Capítulo ocho
– N o te imaginas lo rápido que sería todo esto si me dejaras cargar contigo.
Rafrael empezaba a mostrarse impaciente.
Sus largas zancadas lo llevaban mucho más lejos de lo que Penryn podía con las suyas, y cada poco tenía que detenerse para esperarla.
Por su parte, Pen hacía lo que estaba en su mano: iba dando saltos y aceleraba el paso cuando podía, pero le era físicamente imposible mantener su ritmo porque él era mucho más grande.
—No voy a dejar que cargues conmigo —repitió por, como mínimo, vigésima vez en la última hora—. ¿Qué vas a hacer? ¿Echarme al hombro?
Él parpadeó.
—¿Como un saco de cebollas? Supongo que sería lo más práctico.
Pen resopló, irritada, pero se las apañó para apurar el paso has ta correr casi a su lado.
Gracias a los dioses por aquellos improvisados zapatos nuevos; eran pura gloria en sus pies, como si caminara sobre las mismísimas nubes.
Cuando dejara de estar tan enfadada con él, pensó, le daría las gracias como se merecía .
Sin embargo, y por el momento, se limitó a preguntar:
—¿A qué viene tanta prisa? ¿Es que tienes algo más que hacer?
La pregunta pareció desconcertarlo. Se detuvo delante de ella, se giró y cruzó los brazos sobre su ancho pecho.
—No es asunto tuyo —gruñó. Estaba claro que se habían acabado las existencias del buen humor que había mostrado por la mañana—. Pero cuidar de ti no estaba en mi lista de tareas para hoy.
Penryn frunció el ceño y colocó los brazos en jarra con aire desafiante.
—Pues no vengas si no quieres. Seguro que puedo apañármelas sola.
—¿A través de Arcania? —Soltó una carcajada, profunda y reprobatoria—. De no ser por mí, ya te habrían devorado al menos siete criaturas distintas esta misma mañana. ¿No has visto al ladón en el último prado?
Pen no sabía qué era un ladón y su expresión la delató.
—Una serpiente. De muchas cabezas. Cerca de los manzanos. —Puso los ojos en blanco—. ¿Y al oni? Al menos habrás visto al oni. Cuando tomamos el desvío junto al puente… ¿Tampoco?
No, tampoco había visto a esa criatura. Ni a ninguna, en realidad.
Estaba tan concentrada en seguirle el ritmo que apenas había prestado atención a su entorno, y le daba un poco de vergüenza reconocerlo.
Miró a su alrededor rápidamente, como si de pronto pudiera descubrir alguna amenaza próxima, y se apresuró a colocarse un poco más cerca de Rafrael.
Era aventurera, sí, pero no deseaba terminar como aperitivo de alguna bestia fantástica en esa búsqueda de su destino.
—Tal vez deje que la naturaleza siga su curso la próxima vez —le advirtió él—. Así que procura no quedarte atrás.
Rafrael no dijo mucho más mientras avanzaban hacia los campos frondosos a los que se dirigían.
Parecía absorto en sus pensamientos mientras sorteaba el sendero irregular, valiéndose de la daga para abrir paso entre las partes más enmarañadas de la ruta y dejar espacio a Penryn.
Frijol iba detrás, todavía resoplando y tosiendo.
—¿Está bien? —preguntó Penryn, preocupada por su mascota. Se había transformado en algo totalmente ajeno y desconocido para ella, pero seguía siendo su Frijol, y este frotaba su cabeza contra ella con el mismo cariño de siempre.
—Supongo que está intentando echar fuego —dijo Rafrael—. Aquí no, dragón. Como incendies los trigales, tendré que pagar los daños…, y los pentáculos no son exactamente lo mío.
Penryn abrió la boca para preguntarle qué quería decir con eso y, ya de paso, qué era «lo suyo», cuando Rafrael alzó una mano para hacerla callar.
Ella redujo el paso, aunque no lo bastante rápi do para evitar chocar con él.
Rafrael le ofreció un brazo para ayudarla a mantener el equilibrio, aunque su atención seguía fija al frente.
Ante ellos se hallaba la intersección de cuatro campos.
Tres estaban cubiertos de trigo, alto y dorado; en el cuarto, sin embargo, había una cabra.
Pero no una cabra normal, como comprobó Penryn al observarla.
Sus cuatro patas eran de longitudes distintas, y caminaba en círculos tristes, una y otra vez.
—Está malherida —se preocupó Penryn, dando un paso al frente.
Rafrael la detuvo con una mano firme.
—No —dijo—. Es un dahu. Nacen así. —Miró las patas desi guales y frunció el ceño al ver el campo vacío que el animal recorría sin cesar—.
Tenemos que cruzar por ahí, pero nos pedirá ayuda.
—Se volvió hacia ella con una mirada de advertencia—.
Sujeta bien a Frijol…, salvo que te apetezca cabra asada para cenar.
«Pues no suena tan mal», pensó Penryn, justo cuando el estómago le rugió con fuerza ante la mención. El sonido delató su posición casi al instante, y el dahu alzó la cabeza, esperanzado.
—¿Quién anda ahí? —baló la criatura.
Rafrael levantó las manos mientras salía de entre las espigas doradas. Estas se agitaron a su paso, y el dahu agachó la cabeza, con los gruesos cuernos curvados listos para embestir.
