Reina de espadas Capítulo doce
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Capítulo doce

S entarse al aire libre, bajo las estrellas, le devolvió a Penryn la sensación de paz que necesitaba para centrarse después de los acontecimientos del día.

Sentada a una mesa frente a la taberna, alzó la vista estirando el cuello mientras intentaba darle sentido al cielo sobre ella, con el labio inferior fruncido en un mohín de concentración.

Allí, las estrellas no eran las mismas que al otro lado de la División.

O quizá sí que lo eran, y sencillamente se veían mejor.

No estaba segura, pero, fuera como fuese, parecía que había miles de aquellos diminutos destellos suspendidos en la negrura de la noche.

La posada le había brindado la oportunidad de asearse, gracias a los dioses.

Agua caliente y toallas limpias, y jabón con aroma a limón para quitarse de la piel la mugre del bosque.

Ahora que su espalda estaba curada gracias a los ungüentos de Qavtar, había eliminado los restos de sangre seca y remendado como había podido su vestido desgarrado.

Si hubiera sabido lo que iba a ocurrir durante esos últimos días, se habría vestido de otra manera para el Segundo Anochecer.

Pero ¿quién podría haber previsto algo así?

Miró hacia el bosquecillo de árboles que se extendía en el borde del terreno de la posada, donde Frijol se había acurrucado y acomodado para dormir.

Abrió un ojo perezoso para mirarla y luego volvió a relajarse con un profundo suspiro, como si ya hubiera cumplido con su deber.

El alivio la inundó de nuevo al ver su lealtad, y después sintió una oleada de gratitud hacia Rafrael por haberlos protegido a los dos del destino que sin duda los habría consumido.

Y no se atrevió a pensar demasiado en esa posibilidad, o el pánico la habría sobrepasado.

Su atención se vio atraída por el sonido de los pasos de Rafrael, que crujían en el suelo de grava al acercarse a ella.

Llevaba dos jarras pesadas en las manos, ambas llenas de un líquido dorado y espumoso.

La bebida brillaba, como si le guiñara un ojo, a la luz de las antorchas de madera encendidas que iluminaban el exterior de la posada. Alzó una de las jarras hacia ella.

—Esta es para ti —le ofreció—. ¿Necesitas algo más para comer?

Penryn miró la bandeja de comida de la que habían dado buena cuenta. Había sido un ágape sencillo: queso y carne con pan, pero fue abundante y lo apreciaron enormemente después del día que habían pasado. Hizo un gesto con la mano antes de llevársela al vientre.

—Estoy llena —le aseguró mientras aceptaba la jarra—. Una más de estas y me rindo, creo. No querrás emborracharme…

Rafrael esbozó una media sonrisa y se dejó caer a su lado. Hizo lo mismo que ella y alzó la mirada hacia el cielo nocturno, curioso por ver qué había estado contemplando en soledad.

—Es bonito, ¿verdad? —comentó él—. Los cielos en las Tierras Indómitas son mucho más despejados que en cualquier otro lugar del reino. Existe menos hechicería ostentosa y menos luz que distraiga de lo que hay arriba.

—Nunca lo había visto así —admitió Penryn. Él la miró con sorpresa, y con cierta lástima también; triste al pensar que no los había disfrutado de esa forma hasta entonces.

—Mira, te enseñaré algunas de las partes más bonitas.

A CERTIJO 19

C ONSTELACIÓN DE A RCANIA

Usa tu imaginación para crear una de las constelaciones que vio Pen, uniendo algunas de estas estrellas con líneas rectas. La constelación debe utilizar las seis estrellas más grandes.

Satisfecho de haberle ofrecido una guía completa de los cuerpos celestiales con los que no estaba familiarizada, le dio un trago a su bebida antes de seguir hablando.

—Esa es mi favorita.

Extendió el dedo y señaló una constelación concreta.

Penryn ladeó la cabeza intentando seguir su gesto, y, al arrugar la nariz con frustración, Rafrael se frotó los dedos sobre la palma para crear una pequeña chispa de luz.

Parecía una bolita de fuego entre sus manos, y giró la muñeca para llevar la llama hasta la punta del dedo antes de trazar la constelación en el aire.

