REINA DEL PUERTO
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CAPÍTULO 1 — La coronación
LÍA
A mi padre lo trasladan a un hospital privado a las cuatro y diecisiete de la madrugada.
A las cuatro y veinte, Marco llama a Nico.
A las cuatro y veintidós, Nico me llama a mí.
A las cuatro y veinticuatro ya estoy vestida.
No recuerdo haber decidido qué ponerme. Solo sé que, cuando cierro la puerta del piso, llevo pantalón negro, una camisa blanca que no he abrochado bien y los zapatos bajos que guardo para los días en que sé que voy a correr sin moverme del sitio.
En el ascensor miro el móvil. Tres mensajes de Marco. Uno de Nico. Uno de Giulia.
El de Giulia dice: No vengas sola.
No le respondo.
Hay mensajes que se contestan llegando.
Barcelona a esa hora parece una ciudad que todavía no ha elegido de qué lado ponerse. Los semáforos cambian para nadie. Las terrazas están cerradas. Los camiones empiezan a moverse hacia el puerto y, durante unos minutos, la ciudad pertenece a los que limpian, descargan, vigilan o esconden cosas.
Yo siempre he preferido ese horario.
La gente se distrae menos cuando está cansada.
El coche me deja frente a una entrada lateral. Nico está allí. Sin chaqueta. La camisa arrugada. Los ojos demasiado despiertos.
—¿Marco? —pregunto.
—Arriba.
—¿Mi padre está consciente?
Nico tarda medio segundo.
No necesito más.
Entramos.
El hospital huele a desinfectante, café recalentado y flores caras. No hay periodistas. Eso significa que alguien ha hecho bien su trabajo o que todavía no ha empezado el siguiente problema.
En el ascensor, Nico me mira la camisa.
—Te falta un botón.
Bajo la vista.
Es verdad.
Lo abrocho.
—Gracias.
—No te lo he dicho por estética.
—Ya lo sé.
Nico sigue mirando los números que suben.
—Anoche recibiste una llamada.
No es una pregunta.
—Sí.
—¿Por qué no me llamaste?
—Porque estabas con Giulia y porque si te llamaba tú ibas a venir.
—Ese era el objetivo.
—No siempre necesito que vengas.
La mandíbula se le endurece, pero no discute. Esa es una de las diferencias entre el Nico de hace un año y el de ahora: ha aprendido que proteger no significa decidir quién tiene derecho a estar solo.
Cuando se abren las puertas, Marco está al final del pasillo.
Por un instante no parece el heredero de nada.
Parece un hijo.
Eso me asusta más.
Clara está a su lado, sentada, con las manos alrededor de un vaso de plástico. Giulia permanece de pie junto a la ventana. Lleva un abrigo oscuro sobre ropa de dormir y el pelo recogido de cualquier manera. Al verme, sus ojos bajan a mis manos.
Comprueba si tiemblo.
No lo hacen.
Todavía.
—¿Qué ha pasado? —pregunto.
Marco se separa de la pared.
—Arritmia grave. Una caída de tensión después. Los médicos dicen que el corazón estaba peor de lo que creíamos.
—¿Peor de lo que creíamos o peor de lo que nos dijeron?
Clara levanta la vista.
Marco no.
—Lía.
—Es una pregunta.
—Ahora no.
—Precisamente ahora.
Nico da un paso, no hacia mí, sino entre el pasillo y la puerta. Seguridad. Costumbre. Giulia no interviene.
Marco exhala.
—Los informes que recibíamos estaban filtrados por un médico externo. Mi padre pidió que no se compartiera todo.
Cierro los ojos un segundo.
No por dolor.
Por rabia.
Mi padre ha sido capaz de convertir hasta su corazón en información clasificada.
—¿Puedo verlo?
—Sí.
Marco me acompaña hasta la habitación, pero antes de entrar se detiene.
—Hay otra cosa.
—Siempre hay otra cosa.
—Han usado una credencial de acceso de nuestro sistema para solicitar el traslado antes de que el hospital lo ordenara.
—¿Quién?
—La credencial estaba a nombre de Nico.
Miro hacia el pasillo.
Nico no puede oírnos, pero no necesita hacerlo. Lo sabe.
—La han clonado.
—Eso creemos.
—No. Eso quieren que creamos.
Marco frunce el ceño.
—¿Qué diferencia hay?
—Toda. Si han clonado una credencial, buscan entrar. Si han construido una historia con su nombre, buscan que desconfiemos de él.
Marco me mira con cansancio.
—Llevas despierta veinte minutos y ya estás haciendo esto.
—Llevo años haciendo esto. Solo que antes nadie me preguntaba.
No lo digo con resentimiento. Ya no.
El resentimiento es una forma cara de perder tiempo.
Entro.
Mi padre parece más pequeño en la cama.
No debería.
