Capítulo diecisiete
P enryn no tuvo éxito en sus intentos de quedarse dormida, por mucho que se empeñara, y ya estaba en pie y esperando en la puerta al despuntar el alba.
Encontró a Elijah tumbado en la paz de los jardines sembrados fuera de la cabaña, con las patas dobladas con cuidado debajo de él.
Su torso humanoide cubría con un abrazo a Frijol, que murmuraba feliz con suaves ronquidos y también estaba dormido.
No le parecía justo despertarlos, pero, después de lo que había descubierto la noche anterior, ardía en deseos de continuar el viaje hacia la Gran Casa de las Espadas.
Se había pasado otra hora más registrando el lugar en busca de más correspondencia y fue recompensada con algunas bellas cartas de amor de Tarsus, el rey de Espadas, para su madre.
Cada palabra revelaba el amor dulce y recíproco que se profesaban; un amor que debía permanecer oculto hasta que se cerrara cierta propuesta comercial en particular, pero no había confirmación alguna, ni siquiera una insinuación, de cuál habría podido ser.
Eso significaba que aún quedaban respuestas que descubrir, y el rey de Espadas era quien las tenía.
Con un poco de esfuerzo, despertó a los demás y el grupo continuó su camino.
Como Elijah había predicho, les llevó otro par de horas, pero la mente de Penryn estaba tan llena de pensamientos que, antes de que se diera cuenta, se estaban acercando al enorme complejo que había visto durante el vuelo con Rafrael.
Solo se podían cruzar las altas murallas, de elegante mampostería, a través de unas puertas pesadas de metal.
Penryn le dio una palmadita en el hombro a Elijah antes de desmontar para acabar el trayecto a pie.
—Bienvenida a la Casa de las Espadas —murmuró Elijah, señalando la forja metálica de las puertas.
Penryn le echó un vistazo y descubrió que cada barra de la verja estaba hecha de metal cuidadosamente templado, diseñada para parecerse a la hoja larga y afilada de las cuchillas y espadas—.
No transmite mucha hospitalidad, ¿verdad?
Desde luego que no. Un escalofrío húmedo le recorrió la columna, sensación que no hizo sino intensificarse cuando alzó la vista hacia el arco metálico —también hecho de dagas colgantes— que se erguía sobre su cabeza.
De repente, hubo movimiento por todas partes alrededor del grupo.
Por detrás y desde ambos flancos, unos guardias parecieron salir de la nada y rodearon a Penryn, Elijah y Frijol con las armas desenvainadas.
Desde el otro lado de la entrada, se acercó ese tal Arquerio de rostro demacrado.
Esta vez iba vestido con ropas más elegantes, con los mismos trenzados grises y rojos a lo largo del borde de su túnica, y, cuando sus miradas se cruzaron, le dedicó a Penryn una mueca de desprecio.
—Entonces ¿los rumores eran ciertos? —dijo mientras levantaba la barbilla en un vano intento de ganar unos pocos centímetros en comparación con ella—. Hay una humana en Arcania.
Las puertas se abrieron y, de forma lenta y deliberada, Arquerio empezó a rodearla, examinándola desde todos los ángulos como si fuera una criatura exótica.
Tal vez lo fuese para él, igual que él lo era para ella.
Elijah estaba cerca, pero Penryn se mantuvo firme, con los pies plantados en el suelo para proyectar una seguridad que no sentía del todo.
—¿Me querías aquí? Pues aquí me tienes —respondió ella.
—Créeme, no tengo ningún interés en ti —murmuró él, poniéndose demasiado cerca para el gusto de Penryn. Podía olerle el sudor, mezclado con un hedor enfermizo que estaba claramente destinado a disimularlo, y se le revolvió el estómago.
—Gracias a los dioses. —Elijah se rio entre dientes, diciendo las palabras que la propia Penryn estaba pensando.
Arquerio se giró en redondo y le clavó un dedo airado en el pecho.
—Ahora estás en mi corte, penco —le advirtió—. Una palabra más y haré que te ahorquen.
