Reina de espadas Capítulo trece
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Capítulo trece

D entro de la posada, Rafrael parecía sobredimensionado, como si fuera el doble de grande que cualquiera de los muebles, y tenía que inclinar el cuello para no golpearse la cabeza con las lámparas de hierro forjado que colgaban de cualquier manera del techo.

Al verlo, a Penryn le faltó muy poco para echarse a reír.

Rafrael tamborileaba con las garras sobre la larga barra de roble, impaciente, mientras buscaba a la mujer que regentaba el lugar. Al cabo de unos instantes, salió disparada del cuarto trasero y se plantó delante de él, visiblemente azorada.

—Perdone, señor, ha sido una noche movidita. Nos han llegado un buen montón de huéspedes inesperados y he tenido que hacer yo sola todos los cambios de sábanas, pues me he quedado sin manos esta noche —se disculpó—. Soy Templanza, ¿qué puedo hacer por usted?

—Necesito una habitación —contestó Rafrael con frialdad. Templanza torció el gesto.

—Ya he preparado una para la señora —explicó, señalando a Penryn—. ¿Van a necesitar más toallas?

Rafrael miró a Penryn durante un segundo antes de soltar una risita por el malentendido.

—No, necesito una habitación para mí. Nosotros no… —Gesticuló entre ambos, y Templanza soltó una carcajada al percatarse de su error.

—Ah. ¡Ay! Discúlpeme, señor, creí que… Bueno. —Sonrió con picardía—. Su amigo el centauro insinuó que ustedes dos… Y yo supuse que…, da igual.

Metió la mano bajo la barra y sacó un libro voluminoso encua dernado en cuero grueso.

Buscó la cinta que marcaba la página actual y, con un gruñido, pasó el bloque de hojas hasta el lugar adecuado con un golpe sordo.

Recorrió con el dedo las entradas apuntadas a tinta, chasqueando la lengua y sacudiendo con la cabeza.

—Pues lo siento muchísimo, caballero, pero no me quedan habitaciones libres esta noche. —Chasqueó la lengua otra vez, refunfuñando para sí—. Como le decía, estamos más llenos de lo esperado. Es el postsolsticio y ya sabe usted cómo se pone la cosa.

Rafrael se puso un poco tenso.

—¿Y no tiene ninguna habitación más? ¿Un cuartito, aunque sea?

Templanza se rascó la cabeza.

—Con todos mis respetos, caballero, no creo que cupiera usted en un cuartito, aunque lo tuviera. —Giró el libro para que ambos pudieran verlo—. Y, encima, todo el mundo se ha puesto quisquilloso y me hacen unas peticiones tan concretas que luego no hay forma de recolocar a nadie, ¿ve?

A CERTIJO 20

A SIGNACIÓN DE HABITA CIONES

Averigua cómo ha tenido Templanza que asignar las habitaciones a los seis huéspedes que ya están alojados, y luego completa la siguiente tabla para averiguar quién está en cada habitación:

• Ustedes fueron los últimos en llegar, así que se han quedado con la última habitación disponible.

• Mi primer huésped necesitaba una cama extragrande.

• Mi segundo huésped solo quería tener vistas a las cuadras.

• El tercer huésped en hacer el registro quería vistas a la terraza.

• El cuarto huésped quería una habitación con camas gemelas.

• El quinto huésped insistió en una cama doble, pero no quería techos altos.

• El sexto huésped quería una habitación sin ventanas.

Habitación

Cama

Características

N.º de huésped

1

Individual

Vistas a las cuadras

%%%

2

Individual

Vistas a la terraza

%%%

3

Doble

Vistas a las cuadras

%%%

4

Extragrande

Vistas a la terraza

%%%

5

Extragrande

Sin ventanas

%%%

6

Doble

Techos altos/ático

%%%

7

Dos individuales

Techos altos/ático

%%%

—Ah.

Penryn miró a Rafrael con incertidumbre, pero este levantó la mano, sereno y razonable.

—Puedo acampar fuera, con el dragón. No sería la primera vez que duermo en la hierba.

Un momento. ¿Era decepción ese extraño sentimiento que la invadía por dentro al oír su sugerencia? No quería compartir cama con un casi desconocido, obviamente, pero aquella noche se llevaban tan bien que la idea no le resultaba tan terrible. Aunque tal vez fuera obra de todo ese hidromiel.

—No, podemos compartir.

