Capítulo veintidós
P enryn cerró los ojos, preparándose para el dolor abrasador que esperaba sentir al recibir el impacto de lo que Malestia le había lanzado.
No había tenido mucha experiencia con la magia, solo los pequeños prodigios que había visto de manos de Rafrael, pero infería cuánto debía de doler a juzgar por el tamaño y la ferocidad de la energía que la reina había creado.
Esperaba una agonía lacerante. O quizá desaparecería de inmediato. Quedaría aniquilada. Moriría.
Pero… no hubo nada.
Nada de nada.
Penryn no estaba segura de qué había pasado. Había alzado las manos para protegerse, pero… ¿de verdad? ¿No se había desintegrado ni había quedado reducida a cenizas en el acto? Tal vez estaba a punto de convertirse en polvo, de ser arrastrada por una ráfaga de algún viento imposible o…
Pero no. Poco a poco, centímetro a centímetro, se apartó las manos de la cara. Malestia seguía frente a ella; el esfuerzo de aquel ataque mágico tan brutal la había agotado y la había devuelto a su forma feérica, pero su expresión era de puro desconcierto.
—¡¿Cómo?! —exclamó Malestia—. Pero si no… no tienes protección… ¡El collar!
Malestia aún tenía en la mano el colgante con el símbolo de la familia de la Casa de las Espadas grabado en él.
Como para demostrarse a sí misma que no había otro, Penryn se llevó los dedos al cuello, buscando el emblema que había llevado hasta entonces…
, pero su piel estaba desnuda y el espacio entre las clavículas estaba vacío, desprovisto de la joya que había estado tan acostumbrada a llevar.
Se miró las manos, como si tal vez poseyera algún tipo de poder, pero no había rastro de nada semejante. Entonces alzó la vista hacia Rafrael, esperando que él tuviera alguna explicación.
Sin embargo, Rafrael yacía en el suelo, hecho un ovillo y con las alas negras de cuervo encima en un desorden salvaje de plumas revueltas.
—¿Raf…?
Penryn tardó un segundo en comprender que, de algún modo, el ataque que Malestia había dirigido contra ella había impactado en Rafrael.
En cuanto cayó en la cuenta, se movió de inmediato, rápida y decidida, arrodillándose a su lado y girándolo con cuidado para dejarlo bocarriba.
Empezó a sacudirlo con desesperación para despertarlo.
—¡Raf! No, no, no… —Sollozó con la voz temblorosa y los ojos llenos de lágrimas al ver su cuerpo sin vida. ¿Cómo había podido pasar?
Debía de haberse lanzado delante de ella, interponiéndose en el ataque, pero… ¿no tendría que haberlos destruido a ambos? No lo sabía. No conseguía recordar qué había ocurrido en ese instante fugaz, aunque no importaba. Tenía que ayudarlo. Tenía que salvarlo.
Penryn movió las manos con rapidez por su propio cuerpo, en busca de algo, de cualquier cosa con la que poder ayudarlo.
Sus dedos rozaron la daga que la extraña criatura infantil de las catacumbas le había dado y cerró la mano alrededor de la empuñadura.
No podía permitir que Malestia saliera de allí sin consecuencias, así que desenvainó el arma; su peso resultaba perfectamente manejable en la mano.
El rostro de Malestia se contrajo cuando vio centellear la hoja en la mano de Penryn, con el emblema de la Casa Kaisharii grabado en ella. Penryn se incorporó tambaleándose, clavó la mirada en la pérfida fae y blandió el arma de forma amenazadora.
—¡¿De dónde has sacado eso?! —le preguntó Malestia. Con los dedos rematados en garras intentó alcanzar la daga; a la reina se le habían iluminado los ojos al reconocer el arma.
Penryn se abalanzó sobre ella y la atacó con furia.
No brotó sangre, no exactamente; en su lugar, una niebla rojiza surgió de la herida que le había infligido en el brazo a Malestia.
Esta chilló de dolor y se la cubrió con una mano, y Penryn consiguió acercarse y le asestó otro tajo, que le provocó una lesión similar, pero más profunda.
Malestia dio un paso atrás, como si sopesara la situación.
Penryn estaba furiosa, su amado se encontraba en peligro, y no había nada más feroz que una mujer cuyo amante se estaba consumiendo.
Con un chasquido de los dedos, el cuerpo de Malestia se transformó en cientos de diminutos insectos, un enjambre que se agrupó en una bola furiosa y zumbante que salió a toda velocidad por una ventana.
Penryn se quedó sola en la habitación con Rafrael.
Agotada y dolorida, Penryn sintió que las piernas le temblaban bajo el peso de las últimas fuerzas que le quedaban. Pero no podía rendirse, todavía no. Ahora que estaba segura de que la amenaza había desaparecido —al menos por el momento—, regresó a toda prisa al lado de Rafrael.
—Estoy aquí —le aseguró mientras posaba sus manos sobre él con el amor que se merecía—. Se ha ido, pero no pienso apartarme de tu lado, Raf. Te lo prometo. Estás bien. Te… Te pondrás bien.
