Capítulo veintitrés
– P ues ya estamos aquí.
Esa misma sensación de paz embargó a Penryn en cuanto puso un pie en la cabaña de Marianne. No, no era solo paz; era seguridad. Allí estaba a salvo, como si los muros del edificio fueran protectores y nada malo pudiera suceder entre esas cuatro paredes.
Rafrael pasó los dedos con cierta vacilación por el borde del marco de la puerta, y Penryn se volvió hacia él, tomándole la mano en un gesto de bienvenida para hacerlo entrar. El alivio se reflejó en su rostro y, en cuanto la bota cruzó el felpudo del interior, dijo:
—La puerta está protegida, ¿lo sabías?
—¿Protegida?
Pasó la mano izquierda por encima del marco, sin tocarlo, y este despidió entonces un resplandor antinatural alrededor de la entrada de la vivienda.
—Custodiada. Por magia. La de Tarsus. Imagino que quiso que este lugar fuera un buen refugio para tu madre… y para ti. —Señaló con la cabeza las manos entrelazadas—. Si he podido entrar es porque estábamos unidos y porque soy bienvenido.
De algún modo, aquella idea no hizo sino intensificar las emociones que ya recorrían a Penryn.
Llevar a Rafrael allí, de vuelta a la cabaña, le había parecido la mejor opción tras salir de la Gran Casa de las Espadas, una forma de ganar algo de tiempo para recomponerse.
Que aquel lugar estuviera destinado a eso hacía que fuera todavía más predestinado.
—Eres más que bienvenido —dijo ella, con una sonrisa tímida dibujándose en los labios—. No es gran cosa, pero…
—Es perfecto.
Por la expresión de su rostro, Rafrael lo decía muy en serio.
Penryn se preguntó cuánto desgaste supondría vivir siempre a la intemperie, pasar los días en el bosque y montar campamentos improvisados allá donde fuera.
Debía de estar bien tener un lugar que sintiera como un hogar, aunque solo fuese por una noche.
Lo observó mientras se descalzaba y dejaba las botas junto a la puerta. Ella se desabrochó también las sandalias, las que él le había confeccionado, las que no se había quitado ni siquiera cuando se había cambiado en la Casa de las Espadas.
—No sé qué habrá para beber —dijo ella, acercándose a los armarios de la despensa—. Hay algo de comida fuera, si…
—Yo me ocupo. No es tu deber cuidar de mí.
Sin embargo, Penryn no podía negarlo: quería cuidar de él. Darle de comer, ofrecerle un lugar donde descansar, satisfacerlo. Por todos los dioses, deseaba muchísimo satisfacerlo.
«Un momento, ¿de dónde ha salido eso?». Notó que se le encendían las mejillas y esperó que él no se diera cuenta.
Verlo allí, en aquella casa, le despertaba un nuevo vínculo, como si ahora estuvieran unidos de un modo distinto al de antes.
Y no podía negar que aquello intensificaba la atracción que sentía por él.
Su cuerpo fuerte y vigoroso dentro de aquella cabaña diminuta…
, le recorría un escalofrío al ver que lo llenaba todo con su presencia.
Y solo podía pensar en él, y en ese cuerpo, abrumándola también a ella. Era imposible no observarlo mientras se movía por la casa como si formara parte de ella, como si ya fuera su hogar, rebuscando en los armarios hasta encontrar una botella de licor sin etiqueta y un par de vasos desparejados.
«Tranquila, Pen», se reprendió. Evidentemente, la adrenalina del día le estaba desbocando la imaginación.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella. Si no decía algo o conseguía que hablara él, acabaría soltando algo que no debía.
Rafrael se había acomodado por fin en una silla. Era más grande que el resto del mobiliario de la casa, de madera, con brazos tallados y ornamentados, y parecía hecha a su medida.
—¿Ahora? —Se frotó la mandíbula despacio mientras la miraba con expresión imperturbable en aquellos ojos color esmeralda. Penryn habría jurado que intentaba devorarla con la mirada…, o quizá era eso lo que deseaba ella. No estaba segura.
Con un leve movimiento de la mano, un pequeño impulso de magia atrajo una de las sillas de la mesa hasta acercarla a él, girándola para que quedaran frente a frente, antes de indicarle a Penryn que se sentara.
—Pues ahora supongo que esperaremos —dijo él—. Si el rey de Espadas está fuera, ocupado con sus asuntos con el emperador, seguro que es algo importante. Pero es crucial que lo busquemos cuando regrese a la Casa, para que sepa…
Se quedó callado. El rey tenía que saber de la presencia de Penryn, quizá incluso de su mera existencia. ¿Sabía que había estado viviendo todo ese tiempo al otro lado del río? Imposible; de lo contrario, habría intentado contactar con ella o con Marianne de algún modo.
Penryn se encogió en la silla.
—Eh, no…, no estoy segura de eso.
Rafrael sonrió ante su inseguridad.
—Penryn, tú eres la futura reina de Espadas. Perteneces a esa Casa, a esa sangre. Tu padre debería saberlo.
—¿Y tú? —Penryn frunció un poco los labios y se dio cuenta de que los ojos de Rafrael se posaban en su boca al hacerlo—. Tú perteneces a la Gran Casa de los Pentagramas.
