Reina de espadas Capítulo nueve
39%

Capítulo nueve

A Penryn casi se le había pasado el enfado después de una hora de caminata, momento en el que estaba segura de haber llegado más o menos al ecuador del bosque.

Veía un claro delante de ella, con troncos de madera carbonizados que le ofrecían un lugar donde podría detenerse, descansar y volver a examinar el mapa que había dibujado en la parte trasera del diario de su madre a modo de referencia.

Los bordes de su vestido se enganchaban en las ramas bajas a la altura de los tobillos.

Las ramas cuajaditas de espinas parecían manos de brujas que la agarraban y tiraban de ella repetidamente, y Penryn se maldijo por llevar una ropa tan poco práctica.

Por no hablar de esa ruta tan absurda, que parecía una caminata interminable a través de un bosque que apestaba a moho rancio.

Habría preferido caminar durante días antes que pasar por allí.

Rafrael parecía haberse esfumado. Ella se había quedado esperando una o dos veces a que la alcanzara, pero no había rastro de él desde que se habían separado.

—Será cabezota —murmuró entre dientes, dándose cuenta de que aún no se le había pasado el enfado del todo—. Cabezota y arrogante.

Puede que tan solo estuviera enfadada consigo misma por la situación.

Lo había seguido a ciegas hasta el fondo de este embrollo, sin pararse a pensar siquiera si era de fiar.

No sabía nada sobre él, si era prudente, o afable, o siquiera si tenía buenas intenciones.

Y, cada vez que le preguntaba algo, se cerraba en banda, la ignoraba y mantenía las distancias.

«Olvídate de Rafrael», se reprendió a sí misma. Tenía otras cosas de las que preocuparse.

—¿Cómo estás, Frijol? —preguntó, al ver que su querida mascota, ahora desconocida, se detenía unos metros más adelante—. ¿Estás cansado? —Se palpó los bolsillos—. ¿Los dragones comen zanahorias? Ni siquiera estoy segura…

Cuando volvió a alzar la vista, vio no solo que Frijol se había parado en seco, sino que su postura corporal era distinta.

Nada quedaba de la figura ágil y relajada de antes; ahora tenía el lomo tenso, la columna arqueada, las alas inmóviles, como si se le hubieran erizado las púas ante algo que había delante.

—¿Hay alguien ahí? —preguntó, bajando la voz hasta convertirla en un susurro, mientras dirigía su mirada hacia los arbustos que tenían enfrente.

Sí, ahí había alguien, seguro. O algo, para ser exactos. Un grave gruñido animal respondió a su pregunta, y, a través de la oscuridad, vio un par de ojos rojos y brillantes que se abrían poco a poco.

No. No había un par, sino varios. Un lobo avanzó hacia delante…

, solo que no era un lobo. Más bien tenía el tamaño de un oso, enorme y pesado, y Penryn vio que, aunque su forma era lobuna, no había en él más que metal negro y hueso al descubierto.

Y dientes. Unas hileras de dientes relucientes con una saliva espumosa que le brotaba de los colmillos.

Al verlo, se le cortó la respiración y retrocedió tambaleándose.

—Frijol —susurró ella, con una voz tan queda como pudo—. Frijol, ven aquí.

Pero ¿cuántos había? No podía contarlos, ya que parecía que se mimetizaban con el oscuro entorno que los rodeaba, y se descompuso al oír cada vez más gruñidos, más fuertes y hambrientos.

El pánico se apoderó de ella; no sabía qué hacer.

¿Podrían olerla o verla? ¿Podrían rastrearla si salía corriendo?

Sabía que no tenía muchas más opciones. El líder de la manada avanzó aún más y el resto de las siluetas huesudas se unieron a él.

Por suerte, Frijol pareció recobrar el juicio, se dio la vuelta y corrió a toda velocidad hacia ella.

Penryn se sintió agradecida de tenerlo a su lado, claro, pero el arrebato puso a las criaturas esqueléticas en movimiento. Las bestias empezaron a correr.

—¡Corre! —exclamó Penryn, empujando a Frijol por delante de ella.

Giró sobre sí misma, y las suelas de sus zapatos golpearon con fuerza el suelo mientras corría como alma que llevaba el diablo.

Oía a las bestias detrás de ellos, apresurándose para alcanzarlos; los gruñidos de hambre y los chasquidos de dientes la obligaban a acelerar hasta que el corazón empezó a latirle en la garganta con tanta intensidad que pensó que se iba a desmayar.

El alfa estaba decidido; Penryn sentía el aliento en su espalda mientras corría y estaba segura de que los separaban apenas unos centímetros.

