Reina de espadas Capítulo veinte
77%

Capítulo veinte

U nos sonidos discordantes e incoherentes le llenaron los oídos a Penryn mientras empezaba a recobrar el sentido.

Le palpitaba la cabeza debido al golpe que le habían asestado, y todo a su alrededor parecía dar vueltas y más vueltas cuando, por fin, consiguió parpadear y abrir los ojos. ¿Qué…, qué había pasado? ¿Dónde estaba?

Quiso moverse, pero no tardó en darse cuenta de que tenía las muñecas atadas por encima de la cabeza y estaba colgada del techo. También tenía los tobillos inmovilizados, como descubrió al tratar de liberarlos de una patada, y un grito seco y desesperado se le escapó de la garganta.

—¡Socorro! —gritó mientras forcejeaba, intentando aflojar las ataduras, sin éxito—. ¡Por favor! ¿Raf? ¿Hay alguien?

Un zumbido agudo le inundaba los oídos y la desconcertaba mientras buscaba algún sonido, alguna señal de alguien —o algo— que pudiera ayudarla. Pero al principio no había nada.

Y entonces oyó una risa. Una risa baja y lenta.

—¿Buscas al Onoryx?

Reconoció la voz. Le ponía los pelos de punta, y ahora percibía ese olor dulce y empalagoso que siempre acompañaba a Arquerio. El caballero de Espadas se le acercó, aunque solo se le veía por el orbe de luz que llevaba en la palma de la mano.

—¿No sabes quién es? —se burló Arquerio—. Rafrael es un mercenario codicioso. Toda su familia lo es. Sabes a qué Casa pertenece, ¿no? A la Casa de los Pentagramas. Una Casa de dinero… y de ladrones.

No. No, eso no era verdad. Penryn se negaba a creer que fuera cierto. Elijah le había contado quién era Rafrael, lo que representaba, aquello de lo que había decidido apartarse porque él era mejor que todo eso. Sin embargo, no pudo evitar que la duda la asaltara.

—¿Qué sabes de Rafrael de Onoryx, eh? —insistió Arquerio con sorna, rodeando a Penryn y posando las manos indeseadas en la cintura de la chica, con su garra extendida arrastrándose por la ligera tela de su vestido—. Nada. Quizá, humana, no sabes gran cosa.

No, Penryn no iba a dejarse intimidar por ese imbécil. Estaba segura de que Arquerio intentaba meterse en su cabeza, y había llegado demasiado lejos para permitirle que la desviara de su misión.

—Suéltame —exigió, fingiendo una valentía que no sentía en absoluto—. No tienes derecho a hacerme esto. Llevo… —alzó la cabeza con toda la fuerza que le quedaba—, llevo la marca del rey de Espadas. No puedes tocarme.

Al parecer, aquellas palabras afectaron a Arquerio, porque siseó y se apartó, asqueado ante la idea.

La miró, examinándola de pies a cabeza antes de centrar la atención en su cuello.

Le apartó la prenda con una lentitud deliberada, acariciándole la piel con los dedos mientras le levantaba el colgante.

Penryn no podía hacer nada para impedirlo, salvo retorcerse, tratando de alejarse poco a poco de él.

—Tú no te lo mereces —gruñó Arquerio, sintiendo cómo la ira se apoderaba de él—. Es mío. Está destinado a ser mío. ¡El trono de la Casa de las Espadas será mío!

Fue a agarrar el colgante, rodeándolo con la mano y empezando a tirar de la cadena.

El metal se tensó alrededor del cuello de Penryn y este lo retorció, haciendo que el metal se le clavara en la piel mientras trataba de arrancárselo, lo que solo sirvió para estrangularla con él.

Penryn forcejeó al sentir que le faltaba el aire y, con un golpe descomunal, logró estampar su frente contra la nariz de Arquerio.

El crujido del hueso al partirse resonó por la habitación vacía, y él chilló de dolor, soltándola y tambaleándose hacia atrás. Se llevó las manos a la cara, sintiendo el calor de la sangre espesa que le corría por la boca y la barbilla, y gimoteó como un niño.

—¡Maldita…!

—Silencio, cariño —intervino una segunda voz en la estancia, procedente de detrás de Penryn, que estaba ahí colgada, suspendida sin poder moverse en la oscuridad.

No le hizo falta girarse para saber quién era: aquella musicalidad inquietante encajaba a la perfección con la mujer a la que pertenecía la voz.

Oyó a Malestia avanzar con pasos tranquilos y calculados, acercándose poco a poco hasta situarse frente a Penryn.

—¡Me ha hecho daño, madre! —sollozó Arquerio con voz quejumbrosa, mientras se tocaba la sangre de la nariz y miraba el rojo que le manchaba las yemas de los dedos.

—No le falta carácter —observó Malestia, estudiando a Penryn antes de extender la mano y sujetar el rostro de la muchacha. Esas garras, que antes habían sido tan suaves, ejercían ahora mucha más presión al sostenerla, amenazando con cortarle la piel—. Y no me sorprende. Su madre era igual.