Aquellas palabras le salieron de la boca antes incluso de poder pensárselo bien. Penryn esbozó una sonrisa, como si eso fuera a hacer que su oferta resultara menos inesperada. Lo había pillado por sorpresa y Rafrael la miró con gesto inquisitivo.

—¿Estás segura?

—Sí. Ni que tuviéramos que hacer la cucharita. —Sí, era el hidromiel el que hablaba por ella, de todas todas—. Los dos tenemos que descansar bien esta noche, si mañana queremos estar en condiciones.

Templanza levantó el pulgar, satisfecha de que estuvieran conformes con el arreglo.

—Fenomenal. ¿Se acuerda del camino? —le preguntó a Penryn, mientras señalaba la escalera que llevaba a las habitaciones.

Penryn asintió y, algo tímida, inclinó la cabeza para indicarle a Rafrael que la siguiera. No sabía qué narices le pasaba, pero estaba segura de que el corazón le latía un poco más deprisa mientras subían hacia el cuarto. ¿Por qué estaba tan nerviosa? ¿Era algún tipo de anticipación?

Abrió la puerta de la habitación y respiró hondo. Ya había estado dentro antes, cuando había subido a bañarse y asearse, pero entonces era un espacio solo para ella. Ahora que Rafrael entraba detrás de ella encorvándose para pasar por el marco, quedaba claro que iban a estar… apretados.

Rafrael se irguió, agradecido por el techo abovedado de ese cuarto en el ático, y soltó una risita. A pesar de la situación, seguía de buen humor, y era evidente que no iba a dejarse intimidar por ninguna posible incomodidad.

—Estoy bastante seguro de que, si diera una zancada y extendiese las alas del todo, podría tocar las cuatro paredes a la vez —comentó en broma.

Penryn se rio y se encogió de hombros mientras se sentaba en el borde de la cama. Se abrazó las rodillas, con una sonrisa bobalicona, imaginándose la escena un instante. Debió de notársele en la cara, porque Rafrael enarcó una ceja.

—¿Qué?

Ella rio.

—Bueno…, es que ahora me gustaría verlo.

—Ah, ¿sí? —Él se encogió de hombros—. Pues reto aceptado, pequeña Trickett.

Se colocó junto a la pared, apoyó el talón izquierdo contra ella y estiró la pierna derecha hacia delante en una zancada enorme antes de inclinarse.

Penryn lo contempló boquiabierta mientras su envergadura engullía la habitación y tensaba las piernas largas y fuertes para abarcar casi todo el espacio.

Luego vio cómo desplegaba aquellas hermosas alas de plumas negras como la pez.

Rotó los hombros, que relajó echándolos hacia atrás y hacia abajo, mientras desplegaba esas enormes estructuras por completo, que ahora ocupaban también el ancho del dormitorio.

De hecho, eran tan grandes que la punta de un ala chocó contra la pared y se dobló en una curva suave.

«Madre mía».

Él sonrió con picardía, encantado de tener razón y, todavía más, de haberla impresionado.

Después retrajo las alas con un batir ágil y las dejó sueltas y abiertas a la espalda.

Penryn se dio cuenta entonces de que la camisa que llevaba estaba cuidadosamente diseñada para acomodarlas y, sin querer, se pasó la lengua por los labios cuando Rafrael tensó el torso con el esfuerzo del movimiento.

Por un breve instante, su imaginación echó a volar y lo vio encima de ella; ese cuerpo imponente inclinándose con maestría, aquellas alas anchas extendiéndose sobre los dos, alrededor de ambos…

—Deberíamos dormir.

Dormir era lo último en lo que podía pensar ella en aquel momento; tenía que salir del trance en el que se había sumido.

—¿Dormir?

Poco a poco, Rafrael empezó a desabotonarse la camisa, aflojando uno a uno todos los cierres con los dedos.

Era prácticamente imposible no quedarse mirando, sobre todo porque no había muchos otros lugares donde posar la vista, pero Penryn no podía dejar de mirar cómo iba dejando al descubierto la piel dorada y definida de su torso.

Por todos los dioses, no había ni un solo centímetro de él que no pareciera esculpido a la perfección, pensó cuando se quitó la camisa de los hombros y la colgó con cuidado en un gancho de la pared.

La prenda solo insinuaba lo que había debajo.

—Hum —murmuró él, sin mirarla. Y gracias a los poderes habidos y por haber, porque a Penryn le dio un vuelco el corazón.

Si antes no tenía claro si Rafrael la atraía, ahora no había forma de negarlo.

