Reina de espadas Capítulo catorce
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Capítulo catorce

L a luz se colaba a través de las cortinas desgastadas de la posada cuando Penryn por fin abrió los ojos.

Murmuró mientras se revolvía en la cama; se sentía más descansada de lo que habría esperado, sobre todo después de haber dormido con el fae.

Él se había mostrado respetuoso toda la noche, manteniendo una distancia prudencial entre ellos, hasta el punto de que ella se preguntó brevemente si había sido un sueño.

Sin embargo, el olor a canela y un profundo aroma metálico le indicaron que era real.

Era un aroma al que poco a poco se había ido acostumbrando y que la reconfortaba de una forma que no sabía que añoraba.

Esa mañana, sin duda, las cosas le parecían distintas.

Tal vez fuera la consecuencia natural de haber estado a punto de ser devorada por unos monstruos de osamenta metálica, pero Penryn volvía a sentir que tenía un propósito en la vida.

Había llegado a las Tierras Indómitas por lo que parecía una pura casualidad, pero tuvo que ser el destino lo que la había llevado hasta la órbita de Rafrael.

Y ahora parecían gravitar más cerca el uno del otro, algo que, sin duda alguna, era revelador.

A lo mejor debería decir algo. No estaba muy segura de qué, pero la noche anterior se habían abierto un poco más entre ellos, y eso tuvo que ser por una razón, ¿no? ¿Pensaría él lo mismo?

—¿Raf? —susurró.

No obtuvo respuesta. ¿Seguía durmiendo? Seguramente lo merecía después de los días anteriores: el ataque en el bosque, el viaje hasta el sanador y la difícil hazaña de salir a buscar las flores para Qavtar.

Se preguntó si habría dormido tan plácidamente como ella y se giró con cuidado para no despertarlo…

… pero la invadió la decepción al ver que no estaba a su lado. Allí solo había un papel con una nota.

A CERTIJO 21

L A NOTA CIFRADA

¿Está Raf tratando de impresionar a Penryn? Ha cifrado la nota que le ha dejado usando un sencillo cambio de letras. Averigua qué dice.

Rvfsjejtjnb Qfñszñ:

Ftubcbt ubñ qspgvñebnfñuf epsnjeb rvf uf if efkbep eftdbñtbs vñ sbup.

Ftubsf gvfsb, fñ mb fñusbeb, dpñ Fmjkbi, dvbñep ftuft mjtub qbsb dpñujñvbs.

Sbg

Penryn pasó el pulgar con ternura por la pulcra caligrafía antes de doblar el papel y guardarlo entre sus pertenencias.

Se levantó, se acercó a la ventana y corrió un poco la cortina para mirar fuera.

Tal y como había prometido, allí estaban Rafrael y el centauro acerado, desayunando juntos y riendo.

Parecían alegres y descansados, lo cual era un buen augurio, y sintió el deseo de sumarse a ellos cuanto antes.

Después de asearse y vestirse en el pequeño cuarto de baño, estaba empezando a peinarse con los dedos cuando oyó cascos fuera, unos cascos que repiqueteaban sobre la grava que llevaba a la entrada de la posada.

Seguramente eran los amigos de Elijah, los que no habían estado muy lejos de ellos.

Debían de ser los refuerzos de los que había hablado Rafrael.

Volvió a la ventana, apartando una vez más los bordes de la cortina, pero abrió los ojos como platos.

No, no eran más centauros, como había supuesto.

Frente a la posada y extendiéndose por sus terrenos había cuatro caballos, de un color negro muy oscuro, y un grupo de hombres con armaduras de soldados.

De forma instintiva, retrocedió, invadida por un miedo natural, mientras fruncía el ceño ante la escena que tenía ante sí.

Rafrael permanecía erguido y decidido frente a la posada, con Elijah firme a su lado, mientras el hombre que iba en el caballo más adelantado desmontaba.

Era pálido, solo unos años más joven que Penryn, con los ojos hundidos y las mejillas cetrinas.

Su estatura se acercaba más a la de ella que a la de Rafrael, a pesar de las alas de fae que llevaba bien plegadas a la espalda.

Iba vestido de forma diferente al resto, con zapatos lustrados que parecían restarle habilidad para montar a caballo.

Su atuendo era menos militar, confeccionado con lo que parecían telas caras y brocados rojos y grises en los bordes, y, cuando se acercó a Raf, Penryn estuvo segura de verlos inclinar la cabeza el uno hacia el otro en lo que parecía una reverencia.

—Rafrael de Onoryx.

Raf carraspeó.

—Arquerio.

No parecía nada contento de verlo, ni siquiera un poco. El desconocido lo miró fijamente, esperando con expectación, hasta que Rafrael añadió:

—De Kaisharii.