Julià Vidal ha pasado toda mi vida ocupando demasiado espacio incluso cuando no estaba.
En las comidas. En los silencios de Marco.
En la forma en que Nico mira las puertas.
En las cosas que mamá dejó de decir antes de morir.
En mi decisión de estudiar dos carreras para que nadie pudiera volver a explicarme mi propia familia.
Ahora hay una sábana blanca, dos vías, una pantalla y un hombre viejo respirando con ayuda.
Me acerco.
—Papá.
Sus párpados se mueven.
Tardo en entender que está despierto.
—Lía.
Su voz casi no existe.
Me inclino.
—No hables.
Sonríe apenas.
—Ahora mandas tú.
Siento una punzada seca en el estómago.
—No empieces.
—Escucha.
—Los médicos han dicho…
—Los médicos no conocen a los Rinaldi.
—Tampoco tú conoces tu propio electrocardiograma, por lo visto.
La sonrisa vuelve. Un poco más visible.
Durante dos segundos es mi padre y no el hombre que hizo que una familia entera aprendiera a no preguntar.
Luego señala con los ojos hacia la mesita.
Hay un sobre.
Lo tomo.
Mi nombre está escrito a mano.
—¿Qué es?
—Una salida.
—No me gustan tus salidas.
—Esta tampoco te gustará.
Lo miro.
—Entonces seguramente es tuya.
Tose. La máquina cambia de ritmo. Una enfermera aparece en la puerta, pero él levanta dos dedos y ella espera.
—No dejes… —respira— que Marco haga una guerra por orgullo.
—Marco no es un idiota.
—No. Es peor. Es responsable.
Eso casi me hace reír.
Casi.
—Nico hará lo que crea que protege a todos —continúa—. También es peligroso.
—¿Y yo qué hago?
Mi padre me mira de una forma que no recuerdo haberle visto nunca.
Sin cálculo.
O quizá el cálculo es tan bueno que ya no lo veo.
—Tú decides qué merece sobrevivir.
Aprieto el sobre.
—¿Qué hay aquí?
—Lo que debí darte antes.
—¿Antes de qué?
—Antes de enseñarte a fingir que no sabías.
Se me queda el aire detenido.
La enfermera entra.
—Señor Vidal, tiene que descansar.
Mi padre cierra los ojos. Yo me incorporo.
Cuando estoy junto a la puerta, lo oigo.
—Lía.
Me giro.
—La reina no es la que se sienta arriba.
Espero.
Él respira con dificultad.
—Es la que decide quién sigue sentado.
La enfermera me mira. Yo miro a mi padre.
No le respondo.
No pienso regalarle una escena perfecta.
Salgo.
Giulia está sola en el pasillo. Marco y Nico hablan con un médico al fondo. Clara ha desaparecido, probablemente buscando café de verdad o una excusa para que los hermanos podamos rompernos sin testigos.
Giulia mira el sobre.
—¿Te ha dejado una bomba?
—Con mi padre es difícil distinguirlas de las cartas.
—En mi familia las bombas no vienen en papel.
—Por eso sois menos elegantes.
Giulia sonríe.
Me sorprende que yo también.
—He venido porque Enzo está en Barcelona —dice.
La sonrisa se me borra.
—¿Tu hermano?
—Mi hermano.
—Pensaba que seguía en Génova.
—Estaba.
—¿Y ahora?
Giulia mete las manos en los bolsillos del abrigo.
—Ahora mi padre ha decidido que, si alguien quiere una reina, quizá convenga traer al hombre que cree que algún día será rey.
La miro.
—Qué tranquilizador.
—No lo es.
—¿Enzo sabe por qué lo han llamado?
—Sabe lo que le han dicho.
—No es lo mismo.
—Nunca lo es.
El móvil de Giulia vibra. Mira la pantalla y me la enseña.
Un mensaje sin número visible.
Dos líneas.
LA CORONACIÓN EMPIEZA A LAS DIEZ.
QUE LOS HEREDEROS NO LLEGUEN TARDE.
Miro el reloj del pasillo.
Son las seis y doce.
—¿Dónde? —pregunto.
Giulia desliza el dedo.
Hay una ubicación.
Un hotel frente al mar. Una sala privada que mi padre ha utilizado durante años para reuniones que no debían existir.
A mi espalda, una puerta se abre.
Marco sale del despacho médico.
No hace falta decirle nada. Mira nuestras caras y entiende que el hospital ya no es el centro del problema.
Abro el sobre de mi padre.
Dentro hay una sola hoja.
No es una carta.
Es una participación societaria.
Un paquete de derechos de voto que yo no sabía que existía.
Y debajo, escrito a mano:
NO HEREDES EL PUERTO.
OBLÍGALO A CAMBIAR.
A las diez quieren coronar a alguien.
A las seis y trece, decido que no pienso llegar como invitada.