Él se pasó una mano por la larga melena oscura antes de girarse hacia ella, con un brillo en los ojos que Penryn no logró descifrar—.

Mañana nos espera un viaje largo —advirtió—.

Un par de días más a pie, aunque podríamos ahorrar tiempo si Elijah y sus colegas nos echan una mano.

—¿Podemos volar? —preguntó ella con un deje esperanzado en la voz; era la misma oleada de emoción que había sentido antes. No solo la había emocionado la experiencia en sí, sino que la idea de volver a estar rodeada por sus brazos y contra su pecho la hizo estremecer.

Rafrael carraspeó.

—A los altos fae no les suele hacer mucha gracia ese método de transporte.

Lo consideran… vulgar. —Arrugó la nariz y echó un vistazo por encima del hombro hacia sus alas oscuras—.

Muchos ni siquiera las llevan a la vista; las pliegan todo lo que pueden.

Las consideran un rasgo… animal. A mí me parecen una suerte, pero…

—frunció un poco el ceño— estoy en minoría.

Era alguien de pocas palabras, pero, cuando se abría, la sinceridad y el peso de sus confesiones siempre la dejaban desarmada.

—Lo… siento.

—No es cosa tuya. —Él se encogió de hombros como restándole importancia—. Pero, en respuesta a tu pregunta, será mejor que vayamos a pie. Te lo pondré lo más fácil posible, te lo prometo.

Hubo un momento de silencio antes de que él se dirigiera a la cama, acomodándose despacio en el lado opuesto del colchón. Este cedió bajo su peso; su tamaño contrastaba tanto con el de ella que Penryn vio cómo era él quien se sonrojaba entonces.

—Mantendré las alas en su sitio —dijo, recolocándose para apartar las alas y dejarlas colgar por el borde de la cama—. ¿Tienes suficiente espacio?

«Pues no mucho». Penryn se acurrucó bajo la manta, estiró las piernas y se acomodó bocarriba lo mejor que pudo.

Casi de inmediato, rozó el brazo de él con el suyo y se apartó de un salto, como si le hubiera pinchado.

No. Ese contacto, por fugaz que fuera, era demasiado íntimo.

Se giró hacia él. Ahora había unos siete centímetros entre ambos.

Tal vez ocho. Tendría que bastar. Al menos su piel no estaba en contacto con la suya.

—Sí, estaré bien —confirmó ella con un leve asentimiento. ¿Qué otra cosa podía decir? Tenía que ignorar esa nueva oleada de emociones que le revoloteaban en el pecho y el estómago, ¿no?—. Solo voy a…

Le indicó con el dedo que se daría la vuelta antes de hacerlo y se echó la manta por encima para taparse los hombros.

Rafrael se la ajustó, remetiendo los bordes a lo largo de su cuerpo como si quisiera crear una barrera para ambos antes de apoyar la cabeza en la almohada junto a ella.

—Que duermas bien —dijo en voz baja, e hizo el amago de tocarle el brazo, pero cambió de opinión. Aun así, Penryn lo supo; sintió la intención y sonrió para sí mientras cerraba los ojos.

—Tú también —susurró ella—. Mañana más.

Por muy cansada que estuviera, que lo estaba, el sueño no llegó tan rápido como esperaba.

Lo deseaba con todas sus fuerzas, pero, cada vez que estaba a punto de sucumbir, su imaginación se apoderaba de ella.

La idea de tener las manos de Rafrael encima, deslizándose por su cintura, acariciándole los pechos, atrayéndola hacia él y dejándola sentir su deseo…

era tan real en su cabeza que estiró el cuello para mirarlo, segura de que era algo más que su simple anhelo.

Sin embargo, allí estaba él, tumbado, guardando una respetuosa distancia entre ambos, con los ojos cerrados, aunque ella estaba segura de que tampoco dormía.

El lado izquierdo de sus labios se torció en una sonrisa burlona cuando Penryn no volvió inmediatamente a su postura anterior, y él movió un pie para rozar el suyo, curvando los dedos contra el arco desnudo de su planta.

Ese gesto le provocó un escalofrío de emoción, sobre todo por las fantasías picantes que seguían en un primer plano.

—Descansa un poco, Trickett —le aconsejó con un murmullo suave. No retiró el pie, y ese contacto le brindó a Penryn una paz que no sabía que necesitaba.

En pocos instantes, ella sucumbió al cansancio y pronto ambos se vieron vencidos por la necesidad de descansar.