Capítulo quince
P asaron casi diez minutos antes de que la fuerza de la magia de Rafrael se desvaneciera lo suficiente para que Penryn pudiera liberarse de la posición en la que había quedado atrapada desde que presenció su partida.
Al principio, sus dedos comenzaron a recuperar la sensibilidad y, en cuanto pudo flexionarlos, utilizó su fuerza de voluntad para lograr que sus extremidades recuperaran la independencia poco a poco.
Quizá fuera su proximidad, o la falta de ella, lo que controlaba lo que él podía hacerle, pero estaba claro que, fuera cual fuese el hechizo que le había lanzado, se estaba rompiendo.
En cuanto pudo volver a moverse, Penryn bajó corriendo las escaleras y salió al patio delantero, donde Elijah la esperaba.
Frijol estaba sentado cerca del bosquecillo y se le acercó de inmediato, moviendo la cola con torpeza.
La rodeó con entusiasmo perruno, esperando a que le diera mimitos.
Ella le acarició la cabeza y se sintió más tranquila, y luego se centró en Elijah.
El centauro asintió con la cabeza y la saludó con una reverencia.
—Buenos días —la saludó él—. Menudo alboroto ya de buena mañana…
—¿Quién era ese? —preguntó Penryn sin perder un segundo, con la cabeza llena de preguntas que necesitaba responder para entender lo que acababa de ver—. ¿Por qué se lo han llevado?
Elijah esbozó una sonrisa tranquilizadora.
—No se puede rechazar una petición formal de la Casa —explicó—. No se les puede ignorar así como así.
La frustración se asomó al rostro de Penryn.
—¿Y qué significa eso?
Él sacudió la cabeza y se le movieron las trenzas. Las pequeñas cuentas que le adornaban las puntas tintinearon suavemente hasta que las sujetó con una mano.
—Pues significa que no tiene más remedio que ir. De todos modos —sonrió de nuevo—, nos dirigíamos hacia allí, así que simplemente los seguiremos. A cierta distancia, claro —añadió—. Llegaremos según nuestra voluntad, no la suya.
Estaba claro que Rafrael había ideado algún tipo de plan con Elijah, y Penryn no podía hacer más que confiar en él.
Al fin y al cabo, había llegado hasta allí movida por la fe y el instinto, ¿no?
Rafrael quería que siguiera el viaje hasta la Casa de las Espadas con Elijah.
Y era posible que este notara su vacilación, porque se acercó y le puso una mano en el hombro.
—Conozco a Rafrael desde hace muchas muchas lunas —dijo con tono tranquilizador—, y te doy mi palabra de que tiene buenas intenciones.
Sea cual sea el motivo por el que ha aceptado ir, es por una buena razón.
Y tú y yo —le dio un suave apretón— seguiremos el plan.
Y ahora, a ver…, creo que tienes un mapa.
Penryn asintió, se sacó del bolsillo el diario de su madre y hojeó las páginas hasta que dio con el mapa que habían dibujado anteriormente. Elijah lo examinó unos instantes; se fijó en dónde se encontraban, adónde tenían que ir y la ruta trazada según las indicaciones de Sasappele.
—Calculo que tenemos unas ocho horas de camino hasta aquí —dijo, señalando con el dedo la página donde había una pequeña vivienda marcada.
Era uno de los pocos edificios concretos que se consideraban lo bastante relevantes como para aparecer en el mapa, así que parecía un punto natural donde pasar la noche—.
Y así mañana podremos llegar a la Casa de las Espadas pocas horas después de que salga el sol.
Es mejor llegar con luz; no queremos encontrarnos sorpresas desagradables después del anochecer —añadió.
Se giró y sacó algunas cosas de las alforjas que llevaba atadas a la cintura y a las caderas, entre ellas un par de elegantes arneses de cuero y latón con riendas a juego. Se colocó los primeros por encima de la cabeza y el pecho, y se los ajustó en forma de cruz sobre el torso.
—No haría esto por nadie más que por un amigo de Raf —bromeó con un deje pícaro—. Pero tú no tienes pinta de ser una chica de las que montan a pelo. Siento que debería ofrecerte algo un poco más digno para el viaje.
Le pasó una silla de montar a juego, de un suave cuero marrón claro, y le dio instrucciones para que se la colocara sobre el lomo.