Ahora su luz, esa magia , flotaba ante los ojos de Penryn para que pudiera ver exactamente lo que quería enseñarle.

—Ese es el guerrero, Nayakah —dijo él—. Y si miras a la derecha…

De nuevo, hizo aparecer la misma llama anaranjada en la mano y dibujó un segundo cuerpo estelar cerca del primero.

Penryn no sabía si mirar al cielo o concentrarse en aquel truco que parecía ejecutar sin esfuerzo, y fijó la mirada en el resplandor ardiente mientras este formaba la silueta de una mujer.

—Esa es su compañera —continuó Rafrael, con una voz suave que Penryn no le había oído antes—. Se llama Pepromene.

A Penryn se le dilataron las pupilas y absorbió cada detalle. Nunca había visto nada parecido y no se atrevía a pestañear por si se perdía algo. Esas energías, o lo que fuera que estuviera utilizando, eran verdaderamente fantásticas, y por un instante deseó poder contárselo todo a su hermana.

Rafrael sonrió al darse cuenta de lo profundamente embelesada que estaba y, con un pequeño giro de muñeca, hizo que las líneas luminosas frente a ella empezaran a moverse, como si las figuras estuviesen animadas y gozaran de vida propia.

—La historia dice que Nayakah peleó por su país, protegiendo su hogar de unos monstruos terribles que querían destruirlo.

Y Pepromene… —La luz mágica danzaba frente a ella—.

Nayakah la anhelaba, pero ella tenía sus propias tierras que defender y se negó a abandonarlas.

Los dos lucharon codo con codo, encontrándose una y otra vez, pero cada uno necesitaba proteger su propio mundo como pudiera.

Las luces de las dos figuras parecían entrelazarse antes de separarse de nuevo; sus brazos se extendían el uno hacia el otro, las manos quedaban cerca, pero apenas llegaban a tocarse.

Y allí se quedaron quietas, las imágenes se desvanecieron con un chisporroteo y dejaron las dos constelaciones suspendidas en el cielo negro como la tinta.

Penryn se recostó, parpadeando hasta que pudo volver a enfocar la mirada. Luego se giró, fijando toda su atención en Rafrael.

—¿Cómo has hecho eso?

—Los fae tenemos la habilidad de usar magia —explicó—. Hay formas menores que compartimos todos, y otras que dependen de nuestro linaje y de nuestro estatus. ¿No te enseñan nada de esto en tu lado del río?

Penryn resopló.

—No. No de manera formal, al menos, no en la escuela.

Mi madre siempre se interesó por la historia de la magia, nunca supe el porqué.

Empiezo a darme cuenta ahora de hasta qué punto conocía vuestra cultura…

, pero solía presentarla como si fueran historias.

A mi madre se le daba tan bien contar relatos que nunca supe qué era fantasía y qué era verdad…

—Se quedó en silencio. Ahora era evidente que tendría que habérselos creído.

Quizá así habría estado mejor preparada para Sasappele, para las ninfas e incluso para los noctívagos.

—Entonces ¿solo somos meros cuentos de hadas para ti? —bromeó Rafrael—. ¿Y qué me dices de alguien como él?

Penryn se giró y vio que Elijah salía de la posada a trompicones, llevando en brazos a una chica risueña cubierta de flores rosas, y se encaminaba a un edificio cercano, probablemente usado para alojar animales de granja, con la entrada flanqueada por balas de heno.

—No es algo por lo que hubiera apostado, no —dijo Penryn entre risas, y puso los ojos en blanco mientras las puertas del granero se cerraban ruidosamente—.

Es decir, todos creemos ver cosas así la noche del Segundo Anochecer, pero normalmente vamos demasiado achispados como para saber si lo que hemos visto es real o es fruto de la histeria colectiva.

Dio un sorbo a su bebida y la espuma le cubrió al instante el labio superior. Notó que la mirada de Rafrael se deslizaba hasta su boca. Despacito, él se humedeció el labio con la lengua antes de encontrarse con su mirada otra vez.

—¿Qué? —preguntó ella, notando que se le encendían las orejas.

