Capítulo once
N o tenía intención de dormirse. Penryn solo quería quedarse sentada un ratito mientras Rafrael salía en busca del ingrediente que Qavtar le había pedido, pero ahora se descubrió obligándose a abrir los párpados pesados ante el sonido de una conversación amable y de risas que flotaban en el aire vespertino.
Era un sonido cálido y reconfortante que no reconocía, y, al levantar la cabeza, vio que provenía del otro lado del jardín.
Se tomó su tiempo para incorporarse, enderezando el cuerpo y buscando estabilidad antes de ponerse en pie.
El banco en el que había estado tumbada estaba cubierto por una capa cálida de musgo, y pasó la mano por su suave superficie.
Ahora que estaba más descansada tenía tiempo para apreciar la belleza de aquel pequeño asentamiento.
El terreno estaba bien cuidado, con distintos bancales elevados de hierbas, flores y plantas organizadas en hileras con esmero.
Caminó entre ellos, siguiendo el laberinto de cajas y macetas.
Los embriagadores aromas de lavanda y menta le llenaron las fosas nasales y le brindaron una paz que no sabía que añoraba.
Siguiendo el sonido, se detuvo al borde de una maceta de bambú y cuando se asomó vio un grupo de figuras apiñadas alrededor de una hoguera.
Reconoció de inmediato a Rafrael: su espalda ancha y sus oscuras alas eran inconfundibles incluso desde atrás.
Luego distinguió a Qavtar, con un humor mucho más jovial que cuando habían llegado.
Aquello, al parecer, se debía a la llegada de Elijah, quien había traído consigo un odre de algo que les había alegrado el ánimo.
—¿Así que te lo has traído todo?
Elijah se moría de risa ante la idea, y Rafrael parecía algo avergonzado. Ladeó la cabeza con timidez; el fuego le iluminaba el perfil. Sus rasgos angulosos se acentuaban con la sonrisa y se pasó una mano por el largo cabello, que se echó hacia atrás.
—Prefería no equivocarme.
Le tembló un poco la punta de la oreja y entonces se giró, estirando el cuello al oír la llegada de Penryn. Enseguida se puso en pie, pasando una pierna por encima del banco de madera en el que había estado sentado para acercarse a ella.
—Estás despierta.
Rafrael avanzó de manera protectora, acortando la distancia en un instante con sus largas zancadas.
La recorrió con la mirada antes de fijarse en su espalda.
Penryn también se giró, siguiendo su mirada para ver lo mismo que él, pero ahora podía sentir —por la ausencia del dolor— que, fuera lo que fuese lo que le había ocurrido antes, ya había sanado.
Se revolvió un poco, notando los restos del bálsamo pegajoso en la ropa hecha jirones.
—He oído las risas —comentó ella, con la respiración atrapada en la garganta ante la intensidad con la que él parecía estar mirándola. Penryn inclinó la cabeza con timidez antes de alzar la voz hacia Elijah—. ¿Frijol está…?
—Está bien, ahora descansa —respondió Elijah con orgullo—. Qavtar, aquí donde lo ves, ha hecho un trabajo magnífico. Después de encontrar la orquídea, claro.
Rafrael le pasó un brazo alrededor de la parte superior de la espalda de Penryn, con suavidad, y la guio para que fuera a sentarse con ellos.
Su tacto era muy ligero, pero Penryn notaba lo cómoda que la hacía sentir y se sorprendió sonriendo al acomodarse a su lado.
En ese gesto había algo tan atento, tan afectuoso, que la tomó desprevenida.
—No vas a dejar que lo olvide, ¿eh? —dijo él, divertido.
Elijah negó con la cabeza y le dio un trago al odre antes de devolvérselo a Qavtar.
—Ni de broma. Raf se ha traído media ladera desde la otra punta de las islas Malis —explicó con deleite—, porque no encontraba lo que buscaba.
—¿Cómo? ¿Una ladera de verdad?
La voz de Penryn estaba llena de incredulidad, pero cuando siguió con la mirada el brazo extendido de Elijah hacia el borde de la propiedad, donde antes el terreno caía hacia el mar, ahora había un promontorio adicional de tierra. Qavtar se rio entre dientes.
—¡Bueno, me ahorrará unas cuantas caminatas! Con eso puedo reponer todo lo que necesito.
Rafrael puso los ojos en blanco.
—Su descripción no era tan exacta como cree, esa flor no era tan fácil de localizar. A ver si tú puedes encontrarla, pequeña Trickett.
A CERTIJO 18
S ELECCIÓN FLORAL
Ayuda a Pen a elegir la flor correcta identificando la única que cumple la descripción de Qavtar.