Elijah se retorció un poco, como si le hiciera cosquillas, mientras ella la ponía en su sitio, y luego le indicó que se subiera.
Había un estribo colgando a un lado para que lo usara como apoyo, y él le prestó la firmeza de su propio brazo para que se apoyara al subirse.
—Frijol, amigo, tienes que seguirnos el ritmo, ¿eh?
—le dijo, viendo que el dragón se ponía nervioso al notar que estaban a punto de marcharse—.
Vamos a ir rápido y al trote, ¿entendido?
Te prometo que pararemos a comer algo —añadió, dando golpecitos a una de las alforjas—.
He vaciado el surtido del desayuno para llevar provisiones, así que iremos bien abastecidos.
Penryn estaba intentando estabilizarse sobre su lomo, buscando su centro de gravedad y enrollando las riendas alrededor de sus manos más por seguridad que por control.
Casi había colocado los pies en los estribos cuando Elijah levantó las patas delanteras del suelo, encabritándose en el aire, y ella chilló, agarrándose con fuerza y apretando los muslos alrededor de él para no caer.
—¡Allá vamos!
Penryn tardó más de lo que habría deseado en encontrar la fuerza necesaria para mantener el equilibrio sobre el lomo del centauro.
Cuando se detuvieran, le dolerían los músculos abdominales, pero al menos avanzaban a buen ritmo, recorriendo el terreno al galope.
Frijol los acompañaba corriendo alegremente a la izquierda de Elijah mientras seguían el plan previsto.
Su ruta no seguía los senderos habituales, lo cual era mejor, según le había dicho Elijah, ya que ese era probablemente el camino que habría tomado el séquito de Arquerio.
El de ellos, menos transitado, transcurría por los prados de las Tierras Indómitas, a lo largo de senderos forestales abiertos y junto a lagos que centelleaban con la luz del sol.
Penryn lo contemplaba todo mientras cabalgaban; desde la espalda de Elijah podía apreciar como nunca el mundo de Arcania.
Su hogar en Dalmorgan se le antojaba ahora tan pequeño e insignificante que se preguntó por qué nunca se había aventurado a salir de allí; ya no para ir a las Tierras Indómitas, por supuesto, pero al menos para ver las aldeas vecinas de los Campos del Sur o más allá del arroyo, pasado el azud.
Puede que simplemente se hubiera conformado…
o que nunca se hubiera planteado qué más podía haber ahí fuera.
—¿Vas bien ahí atrás? —preguntó Elijah cuando redujeron la velocidad a un trote. Penryn vio que Frijol empezaba a quedarse atrás también, mientras el sol del mediodía se elevaba sobre ellos, y Elijah disminuyó aún más el ritmo cuando llegaron a un arroyo sombreado—. ¿Hacemos un descanso?
Penryn oyó cómo le crujía la columna al estirar la espalda y se dio cuenta de que, sí, necesitaba un descanso cuanto antes.
—Por mí sí.
Elijah se detuvo junto a un árbol, lo que le dio la oportunidad a Penryn de utilizar las gruesas ramas para ayudarse a desmontar, y Frijol se metió inmediatamente en el agua, chapoteando mientras mantenía el hocico y las alas justo por encima de la superficie.
—Es el dragón más raro que he visto nunca. —Elijah se rio—. No hay muchos a los que les guste el agua.
—Es que antes era un perro —explicó Penryn.
Las palabras le parecieron extrañísimas en voz alta, pero Elijah asintió como si lo entendiera perfectamente, como si fuera la explicación más normal del mundo.
—Muy lógico.
Metió una mano en la alforja y lanzó una manzana hacia ella antes de coger otra para él, apoyándose en el tronco del árbol para aliviar un poco la presión de las patas.
Ella asintió, agradecida, y le dio un mordisco mientras observaba a Frijol chapoteando feliz e intentando cazar un pato que, claramente, había elegido como posible almuerzo.
—Montas bien —comentó Elijah—. ¿Lo hacías en tu tierra?
Penryn se echó a reír.
—Si cuenta un burro… Y solo un par de veces, si la feria venía al pueblo. —Sonrió—. Pero no. Últimamente, la mayor parte del tiempo lo dedico a cuidar de mi hermana.
—Eres buena con tu hermana; eso me gusta —dijo él—.
Aquí, las familias pueden ser mucho más despiadadas.
