Capítulo diez
N o tardaron en oír el estruendo de unos cascos galopando a través de la maleza. Penryn, que se encontraba demasiado débil por el dolor y su propia herida, apenas se percató de que se acercaban, pero Rafrael permaneció atento y vigilante, buscando la ayuda que había solicitado.
—¡Hola!
Una alegre voz resonó por el bosque, alta y clara, y Pen vio que Rafrael se relajaba un poco al saber que la ayuda estaba cerca.
Él también dio un grito similar para indicar su ubicación, y en un abrir y cerrar de ojos el sonido del galope se ralentizó hasta convertirse en un trote, y una criatura mitad humana y mitad caballo se detuvo junto a ellos.
Era puro músculo; cada centímetro de su cuerpo parecía tallado en ónice…
, todo salvo su cabello, que le caía por la cabeza en elegantes trenzas blancas.
—Raf —lo saludó con una amplia sonrisa, estrechándole la mano—. No sabía que andabas por estos lares.
—Te aseguro que no era mi intención. —Rafrael frunció el ceño—. ¿Vienes solo?
—¿No me vas a decir «hola»? —El centauro se rio entre dientes—.
Un «hola, Elijah, gracias por venir tan deprisa.
Siempre es un placer verte. ¿Cómo es posible que seas todavía más apuesto que la última vez que nos vimos?
». —Hizo un gesto con la mano en la dirección por la que había venido—.
Hay tres más de mis hombres, a una hora de distancia. ¿Los necesitamos?
En ese momento, Elijah bajó la mirada y se fijó no solo en Penryn, sino también en el dragón que jadeaba a la desesperada, desplo mado en el suelo detrás de ellos. Su expresión juguetona se desvaneció y se mostró preocupado.
—No sé si tenemos tiempo —susurró Rafrael.
—No, no lo tenemos —le contestó Elijah—. ¿Puedes cargar con él?
Rafrael ayudó a Penryn a sentarse un momento y se agachó en el suelo junto a Frijol.
Examinó al pequeño dragón, tratando de levantarlo por debajo de las patas delanteras y la cola, para ver qué movimientos le arrancaban quejidos de dolor.
Después de ajustar la sujeción para minimizar cualquier molestia, Rafrael lo alzó y Elijah le ofreció su lomo para llevarlo.
—Toma. —Penryn se apresuró a quitarse el chal y se lo dio para ayudar a asegurar a Frijol al cuerpo del centauro. Rafrael lo anudó a toda prisa, ayudándose de las prendas de Elijah, y lo dejó bien sujeto.
—¿Y ella qué? —Elijah señaló a Penryn; las manchas de sangre de su espalda le empapaban la ropa.
—Yo me encargo.
Al centauro no le hicieron falta más explicaciones. Se puso en marcha con un simple movimiento de cabeza; el sonido de sus cascos aumentó a medida que aceleraba rumbo al oeste, salía del bosque y regresaba hacia campo abierto.
Rafrael agachó la cabeza, avergonzado.
—Tendría que haberte hecho caso —dijo— sobre lo de seguir la ruta de Sasappele. Estabas en lo cierto: tendría que haber hecho lo que nos dijo al pie de la letra. Quería… Quería ahorrar tiempo, fue una tontería, pero…
Debería haberle resultado reconfortante oírlo admitir que había cometido un error, pero Penryn no tenía fuerzas —ni mentales ni emocionales— para sentir nada parecido.
Lo único que podía hacer era mirar en la dirección hacia la que había ido el centauro de ébano; la preocupación por su mascota se reflejaba en su rostro.
—¿Adónde van? —preguntó.
—A ver a Qavtar. —Rafrael miró hacia las copas de los árboles un instante—. Es un sanador que vive más allá del Cloor. Tú también necesitas ir. Tu espalda, esa herida…, la mordedura de noctívago te matará si no la tratas.
Penryn no podía ver la manera en la que se había extendido la sangre, ni cómo la negrura de la mordedura de noctívago le había empezado a teñir la piel con venas grises como telarañas. Pero sí sentía el cansancio y el agotamiento que se propagaban por su cuerpo como un veneno.
—¿Está muy lejos?
—A pie nos llevaría un día, pero el tiempo apremia. —Se detuvo un momento para mirar hacia la bóveda arbolada que tenían encima, sopesando las opciones, antes de ofrecerle la mano—. Penryn, necesito que confíes en mí.
Ella frunció el ceño, visiblemente contrariada, y él soltó una risa baja, oscura.
—Lo sé, después de este atajo fallido no tienes motivos para hacerlo, pero hazme el favor. —Ella no parecía muy convencida; la sonrisa se le borró enseguida—. Lo digo en serio. No dejaré que nada vuelva a hacerte daño.
Penryn cruzó los brazos sobre el pecho. Ese simple movimiento hizo que le doliera todo el cuerpo y se dijo que probablemente él tenía razón: necesitaba atención médica. Pero ¿qué narices le estaba pidiendo?
—¿Y en qué tengo que confiar exactamente en ti?
Este flexionó los dedos de forma tentadora, invitándola a tomarle la mano y, tras un momento de incertidumbre, ella soltó un quejido y extendió la suya. Una pequeña sonrisa apareció en los labios del fae antes de que sus manos se tocaran.
—Agárrate fuerte.