La expresión de Rafrael cambió y negó con la cabeza; tensando la mandíbula angulosa en una línea dura.
—Pertenecía. Pero esa Casa no es lo que debería ser.
—Entonces cámbiala. —Penryn se inclinó hacia delante, sintiéndose valiente.
Alargó la mano y la apoyó sobre su rodilla.
Rafrael se quedó inmóvil, aunque no se apartó, observando aquellos deditos pálidos en su pierna—.
Si hay algo que he aprendido de ti esta última semana es que eres muy cabezota, desesperante y endemoniadamente inteligente.
—Esbozó una sonrisa al decirlo—. Pero también eres capaz de provocar cambios.
Tienes buenas intenciones, que van más allá de ti mismo.
La Gran Casa de los Pentagramas es tanto tu futuro hogar como la de Espadas lo será algún día para mí, quizá.
Rafrael absorbió cada una de sus palabras, contagiado por la pasión con la que hablaba.
—Se te da bien vender la idea, Pen. Quién lo diría.
Posó la mano sobre la de ella, con un gesto suave. Movió el pulgar despacito, dándole la vuelta a la mano y recorriendo el punto donde le latía el pulso en la muñeca con una ternura que la sorprendió.
—Claro que quiero más —dijo él en voz baja, con la mirada fija ahora en su brazo mientras mantenía ese ritmo lento y constante—.
Para la Casa. Para el sistema —añadió, torciendo el gesto—.
Ya has visto lo que ocurre cuando los sedientos de poder dirigen las cosas.
Solo beneficia a quienes están arriba y alimenta su arrogancia.
Todo en Arcania entera… podría ser mucho mejor, mucho más justo para quienes habitan estas tierras.
Le encantaba verlo así. Percibía cómo se le iluminaba el rostro al hablar, proyectándose hacia el futuro y hacia todo lo que podría suceder.
Juraría que el roce de sus manos sobre ella creaba una chispa por la fricción continua y tragó saliva, preguntándose si él podía sentir el placer que se estaba fraguando en ella.
—Aun así… —Sus palabras se apagaron y retiró la mano.
Penryn estuvo a punto de alargar la suya para volver a tocarlo, desesperada por no romper esa conexión, pero se contuvo. No quería que él notara cuánto lo necesitaba.
—¿Sí? —La palabra se le trabó en la lengua, insegura de qué había provocado que dejara de tocarla.
—Los descendientes de la realeza feérica… —se humedeció los labios, vacilante— no…, no fraternizan entre Casas. Físicamente, quiero decir. —Y, como si hiciera falta explicarlo mejor, añadió—: Íntimamente.
—Ah. —Necesitó un instante para procesar lo que acababa de decir antes de que el significado calara de verdad—. Ah.
Rogó a los dioses que aquello fuera una especie de broma, que estuviera tomándole el pelo, pero la forma incómoda en que se revolvía en la silla le dejó claro que hablaba muy en serio. Abrió la boca para protestar, la cerró, volvió a abrirla… y no dijo nada.
Él también estaba frustrado por aquella revelación. Se puso en pie, agarró su vaso y se bebió de un trago lo que quedaba dentro. Estaba alterado y empezó a pasearse por la estancia con una inquietud que Penryn no le había visto nunca.
—No lo pensé antes —admitió, pasándose la mano por el cabello oscuro y desplazando las ondas de un lado a otro de la raya—. En la posada, o en la casa, no…
Gimió frustrado consigo mismo y se detuvo al otro extremo de la habitación, como si necesitara mantener la mayor distancia posible de ella ahora que había tomado conciencia de la situación.
—Perdona mi… impertinencia —dijo, con los hombros un poco tensos—. No debí haberlo hecho… Desde el mismo instante en que lo supe, desde el momento en que tuve ese pálpito, no tendría que haber…
Penryn lo observó mientras se recriminaba a sí mismo, cada vez más frustrado con cada segundo que pasaba.
¿Cómo podía luchar contra aquello? La atracción que los unía era innegable; ambos deseaban algo mucho más profundo que esos roces y miraditas fugaces que hasta entonces habían podido permitirse.
Sus breves besos apenas eran el comienzo de todo lo que cada uno anhelaba del otro, ¿y se suponía que debían olvidarlo todo así sin más? ¿Por qué, por unos títulos nobiliarios?
—Lo siento, mi señora.
Él levantó esa mirada cristalina hacia ella.
Clavó en Penryn esos hermosos iris de color verde intenso, en los que se reflejaba un destello de ansia, mientras centraba toda su atención.
La miraba con tanto anhelo, con tanto deseo, que a Penryn se le aceleró el corazón y se le escapó un gemido de decepción.
A pesar de esa mirada, la voz de él se había vuelto tan seca, tan formal, que ella maldijo la repentina distancia que se había creado entre ambos.
—¿Es una… tradición? —preguntó—. ¿De las Grandes Casas?
Él asintió.
—Así es. Para la protección de las Casas, solía decir mi padre.
Por su expresión, Penryn vio que estaba librando una auténtica batalla consigo mismo. No dejaba de ser solo un concepto, ¿no? Una norma sin sentido, probablemente de hacía cientos de años, una idea que ya no tenía ninguna utilidad práctica.