¿Su madre…? ¿Qué sabía Malestia de su madre?

—¿Qué queréis de mí? —exigió Penryn, que volvió a intentar liberarse. Necesitaba una forma de salir de allí y, en ese momento, no tenía nada.

—Quería ver de qué pasta estabas hecha —respondió Malestia con una calma casi perezosa, como si tuviera todo el tiempo del mundo y Penryn no pudiese hacer nada—.

Sabía que vendrías a por Rafrael. Vosotros, los humanos, sois tan patéticos…

Creéis que vuestro corazón guarda respuestas que vuestra cabeza no tiene.

Es un milagro que vuestra especie no haya sido exterminada del todo.

Penryn perdió por completo el autocontrol. Quería abalanzarse sobre la reina fae y propinarle una paliza hasta dejarla inconsciente. Dioses, si no hubiera estado atada, lo habría hecho sin dudarlo. Una parte salvaje de ella comenzaba a bullir y borbotear en su interior.

—¿Y eso es todo? —espetó Penryn, que ya no sabía qué más podía perder—. ¡Bajadme! ¡Os lo demostraré!

Malestia sonrió, divertida.

—Qué peleona. —Su aparente alegría se desvaneció mientras miraba a Penryn con ira, sin rastro alguno ya de buen humor—.

Te pareces mucho a tu querida madre. Supongo que eres igual de venenosa para esta Casa y para las tierras de Arcania.

No permitiré que tu patética existencia mortal arruine todo lo que los fae reales han construido a lo largo de tantos años.

De entre los pliegues de su capa forrada de piel, sacó una daga y la alzó para que Penryn la viera en la tenue luz de la habitación. La giró ligeramente y el metal brilló con la poca luz que había.

—Aunque ansío cortarte el cuello, Trickett, estás protegida por el don que Tarsus le concedió a tu madre —siseó—. Así que te dejaré aquí para que te pudras como lo hacen los seres humanos. Sin comida ni agua. No debería tardar más de unos pocos días en acabar contigo.

Agarró la empuñadura de la daga y, con un movimiento fluido, cortó las cuerdas que mantenían a Penryn suspendida del techo. Penryn cayó y su cuerpo golpeó el suelo con un ruido sordo. Con la punta del pie, Malestia la hizo rodar hasta dejarla bocarriba.

—Qué pena que te hayas perdido en las catacumbas bajo la casa mientras buscabas esa espada —se burló cruelmente—.

Qué mala suerte. Pero —dijo mientras la expresión retorcida de su rostro se suavizaba y se convertía en una simple sonrisa maliciosa— al menos mi hijo tendrá todo el derecho al trono cuando Tarsus muera…

, ya que tú, querida, no estarás viva para ser una opción.

Chasqueó los dedos para que su hijo, lleno de dolor, acudiera a ella, y, como por arte de magia, tanto la reina como Arquerio desaparecieron ante sus ojos.

Pen nunca había sentido tanto dolor. Tenía que salir de allí, pero primero debía liberarse de esas dichosas ataduras.

Intentó soltarse los brazos, pero era imposible a menos que se rompiera los huesos de las manos.

Estiró y movió los dedos, buscando los extremos deshilachados que había dejado la daga de Malestia al cortar las cuerdas. ¿Podría desatarlas?

A CERTIJO 28

D E CUERDAS Y ATADURAS

¿Cuáles son los dos extremos correctos de la única cuerda que sujeta las muñecas de Pen?

Una vez desatados los nudos, flexionó los dedos con alivio, agitó las manos y se masajeó las muñecas para que la sangre volviera a circular por sus extremidades.

Se lo notaba todo entumecido, pero, al cabo de unos instantes, recuperó la sensibilidad, pudo liberarse los tobillos y soltarse por completo.

Se puso en pie a trompicones, sintiendo cómo la invadía el pánico al observar el espacio cerrado en el que se encontraba.

La cámara medía unos escasos dos metros por dos, y seguía iluminada por el único orbe de luz que había llevado consigo Arquerio, pero al mirar las paredes no vio nada más.

No había ventanas ni puertas; solo ladrillos grises desde el techo hasta el suelo.

¡No, no, no, no! Tenía que haber algo. Ese no era su final. Tenía que haber una forma de salir de allí. Pasó rápidamente los dedos por las piedras, palpando las juntas resquebrajadas entre ellas, como si hubiera alguna forma de empujarlas o tocarlas que le permitiera escapar.

—Vamos —se reprendió a sí misma—. Tiene que haber una salida.

Con las uñas rascó el ladrillo y notó… algo. Algo que se movió, se desprendió, y ella dio un paso atrás para intentar verlo mejor y encontrar una vía de escape.

A CERTIJ O 29

L A ARGAMASA SUELTA

Descubre un camino de argamasa suelta dibujando un único bucle que pase por algunas de las casillas vacías de la cuadrícula, usando líneas horizontales y verticales, pero sin diagonales.

