Reina de espadas Capítulo veintiuno #2
84%

Capítulo veintiuno #2

—A mí no me pareces fae —bufó, recorriendo la silueta de Penryn con un gesto desdeñoso—. ¿Tú qué crees? ¿Que el rey de la Gran Casa de las Espadas engendraría una hija medio humana? Qué idea tan ridícula.

Rafrael negó con la cabeza mientras Malestia hablaba, mirándola con una rabia que no podía ocultar.

—Mientes —dijo él—. Lo es, ¿verdad? Sabes que lo es.

Cruzó la sala a la velocidad del rayo, como si se hubiera desplazado físicamente desde su lugar en la mesa hasta situarse junto a Penryn.

Extendió la mano hacia ella, apoyó la palma entre sus omóplatos y Penryn sintió que el área circular en el centro de su espalda se llenaba del mismo calor que ya había sentido antes.

—¿Qué es eso, ese resplandor? —preguntó Elijah, poniéndose tenso mientras le miraba la espalda a Penryn.

—Es donde deberían estar sus alas. —La voz de Rafrael parecía desgarrada, como si la pérdida fuera tan grande que jamás pudiera repararse del todo.

Ajustó la tela del vestido de Penryn, mostrando con mayor claridad las cicatrices de su piel, las mismas que había examinado con tanto detenimiento en otra ocasión—.

Tú. Tú le arrancaste las alas. Intentaste borrar su vínculo con nuestro mundo.

Con Arcania. —Se le dilataron las aletas de la nariz—.

Con la Casa a la que pertenece. Penryn… Penryn debería ser la futura reina de Espadas.

Las cartas del tarot. La predicción de Sasappele. Por todos los dioses, dicho así, con tanta claridad, todo encajaba a la perfección, y Penryn se quedó sin palabras.

Malestia, sin embargo, se limitó a mirarlo con cara de pocos amigos.

—¿Cómo te atreves a lanzarme semejante acusación, Rafrael de Onoryx? —le espetó, con una repugnancia que supuraba de cada sílaba.

—Tus celos te delatan —respondió Rafrael, plenamente convencido—.

El rey de Espadas se enamoró de una humana al otro lado del río.

Por eso insististe en la matanza de los mortales si cruzaban la División; por eso obligaste a las Casas a firmar un tratado tan cruel.

Un tratado al que yo jamás pude dar mi consentimiento.

—Porque eres débil —soltó Malestia, fuera de sí—. Y te importa más la tierra y los desconocidos que los de tu propia estirpe. ¡Es deber de la realeza feérica proteger nuestro linaje! ¡Nuestro futuro!

Clavó en Penryn una mirada cargada de odio puro y entrecerró los ojos.

—Tu madre era una ramera mortal con la que Tarsus se cruzó en un momento de debilidad.

Penryn negó con la cabeza.

—Eso no es verdad. El rey amaba a mi madre. He visto las cartas, su correspondencia, ellos se…

—Tarsus jamás podría haber tomado a una humana como esposa —siseó Malestia—.

El líder de una de las Grandes Casas de Arcania retozando con una lombriz del otro lado de la frontera…

Qué absurdez. Socavaría todo lo que somos, todo lo que representamos.

Mi abuelo, el emperador, previó esta insensatez y ató el futuro de Tarsus a alguien digno.

Agarró a Arquerio por la muñeca y lo arrastró hacia delante para colocarlo a su lado y demostrar un frente unido. El caballero temblaba, pero Malestia se mantenía firme.

—Solo hay un heredero de la Casa de las Espadas, y es mi hijo, mi Arquerio.

Fui demasiado blanda contigo al cercenarte las alas.

Intenté ser compasiva con Tarsus; pensé que bastaría con asustar a esa mujer enamorada para que se alejara de la frontera.

Pero ahora veo que debería haber reducido a cenizas toda esa maldita casa, con vosotras dentro.

Una furia abrasadora se apoderó de Penryn, indignada ante la idea de que alguien hubiera podido violentarlas a ella, a su madre y a su hogar de esa manera.

—Sois un monstruo —dijo, retrocediendo unos pasos vacilantes cuando Malestia empezó a avanzar hacia ella.

—Lo soy.

Malestia gruñó, y su cuerpo comenzó a transformarse ante los ojos de Penryn.

Su figura se retorció, dejando atrás la apariencia de fae regia que pretendía mostrar para adoptar una forma mucho más feroz.

Se le alargaron y multiplicaron los brazos y las piernas, las proporciones de su cuerpo mutaron hasta volverse cada vez más insectoides a cada paso.

Su rostro y sus dientes se estiraron hasta convertirse en algo salido de una pesadilla mientras acortaba la distancia entre ambas, y sus alas —que normalmente llevaba plegadas con pulcritud para minimizar su presencia— se desplegaron por completo al aproximarse, vibrando con rapidez, como las de una libélula.

Se detuvo a poco más de medio metro de Penryn y movió la mano, ahora convertida en garra.

