CAPÍTULO 20 — El pacto nuevo
ENZO
Firmamos el nuevo acuerdo cuarenta y nueve días después de la boda.
No en un hotel.
No en una casa familiar.
No en un despacho con una silla demasiado grande.
En una sala de reuniones del puerto que huele a café industrial y tiene una impresora que se atasca tres veces antes de sacar la última copia.
Lía dice que eso le da legitimidad.
Nico dice que eso demuestra que estamos arruinados.
Giulia le dice que calle.
Todo parece extrañamente normal.
Mi padre llega con dos asesores. Marco con Clara. Lía con una carpeta que ha revisado seis veces y que revisará una séptima aunque le jure que nadie ha modificado nada durante el ascensor.
Yo llevo el brazo casi recuperado.
Todavía no puedo levantarlo del todo sin sentir un tirón.
Lía lo sabe y finge no vigilarme.
Lo hace mal.
—No necesito ayuda con la silla —le digo.
—No iba a ayudarte.
—Me estabas mirando el hombro.
—Estaba mirando tu chaqueta.
—Mientes.
—Concéntrate.
Nos sentamos.
El acuerdo tiene diecinueve páginas.
Hace seis semanas un matrimonio debía resolver lo que nuestros padres no habían sabido negociar.
Ahora un documento intenta garantizar que ningún matrimonio vuelva a tener que hacerlo.
No es una revolución pública.
Nadie va a escribir canciones.
Me parece mejor.
Vittorio lee la cláusula sobre familiares por tercera vez.
—Sigue pareciéndome innecesaria.
Giulia toma su bolígrafo.
—Y a mí sigue pareciéndome la única divertida.
—No se escribe derecho para divertirse.
Lía levanta la vista.
—A veces se nota.
Mi padre la mira.
Ya no con hostilidad.
Con esa mezcla de irritación y respeto que probablemente es lo máximo que concederá sin medicación.
Marco firma primero.
Luego Giulia.
Mi padre.
Lía.
Yo el último.
Cuando termino, la impresora se atasca otra vez.
Nico mira al techo.
—Esto es una señal.
—Es papel —dice Clara.
—Las señales también pueden ser papel.
—No alimentes sus supersticiones —dice Giulia.
La reunión termina sin discursos.
Eso estaba acordado.
Mi padre rompe el acuerdo cinco minutos después.
—Una cosa —dice de pie.
Todos lo miramos.
—No confundáis estructura con confianza. El papel sirve cuando nadie quiere romperlo demasiado.
Lía cruza los brazos.
—Eso ha sonado casi sensato.
Vittorio la ignora.
—Y no confundáis esta firma con perdón.
Giulia se tensa.
Yo también.
Mi padre continúa:
—Yo no os lo pido. Vosotros tampoco deberíais pedírmelo.
Mira a su hija.
—He hecho cosas creyendo que protegía a esta familia que no volvería a hacer igual.
No dice perdón.
Giulia no se mueve.
—Eso es poco —responde.
—Lo sé.
Silencio.
No hay abrazo.
No hay reconciliación.
Gracias.
Un comienzo no necesita parecer un final.
Cuando salimos, Lía me toma del brazo bueno.
—¿Qué?
—Nada.
—Tu cara.
—No está regulada.
—Deberíamos revisar el contrato.
Caminamos por el pasillo hasta un ventanal desde el que se ve parte del puerto. Grúas, contenedores, vehículos, agua al fondo. El lugar que ha organizado nuestras vidas sin pedir permiso.
—¿Te vas mañana? —pregunta Lía.
—Sí.
—¿Cuántos días?
—Cuatro.
—Dijiste tres.
—Ha aparecido una reunión en Génova.
Su mano se suelta de mi brazo.
Pequeño gesto.
Lo noto.
—Podrías venir —digo.
—Tengo consejo.
—Lo sé.
—Entonces por qué lo propones.
—Porque podrías decir que no sin que la invitación sea inútil.
Lía me mira.
—Eso es irritantemente sano.
—Me esfuerzo.
—Cuatro días.
—Cuatro.
—No desaparezcas cuando llegues.