Le temblaba la voz y se sentía ridícula.
Él no se movía, no respiraba, y ella no tenía nada que pudiera ayudarlo.
El calor de su cuerpo se desvanecía por momentos y notaba cómo el frío se apoderaba de él.
¡No! No era así como debía terminar todo; no era así como acababan los cuentos de hadas que su madre le había contado a lo largo de los años.
Necesitaba su final feliz, necesitaba… Lo necesitaba a él.
Entonces empezó a tocarlo, a palparlo, a pasar rápidamente los dedos por la tela de la camisa, las mangas y los bolsillos en busca de algo oculto. Seguro que tenía un frasco de agua, algún ungüento o algo así.
Un momento…, ¿no le había dado algo Qavtar al despedirse?
A CERTIJO 31
E L REGALO DE Q AVTA R
¿Qué regalo se dio cuenta Penryn de que Qavtar le había dado a Rafrael, al principio de la historia?
Intenta recordar la descripción correcta.
Era un frasquito o vial:
A. Apenas más grande que su pulgar.
B. Del tamaño de una abeja grande.
C. De unos pocos centímetros de largo.
D. Concebido para que cupiera en un bolsillo profundo del abrigo.
El líquido del interior:
A. Brillaba con un intenso color índigo.
B. Era blanco nacarado y centelleante.
C. Giraba con remolinos rojos y rosas.
D. Se parecía al mercurio, con destellos plateados.
El recuerdo la asaltó de repente y metió la mano en los bolsillos de la capa de Rafrael, al recordar que este se había guardado el pequeño vial, creyendo que ella no se había dado cuenta.
Ignoraba qué contenía y para qué servía, pero no tenía ninguna otra opción.
Rafrael no respondía a ningún estímulo y era lo único que se le ocurría intentar.
—A ver, colócate así. —Le acomodó la cabeza en el regazo, ajustándolo contra sí para incorporarlo un poco.
Con el pulgar le separó los labios y descorchó el frasquito con rapidez para verterle el líquido blanco en la boca.
Observó cómo cada gota se deslizaba sobre su lengua y le bajaba por la garganta, y, entonces, se inclinó sobre él y lo rodeó con los brazos.
Sentada allí sin nada que hacer salvo rezar, sintió cómo las lágrimas le inundaban los ojos y empezaba a sacudirse con sollozos profundos.
Hundió los dedos en su hermoso cabello oscuro y le apartó las largas ondas del rostro, y gimió al romper a llorar, destrozada ante la idea de haberlo perdido por su culpa.
—Lo siento muchísimo, Raf —murmuró con voz quebrada, al no ver ningún cambio tras suministrarle la poción de Qavtar—. No quería que pasara nada de esto. No tendría que haberte ocurrido a ti. Lo que ha hecho… iba dirigido a mí.
Alzó la cabeza y miró alrededor, buscando algún rastro de Malestia o de Arquerio, pero los dos habían desaparecido.
«Cobardes —pensó Penryn—. Menudos cobardes crueles y miserables».
La idea de que aquellas criaturas perversas tuvieran alguna relación con su padre le revolvía el estómago, incluso aunque el rey de Espadas no fuera del todo responsable de esas compañías.
Mientras permanecía allí sentada, abrazando a Rafrael con fuerza, notó que algo se le clavaba desde el bolsillo.
Introdujo la mano y sacó la moneda de metal que le había dado Lyra en la alcoba.
La examinó con más detenimiento: era pesada, sólida y perfectamente redonda, y en su centro aparecía dibujada una estrella perfecta de cinco puntas trazada con una línea continua.
Era un pentáculo, un símbolo… Un símbolo de la Casa de Onoryx.
—Tú… —susurró. Miró a Rafrael, que seguía inmóvil—. Me has protegido de ella al darme esto, ¿verdad?
La moneda era un talismán. Seguro que funcionaba del mismo modo que el colgante de los Kaisharii.
La había mantenido a salvo de la magia con la que Malestia la había atacado, y aquella certeza hizo que se derrumbara otra vez.
Sollozó con fuerza y apoyó la frente en la de Rafrael mientras rompía a llorar.
—Lo siento —susurró entre lágrimas, que le resbalaron despacio por las mejillas hasta caer sobre el rostro de él—. No lo sabía. No tenía ni idea, yo…
Todas las emociones que había reprimido durante los últimos días amenazaban con desbordarla.
Su existencia entera era mucho más grande de lo que jamás había imaginado; su propio ser suponía una amenaza para un sistema que había desconocido hasta hacía pocas horas.
Y ese fae con quien había pasado los últimos días, con quien había explorado, bebido y dormido… Ese fae del que se estaba enamorando…
—Por favor, Raf —susurró una vez más, inclinándose para besarle la punta de la nariz, como si ese gesto pudiera despertarlo—. Por favor, despierta.
En un último intento desesperado, posó los labios sobre los de él.
Sintió de nuevo el mismo roce aterciopelado de su boca contra la suya, el que le había regalado apenas unos minutos antes de separarse para dirigirse al laberinto.
Tan suave y dulce que la había dejado con ganas de más.
