Reina de espadas Capítulo diez #2
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Capítulo diez #2

—¡Alborotador! —ladró la criatura, abriéndose paso hasta Rafrael y agitando la mano mientras lo hacía—. ¡Salid de mis tierras! ¡Esto es propiedad privada!

Penryn aprovechó el momento para observarlo mejor y vio que sus piernas parecían transformarse en tocones de madera al final.

Algunas otras partes, como los hombros y una de las orejas, parecían estar cubiertas de nudos como los de un tronco.

Era un dríade, un espíritu de los árboles cuyo cuerpo estaba conectado a la tierra.

Había escuchado muchas historias sobre ellos cuando era niña, pero nunca había visto algo así con sus propios ojos.

El desconocido comenzó a reducir la velocidad mientras observaba a Rafrael y la mujer a su lado, y del interior de su chaleco sacó una lupa, sujeta al bolsillo por una larga y desgastada cadena.

—¿Un Onoryx? —preguntó. Sus facciones se fruncieron con intriga mientras estudiaba con una mirada dubitativa la cara de Rafrael y las prendas de cuero desgastadas y polvorientas que llevaba—.

Tú… Tú eres… —Su rostro se torció con un aire dubitativo que derivó en uno de clara confusión—. ¿Qué estás haciendo en mi puerta?

Rafrael enderezó la espalda y sus oscuras alas se plegaron en su espalda mientras apoyaba las manos en la hebilla del cinturón. Inclinó la cabeza en un educado saludo y Penryn lo siguió con la mejor reverencia que podía hacer dadas las circunstancias.

—Por favor, perdone la intromisión —dijo Rafrael, formal, dando un paso hacia él. El dríade arrugó la nariz, todavía con el ceño fruncido a través de la lente—. Mis amigos necesitan su ayuda.

—¿Ayuda? —se burló el dríade—. ¿Y por qué haría yo eso?

Rafrael se hizo el inocente; sabía que no sería tan fácil como había planeado.

—¿Usted…, usted no es Qavtar? ¿El sanador de estos parajes?

—Levantó las manos, fingiendo una disculpa—.

Disculpe mi atrevimiento, buen señor. Me dijeron que solo el mejor de los sanadores vivía más allá del Cloor.

—Sus palabras estaban cargadas de significado e intención.

Y Penryn vio que surtían efecto—. Al ser esta la única vivienda, he supuesto que…

Lo sentimos mucho. Seguiremos nuestro camino.

Casi de inmediato, el dríade se hinchó de orgullo ante tales halagos y se apresuró a correr. Con su ágil cuerpo se movió rápidamente alrededor de la enorme figura de Rafrael y se puso frente al fae mien tras este empezaba a retroceder, con cuidado de dejar suficiente espacio entre los dos.

—¿El mejor de los sanadores, dices? ¿Quién te ha dicho eso?

Penryn no pudo evitar sonreír. Por lo visto, todos los machos eran iguales cuando se trataba de esas cosas, fueran de la especie que fuesen. Rafrael también sonrió ante las palabras del dríade, divertido por el gran ego de la criatura.

—Es bien sabido en todos los rincones de las Tierras Indómitas; su reputación le precede. Creía que este puesto era su lugar.

El dríade asintió.

—En efecto, lo es. Yo soy Qavtar. —Sonrió, enderezando los hombros y el cuello con orgullo—. El mejor de los sanadores. Me gusta. Exigiré que se use.

Comenzó a caminar alrededor del fae, esta vez más despacio, dando pasos firmes mientras estudiaba cada centímetro de él.

Rafrael ni siquiera se inmutó, permitió que el dríade se tomase su tiempo e incluso desplegó las alas de forma dramática para dejar claro que no era él quien necesitaba ayuda.

Satisfecho, Qavtar dirigió sus acuosos y marrones ojos a Penryn y comenzó el mismo examen, observando primero su cara y luego su constitución.

—Eres pequeña para ser fae.

Penryn sonrió.

—Ah, es que no soy…

Qavtar levantó una mano para hacerla callar antes de apartarle el pelo con un dedo huesudo parecido a una ramita para mirarle la oreja y un lateral del cuello con curiosidad.

—¿Humana? —Frunció el ceño y arrugó la nariz antes de continuar con su intensa revisión de su estado de salud visible.

Se detuvo en seco al verle la espalda: la tela estaba desgarrada y de las laceraciones todavía brotaba sangre allá donde aún no había coagulado—.

Oh. —Dejó de tocarla un instante con ese tacto rígido y luego presionó la herida con un dedo, haciendo que Penryn gritara del dolor—. ¿Noctívagos?

Al retirar la mano, un hilo de saliva largo y brillante se extendió entre ellos. Él se frotó la yema de los dedos. El líquido emitió un silbidito y esa acción provocó un vapor efervescente. Qavtar parecía satisfecho de haber respondido a su propia pregunta.

—Una mordedura muy fea —dijo, sacudiendo la cabeza—. Te hará falta una orquídea de tinta morada para eso. Pero —se giró hacia Rafrael— aquí no tengo muchas. Tendrás que conseguir más.

—Tengo otro paciente —explicó Rafrael, señalando el sendero de tierra—.

También han herido a su dragón en el ataque.

Está en camino. Yo esperaba que… —Bajó la cabeza, reconociendo la envergadura de su petición—.

Esperaba que tal vez pudiera curarlos a ambos.

El favor que le deba será de su elección, Qavtar.

Le estaré en deuda y tiene mi palabra de que la cumpliré.

Se produjo un silencio, y solo en esa quietud Penryn sintió que la adrenalina abandonaba su cuerpo, dejando tras de sí un dolor agudo y profundo. Se le crispó el rostro, pero intentó parpadear esperando que se le pasara.

Rafrael acudió a su lado y con cuidado la sostuvo antes de que le cedieran las piernas. En cuanto la tocó, un destello le recorrió la piel: un destello de luz que le cruzó la espalda. Qavtar dio un paso atrás, maravillado.

—Por todos los dioses —susurró antes de asentir hacia Rafrael—. Sí, sí, por supuesto. Llévala a descansar. —Le señaló una pequeña zona con asientos en su jardín—. Y te daré las instrucciones sobre lo que necesitamos.