Elijah se mordió el labio de mala gana y Arquerio le sostuvo la mirada hasta estar seguro de que no le lanzaría otra pulla.
—Ven —rugió entonces, agarrando a Penryn del brazo con un gesto desagradable y obligándola a dar varios pasos hacia delante—. Madre tenía razón. Dijo que vendrías buscando al Onoryx. Te está esperando.
Aunque Penryn no estaba dispuesta a moverse, la presión de la punta de una espada en las lumbares no le dejaba elección. Levantó las manos en señal de rendición y siguió a Arquerio, asegurándose de que tanto Elijah como Frijol la acompañaban.
Atravesaron las puertas abiertas y se adentraron en los amplios terrenos.
Penryn apenas reconocía la disposición que había visto desde arriba, pero se conmovió con las vistas de los bellos y exuberantes jardines por los que los conducían a marchas forzadas.
Todo lo conmovida que podía estar una con una hoja clavándose en su espalda, claro.
Mientras se aproximaban al edificio principal —que se parecía más a un palacio que a una casa—, el ritmo de Arquerio se volvió más lento hasta que se detuvo en el primer escalón que llegaba a la entrada.
—Deberías asearte —dijo con evidente aversión hacia Penryn—.
A madre no le va a gustar… eso. —Meneó el dedo señalando sus ropas, cubiertas de polvo y barro tras días de viaje.
Penryn se encogió un poco, demasiado consciente de su aspecto—.
Haré que te lleven a una habitación. Cámbiate y luego nos reuniremos con ella.
Pediré que te traigan varios atuendos —añadió.
Sin esperar a que aceptara, hizo un gesto a uno de los guardias para que abriera las puertas.
Los pesados paneles de madera se separaron poco a poco y dieron paso al oscuro y magnífico recibidor de la casa.
Mientras seguían a Arquerio al interior, Penryn se detuvo un instante para apreciar lo que veía.
Unas escalinatas monumentales se alzaban a cada lado del vestíbulo de techo alto, construido con combinaciones de caoba oscura y hierro, y decorado con las mismas espadas que formaban las rejas exteriores.
El aire estaba impregnado del aroma de rosas y vetiver.
Una pequeña fae, con la cabeza inclinada en un gesto de tímida servidumbre, apareció junto a Penryn.
—Me han encargado escoltarla —dijo con una voz suave y rasposa—. Venga.
El instinto de Penryn fue plantarse y quedarse donde estaba. No conocía las intenciones de nadie allí dentro, y se giró hacia Elijah en busca de su consejo. Elijah, a su vez, asintió hacia Arquerio.
—Llévame con Rafrael mientras ella está con tus cortesanos —replicó, señalando a la pequeña fae que estaba esperando—. A ella no le pasará nada —añadió cortante.
Arquerio lo sopesó un momento antes de aceptar.
—Perfecto. Así se hará.
Elijah se acercó a Penryn y le dio un abrazo rápido. Al inclinarse hacia ella, susurró:
—Me aseguraré de que sepa que estás aquí. Te protegeremos como podamos. —Le dio un breve apretón de manos mientras se separaban y asintió con la cabeza a la asistente que aguardaba.
A Penryn se la llevaron casi en volandas escaleras arriba, subiendo en espiral mucho más de lo que esperaba por una de las dos torres que se erguían imponentes en la parte delantera de la casa.
La fae que le habían asignado era una dulce criatura llamada Lyra, que preparó varias opciones de vestuario —todas de la talla perfecta pese a la diferencia de estatura— para que Penryn las llevara después de bañarse y asearse.
—Siéntese —la animó Lyra, llevando a Penryn hacia un taburete frente al tocador una vez que estuvo seca y envuelta en una bata.
Penryn cerró los ojos en ese momento de relativa soledad, dejando que Lyra le cepillara el cabello enmarañado e intentando darle sentido a lo que estaba pasando. ¿Arquerio solo pretendía presentarla ante su madre como si fuera una especie de trofeo?