¿Kaisharii? ¿Los Kaisharii? Penryn se llevó la mano al collar y giró el colgante entre los dedos. ¿No era ese el nombre que había mencionado Rafrael al mirar el símbolo que llevaba? ¿Una de las Casas Reales…?

—Menudo revuelo has causado —anunció Arquerio, mirando a Rafrael con interés mientras Penryn observaba a escondidas desde arriba.

Su voz retumbaba con el bramido de un hombre que, claramente, deseaba que se le escuchara, y se apartó el grasiento cabello rubio de la frente para despejar la vista antes de entrecerrar los ojos—. ¿Dónde está?

Sin pensarlo dos veces, Penryn se agachó detrás de la ventana; no quería que la vieran. Sin embargo, su curiosidad la impulsó a seguir escuchando, así que se arrodilló y se asomó por una esquinita del cristal.

—¿Quién?

Rafrael parecía totalmente desinteresado en lo que tuviera que decir Arquerio, lo que solo parecía enfurecer aún más al hombre.

—La chica. —La lengua de Arquerio rezumaba bilis mientras hablaba—. La chica humana de las tierras al otro lado de la frontera.

Se oyó un sonido burlón, que Penryn supo que provenía de Elijah.

—¿Y qué va a hacer este con una humana? —preguntó desafiante—. ¿Por qué nos haces perder el tiempo de esta manera?

Al parecer, a Arquerio aquello no le hizo ninguna gracia y chasqueó la lengua para llamar la atención de uno de sus guardias. Otro fae se abalanzó hacia Elijah con el brazo levantado, y el centauro retrocedió con las manos en alto en señal de rendición.

—Entendido —insistió Elijah antes de que aquel bruto pudiera propinarle un puñetazo de advertencia—. Mis disculpas, Alteza —añadió a regañadientes.

—Aquí no hay ningún humano—dijo Rafrael con voz clara y firme.

Era obviamente una advertencia para que Penryn siguiera oculta, pero este no quería dejar nada al azar.

Penryn sintió que se le tensaba todo el cuerpo: las piernas, las manos, incluso la lengua…

, todos y cada uno de los músculos se le paralizaron.

Él la mantenía inmovilizada con uno de sus hechizos.

Lo único que podía hacer era observar lo que sucedía desde arriba.

—Ya conoces la ley —murmuró Arquerio con un gruñido—. Deben ser juzgados por incumplimiento y recibir castigo.

Rafrael puso los ojos en blanco.

—Una nueva ley impuesta por tu madre —resopló—. Y respaldada por las demás Casas bajo coacción.

—Una acusación falsa —replicó Arquerio, como si le molestara que le llamaran la atención.

Sin embargo, suavizó la voz, como para disimular esa reacción espontánea—.

Siempre has tenido ideas descabelladas, Onoryx.

No me extraña que te repudiaran. Eres demasiado soñador para ocupar un puesto en la Casa de los Pentagramas.

Tu madre debió de sentirse muy decepcionada contigo.

«¿Cómo?».

Penryn repitió mentalmente las palabras al comprender lo que acababa de decir Arquerio. ¿Rafrael pertenecía a una de las Casas Reales? ¿No lo había negado antes? No, había hecho alguna broma al respecto, pero no había dicho que no.

—Me marché yo —gruñó Rafrael entre dientes—. Y con un motivo muy bueno, pues el veneno corre por las venas de la corte del emperador.

Arquerio se puso pálido al oír esas palabras y se dispuso a abofetear a Rafrael, ofendido por semejante acusación, pero el fae de alas oscuras se irguió hasta alcanzar su máxima estatura, eclipsando a la criatura que tenía delante.

Arquerio se quedó quieto, recapacitando, y retrocedió, apartándose de nuevo los mechones rubios de los ojos.

—Puede que tengas un título, pero mi valía es la misma que la tuya —le recordó Rafrael—. Y, aunque no fuera así —se acercó y bajó ligeramente la voz—, te daría una paliza sin sudar ni una gota.

Arquerio esbozó una mueca de desprecio ante la sugerencia antes de soltar un bufido y meter la mano en su capa. Sacó un pergamino y se lo entregó a Rafrael.

—Te han convocado en la Casa de las Espadas —murmuró, empujando la carta contra su pecho—. Tómalo como una citación. Cuando capturemos a la humana, también la llevaremos allí.

Rafrael no tuvo oportunidad de discutir.

Cuatro guardias lo rodearon de inmediato, armados con una gran variedad de espadas y dagas que llevaban a la vista.

Penryn observó —todavía paralizada e incapaz de objetar— cómo Rafrael simplemente se alejaba con ellos, sin decir ni una palabra, como si de alguna manera se lo hubiera esperado.

No delató su escondite mirando hacia donde estaba ella, pero sí le lanzó una miradita a Elijah antes de montar uno de los caballos que le ofrecían, al que se subió con facilidad.

—A la Casa de las Espadas.