—No.
—Y no dejes que tu padre convierta una cena en una reunión.
—Eso no puedo prometerlo.
—Inténtalo.
—Eso sí.
Nos quedamos junto al cristal.
—¿Te arrepientes? —pregunto.
Lía gira.
—¿De qué?
—De haberte casado.
—Hoy no.
Sonrío.
—Respuesta peligrosa.
—Es la misma que me diste tú.
—Todavía no.
—Exacto.
—¿Y mañana?
—Pregúntame mañana.
Eso es probablemente lo más real que puede prometer una persona.
No siempre.
Mañana.
Nico pasa al fondo del pasillo y nos ve. Hace un gesto con el reloj.
—Nos esperan abajo —dice.
—¿Quién? —pregunto.
—Prensa.
Lía cierra los ojos.
—No habíamos acordado prensa.
—Se han enterado de la firma.
—Claro.
—Podemos salir por atrás —dice Nico.
Lía mira hacia el ascensor.
Luego hacia mí.
—No.
—¿No? —pregunta Nico.
—Salimos por delante.
Nico frunce el ceño.
—¿Por qué?
—Porque esconder una firma diseñada para ser transparente sería bastante estúpido.
—Podemos dar comunicado.
—También.
—Lía.
Ella sonríe.
—Tranquilo. No voy a besar a Enzo para subir la acción.
Nico me mira.
—Ni se te ocurra.
—No tenía planes.
—Mientes —dice Lía.
Bajamos.
Hay siete periodistas, no una multitud. Dos cámaras. Micrófonos. Preguntas sobre Aranda, Valls, la nueva alianza, la investigación, el futuro del puerto.
Lía responde tres.
Yo dos.
Giulia una.
Mi padre ninguna.
Un periodista joven pregunta:
—Señora Vidal, después de todo lo ocurrido, ¿considera que usted es ahora la persona más poderosa del puerto?
Lía se queda quieta.
La pregunta es mala.
Demasiado grande.
Demasiado útil para una frase brillante.
Veo cómo una respuesta perfecta se forma y muere detrás de sus ojos.
Me alegra.
—No —dice.
El periodista espera.
—¿Quién lo es entonces?
Lía mira hacia las puertas de carga, donde dos trabajadores están discutiendo con un conductor por algo que ninguno de nosotros puede oír.
—Depende del problema —responde.
—Pero usted preside…
—Sí. Y mañana puedo equivocarme.
El periodista parece decepcionado.
Yo no.
La entrevista termina.
En el coche, Lía se deja caer contra el asiento.
—“Depende del problema” —digo.
—Cállate.
—La prensa quería reina.
—Que se compre una baraja.
—Te ha quedado bien.
—No empieces con frases.
—No era una frase. Era una observación.
Lía apoya la cabeza en mi hombro bueno.
—Estoy cansada.
—Yo también.
—¿Qué hacemos esta noche?
—Nada.
Levanta la cabeza.
—¿Nada?
—Comer. Dormir. Quizá sexo si ambos seguimos despiertos.
—Plan ambicioso.
—He aprendido a no sobrecargar agenda.
—Mientes.
—Un poco.
En el ático, cenamos comida china directamente de las cajas.
Lía lleva pantalones viejos y una camiseta mía. Yo llevo una camiseta suya por error porque Giulia mezcló la ropa y ninguno quiere reconocer que nos queda ridícula por razones opuestas.
—Te está pequeña —dice.
—Es evidente.
—Puedes quitártela.
La miro.
—Eso ha sonado a propuesta.
—Puede.
—Pregunta mal formulada.
Lía deja los palillos.
—Quítatela.
—Orden.
—Sí.
Me la quito con cuidado del hombro.
Ella observa la cicatriz.
Ya no aparta los ojos como los primeros días.
Se acerca.
—¿Puedo?
—Sí.
Toca la piel alrededor.
Luego besa la cicatriz.
No hay erotismo inmediato en el gesto.
Lo hay dos segundos después cuando levanta la cara y me mira.
—Cuatro días —dice.
—Cuatro.
—No me gustan.
