Reina de espadas Capítulo diecinueve
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Capítulo diecinueve

– N os está observando.

Penryn y Rafrael llevaban más de una hora recorriendo el perímetro del edificio en busca de la dichosa espada que se suponía que debían encontrar allí.

Cuando se reunieron una vez más en la puerta principal, tras haber rodeado la propiedad en direcciones opuestas, Rafrael señaló con un gesto hacia una de las ventanas para indicar la presencia de Malestia.

—¿Crees que sabe dónde está? —preguntó Penryn mientras la invadía una oleada de decepción. Se habían esforzado muchísimo durante días para llegar hasta allí, y fallar en el último obstáculo le parecía un fracaso absoluto.

—No lo sé. —Rafrael suspiró. Apoyó las manos en los hombros de Penryn y la observó antes de inclinarse y depositar un beso en la frente—. Debería darte las gracias por venir a buscarme.

Sus labios eran como terciopelo sobre la piel, y Penryn cerró los ojos ante aquella pincelada de suavidad.

—Debería darte las gracias yo a ti por ganar tiempo para mí —respondió ella, poniéndole una mano en el pecho sin pensarlo.

Quería enseñarle los fragmentos de carta que había encontrado, pero no quiso arriesgarse, ya que la monarca estaba observándolos. Ni siquiera podía decir media palabra, por si había oídos indiscretos cerca.

—¿Te ha servido de algo?

Ella sonrió.

—Ha sido instructivo, desde luego.

Miró alrededor, preguntándose si habría un lugar en el que pudieran encontrar un poco de privacidad para hablar, y sus ojos aterrizaron en la entrada de un laberinto. Abrió la boca, debatiéndose sobre si proponérselo o no, pero fue como si Rafrael pudiera leerle la mente y asintió.

—Ve —dijo en voz baja—. Te seguiré dentro de un ratito. Tendremos un momento a solas.

¿Por qué aquella idea le provocaba un escalofrío tan estimulante?

Penryn sonrió y, antes de separarse, Rafrael le pasó el brazo alrededor de la cintura y la acercó a él, arrugando el tejido de la falda mientras se aferraba a su cadera con la mano.

Ella no sabía cómo reaccionar, pero entonces él le rozó la oreja con la boca mientras se inclinaba hacia su cuello.

—Allí podré protegernos, lejos de la casa, y podremos hablar con más libertad.

Le dio el beso más suave y tierno del mundo en la comisura de los labios antes de alejarse abruptamente, como si fuera a regresar al interior. Penryn se quedó aturdida, intentando recomponerse, hasta que levantó la vista hacia la ventana y vio que Malestia ya no estaba.

«El laberinto».

Tras cruzar el camino de grava, Penryn llegó a la entrada del elaborado laberinto. Estaba formado por altos setos de boj, densos y espesos. Alzó la vista hacia aquellas paredes de casi tres metros que pronto la rodearían. Y allá que fue.

A CERTIJO 27

E L CENTRO DEL LABERINTO

Guía a Pen hacia el centro del laberinto.

La búsqueda del corazón del laberinto le dio a Penryn tiempo de sobra para pensar.

Tiempo para reflexionar sobre el amor secreto de su madre; sobre la ausencia del rey de Espadas en su propia corte y en los asuntos que lo mantenían ocupado en otro lugar.

Y, mientras trataba de concentrarse en todo aquello, Rafrael se colaba en su mente, y sus besos y caricias le despertaban sensaciones que su corazón sabía que no debía ignorar.

¿Era correspondido su interés por él? No, se regañó a sí misma.

Él solo le había estado siguiendo el juego, tratando de sonsacarle información sin llamar la atención; nada más.

Solo había sido un método de comunicación privada, aunque le hubiera dejado un cosquilleo en la piel en cada punto que había rozado con la boca. Sobre todo los labios.

Tal vez fuera la naturaleza cercada del laberinto, pero Penryn se notaba cada vez más acalorada y alterada a medida que avanzaba entre los muros naturales que se alzaban a su alrededor.

El espacio frente a ella parecía más iluminado, por lo que aceleró el paso al percatarse de que por fin debía de haber encontrado el centro.

Al salir del último recodo del laberinto, se detuvo en seco, contemplando lo que tenía delante con asombro.

Justo frente a ella, sobre una plataforma elevada de mármol, se alzaba una estatua imponente.

No sabía con qué piedra estaba tallada, pero estaba pintada con colores tan vivos y realistas que parecían darle vida a su forma.

Representaba a un fae sentado en un trono, sosteniendo en la mano una espada que apuntaba hacia el cielo.

Las largas capas y túnicas que vestía parecían casi reales, y la exquisita artesanía engañaba a los ojos de Penryn con su aparente fluidez, pese a estar esculpida en roca.

Se acercó, sobrecogida por la estatua que tenía ante sí y conmovida por su hermosa quietud.

Al acercarse, la invadió la tristeza, como si emanara de la figura, y se detuvo, abrumada por las emociones que afloraban en su interior.

Aquel hombre, que parecía tan poderoso, mostraba en el rostro una expresión de anhelo.

Un rostro que deseaba mucho más de lo que tenía.

Penryn lo examinó con detenimiento, fijándose en aquellos ojos pintados, en las puntas de sus orejas y en la sonrisa contenida que parecía asomar en sus labios. Bajó la mirada y halló una cadena tallada en el cuello, con un medallón colgando. Un medallón marcado con el símbolo de los Kaisharii…

El mismo medallón que llevaba ella al cuello.

—Tú… —Abrió la boca y dio un paso atrás, sobresaltada al caer en la cuenta.

Era… Era una estatua del rey de Espadas.

La tristeza en su rostro era la misma emoción que había descubierto en las cartas que había leído la noche anterior.

Era la pena del anhelo por echar de menos a su amor.

Esa estatua representaba a un hombre completamente afligido.

Lo que quería decir que la espada que empuñaba… era la Espada del Lamento.

Ah, por todos los dioses. Lo había averiguado. Había encontrado la espada y lo había encontrado a él. Al oír unos pasos a su espalda, giró la cabeza con brusquedad.

—Raf, es él, he…

Pero, antes de que pudiera hablar, notó el culatazo de un arma pesada en la nuca y se desplomó en el suelo, y la oscuridad la engulló al perder el conocimiento.