Reina de espadas Capítulo veintiuno
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Capítulo veintiuno

P enryn se encontró de nuevo en el exterior, en los terrenos de la Gran Casa, y la invadió el impulso de salir huyendo.

Podía escapar, ¿no? A pie tardaría varios días en cruzar las Tierras Indómitas hasta volver a Dalmorgan, pero era lista y resolutiva.

Tenía un mapa básico; estaba segura de que podría orientarse y encontrar el camino de regreso.

Pero, por supuesto, no era tan sencillo. No podía dejar atrás a Frijol ni a Elijah, que había sido tan servicial con ella. Y en cuanto a Rafrael…

No podía abandonar a Rafrael de ninguna de las maneras.

No porque pensara que no pudiera arreglárselas solo; de hecho, estaba convencida de que era más que capaz, y su linaje real —lo hubieran repudiado o no— bastaría para protegerlo de los peores desenlaces.

Cualquier duda que Malestia y Arquerio hubiesen intentado sembrar en su mente se disipó en cuanto volvió a pensar con claridad; no confiaba en una sola palabra de lo que habían dicho aquellos dos y no creía ni por un instante que Rafrael fuera un mercenario.

Nunca le había dado motivos para pensar nada semejante.

Con ella había sido todo bondad, aunque en otros momentos no se hubiera dado cuenta.

No, tenía que regresar con ellos y demostrarle a la reina de Espadas que no iba a dejarse silenciar, encerrar ni abandonar a una muerte segura.

Además, aún le quedaban muchas preguntas sobre el rey Tarsus y su conexión con Marianne.

Tras armarse de valor, respiró hondo y apretó los puños.

No había llegado hasta allí para nada, ¿verdad?

Era hora de encontrar soluciones. Y respuestas.

Cuando se encaminó de nuevo al edificio, algo le llamó la atención: una manita que le hacía señas desde una puerta lateral. Cuando se fijó, reconoció a Lyra, la doncella que la había atendido, y Penry n fue corriendo hacia ella.

—Por aquí —susurró Lyra, haciéndola entrar rápidamente y guiándola por un acceso menos directo—. Los guardias están apostados en los pasillos; acompáñeme.

Por suerte, Lyra parecía estar de su lado.

Además, ¿qué otras opciones tenía? La puerta principal estaría vigilada y custodiada por soldados, y ella no llevaba nada más que el arma sencilla que se había escondido en el cinturón de la túnica.

A eso se sumaba que no tenía ningún conocimiento real sobre cómo usarla; el manejo de dagas no había formado parte de su educación, precisamente.

Tendría que practicar. Confiando en la doncella, Penryn avanzó deprisa a su lado, manteniéndose pegada a ella para que se la viera menos desde los altos salones de la Casa de las Espadas.

—La reina ha insistido en cenar —murmuró Lyra con una voz apenas audible, como si la hubieran instruido para pasar desapercibida—. Están en el salón principal, donde se han conocido antes. Está con lord Onoryx, que está… muy preocupado por no saber dónde está usted.

¿Rafrael? ¿Estaba preocupado por ella? Penryn tragó saliva y trató de no precipitarse. En ese momento no podía pensar en el apuesto fae de ojos de color azul aguamarina que, al parecer, estaba preocupado por su seguridad.

—Gracias —dijo Penryn en voz baja, agradecida a la pequeña fae por su ayuda—. No sé cómo podré pagarte esto.

Lyra sonrió con timidez.

—Es un honor y un privilegio, mi señora.

Levantó el brazo delante de Penryn para que no siguiera adelante.

Se quedaron detrás de una entrada cubierta por una cortina, observando a través de una abertura en la tela, con la vista fija en la mesa dispuesta ante ellas.

Malestia ocupaba la cabecera, por supuesto, y tenía a Arquerio a su derecha; de una de sus fosas nasales asomaba un pañuelo manchado de sangre.

A su izquierda, con expresión hosca, estaba sentado Rafrael, cuyas alas oscuras asomaban desordenadas por la espalda, y más allá estaban Elijah y Frijol.

¿Qué debía hacer Penryn? ¿Mostrarse? No…, esa era la oportunidad perfecta para escuchar.

—No entiendo por qué estás de tan mal humor —dijo Malestia con el ceño fruncido, ensartando un trozo de carne con el tenedor y agitándolo en dirección a Rafrael—. Esta ha salido corriendo en cuanto ha tenido ocasión. Estos humanos son tan simples, tan… vulgares.

—Vulgares en demasía —añadió Arquerio, llevándose comida a la boca y sorbiendo ruidosamente de la cuchara.

Malestia hacía lo imposible por ocultar su desaprobación, pero sus intentos de reprimir una mueca de desprecio fracasaron estrepitosamente.

—Sinceramente, Rafrael, va siendo hora de abandonar toda esta frivolidad. Más vale que empieces a pensar en el futuro: el tuyo y el de tu Casa.

Solo entonces Rafrael la miró, y la negrura de su mirada hizo que Malestia se revolviera nerviosa en su asiento.

—¿Como haces tú, reina? —replicó—. ¿Asegurándote la herencia de la Casa de las Espadas?

Malestia hizo una mueca al oírle decir aquello.