Él se tocó la boca y señaló lo que le había llamado la atención.

—Tienes un poco de…

—¡Oh!

Penryn intentó limpiarse la boca de inmediato, avergonzada, pero lo hizo por el lado equivocado, imitando sus movimientos en lugar de secarse la comisura contraria.

Con suavidad, Rafrael se inclinó sobre la mesa que los separaba y le limpió la espuma de la boca con el pulgar.

A pesar de su piel áspera, la suavidad de su tacto la sorprendió, y Penryn sintió su ausencia cuando retiró la mano; no quería que dejara de tocarla.

—No te preocupes. —Le sostuvo la mirada un instante más antes de volver a centrarse en su bebida, rodeando la jarra con ambas manos, como si necesitara mantenerlas ocupadas para no hacer ninguna estupidez.

Permanecieron en silencio unos segundos antes de que él volviera a hablar.

—Tu espalda… ¿está ya curada del todo?

Penryn no estaba pensando precisamente en su espalda. Pensaba en el calor que la había recorrido cuando Rafrael la había tocado, en la extraña oleada de energía que se le había concentrado en el vientre y le había teñido las mejillas de rojo.

Había sido la bebida, se dijo así misma. Ya llevaba dos de esos hidromieles y debían de estar subiéndole a la cabeza.

—Eh… Sí, todo bien. —Se movió un poco, inclinándose y girándose para demostrar que había recuperado por completo la movilidad—. Gracias. Quiero decir, por llevarme a ver a Qavtar. Te lo agradezco de corazón.

Rafrael se recostó hacia atrás, apartándose un poco de ella en el asiento y añadiendo más distancia entre ellos. «Puede que lo esté incomodando», pensó ella, y sintió una extraña punzada de decepción.

—Es a él a quien hay que agradecérselo —dijo con firmeza—. Con el don que posee, no ayuda a cualquiera a la ligera.

Penryn frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Rafrael sonrió, ahora más comedido.

—¿Tampoco conoces los mitos sobre los dríades?

Son sanadores, sí, pero todo lo que toman de la tierra deben devolverlo.

¿Te fijaste en sus manos? ¿En los dedos como ramitas?

—Movió los suyos como para ilustrarlo—. Aunque Qavtar puede usar las plantas para curar, con cada acto de bondad, él mismo se vuelve menos humano y más…

parecido a un árbol. Y un día, cuando se agoten todos sus favores, se habrá ido.

Penryn se quedó callada. No lo sabía, y pensar que Qavtar había sacrificado aunque fuera una pequeña parte de sí mismo para protegerla y ayudarla a sanar la dejó sin palabras.

—¿Hizo eso por mí?

El fae asintió ligeramente con la cabeza.

—Parece que no te das cuenta de lo que ven todos los habitantes de las Tierras Indómitas.

Estás aquí por una razón. —Dudó, como si hubiera dicho demasiado, y se terminó el resto de la bebida de un trago antes de limpiarse la boca con el dorso de la mano—.

¿Sabes?, hoy me has dado un buen susto con esos noctívagos. Pensaba que te había perdido.

Escudriñó el rostro de Penryn bajo aquella luz tenue y se le tensó un poco el cuello al tragar saliva y luego añadir:

—Me estoy acostumbrando a tu compañía, pequeña Trickett. Me alegro de que estés bien.

Las mejillas de Penryn se tiñeron de rosa ante su confesión.

No sabía en qué momento la preocupación de Rafrael se había vuelto tan importante para ella, pero no podía negar que ahora le importaba.

Quizá era una tontería desear algo así, pero el afecto que él parecía mostrarle hacía que se preguntara cuán profundos eran sus sentimientos.

Antes de que pudiera encontrar las palabras para preguntárselo, Rafrael se puso en pie. Su alta figura la empequeñecía mientras ella seguía sentada, y le ofreció una mano para ayudarla a levantarse. La sostuvo con cuidado, soportando su ligero peso mientras ella recuperaba el equilibrio.

—Más vale que entremos y durmamos un poco. Pasado mañana deberíamos llegar a la Casa de las Espadas y entonces, con suerte, conseguiremos las respuestas que necesitas para volver a casa.