• El bucle debe pasar por el número dado de casillas contiguas a cada pista numérica, incluidas las casillas contiguas en diagonal. Así, por ejemplo, debe pasar por cinco casillas contiguas al «5». Sin embargo, estas casillas no tienen por qué estar todas seguidas a lo largo del bucle.

• El bucle no puede volver a entrar en ninguna casilla por la que ya haya pasado ni puede entrar en ninguna casilla numerada.

Una vez raspados los bordes, Penryn empujó los ladrillos y consiguió aflojar la superficie lo suficiente para poder retirar el resto de la argamasa con un poco de esfuerzo.

Por fin logró abrirse paso, empujando los últimos ladrillos con el hombro.

La pared de su celda temporal cedió y ella gruñó mientras tropezaba al atravesarla, con el cuerpo dolorido por los continuos golpes.

Sin embargo, en ese momento el dolor no importaba; su único objetivo era salir de allí.

Tardó un poco en acostumbrarse al cambio de luz.

Los pasillos parecían alejarse de ella, profundos y negros, y se extendían en todas direcciones.

Gracias a los dioses, cada rincón estaba iluminado con una lámpara de aceite, pero, cuando Penryn se acercó a una, se dio cuenta de que había sido demasiado optimista.

Las luces parpadeantes iluminaban la repugnante imagen de montones de huesos, de todas las formas y tamaños, incrustados en las paredes que la rodeaban.

Todos los lados estaban adornados con restos óseos, tanto de animales como de lo que Penryn supuso que debían de ser fae y otras criaturas de esas tierras.

Ver aquello le revolvió el estómago y tragó saliva para evitar que la bilis le subiera a la boca.

—Respira —se recordó—. Va, tú puedes. Solo… tenemos que encontrar una salida.

Al menos, el aire seco de allí abajo olía a almizcle y a viejo, y no a la horrible alternativa de podredumbre y restos de carne que podría acompañar a cadáveres descompuestos como aquellos. Penryn se armó de valor mientras examinaba todas las opciones que tenía a su alrededor.

A CERTIJO 30

L A SALIDA DE LAS CAT ACUMBAS

Encuentra el camino de salida. Cada número es una escalera entre plantas que puedes usar si así lo deseas… o bien ignorar. Si la utilizas, continúa en el mismo número en la planta superior/inferior.

Cuando Penryn llegó por fin a lo que esperaba fervientemente que fuera el último pasillo, con la salida a la vista, se detuvo.

Estaba muy cerca del final, pero algo la hizo vacilar y echó un vistazo atrás, donde vio una figura fantasmal en la esquina del pasillo.

Parecía… un niño, un ser pequeño y delgado, con la misma túnica larga y fluida que llevaban el resto de los fae reales de esa Casa.

La capucha de la capa le cubría la cabeza y le ocultaba el rostro, pero levantó una mano en señal de saludo cuando Penryn lo miró.

—¿Quieres jugar conmigo?

La voz no era ni masculina ni femenina, pero parecía temblar de emoción al hablar con ella. Penryn dudó. ¿Sería alguna especie de engaño?

—Tengo que irme —se disculpó ella, incapaz de distinguir los rasgos de su rostro sin acercarse más. Titubeó; quería marcharse, pero sentía que debía ayudarlo de alguna manera—. ¿Quieres venir?

La criatura negó con la cabeza.

—Hoy no. Pero ¿volverás? Podemos jugar otro día.

Penryn abrió la boca y volvió a cerrarla. No quería poner un pie en ese maldito lugar nunca más, y en cuanto saliera de la Casa de las Espadas no tenía intención de volver. Pero, a regañadientes, asintió con la cabeza.

—Otro día —prometió—. ¿De acuerdo?

No le hizo falta ver la cara de la criatura para saber que estaba sonriendo al oír sus palabras, pues percibió la alegría en su voz al asentir.

Entonces, desde el interior de su capa, sacó una pequeña daga.

Sin embargo, en lugar de acercarse, se agachó y la empujó por el suelo deslizándola hacia Penryn.

Cuando llegó hasta ella, Penryn la detuvo con el pie, se agachó para recogerla y la figura infantil aplaudió con alegría mientras ella se ponía de pie y la sostenía.

—Tráela la próxima vez —le pidió antes de escabullirse de nuevo entre las sombras de donde había salido—. Ya lo espero con ganas.

Penryn vaciló y luego asintió con la cabeza, mirando la pequeña hoja metálica que tenía en la mano.

Era fuerte y ligera, un arma ideal para llevar oculta, y al girarla bajo la luz vio el emblema de los Kaisharii grabado en el metal.

Volvió a mirar hacia donde estaba la criatura, pero ya no había ni rastro de su presencia, salvo por el arma que tenía en la mano.

Se la metió en el cinturón de la túnica, ajustó la tela para ocultarla y salió de las catacumbas. Tenía que encontrar a sus amigos y largarse de allí cuanto antes.