—No te pongas así. Cuando nuestras estirpes se diluyen con la humanidad, nuestra raza se debilita —afirmó—.

Es la pureza lo que nos define. Nos da fuerza.

Poder —añadió, frotándose los dedos para crear un resplandor mágico, como si quisiera demostrarlo—.

Deja que vuelva con su gente, con el vulgo.

De todos modos, no tendría que haber venido.

—Pero ha venido —replicó Rafrael, con un deje de desafío en la voz. Malestia se crispó, tensando espalda y hombros—. Cruzó la División sin ningún problema.

A Penryn se le cortó la respiración. Cómo deseaba poder hablar con Rafrael, contarle todo lo que había descubierto y tratar de reconstruir el rompecabezas con él. Seguro que se le escapaba algo obvio.

Arquerio sorbió un poco más de salsa de la cuchara antes de alzar la vista; una gota del líquido le resbaló por la barbilla.

—Bueno, supongo que en la Luna Hueca una mestiza podría ser capaz de…

Lanzó un gemido cuando su madre le propinó una patada en el tobillo, lo que le hizo callar de inmediato. Pero Rafrael ya lo había oído… y Penryn también.

¿Mestiza?

Fue algo rápido, pero todas las piezas empezaron a encajar, una tras otra.

El cuidado que Rafrael había tenido con Penryn desde el momento en que ella había revelado que sabía leer las runas feéricas de la tablilla a la entrada de las Tierras Indómitas.

Las cartas de amor del rey de Espadas a su madre.

El diario de Marianne, tan lleno de conceptos e ideas relacionadas con Arcania.

Y luego, aquella última frase de la carta que había recompuesto, la que tanto le había costado descifrar hasta el final.

«Y entonces también, por todos los dioses, nuestra…».

Hija. La respuesta era «hija». Ella misma había sido la respuesta todo el tiempo. Penryn Trickett era la hija del rey de Espadas.

Semejante revelación la dejó mareada, pero no podía permitir que eso la detuviera.

¿Tendría razón? No disponía de alas, ni de garras, ni de orejas puntiagudas como el resto del pueblo feérico.

Pero, cuanto más lo pensaba, más sentido cobraba todo.

Su collar, con el colgante de los Kaisharii…

Malestia había dicho que la protegería y que había sido un regalo del mismísimo rey Tarsus.

Al otro lado de la sala vio que Rafrael se levantaba de su asiento, con las manos apoyadas en la mesa mientras se inclinaba hacia Arquerio.

—Repite eso.

Arquerio se revolvió incómodo en la silla, balanceándose de un lado a otro. Miró a la reina y luego bajó la vista hacia su plato, pero Rafrael no estaba dispuesto a dejarlo pasar. Golpeó la mesa con ambas manos, haciendo que temblara por el impacto.

—He dicho que lo repitas, caballero de Espadas —lo desafió, con la mirada fija en Arquerio. Se le desplegaron las alas y las plumas negras crujieron débilmente al abrirse. Al instante, había aumentado de tamaño y presencia en la mesa.

Malestia empujó la silla hacia atrás con los muslos y se puso en pie.

—Rafrael, siéntate. No somos salvajes en esta mesa. Nos…

Pero nada de lo que hubiera podido decir lo habría detenido.

Rafrael saltó por encima de la mesa y, pese a su corpulencia, se movió con la velocidad y la precisión de una pantera al abalanzarse sobre Arquerio, volcando la silla y derribando al príncipe al suelo.

Una mano fue directa a la garganta de Arquerio, decidido a obligarlo a repetir aquellas palabras solo para poder castigarlo por el insulto, pero un puñado de guardias se lanzaron sobre Rafrael y se aferraron a sus extremidades para arrancarlo de Arquerio.

El gran fae luchó con fiereza, lanzando puñetazos a diestro y siniestro mientras intentaba mantener a los soldados alejados de él.

Se retorcía y rugía con el esfuerzo; resultaba aterrador contemplar sus movimientos cuando arrojaba lejos a quienes se le acercaban, pero los atacantes no dejaban de llegar, y poco a poco lo iban cansando.

Penryn vio que intentaban inmovilizarle las alas y ponerle grilletes en las muñecas, y se negó a permitir que eso sucediera.

—¡Basta!

Salió de detrás de las cortinas, decidida.

No dejaría que hicieran daño a Rafrael, no por su culpa, y avanzó con las manos alzadas, como si ese gesto pudiera apaciguar la situación.

Rafrael aprovechó la distracción para lanzar contra la pared a uno de los guardias que lo sujetaban, cuyo cráneo se estampó contra el ladrillo con un golpe sordo.

Aquel ruido fue suficiente para detener el alboroto, y la sala quedó en silencio, salvo por la respiración agitada de Rafrael, que jadeaba por el esfuerzo.

Malestia miró a Penryn con incredulidad, asombrada por su presencia. Lanzó una mirada expectante a Arquerio, que se apresuró a refugiarse tras su madre, tembloroso.

—Tú —dijo ella. Había una pátina de asombro en su voz, pero aun así Malestia se obligó a sonreír—. Qué criaturita más ladina.

—¿Es cierto? —Penryn la miró, dedicándole una paciencia que no se merecía.

Malestia alzó la barbilla, apretó la mandíbula y se rascó el cuello con las garras afiladas.