Esos mismos labios suaves se movieron contra los suyos mientras un pequeño suspiro escapaba de ellos.
Y entonces boqueó como buscando oxígeno, hinchando el pecho mientras aspiraba el aire, desesperado. Penryn se sentó sobre los talones, ofreciéndole su apoyo por si lo necesitaba y sujetándolo con los brazos mientras él recuperaba el aliento.
—¡Raf! —El alivio la inundó y, en cuanto vio que estaba aturdido pero vivo, lo estrechó con fuerza, casi trepando a su regazo para aferrarse a él—. ¡Estás bien!
Rafrael le recorrió la espalda con las manos, atrayéndola aún más hacia él. El cuerpo de ella era pequeño y ligero, pero, por los dioses, encajaba a la perfección entre sus brazos, como si la hubieran hecho a propósito para él.
—Estoy bien —le aseguró antes de echarse un poco hacia atrás para mirarla—. ¿Y tú…, tú estás…?
—También estoy bien —le aseguró ella. Rafrael le acarició el hombro y le rozó fugazmente el pecho, como si buscara alguna herida, pero no había nada. Estaba bien, totalmente bien—. Me has dado un susto enorme.
—Podría decir lo mismo de ti. Literalmente. —Sus apuestas facciones, por lo general serias y estoicas, se relajaron en esa sonrisa que a ella tanto le gustaba—. ¿Así que Lyra te dio mi regalo?
Penryn alzó la moneda con la estrella, sujetándola entre el pulgar y el índice para que él la viera, y este sonrió al reconocerla.
—Me la dio mi madre para protegerme cuando me fui de la Casa de los Pentagramas.
Es un talismán bendecido por la reina de la Casa —le explicó—.
Eso es lo que te ha mantenido a salvo, Pen.
Si no podía hacer nada más por ti, al menos que fuera eso.
Prefería saberte con vida antes que guardármelo para mí.
Él alzó la mano y le apartó el pelo de las sienes, ansioso por contemplar su rostro con ojos nuevos.
Ella tenía la piel tibia y una suave pátina de sudor alrededor de las sienes; Rafrael parecía hipnotizado por aquello.
Habían estado a un suspiro de perderse el uno al otro, y Penryn dio gracias a los dioses por tener la oportunidad de elegir qué les depararía el futuro, en lugar de que les fuera arrebatado.
Penryn cerró los ojos cuando Rafrael le acarició la mejilla con ternura, borrándole una mancha de suciedad de la piel. Sentía como si estuviera cuidando de ella, como si fuera su deber hacerlo.
—El estallido —dijo él despacio, como si estuviera recomponiendo los acontecimientos en su propia mente—. Malestia… es la reina de Espadas. Mi poder no es nada comparado con el suyo. Pensé que ahí se acababa todo.
—Creo que así fue —admitió Penryn, que también había sentido el mismo miedo—. Te… Te di el líquido del frasquito, el de Qavtar.
Rafrael se quedó inmóvil.
—¿Qavtar? —Parpadeó, tratando de recordar, y, de pronto, abrió mucho los ojos—.
No, no, eso era para ti. Tus alas… En cuanto vi las marcas de tu espalda supe que esa poción era para ti, para devolverte la salud, para devolverte lo que te habían arrebatado.
—Negó con la cabeza—. Era tu oportunidad de convertirte en la fae que eres, Penryn.
Lo que había intentado hacer por ella era algo inmenso.
Había querido darle la vida que le correspondía; permitirle ser la criatura mitad mortal, mitad etérea que su herencia mestiza le ofrecía.
Pero para Penryn no había ninguna duda: tomaría la misma decisión un millón de veces, aun sabiendo exactamente lo que implicaba.
—Prefiero ser humana el resto de mi existencia antes que pasar un segundo más sin ti a mi lado, Raf —confesó—.
Debería habértelo dicho antes. Pero creo que lo he comprendido de verdad ahora mismo —añadió con una risa avergonzada, sintiéndose como una colegiala por la forma en que él la miraba.
Tal vez había sido una tontería decirlo, una muestra de emociones que solo una mortal exhibiría con tanta sinceridad. Rio con cierta torpeza—. ¿Qué?
Rafrael la atrajo hacia sí, rodeándola con los brazos y acercando su torso al suyo hasta colocarla con las piernas a horcajadas sobre él.
—Mira —dijo—, ahí es donde radica la verdadera fortaleza de tu gente. —Posó la yema del índice en su pecho, justo por encima del corazón—. La mía podría aprender muchísimo de la tuya.
Levantó la mano, abrió la palma y llevó el pulgar al lateral de su mejilla, sosteniéndole ligeramente la mandíbula.
Se inclinó hacia ella y la besó con ternura, acomodando sus suaves labios a los suyos.
Penryn murmuró satisfecha ante la sensación, dejándose fundir en su abrazo mientras él la estrechaba sin cesar, con más intensidad en cada caricia.
Cuando se apartó, le rozó la nariz con la suya, dulcemente, antes de añadir:
—Espero que, con el tiempo, me enseñes muchas más cosas, pequeña Trickett.