Capítulo dieciocho
M ientras llevaban a Penryn de vuelta a la planta baja, oía los cuchicheos de los sirvientes y las doncellas feéricas a su paso.
Todos querían posar su mirada curiosa en ella, como si fuera un espectáculo, pero ella les sonreía con amabilidad y respondía cuando podía.
Al fin y al cabo, ellos no la habían traído hasta allí.
De haber tenido tiempo, lo habría dedicado a hablar con ellos, a aprender más sobre la tierra que había estado explorando, pero debía encontrar a Rafrael y asegurarse de que estaba a salvo.
Llegaron ante dos grandes puertas de madera, cada una custodiada por un fae uniformado, que las abrieron al unísono. El zumbido de voces que Penryn había estado oyendo se apagó cuando entró, pues toda conversación se detuvo en el instante en que puso un pie en la estancia.
Era un salón enorme. Lo primero que vio fue una mesa larga y extendida, rodeada de sillas, como si la estancia estuviera preparada para una reunión comunal.
En el extremo, la sala se abría en una zona más amplia, amueblada con sofás y sillones, aparentemente más informal…
, o así habría sido de no ser por el asiento lujoso y desmesurado colocado justo en el centro, contra una de las paredes.
Era evidente que la intención era que todos los ojos se centraran en quienquiera que se sentara ahí desde el momento en el que entraran.
Y allí estaba ella: la mujer más extraordinariamente impactan te que había visto en su vida.
Era una fae —una alta fae, sin duda—, dada su altura incluso estando sentada.
Tenía el cuello largo, una estructura ósea de porcelana y labios estrechos que formaban el más perfecto mohín.
El pelo le caía alrededor del rostro en rizos rubios e inmaculados, enmarcando sus facciones impecablemente, y su mirada temible se clavó en Penryn desde el instante en que entró.
Era ella. La reina de Espadas. Llevaba unos ropajes de aspecto caro, de color rojo intenso y drapeados para cubrir cada palmo de su cuerpo, junto con una capa ribeteada de piel.
Tenía los dedos curvados sobre los brazos del asiento, un gesto casi imperceptible que Penryn probablemente no habría notado de no estar tan cautivada por aquella mujer.
—Pen.
Solo el sonido de la voz de Rafrael, su movimiento al acercarse a ella, rompió el trance que la reina había ejercido sobre Penryn. Esta se giró y exhaló mientras Rafrael la rodeaba con los brazos, atrayéndola hacia él con una mezcla de preocupación y alivio.
—¿Estás bien? —preguntó, separándose apenas un instante, pero manteniendo las manos en sus brazos mientras la examinaba con una mirada frenética.
Penryn asintió, alargando una mano para tocarlo, como si su presencia pudiera devolverla a esa realidad tan extraña en la que se encontraba.
—Estoy bien, a salvo —susurró ella—. ¿Y tú?
Rafrael la abrazó una vez más antes de dejar una mano colocada en su espalda, que acariciaba con cariño con el pulgar mientras permanecía a su lado.
—Bien, yo…
—¿No nos vas a presentar, Rafrael?
Las palabras cortaron en seco la conversación privada, y Rafrael se giró de inmediato para encarar a la reina, con la cabeza inclinada en señal de disculpa. Aun así, agarró con firmeza a Penryn, negándose a soltarla ahora que volvía a tenerla al lado.
—Discúlpame —dijo con una cortesía forzada—. Te presento a Penryn Trickett.
Malestia pareció interesarse al oírlo, pues su cuerpo delgado se inclinó hacia delante y flexionó las garras curvadas que le salían de los dedos haciéndolas repiquetear lentamente sobre el brazo del asiento.
—¿Trickett, dices?
—Sí. —Penryn se mantuvo erguida, sorprendida por el modo en que la interrogaba—. Del pueblo de Dalmorgan, al otro lado del río.
—Al otro lado de la División —la corrigió Malestia con mayor firmeza—. Lo que significa que tú, simple mortal, no deberías estar en Arcania. Y mucho menos aquí. —Señaló a sus alrededores refiriéndose a la magnificencia de la habitación—. En mi corte.
Penryn cambió el peso desde un pie a otro. Intentaba mantener la compostura, pero se sentía tan pequeña en comparación con todo lo que la rodeaba, tanto el espacio como la compañía, que era difícil no sentirse insignificante.
—No era mi intención venir aquí —explicó—. Estaba buscando a mi perro…
Al oír esa palabra, Frijol, que había estado holgazaneando feliz en un gran sofá disfrutando de las caricias de Elijah, se levantó de golpe con la lengua colgándole de la boca, mucho más perro que dragón.