A pesar del espacio que las separaba, Penryn sintió la acción: cómo cerraba Malestia los dedos alrededor de su garganta, apretándola con fuerza y cortándole el aliento.

Era como si la soberana la tuviera agarrada de verdad, aunque no la tocara; una prolongación de su voluntad que le drenaba la vida sin llegar a ponerle un dedo encima.

—¡Basta! —rugió Rafrael, lanzándose contra Malestia.

La reina cambió de objetivo y dejó caer a Penryn, jadeante, mientras dirigía toda su atención hacia Rafrael.

Proyectó una corriente de magia en su dirección, pero esta se estrelló contra una especie de escudo que Rafrael desplegó a su alrededor, envolviéndolos a ambos para protegerlos del poder de la regente.

—¡Dame el colgante! —exigió Malestia, extendiendo ahora la mano hacia Penryn—. ¡El colgante de Tarsus! Dame lo que pertenece a mi Casa y te dejaré abandonar estos terrenos como si nada de esto hubiera ocurrido.

Penryn dudó. Rafrael negó con la cabeza de inmediato.

—No —insistió—. Es una trampa.

Casi en el mismo instante, Malestia redobló la presión y la corriente feroz de energía obligó a Rafrael a retroceder unos pasos.

Este gruñó, entornando los ojos mientras concentraba todas sus fuerzas en mantener la protección, pero Penryn se percató de que la reina poseía un poder superior al de Rafrael.

Tal vez era su posición, su título, lo que la investía de una magia mucho mayor de la que él podía manejar.

—¿Nos dejaréis marchar? —preguntó Penryn, llevándose la mano al cuello. No pensaba permitir que Rafrael resultara herido por su culpa. Si había una forma de salir de allí, la aprovecharía—. ¿A todos? ¿Podemos cruzar esa puerta y marcharnos?

Malestia extendió su mano cubierta de garras con gesto expectante; la anticipación brilló en sus ojillos mientras observaba los movimientos de Penryn.

—Por supuesto —dijo, agitando las alas insectoides—. Dámelo.

Penryn no dudó ni un instante. Lanzó el collar hacia Malestia, pero arrojándolo al suelo para dificultarle la tarea, aunque fuera un poco.

La reina tuvo que apartar la mirada de ella para localizarlo y giró sobre sí misma; con sus múltiples patas, tiró a Rafrael al suelo mientras se abalanzaba sobre el colgante.

Rafrael cayó con un golpetazo seco por aquel impacto inesperado, y Penryn dio un grito ahogado, mirando hacia él y hacia las puertas que daban al pasillo.

—¡Salid! —ordenó, dirigiéndose a Frijol y a Elijah para que huyeran.

Vio cómo el dragón salía torpemente por la puerta, acatando la orden. Elijah se dispuso a seguirlo, pero lanzó una mirada vacilante hacia atrás, hacia Penryn.

—Deja que te ayude —intentó decir, pero Penryn negó con la cabeza.

—Por favor, cuida de Frijol —le suplicó ella.

Elijah intercambió una rápida mirada con Rafrael, que se las veía y se las deseaba para incorporarse, y luego asintió, saliendo al galope para llevar al dragón hasta un lugar seguro.

Penryn se pasó el brazo musculoso de Rafrael sobre los hombros y lo ayudó a ponerse en pie. Este desplegó y extendió las alas para crear una barrera física momentánea entre ambos y la reina, una especie de muro protector.

—Gracias —masculló Rafrael, con una voz grave y teñida de gratitud—. Tenemos que irnos.

Penryn asintió, pues no tenía la menor intención de quedarse, pero, en cuanto Malestia agarró el collar y lo cerró en su puño, las puertas del Gran Salón se cerraron de golpe ante ellos con un estruendo ensordecedor.

Rafrael y Penryn se habían quedado encerrados dentro.

Penryn sintió que el miedo le oprimía el estómago.

—¡No! —Se oyó la voz de Elijah al otro lado de los pesados paneles de madera, vociferando y arreándole a la puerta con los puños una y otra vez, pero fue en vano.

Malestia avanzó entonces hacia ellos, como un enorme insecto palo de andares rígidos y antinaturales.

—No he dicho que fueras a salir de aquí con vida —dijo, burlona—. Y ahora, con la bendición de Tarsus en mi mano, no tienes nada, Trickett. Ni protección. Ni poder. Nada en absoluto.

Soltó una carcajada cruel.

—Me produce un enorme placer librarme de ti. Tu madre no fue más que una piedrecilla en mi zapato, pero tú… Tú eres la verdadera amenaza para mi Casa y para el futuro de mi Arquerio.

Dio un paso atrás —con ese cuerpo alargado que duplicaba en tamaño al de Penryn— y concentró la magia en sus manos delgadas y huesudas.

La energía surgió como una bola de luz entre sus garras, centelleante y crepitante, y, con una sonrisa retorcida en su espantoso rostro, la lanzó hacia Penryn con todas sus fuerzas.