciones son puntuales.
Una comisura de su boca se mueve.
—Depende. Las ejecuciones también.
Marco interviene.
—No hemos venido a jugar.
—Yo tampoco —respondo.
Lía baja la vista a mi mano.
No a mi cara.
A mi mano izquierda.
Sin anillo.
Entonces lo entiendo antes de que alguien abra la boca.
No sé si eso me enfurece o me divierte.
La puerta se abre.
Entra un hombre que no pertenece a ninguna de las dos familias.
Gabriel Aranda.
Cincuenta y tantos. Traje azul. Sonrisa de hombre que lleva toda la vida vendiendo cosas que no son suyas. Presidente de un grupo inversor que ha comprado media docena de empresas logísticas en tres años sin que nadie termine de entender dónde empieza el dinero y dónde acaba la influencia.
Lo he visto dos veces.
Las dos, alguien perdió algo después.
—Gracias por venir —dice como si la sala fuera suya.
Nico se mueve apenas.
Lía no.
Aranda deja una carpeta sobre la mesa.
—Voy a ahorrarles el teatro. Las dos familias están demasiado expuestas.
Los Vidal han perdido estabilidad interna.
Los Rinaldi tienen presión judicial y financiera en Italia.
Hay contratos que pueden suspenderse, capital que puede retirarse y socios que ya están preguntando cuánto vale el silencio.
Marco se inclina.
—¿Nos estás amenazando?
—Os estoy describiendo.
Lía toca la hoja de su padre con un dedo.
—Sigue.
Aranda la mira por primera vez.
Y comete el error.
La mira como a la hija.
—La solución es simple —dice—. Un acuerdo de integración temporal. Un consejo conjunto. Derechos de voto compartidos. Garantías cruzadas.
—Eso no necesita una coronación —dice Lía.
Aranda sonríe.
—No. Pero el mercado entiende mejor los símbolos que los estatutos.
Giulia se pone rígida.
Yo no me muevo.
—Dilo —dice Lía.
Aranda abre la carpeta.
—Un matrimonio entre las dos casas.
Silencio.
No hay sorpresa. Solo confirmación.
Marco se levanta.
—Ni hablar.
Nico no dice nada. Eso es más peligroso.
Giulia me mira.
Yo miro a Lía.
Ella sigue sentada.
—¿Quién? —pregunta.
Marco gira hacia ella.
—Lía.
—He preguntado quién.
Aranda responde:
—Usted y Enzo Rinaldi.
Mi padre ha mandado un emisario. Los Vidal han mandado a sus herederos. Aranda ha traído papeles.
Y Lía Vidal, a quien todos deberían estar protegiendo de esta conversación, toma la carpeta y empieza a leer.
Eso es lo primero que me excita de ella.
No su cuerpo.
No todavía.
La forma en que convierte una humillación en documentación.
—Esta cláusula es basura —dice al cabo de treinta segundos.
Aranda parpadea.
—¿Perdón?
—La seis. Si uno de los cónyuges rompe el vínculo antes de veinticuatro meses, el bloque de voto vuelve a administración neutral.
—Es una garantía.
—Es una puerta para que alguien controle ambos bloques durante una crisis matrimonial.
Levanta la vista.
—Y usted lo sabe.
Aranda deja de sonreír.
Yo también.
Porque por fin entiendo qué han venido a coronar.
No a una reina.
A un administrador.
Y Lía acaba de verlo antes que todos nosotros.