¿Cómo había sido tan estúpida como para pensar que podía cruzar el bosque sola?

No conocía esas tierras ni lo que residía en ellas.

Y, por primera vez, deseó que Rafrael estuviera ahí.

Chilló al oír las fauces de la criatura cerrarse de golpe tras ella, con sus huesos repiqueteando contra el suelo cuando se lanzó para atraparla.

La había alcanzado, le había desgarrado la piel; estaba segura por el dolor repentino que le estalló en la parte baja de la espalda.

Penryn siguió avanzando a trompicones, arrastrándose hacia delante, sabiendo que, por mucho que se esforzara, la acorralaría.

Y entonces se cayó. Su cara golpeó el suelo antes de que se diera cuenta de que había perdido el equilibrio, y su pecho y sus costillas se hundieron en el barro.

No le quedaban fuerzas para gritar, solo logró emitir un quejido cuando sintió el peso de la bestia sobre su columna vertebral.

Se acabó. Aquel sería su fin. Moriría devorada por monstruos en la oscuridad.

El sonido de un silbido, de chisporroteos de fuego, le llenó los oídos, y comprendió que no provenían de la criatura lobuna que tenía encima, sino de Frijol.

El dragón se deslizó por sus piernas, extendiendo sus alitas en señal de advertencia mientras se levantaba sobre las patas traseras e intentaba defender a su dueña con las chispas que expulsaba por las fosas nasales.

Quizá solo ganaría algo de tiempo, pero su presencia bastó para distraer a las criaturas, y Penryn se escabulló de debajo de él.

—¡No! —exclamó ella—. ¡Ni se os ocurra tocarlo!

Necesitaba algo, lo que fuera, así que miró a su alrededor en busca de algún tipo de arma improvisada. No sabía cuánto tiempo podría entretenerlos Frijol, pero bastó para que encontrara una rama caída y la partiera para hacerse un bastón. Sí, tendría que servir.

Se giró y blandió su herramienta improvisada, sosteniéndola delante de sí mientras intentaba ahuyentar a las criaturas.

Frijol estaba haciendo todo lo posible, rabioso, mientras arañaba y mordía a los monstruos metálicos que lo rodeaban, agitando su cuerpo reptiliano contra ellos.

Era fuerte y casi tan grande como sus rivales, pero no podía contener a tantos a la vez.

—¡Dejadlo en paz! —bramó ella, furiosa, tratando de desviar la atención del dragón.

Cargó contra ellos, golpeando con la rama la columna vertebral de una de las bestias, y abrió los ojos de par en par, horrorizada, al ver cómo los huesos metálicos de su espalda se desmoronaban de la estructura lupina hasta formar un montón en el suelo.

Y luego, uno por uno, los fragmentos empezaron a deslizarse de nuevo, encajando con una precisión terrorífica hasta que la criatura volvió a estar completa.

El monstruo se giró, fijando sus inexpresivos ojos rojos en Penryn. Ahora sí que estaba enfadado.

Ay, dioses. Penryn echó a correr. Corrió rápidamente y con todas sus fuerzas, a pesar de que estaba agotada y el dolor la atravesaba.

Oía el golpeteo de patas de hierro detrás de ella, no solo de la criatura a la que había atacado, sino de toda su manada.

Iban a alcanzarla, y lo sabía. Sentía que la energía se le escapaba y el dolor en la base de la espalda la debilitaba cada vez más.

Se lanzó hacia el grupo más denso de árboles que vio cerca, esperando que quizá, solo quizá, pudiera encontrar algún tipo de refugio allí.

Una mano salió de detrás de uno de los troncos; apenas vio los bordes de sus garras mientras la envolvía con sus brazos y la hacía desaparecer de la vista.

Penryn abrió la boca para gritar de nuevo, cuando Rafrael la empujó con brusquedad contra la corteza y le tapó la boca con una mano para silenciarla.

—Noctívagos —dijo en un susurro—. No hagas ningún ruido.

Penryn no se movió un centímetro. Tampoco habría podido hacerlo, aunque lo hubiera intentado; él era como una montaña imposible de mover mientras la sujetaba contra el tronco, como si creyera que así podría hacerla más pequeña e invisible para los depredadores.

Sentía sus músculos firmes contra ella, cada centímetro de él, y tragó saliva cuando una oleada de hormonas la recorrió entera y se le arremolinó en el vientre.

—¿Cuántos hay? —preguntó él en un susurro para no delatar su posición.

Ella no entendió la pregunta, así que el fae se inclinó un poco hacia un lado, intentando echar un vistazo para hacerse una idea.