No es mi caso; entre mi gente somos todos como hermanos, seamos de la misma sangre o no.
Pero los fae son otra historia. Y los altos fae ya…
—Hizo una mueca—. Son unos bestias. Solo piensan en sí mismos.
Penryn le dio otro mordisco a la manzana, reflexionando.
—¿Incluido Rafrael?
Elijah negó con la cabeza.
—No. Raf es un buenazo. Por eso dejó la Casa de los Pentagramas.
Por eso… y por su hermano. Ese Bayax es un inútil.
Es un bruto perezoso que dilapidará los recursos de esa Casa cuando se convierta en rey.
Es adicto y jugador, una combinación peligrosa.
Más vale evitarlo. Arrasaría las Tierras Indómitas y tu mundo al otro lado de la División si eso le llenara los bolsillos.
Había muchísimas cosas que Penryn no sabía, y supuso que se le notaba en la cara, porque Elijah dijo entonces:
—No te ha contado demasiado, ¿verdad?
Ella se rio y negó con la cabeza.
—No sabía que pertenecía a una Casa hasta esta misma mañana.
Elijah sonrió.
—Ah, bueno, es que no está muy orgulloso de eso.
La Casa de los Pentagramas está formada en su mayoría por mercaderes.
Para ellos, todo gira en torno al dinero y al comercio.
Rafrael es el mediano de tres hermanos: Bayax es el caballero de la Casa y Tristram…
, bueno, no es más que un crío, pero ya da muestras de ser igual que su hermano mayor: derrochador y cruel.
Raf no quería saber nada de eso. Renunció a cualquier título futuro para dedicarse a proteger las Tierras Indómitas.
Penryn tragó saliva.
—¿Protegerlas de qué?
Aunque Elijah parecía tener una respuesta para todo, esa era, precisamente, la única pregunta a la que no podía contestar. O quizá no quería. Negó con la cabeza.
—No tengo autoridad para contar eso; tendrás que hablar con el jefe —dijo con ligereza, restándole importancia con una risa.
Hizo una pausa antes de añadir—: No le cae bien mucha gente.
Es muy cauto, pero parece que tú sí le has caído en gracia.
—Una sonrisa se asomó a su rostro—. Y, obviamente, confía en mí, si te ha dejado a mi cargo.
Se enderezó, estirando las patas una tras otra antes de estirar los brazos por encima de la cabeza y girar el cuello de un lado a otro. Penryn lo interpretó como la señal de que era hora de continuar. Tenían aún mucho terreno por recorrer y la pausa se había alargado demasiado.
Elijah señaló el borde del arroyo justo cuando Frijol trepaba por la orilla y empezaba a sacudirse con energía, rociando gotas de agua desde sus escamas hacia la hierba circundante.
—Vamos —dijo, silbando para llamar la atención del dragón—. Nos queda mucho por hacer antes de que se nos vaya la luz, lanzallamas. Vámonos.
Justo en ese momento, Frijol ensanchó las fosas nasales y expulsó dos espirales grises de aire ceniciento. Observó cómo se elevaban por encima de su cabeza antes de intentar atraparlas torpemente, tratando de mantener el equilibrio sobre sus dos patas traseras y fracasando por completo.
—Con cuidado… —advirtió Penryn, acercándose rápidamente a él para evitar que se cayera. No llegó a tiempo, aunque tampoco podría haberlo ayudado, dado su tamaño, y el dragón cayó de espaldas con un pequeño quejido—. ¡Ay! Pobre Frijol. Debes de estar agotado.
—Podemos ir un poco más despacio —propuso Elijah—. No queremos que nadie se fuerce demasiado. Todavía podemos llegar antes del anochecer.
Penryn acunó la cabeza de Frijol entre sus brazos, acariciándole suavemente el cuello con los dedos para tranquilizarlo, y le dio un beso cariñoso en el hocico antes de darle una palmadita de ánimo.
—No queda mucho, Frijol. Ya hemos llegado muy lejos.
Y ahora, más que nunca, Penryn quería llegar al final de ese viaje.
Elijah le había planteado tantas preguntas nuevas sobre Rafrael y las Grandes Casas que Penryn ansiaba resolver esos enigmas.
Y, si era sincera consigo misma, también le preocupaba el destino de Rafrael.
Con suerte, en la Casa de las Espadas encontraría las respuestas que buscaba.