Poco a poco, la reina se puso en pie. Era alta, casi tanto como Rafrael, y mientras caminaba hacia Penryn, la joven sintió que se encogía, empequeñecida por la presencia de aquella fae real que se alzaba sobre ella.
—Y, sin embargo, aquí estás.
Malestia extendió un dedo hacia Penryn. La garra sobresalía, pero no le hizo daño cuando le levantó el mentón con ella, obligándola a alzar la cara mientras la observaba fijamente, con una expresión ilegible en el rostro.
—Por favor, perdonadme —dijo Penryn, pensando que quizá disculparse profusamente sería lo correcto en esta situación.
Si lograba obtener algunas de las respuestas que buscaba, tal vez podría acabar con todo y volver a los Campos del Norte, a su casa, con Talia; aunque la idea de alejarse de Rafrael la llenaba de una tristeza que no se explicaba—.
No pretendo causar mal alguno con mi presencia aquí.
Sasappele me indicó que buscara la Espada del Lamento.
Me hicieron creer que tal vez se encontraría aquí.
Sintió calidez en la espalda: el tacto de Rafrael la imbuía de una renovada sensación de confianza. Se había acostumbrado tanto a tenerlo a su lado que, de alguna manera, la hizo sentirse más fuerte otra vez.
—¿Lamento?
La reina volvió al trono, lanzando una mirada expectante a Arquerio. El caballero de aspecto rastrero se encogió, cuchicheando con quienes tenía al lado.
—No existe ninguna Espada del Lamento —afirmó Malestia, muy segura de sí misma—. Hay muchas, muchísimas espadas en el edificio. Puedes buscarla tú misma.
Con un golpe de muñeca, un par de puertas a la izquierda de la habitación se abrieron y dejaron al descubierto un largo pasillo.
Penryn y Rafrael se acercaron para mirar y vieron que las paredes estaban cubiertas por cientos y cientos de espadas distintas, cada una con sus propios detalles y diseños únicos.
Malestia se encogió de hombros con gesto despreocupado y expresión entretenida.
—Tómate tu tiempo —dijo con una risita siniestra—. Puedo esperar. Si acabas la búsqueda antes de la cena, tal vez podamos comer juntos antes de decidir qué hacer después.
Rafrael pidió con un gesto que Elijah y Frijol se les unieran, decidido a encontrar aquello por lo que habían venido. El pequeño grupo se adentró en la gran sala, y Penryn abrió los ojos como platos ante la magnitud de la tarea al contemplar las filas de armas.
—Tiene que estar aquí…, ¿no?
Rafrael frunció el ceño.
—No veo por qué nos enviaría aquí Sasappele si no lo estuviera.
Examinó las primeras hojas, fijándose en los detalles y los nombres grabados en pequeñas placas junto a cada una: la Espada de la Esperanza, la Espada del Equilibrio, la Espada de los Abandonados…
—Qué tétrico —comentó Elijah, al fijarse en una particularmente grande cuya punta aún parecía manchada. El metal casi parecía oxidado, pero su nombre, la Espada de los Muertos, sugería otra cosa.
—Muy bien —dijo Penryn con el ceño fruncido—. Supongo que lo mejor es que nos separemos. ¿Qué sabemos de la espada que buscamos? ¿Sasappele nos dio algún detalle?
A CERTIJO 26
L A E S PADA DEL L AMENTO
¿Podrán encontrar la Espada del Lamento?
Utiliza la descripción que sigue para averiguar si alguna de las espadas que han visto, dibujadas abajo, coincide con esta descripción.
• La Espada del Lamento tiene la hoja recta.
• La hoja es simétrica.
• La empuñadura está decorada, pero no tiene un patrón de líneas entrecruzadas.
• La espada presenta una acanaladura, lo que significa que hay una hendidura longitudinal en la hoja.
• La empuñadura no tiene un pomo en el extremo.
• La empuñadura no es perfectamente simétrica.
Buscaron sin descanso durante horas, pero estaba dolorosamente claro que no iban a conseguir nada. La espada, tal y como había insinuado Malestia, no estaba allí, en ese pasillo de exhibición, ni en ningún otro lugar de la casa.
—¿Y ahora qué hacemos?
Elijah sonó derrotado y Penryn se sentía exactamente igual. Se dejó caer en un sofá, mirando distraída las paredes mientras intentaba pensar. Pensar. Algo se le estaba escapando. Si la espada no estaba allí…
Miró al exterior a través de un ventanuco y frunció el ceño.
—Tal vez debamos plantearlo desde otro ángulo —propuso, poniéndose de pie y acercándose a la ventana—. ¿Quizá esté fuera…, fuera de la casa?
Rafrael asintió despacio.
—¿En los jardines? No es precisamente donde se guardan las armas, y menos una de metal, pero… —apretó los labios— podemos echar un vistazo.