Los noctívagos se mimetizaban a la perfección con su entorno y casi no se veían en ese espeso bosque. Solo se apreciaba algún destello fugaz de sus siluetas, lo que hacía difícil detectarlos.

A CERTIJO 17

E NCUENTRA AL NOCTÍVAGO

Entre los árboles, Pen solo alcanza a ver fugazmente a los noctívagos.

Ayúdala a localizar una criatura completa empezando por cualquier círculo de abajo y siguiendo las líneas hasta los círculos contiguos, de modo que cada círculo visitado forme la palabra « NOCTÍVAGO ».

No se puede pasar por ningún círculo más de una vez.

Los noctívagos se acercaban… demasiado rápido.

La opción de huir quedaba descartada. Rafrael se movió y, con un sonido similar al de unas velas izándose, ambos quedaron repentinamente envueltos en una intensa y aterciopelada oscuridad.

Penryn se dio cuenta de que el fae había extendido y luego plegado las alas negras alrededor de los dos, mimetizándolos así con el bosque y protegiéndolos de los noctívagos, que rugían a su paso en busca de la comida que se les había escapado.

Durante lo que pareció una eternidad, ambos permanecieron en silencio; en contacto el uno con el otro.

Ninguno habló —ninguno se atrevía— hasta que Rafrael estuvo seguro de que los noctívagos habían pasado de largo y ya no se oía el ruido de sus pasos óseos.

Entonces se apartó. Retrocedió apenas medio metro, pero Penryn enseguida notó su ausencia y suspiró, anhelando ese calor.

—¿Te han herido?

Su voz era suave, incluso tierna, y Penryn notó cómo le acariciaba con los dedos un lado de la cara y luego bajaba por el cuello para apartarle unos mechones rebeldes.

Ella balbuceó, sacudiendo la cabeza mientras intentaba volver en sí.

Estaba conmocionada, le temblaba todo el cuerpo, y la expresión de Rafrael se tornó preocupada.

—Pen, estás temblando.

La preocupación se reflejaba en sus hermosos rasgos, y sus ojos verdes buscaban en la expresión de ella algún indicio de lo que podía hacer para ayudarla.

¿Cómo no iba a estar aterrorizada? Los noctívagos daban a todas las criaturas de las Tierras Indómitas motivos de sobra para tener miedo.

Sin embargo, un humano no sería más que carne fresca para ellos; un simple tentempié.

Penryn apretó los ojos con fuerza, tratando de salir del trance, y movió un poco los labios.

—Frijol… —murmuró.

Al darse cuenta de que su mascota no estaba con ellos, empujó a Rafrael, buscando alejarse de él, y este se retiró respetuosamente.

Convencida ya de que el peligro había pasado, Penryn salió de su escondite y volvió sobre sus pasos.

—¡Frijol! —llamó en voz baja, buscando a su mascota—. Frijol, ¿dónde estás?

Entonces oyó el suave quejido de su mascota herida y se ayudó de esos sonidos para encontrarlo.

Allí donde los noctívagos casi la habían atrapado, yacía él, pisoteado y ensangrentado.

Penryn sintió que las lágrimas le brotaban de los ojos mientras corría hacia él, arrodillándose a su lado mientras intentaba levantarlo.

Le habían rasgado la piel con los colmillos y las garras, pero aun así movió la cola con entusiasmo al verla y levantó la cabeza débilmente.

—Ay… —se lamentó Penryn en voz baja al ver la gravedad de sus heridas. Lo abrazó con fuerza y hundió el rostro en su cuello. Las lágrimas le escocían al pensar en lo que podría pasarle—. No…

Rafrael, que la había seguido, se detuvo al ver al dragón herido.

Frijol había hecho exactamente lo que debía hacer: proteger a Penryn.

Sin embargo, su atención cambió enseguida al ver que no solo Frijol estaba herido, sino también Penryn.

La muchacha sangraba; la sangre le empapaba el vestido y le corría por la espalda.

La mancha de color rojo intenso parecía crecer por segundos, cada vez más espesa y abundante, y Rafrael se acercó a ella corriendo, presionando la herida con la mano para detener la hemorragia.

—Os llevaremos a ambos al sanador —le prometió, tratando de disimular la preocupación que traslucía su expresión, normalmente serena.

Con los dedos buscó el trozo de hueso que le colgaba del cuello y se lo llevó a los labios.

Lo sopló hasta producir un sonido tan agudo que Penryn ni siquiera pudo oírlo—.

Pero vamos a necesitar que vengan a por nosotros.