Un momento…, su madre. Si Arquerio era el caballero de Espadas, eso debía de significar que sus padres eran los señores de la Casa. El rey y la reina de Espadas. ¿Era el mismo rey que le había escrito cartas de amor a la mismísima madre de Penryn, Marianne? No. Imposible.
Abrió los ojos de golpe, clavando la mirada en el espejo y observando a Lyra, que estaba detrás de ella.
—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó, con la esperanza de poder resolver el rompecabezas.
Lyra le atusó el pelo y le deshizo los nudos con los dedos antes de encontrarse con su mirada reflejada.
—Voy a prepararla para su audiencia con la reina Malestia —explicó.
Al oír el nombre, Penryn sintió un escalofrío y un gran malestar, y la invadió una sensación de intranquilidad.
—¿Y el rey?
Lyra negó con la cabeza.
—El rey Tarsus está fuera por asuntos oficiales, señorita. No se encuentra en la Casa de las Espadas; puede que no regrese hasta dentro de unas semanas.
Tarsus. Sí, era ese rey. El mismo del que la madre de Penryn había estado profundamente enamorada… y del que se había tenido que alejar por ese motivo. La sensación de incertidumbre no hacía más que crecer, como si estuvieran arrastrándola a algo que no comprendía del todo.
Lyra la peinó rápidamente, enroscando con cuidado los mechones de delante para hacerle una trenza de espiga que resaltaba las ondas de su melena. La pequeña fae se sonrojó mientras recorría con los dedos las curvas de las orejas de Penryn en aquellas partes en las que las suyas eran puntiagudas.
—Lo siento, nunca había visto…
Tenía los ojos muy abiertos y llenos de curiosidad, y Penryn no pudo evitar sonreír.
—No pasa nada. ¿No hay humanos aquí?
Lyra negó con la cabeza.
—No, mis amigos van a la orilla del río para intentar verlos durante la Luna Hueca, pero yo me quedo aquí, trabajando.
—Hizo una pausa para sopesar lo que iba a decir antes de soltarlo—.
Pero mi tía conoció a una. La mortal más bella, como solía decir; llamó la atención de los hombres más poderosos de toda Arcania.
Lyra guardó silencio de inmediato, consciente de que había dicho demasiado, y dio un paso atrás con rapidez.
—Deberíamos vestirla —dijo, mientras recogía un vestido rojo de corte precioso con detalles negros.
El corpiño estaba decorado con unos bordados exquisitos y una parte trasera tipo corsé con largas cintas, dispuestas para ajustarlas—.
El rojo es el color tradicional de esta Casa.
Le granjeará el favor de la reina desde el primer momento.
A CERTI JO 25
C INTAS ENREDADAS
Averigua cuántas cintas hay y numéralas en orden de capas desde la que está más arriba hasta la que está más abajo. Numera la cinta que está más arriba con «1», a la que está justo debajo con «2», y así sucesivamente.
Lyra ayudó a Penryn a ponerse el vestido, alisándolo con esmero centímetro a centímetro para asegurarse de que el ajuste fuera perfecto antes de ceñirlo con firmeza en la espalda.
Cuando Penryn se miró en el espejo, estuvo segura de que nunca se había visto tan elegante y, pese a la situación, se giró de inmediato con orgullo.
—Parece usted una dama de la corte —dijo Lyra con una sonrisa, orgullosa de su trabajo.
Rebuscó en su delantal con presteza y sacó un aro pequeño y metálico, que le puso en la mano, haciendo que sus dedos se cerraran sobre él—.
Lord Onoryx me ha pedido que le dé esto.
Guárdelo bien, por si lo necesita. Tal vez… Tal vez le sea de ayuda.
Penryn apenas tuvo tiempo de examinar el objeto, pues se vio obligada a metérselo en el bolsillo tras oír golpes en la puerta que reclamaban su presencia abajo.
—Le deseo buena suerte, señorita —dijo Lyra, inclinando la cabeza antes de que se llevaran a Penryn—. Estoy a su disposición.