—A mí tampoco.
—Entonces esta noche no duermas pronto.
—Eso sí ha sido una propuesta.
—Sí.
La beso.
El deseo llega sin amenaza, sin duelo, sin disparos, sin una reunión que ganar. Solo porque estamos vivos y juntos y dentro de unas horas uno de los dos cogerá un avión.
Me parece la forma más adulta de peligro que hemos encontrado.
Cuando la llevo hacia el dormitorio, Lía se detiene.
—Enzo.
—Sí.
—No me lleves.
Suelto su cintura.
—Vale.
Ella toma mi mano.
—Ven conmigo.
La diferencia es pequeña.
Es todo.
Camino a su lado.
EPÍLOGO — “La reina”
LÍA
Seis meses después, la silla nueva sigue sin tener nada especial.
La elegí yo.
Ergonómica. Gris. Demasiado cara, según Nico. Mucho más barata que una guerra, según yo.
Gabriel Aranda espera juicio por varios delitos económicos y coacciones que sus abogados describen con palabras mucho más bonitas.
Ramon Valls ha vendido parte de sus participaciones para cubrir garantías y vive convencido de que todo fue una traición generacional.
Riccardo ha cooperado lo suficiente para salvar una parte de sí mismo y perder otra.
Elena Puig no volvió a trabajar con nosotros.
Me alegra.
Abrió una pequeña asesoría con una socia en Badalona y me manda mensajes cuando ve mi nombre en prensa para decirme que salgo demasiado seria.
Marco dirige operaciones internacionales y por fin se permite algunos días en los que no parece responsable de la rotación de la Tierra. Clara sigue siendo capaz de discutirle durante una cena algo que él consideraba cerrado a las cinco.
Nico y Giulia viven entre dos pisos porque ninguno admite que ya comparten casa. Giulia forma parte del consejo temporal Rinaldi. Nico sigue revisando salidas, pero a veces se sienta de espaldas a una puerta.
Eso, en él, es casi poesía.
Enzo pasa dos semanas al mes en Barcelona y otras dos repartidas entre Italia y reuniones que siempre duran más de lo prometido.
La estructura Rinaldi no tiene un rey. Su padre sigue retirado de funciones ejecutivas, aunque llama demasiado.
Enzo y Giulia comparten voto con dos independientes y se odian cordialmente tres veces por semana.
Nuestro matrimonio sigue vigente.
No por estrategia.
Eso fue lo primero que renegociamos.
La cláusula de exclusividad se mantiene. La de no usar sexo o afecto para ganar una decisión también. La del “para” ha dejado de parecer una cláusula y se ha vuelto una costumbre.
Hay otras que no están escritas.
No desaparecer durante una discusión.
No decir “estoy bien” si lo que quieres decir es “no puedo hablar ahora”.
No invitar a Vittorio a cenar sin avisar con veinticuatro horas.
No permitir que Nico tenga llaves de nuestro piso aunque, misteriosamente, siempre consigue entrar.
Hoy el consejo termina a las ocho y diecisiete.
Estoy sola en la sala cuando Enzo entra.
No lleva corbata.
—Llegas tarde —digo.
—He revisado el perímetro.
Lo miro.
—No hagas bromas con Nico. Aparece si lo invocas.
Enzo cierra la puerta.
—¿Cómo ha ido?
—Hemos aprobado la separación de la unidad de seguridad y la nueva auditoría.
—¿Margen?
—Dos votos.
—Mejor que unanimidad.
—Eso digo yo.
Se acerca a la mesa.
Yo cierro el portátil.
—¿Y tú?
—Mi padre ha llamado cuatro veces.
—¿Qué quería?
—Que cambie de opinión sobre una compra.
—¿La vas a cambiar?
—No.
—¿Seguro?
—Bastante.
—Peligroso.
—He aprendido de ti.
Me levanto.
Enzo me mira.
Seis meses y todavía hay momentos en los que su mirada me recuerda la cocina de la primera noche. No porque sea igual.
Porque ahora sé lo que contiene.
Deseo.
Conocimiento.
Una capacidad irritante para verme cuando preferiría ser ilegible.
