Capítulo dieciséis
E l crepúsculo comenzaba a caer cuando se acercaron al sendero que llevaba a la vivienda marcada en el mapa.
No parecía gran cosa como punto de referencia; solo era una pequeña cabaña destartalada en medio de la nada, pero del interior emanaba una luz suave y cálida.
El resplandor daba sensación de acogida y el simple hecho de verlo animó a Penryn a acelerar el paso durante los últimos cien metros de trayecto nocturno.
—¿Sabemos quién vive aquí? —preguntó en voz baja mientras ella, Elijah y Frijol recorrían el último tramo del terreno. Elijah negó con la cabeza.
—Hay una luz en el porche… de algún tipo —comentó este señalando una única esfera de luz brillante que flotaba sobre la puerta—. Y…
Se calló al acercarse y ver una serie de puntitos de luz que se alineaban en el sendero de piedra que conducía a la casa.
Flotaban en el aire e iluminaban el camino hacia la puerta principal.
Penryn se agachó para verlos mejor. Intentó tocar uno, pero este desapareció sin más y reapareció de nuevo cuando retiró la mano.
—Qué curioso —dijo ella mientras miraba de reojo a Elijah—. Quizá deberíamos anunciar nuestra llegada.
Elijah le indicó con un gesto que se quedara detrás de él mientras se acercaba a la puerta y golpeaba con los nudillos el panel de madera.
—¡Hola! ¿Podemos entrar?
Silencio.
Frunció el ceño y volvió a llamar, pero no se oía a nadie dentro, ni un movimiento, ni una voz, ni siquiera la más mínima señal de vida.
Los dos se miraron antes de que Elijah retrocediera de nuevo, examinara el porche y luego alargara la mano hacia el pomo de la puerta.
Lo giró y al momento descubrió que estaba cerrado con llave.
—Oh. —No era lo que habían esperado—. Supongo que podría mos acampar aquí, pero… diría que, sí, este es el lugar al que tenía mos que venir, ¿no?
Frijol, agotado por la caminata del día, subió los escalones de la entrada tambaleándose y se dejó caer de inmediato sobre una pequeña alfombrilla acolchada junto a la puerta.
Al hacerlo, el ruido de metal contra metal los sorprendió y Penryn apartó al dragón con cuidado para meter la mano debajo de la alfombrilla.
Sacó un grueso anillo de hierro, del que colgaban diez llaves distintas, de todas las formas y tamaños.
—Esperemos que alguna funcione.
A CERTIJO 22
L ÍO DE LLAVES
Ayuda a Pen a averiguar cuál de estas llaves es la que abre la cerradura. Debajo se muestra una impresión ampliada de las ranuras de la cerradura en las que debe encajar.
—Chica lista —dijo Elijah, asintiendo con la cabeza mientras Penryn introducía la llave en la cerradura. Al girarla, se oyó un clic y las piezas encajaron en su sitio. Con el cerrojo desbloqueado, empujó la puerta y la abrió poco a poco.
—¿Hola? ¿Hay alguien aquí?
Toda la habitación olía a… magia: un aroma terroso y reconfortante.
El lugar era acogedor y Penryn se sentía más a gusto allí que en los últimos días.
Al entrar, el aroma de rosas recién cortadas le inundó las fosas nasales, aunque no había ninguna a la vista.
Eso le recordó a su madre al instante y se le llenó el pecho de una hermosa sensación de nostalgia.
—No hay nadie —gritó Elijah desde la puerta—. He revisado el perímetro y todas las ventanas; no hay ni un alma.
Pero ¿cómo podría ser? Alguien tenía que haber estado ahí. O, al menos, se esperaba a alguien.
—¿Estás seguro?
Penryn no lo entendía, pero había algo en ese lugar que le resultaba familiar. Los colores de las paredes, las obras de arte colgadas…, todo se parecía muchísimo a su casa. Era como si aquel lugar fuese una versión anterior de la casa en la que había crecido.
—Podemos aprovecharlo igualmente —sugirió Elijah—. Hay fuego. Y comida —añadió, señalando con la cabeza la mesa que estaba repleta de platos con pasteles y tartas. Penryn los miró, asombrada de encontrar cosas que había comido de niña—. Alguien va a volver. Mejor pedir perdón que permiso.
No. Penryn estaba convencida de que aquello era algo más.
Parecía demasiado perfecto, como si cada pequeño detalle del lugar se hubiera conservado de forma deliberada en ese instante para ella…
o para alguien muy parecido a ella. Se giró con lentitud sobre sí misma, absorbiendo con la mirada los farolillos colgantes y las antorchas de aceite en las paredes, los muebles decorativos y las telas que colgaban de las ventanas y sobre la mesa, todo del mismo bonito estilo que el de su casa en Dalmorgan.
—¿Me pasas un plato de esos? —le pidió Elijah, cuya complexión equina le impedía moverse con soltura por ese espacio reducido.
Hizo un gesto hacia la mesa y aceptó con gratitud el plato lleno que Penryn le tendió—.
Y ahora, a reponer fuerzas; perfecto. Si me necesitas, estaré fuera con Frijol, haciendo guardia.
Intenta descansar —añadió—. Quién sabe lo que nos deparará mañana, ¿eh?
Le tomó la mano y se la apretó con cariño antes de salir, cerrando la puerta tras de sí.
Ya sola, Penryn caminó de un lado a otro por la habitación, observando los muebles con detenimiento y pasando los dedos por ellos, como si pudiera reconocerlos mediante el tacto y llenar los vacíos con los que luchaba su mente.
—¿Qué es este lugar? —se preguntó en voz baja mientras se acercaba a la cama y se sentaba.