Sus palmas apenas se habían rozado cuando los dedos de él se cerraron alrededor de los suyos con firmeza y, en un movimiento que parecía no suponer ningún esfuerzo, Rafrael se lanzó hacia el cielo con Penryn en sus brazos.
El alarido que soltó ella resonó por todo el bosque, rebotando entre los árboles y haciendo que una bandada de cuervos alzara el vuelo, sobresaltada.
Le hincaba las uñas en la mano como si le fuera la vida en ello.
—Pero ¿qué…?
El aire los azotó de lleno y él usó sus hombros como protección cuando atravesaron la copa de los árboles hasta el espacio abierto.
Una ráfaga de frío envolvió el cuerpo de Penryn, que se aferró a él presa del pánico al darse cuenta de lo precaria que era su posición.
Y entonces salieron airosos, muy por encima de las hojas y las ramas del bosque que se extendía debajo.
Rafrael la levantó más alto, colocando las manos debajo de ella para acercarse su torso al suyo, con el brazo alrededor de su cintura y atrayéndola hacia él. La mezcla de asombro y terror en sus ojos le hizo sonreír mientras se elevaba con la brisa.
—Estás a salvo —le prometió. Su voz era suave, dulce; esas palabras estaban destinadas únicamente a tranquilizarla mientras sentía cómo ella lo aferraba con la poca fuerza que le quedaba—. No te soltaré, lo juro.
Ella sintió que lo decía de verdad, y esto le permitió relajarse un poco.
Estiró el cuello, girándose para mirar al suelo, que se alejaba rápidamente bajo ellos.
Las Tierras Indómitas se extendían, vastas; desde ese punto de vista privilegiado podía ver más allá de la extensión de la defensa natural que rodeaba su hogar.
En la distancia, alcanzaba a divisar aldeas, pueblos y, más lejos, el edificio más hermoso que había visto jamás.
La casa —y sus enormes jardines— se escondía tras unos altos muros almenados que la protegían de intrusos.
¿Sería esa la Gran Casa de las Espadas? ¿El lugar al que se suponía que debían dirigirse?
Sin embargo, Penryn vaci ló al ver que no se dirigían al palacio, sino en la dirección opuesta.
Se volvió para mirar hacia delante y las vistas también la fascinaron.
La riqueza de las Tierras Indómitas, su exuberante vegetación y paisaje eran verdaderamente impresionantes y se desvanecían bajo sus pies a la velocidad del viaje.
El terreno se volvía cada vez más escaso conforme surcaban la campiña de Arcania, hasta que se deslizaron por el cielo, siguiendo un único camino a lo largo del borde de un escarpado acantilado que llevaba a un puesto fronterizo aislado.
Antes de que pudiese preguntar, el abrazo de Rafrael se volvió más fuerte.
—Hemos llegado.
No era solo que la abrazara —aunque, para su propia sorpresa, Penryn se dio cuenta de que eso no le habría importado—, sino que estaba ajustando su agarre a medida que se acercaban a su destino. Estaba protegiéndola, lo que significaba que…
—¿Vas a bajar?
Él sonrió con picardía.
—Esa siempre es la mejor parte.
Sin previo aviso, disminuyó la velocidad y desplegó las alas, extendidas ahora al máximo.
Sus membranas se llenaron de aire, igual que un paracaídas, y el viento le azotó la cara cuando su velocidad se redujo de forma repentina, antes de que Rafrael retomara el control total y comenzara a bajarlos hacia el suelo.
A Penryn le retumbaba el corazón y oyó un chasquido en los oídos por el cambio de altitud.
Rafrael sonrió mientras la ayudaba a poner los pies en el suelo antes de soltarla.
Sus cuerpos se deslizaron uno contra el otro; la figura de ella, esbelta y curvilínea, contra la de él, más fuerte.
—Con cuidado —prácticamente ronroneó mientras la bajaba, asegurándose de que ella aún tuviera un brazo al que agarrarse, por si lo necesitaba para no tropezar—. Te sujeto.
El viaje la había dejado mareada y necesitó un momento para recuperar el equilibrio; no tuvo vergüenza en volver a apoyarse en él para encontrar el centro de gravedad.
Por la mirada canalla en su rostro, Rafrael parecía disfrutar de que lo necesitara, y le guiñó un ojo cuando ella por fin le dedicó una sonrisa.
—Eres increíble —murmuró Penryn.
Él bajó la voz hasta convertirla en un suave gruñido.
—No te haces una idea.
Se inclinó hacia ella y con la punta de sus dedos le acarició los mechones de pelo sueltos que le enmarcaban el rostro. Se pasó la lengua por los labios mientras contemplaba su pequeña figura y, cuando fue a abrir la boca para hablar, un chasquido brusco los interrumpió.
—¡Se pasa uno catorce malditos inviernos para tener un poco de paz y tranquilidad y siempre aparecen estos alados cayendo del cielo cuando les da la gana!
Una criatura alta y esbelta se dirigió hacia ellos desde el edificio del puesto fronterizo.
Un revoltijo rebelde de pelo verde y gris le coronaba la cabeza y rebotaba en gruesas y pesadas rastas con cada pequeño paso que daba.
Era delgado y frágil, como si una ráfaga de viento demasiado fuerte pudiese tumbarlo, pero la actitud desagradable que emanaba lo hacía parecer impenetrable.