Y algo más tranquilo que antes me daba miedo nombrar.
—¿Qué? —pregunto.
—Nada.
—Mientes.
—Estoy pensando en la primera vez que te sentaste en esa otra silla.
Miro el espacio donde estaba la de mi padre.
Ya no está.
—Yo estaba aterrada.
—Lo sé.
—No lo sabías entonces.
—Lo sospechaba.
—Y aun así te excitó que leyeran mal una cláusula.
Enzo sonríe.
—Eso sigue siendo uno de tus rasgos más atractivos.
—Necesitas ayuda.
—Estoy casado contigo. Es evidente.
Me acerco.
—¿Has venido solo a insultarme?
—No.
—Entonces.
Enzo apoya las manos en la mesa, una a cada lado de mí sin tocarme.
—He venido porque llevamos ocho días sin estar en la misma ciudad.
—Eso es verdad.
—Y porque llevo desde ayer pensando en ti.
—Eso también ocurre a gente casada.
—No de la forma en que estoy pensando.
Mi cuerpo responde.
Todavía.
Quizá más que al principio porque ya no hay misterio sobre si me respetará al detenerme. El deseo se vuelve más libre cuando no necesita vigilar la salida.
—Pregunta —digo.
Enzo se acerca a mi oído.
—¿Puedo besarte?
—Sí.
Lo hace.
No despacio.
Yo tampoco quiero.
Le agarro la camisa y lo acerco. Su mano se posa en mi cintura. La otra permanece sobre la mesa.
—¿Aquí? —pregunta contra mi boca.
Miro la puerta cerrada.
—La sala tiene llave.
—Eso no es una respuesta.
—Sí, aquí.
Enzo sonríe.
—La presidenta.
—No uses el cargo.
—Perdón.
Lo beso para que deje de hablar.
La mesa está cubierta de documentos que retiro con una mano antes de que caigan. Enzo se ríe.
—Incluso ahora.
—Son originales.
—Claro.
Me sienta en el borde de la mesa después de que yo lo atraiga. El contacto es familiar y sigue teniendo electricidad. Su boca baja a mi cuello. Cierro los ojos.
—Más despacio —digo.
Baja el ritmo al instante.
—Así.
Sus manos se quedan donde las he permitido. Yo cambio una de sitio.
—Aquí.
—Aquí.
No necesitamos demostrar nada.
No necesitamos repetir la intensidad de una amenaza ni la urgencia de una reconciliación.
El erotismo ya no depende del peligro.
Eso es quizá lo que más ha cambiado.
Puedo desearlo en una sala aburrida después de discutir auditorías durante tres horas.
Puedo detenerme para reír porque su teléfono vibra en el bolsillo y él intenta ignorarlo.
—Será tu padre —digo.
—Que espere.
—Eso sí es una revolución.
—No sabes cuánto.
Lo beso otra vez.
Después, cuando la respiración vuelve a parecer una cosa normal y mi blusa está ligeramente torcida, Enzo me ayuda a abrochar un botón.
Se detiene.
—Está mal puesto.
Miro.
He vuelto a unir el ojal equivocado.
Me entra una risa tan fuerte que tengo que apoyarme en él.
—Qué.
—El día que murió mi padre salí de casa así.
Enzo mira el botón.
No intenta decir algo profundo.
Gracias.
Lo corrige.
—Ahora está bien.
—No digas eso como metáfora.
—No me atrevería.
Recojo los papeles.
Enzo abre la puerta.
Antes de salir, miro la sala una vez más.
No hay trono.
No hay hombres esperando que mi padre decida.
No hay una reina porque alguien necesitara coronarla.
Hay una mujer cansada, con una reunión mañana a las nueve, un marido insoportable, dos hermanos que todavía discuten demasiado, una familia política que nunca será sencilla y un puerto que sigue lleno de problemas.
Me parece suficiente.
Apago la luz.
Enzo me espera en el pasillo.
—¿Vamos, reina? —dice.
Lo miro.
—No me llames así.
—Mientes.
Sonrío.
—Solo cuando estamos solos.
Y cierro la puerta.