Para ser una casa que parecía tan deteriorada por fuera, por dentro estaba muy bien cuidada, como si fuera un secreto para todos menos para su habitante.
Acarició el edredón entre el pulgar y el índice durante un instante antes de rendirse a la dulce necesidad de dormir.
Se tumbó y deslizó la mano bajo la almohada para ajustarla.
De repente, siseó y retiró la mano bruscamente cuando el borde de un trozo de papel le cortó la piel.
Con el ceño fruncido, apartó la almohada y vio una pequeña colección de trozos de pergamino, todos ellos desgastados, rotos y manchados por el paso del tiempo.
Estaban atados con una sola cinta de gasa.
Se incorporó y se colocó el curioso paquete en el regazo antes de desatar el frágil lazo.
—¿Y tú qué dices? —preguntó ella, arrugando la frente mientras miraba cada fragmento y lo giraba entre las manos para tratar de entenderlo. Colocó los cuatro fragmentos e intentó unirlos, pero las piezas no encajaban. ¿Había otra forma de averiguar cómo debían disponerse?
Frunciendo los labios, los colocó sobre el edredón a su lado y tomó el fragmento que parecía corresponder a la esquina superior izquierda de una página.
A simple vista, era como si el papel estuviera en blanco, pero al sostenerlo a contraluz vio una hermosa caligrafía, tan desvaída que apenas se intuía.
«Mi queridísimo rey…».
¿Rey? ¿Un rey de una de las casas reales?
Miró a su alrededor, como si alguien pudiera sorprenderla examinando esa misiva secreta.
Penryn se inclinó más hacia el papel y entornó los ojos para leerlo, hasta que cayó en la cuenta de algo que la hizo quedarse sin aliento: la letra que estaba observando le resultaba demasiado familiar.
Era la letra de su madre, la inconfundible letra de Marianne. Y abrió los ojos de par en par.
«… el secreto que debemos guardar… ocultar el amor… Ojalá hubiéramos sabido… nuestros mundos hasta…».
Era imposible reconstruir el texto completo; había demasiados huecos y marcas en las páginas.
Penryn contempló los trozos con frustración, tamborileando los dedos con impaciencia.
¿Qué era aquello? Era como una llave: para su madre, para su pasado, para algo desconocido.
Estaba tan cerca de poder leerlo…, aun así, seguía demasiado incompleto para encontrarle ningún sentido.
Algo le rondaba por la cabeza, lo que la impulsó a esforzarse por recordar más. Había algo…
Y entonces se dio cuenta.
Casi de inmediato se puso de pie de un salto, lo que hizo que los fragmentos de pergamino salieran revoloteando por el aire con su repentino arrebato de entusiasmo, y metió la mano en los profundos bolsillos de su vestido para buscar el diario de su madre.
Y allí, guardada a buen recaudo en la parte posterior del cuaderno, estaba la antigua carta dañada que había descubierto entre las pertenencias de su madre. Era eso. Eso la llevaría a la solución.
—Vamos —se dijo a sí misma. Comenzó a estirar la página y a alisarla con las palmas de las manos para poder encajar los trozos rotos en los lugares donde, con un poco de suerte, debían de ir.
A CERTIJO 23
M ÁS FRAGMENTOS DE CARTAS
Combina estos fragmentos con los dos que Pen ya tiene.
el secreto que debemos guardar. sin ti me llena de un dolor desbordante? días y mis noches, deseando ese dulce que ocultar el amor que nos tenemos.
Ojalá hubiéramos sabido lo que sign nuestro futuro, quizá entonces habrí que estaba por venir. Pero, como pro de nuestros mundos hasta que puedas Y entonces también, por todos los dio Tu reina, por siempre
Penryn se acercó la página, tratando de descifrar la palabra emborronada. ¿Era una mancha de tinta que se había extendido u otro acto deliberado de destrucción? No estaba segura e intentó frotarla para limpiarla, pero no había forma de revelar lo que faltaba.
Dio la vuelta a la hoja, buscando alguna señal o pista adicional sobre a quién iba dirigida, y se quedó de piedra al ver símbolos feé ricos escritos con claridad en el reverso de uno de los trozos de papel que había encontrado en la casa. Con rapidez, los transcribió.
A CERTIJO 24
E L REVERSO DEL FRAGM ENTO
Descifra el texto que se ha escrito utilizando el código feérico. Tendrás que deducir una de las letras.
Se quedó con la boca abierta al comprender las implicaciones de aquello.
Esa carta de su madre iba dirigida al rey de los Kaisharii, el rey de la Casa de las Espadas.
¿Y Marianne se había referido a sí misma como la reina?
Pero eso era imposible… Arquerio había sido muy muy claro sobre el trato que los fae dispensaban a los humanos…
—Un momento… —murmuró Penryn para sí, mientras reflexionaba sobre la situación. Si esa carta y su contenido eran ciertos, ¿significaba eso que su madre era «la» reina de Espadas? ¿O «una» reina de Espadas? ¿Podría ser una de las tres mencionadas en la lectura de las cartas de Sasappele?
De repente, todo su viaje hasta allí cobró mucho más sentido.
Penryn estaba destinada a descubrir aquello, a desentrañar una historia de la que sabía bien poco.
Volvió a leer la carta, dejándose llevar por la emoción de las palabras de su madre y experimentando una inesperada sensación de dolor por la soledad que Marianne tuvo que sentir en ese momento.
Qué cruel debía de haber sido sentir la necesidad de ocultar un amor así, de impedir que saliera a la luz.
—Ay, mamá… —Suspiró con tristeza, tocando la dulce misiva de despedida de su madre como si eso la conectara de inmediato con la mujer a la que tanto adoraba—. Te prometo que lo arreglaré, sea como sea.