• La flor que necesito siempre tiene al menos seis pétalos principales.
• Consta de una sola cabeza de flor prominente y no tiene hojas ni brotes laterales.
• Los pétalos se abren hacia fuera y no se curvan hacia dentro.
• La flor tiene una disposición muy ordenada de los pétalos, con un patrón de simetría perfecta.
• No hay marcas ni semillas visibles en la flor.
Cuando Penryn arrancó la flor correcta de entre las que le habían ofrecido, Elijah se echó a reír y Rafrael esbozó una levísima sonrisa.
—Oiga, a mí no me dio esa última instrucción —reprendió Rafrael a Qavtar en tono jocoso—. Pero al menos le he ayudado en algo.
Qavtar le dedicó una sonrisa desenfadada y se recostó en su asiento.
—Cierto. —Hizo un gesto a su alrededor—. No creo que dure demasiado, me imagino, pero al menos estará aquí cuando se necesite.
Había algo sombrío en su voz, pero sonrió como si aceptara lo inevitable. Se levantó. Las piernas parecían aún más rígidas y leñosas que antes y, cuando se estiró, le crujió la espalda como una ramita al pisarla.
—¿A la cama? —preguntó Elijah, al percatarse de que seguramente estaban abusando de la hospitalidad del viejo ermitaño.
Qavtar asintió.
—No puedo ofreceros gran cosa en cuanto a alojamiento —se disculpó con un suspiro, pero señaló el sendero que se alejaba del borde del acantilado—.
A unos dos kilómetros, tomad la bifurcación de la derecha y llegaréis a una posada.
Os bastará para pasar la noche; no mucha gente viene por aquí.
La ninfa de la barra es una auténtica belleza —añadió con un guiño a Elijah—.
Estoy seguro de que le harás buena compañía.
—Desde luego —coincidió Elijah, como si le hubieran encargado una misión—. Iré a por el dragón.
—Puedo llevarte, si te sientes cómoda —sugirió Rafrael a Penryn—. Te ahorrarás caminar y será más rápido.
Ella alzó una ceja.
—Si podíamos ir volando a todas partes, ¿por qué no lo hemos hecho así desde el principio?
Él soltó una carcajada; un suave gruñido surgido de lo más profundo de su pecho.
—No pensé que confiaras lo suficiente en mí —comentó él—.
Pero también teníamos un mapa que seguir.
Aunque no lo siguiéramos mucho, vaya. —Hizo una mueca, sabiendo que había sido culpa suya, antes de soltar otra risita—.
Aun así, paradójicamente, al final hemos acabado siguiéndolo de todos modos para llegar aquí.
Se sacó el maltrecho diario de su madre del bolsillo, donde había estado guardándolo mientras ella dormía, y lo abrió por el mapa que había dibujado Penryn. Dio unos golpecitos con el dedo en una pequeña figura cuadrada que había marcado, no muy lejos del borde de la costa donde se hallaban ahora.
—Esta es la posada —explicó—. De todas formas, teníamos que parar ahí. En realidad, retomaremos el camino.
Cerró el cuaderno y se lo devolvió justo cuando Elijah regresaba con el golpeteo de las pezuñas; Frijol estaba bien sujeto sobre su lomo.
La larga cola del dragón, de punta emplumada, empezó a agitarse, lo que obligó a Qavtar a agacharse para evitar que con el entusiasmo le arrancara la cabeza de un coletazo.
Frijol estiró su largo cuello hasta que Penryn lo rascó debajo de la mandíbula.
—Hola, Frijolito. —Suspiró—. Me has salvado la vida, tontorrón. —Apoyó la cabeza contra la suya, sintiendo cómo él le exhalaba una nubecilla de vapor tibio en la cara—. Gracias.
El animal le frotó el hocico con entusiasmo contra su cuello y los bigotes dispersos que adornaban su cara le hicieron cosquillas.
Su pelaje ya no era tan suave como antes, pero, de algún modo, aquellas escamas frías y lisas se le antojaban reconfortantes.
Penryn le dio un abrazo antes de dar un paso atrás.
Miró a Rafrael para comprobar que estaba listo para partir y lo vio guardándose algo que Qavtar le había entregado.
Una botella, quizá, o un frasquito, poco más grande que su pulgar y lleno de un líquido blanco y brillante.
El fae se lo metió en la capa antes de asentir y darle a Qavtar un apretón en el hombro en señal de agradecimiento y despedida.
Qavtar inclinó la cabeza y le guiñó un ojo a Penryn.
—Muy bien, pues —dijo Rafrael, enderezándose y preparándose para marchar—. ¿A la posada?
Penryn asintió, más que dispuesta a descansar.
—A la posada.