—No pretendemos hacer ningún daño—dijo Rafrael—. Solo queremos pasar.
—Denegado —soltó el dahu, frustrado, intentando avanzar, aunque sus patas desiguales lo hacían girar en círculos, alejándolo de ellos.
Penryn se dio cuenta de que no podría acercarse aunque lo intentara, y vio que Rafrael se relajaba un poco.
A fin de cuentas, aquella cosa no tenía manera de detenerlos, ¿verdad?
—Sigue andando —le pidió él en voz baja, y, con un gesto, le indicó que continuara y se llevara a Frijol de allí—. Yo lo distraigo.
Avanzó unos pasos más hacia el dahu, con las manos aún levantadas en señal de paz.
—¿Necesitas ayuda, amigo? ¿Podemos hacer algo a cambio?
El dahu pareció encantado y aliviado ante la propuesta, y, mientras vigilaba a Penryn y al dragón que se deslizaba por el borde del campo, inclinó la cabeza hacia Rafrael.
—Quiero sembrar mi último campo, pero no puedo salir de este maldito bucle. ¿Podrías ayudarme? Será un momentito, y puedo ofrecerte comida a cambio, para el viaje.
No era un mal trato. Así, conseguirían provisiones para un par de días y eso les ahorraría tiempo más adelante.
—De acuerdo —aceptó Rafrael—. ¿Qué necesitas?
Pero se sorprendió al ver que Penryn aparecía a su lado.
—Deja que te ayude —se ofreció—. Ya sabes, la unión hace la fuerza.
Él se giró hacia ella y, al ver el brillo esperanzado en sus ojos, se le dibujó una leve sonrisa, tras lo cual asintió con la cabeza.
A CERTIJO 14
E L CAMPO DEL DAHU
Ayuda al dahu a terminar de plantar sus cultivos de modo que haya exactamente una planta de zanahoria y una de calabaza en cada campo.
Los campos están separados por vallas, y se muestran las ubicaciones de algunas plantas.
Las plantas idénticas no pueden ocupar casillas contiguas, ni siquiera en diagonal.
Tras una cuidadosa planificación, se apartaron para admirar su obra. Rafrael se secó con la manga la frente sudorosa mientras observaba el campo.
—Con eso bastará —dijo, volviéndose hacia el dahu—. ¿Y los suministros?
El dahu giró sobre sí mismo y señaló con la cabeza un almacén destartalado al final de su territorio.
—Llevaos lo que necesitéis —le ofreció. Posó entonces los ojillos en Penryn durante un momento—. No sabía que los fae podían ser tan pequeños.
Rafrael esbozó una leve sonrisa, pero le siguió el juego. Penryn supuso que no convenía que se extendieran rumores sobre la presencia de una humana en las Tierras Indómitas; seguro que eso acarrearía problemas.
—En realidad, es más bien un duendecillo del bosque —le aseguró a la criatura—. Ya nos marchamos. Gracias por dejarnos pasar.
Cuando se alejaron lo suficiente para que el dahu no los oyera, Penryn trotó unos pasos hasta alcanzar las largas zancadas de Rafrael mientras se dirigían al almacén para llenarse los bolsillos.
—¿Cuál es la diferencia? —preguntó—. Duendes, hadas, ninfas… ¿No son todos lo mismo?
Él la miró con cierta diversión.
—A los humanos os encanta generalizar, ¿verdad? —dijo, sin una pizca de ironía—. Somos especies completamente distintas.
Ella no lo entendió del todo, así que él aminoró el paso para darle tiempo a escuchar y asimilar sus palabras.
A CERTIJO 15
H ADAS , NINF AS Y DUENDES
Usa la información que da Rafrael para relacionar cada tipo de criatura con su tamaño y su aspecto típico.
• Las hadas, las ninfas y los duendes son criaturas fáciles de distinguir. Para empezar, una es más pequeña que los humanos, otra tiene un tamaño similar y otra es más grande.
• Cada una tiene una característica particular que la diferencia; por ejemplo, una de ellas tiene colores terrosos.
• Las criaturas con alas y orejas puntiagudas son más grandes que los humanos…, pero esas no son las ninfas.
• Los duendes no son las criaturas más grandes que los humanos.
• Las ninfas no son las que tienen ojos traviesos, ni tampoco las que son más pequeñas que los humanos.
Tipo de criatura
Tamaño con respecto a los humanos
Aspecto característico
—Ya te has cruzado con las ninfas, claro —le recordó—.
Aunque quizá no supiste reconocerlas en su momento.
Son las que intentaron ahogarte, junto al azud.
No es culpa suya, pobres criaturas. Son seres celosos.
Tienen problemas de apego… —añadió con una risita—.
Y la culpa es de ese padre mujeriego que tienen.
Mientras caminaban, Penryn trató de ordenar toda aquella información en su cabeza. Estaba aprendiendo muchísimo y empezaba a darse cuenta de que muchas de las historias que había oído sobre ese lugar a lo largo de los años eran ciertas.
—¿Y los fae son también hadas? —preguntó.
Rafrael resopló.
—Exactamente. Hay cierta… jerarquía. Reales, místicos, comunes, y los que no tienen precisamente buenas intenciones. Igual que vosotros, los mortales.
El tema parecía incomodarlo, pero Penryn, fascinada por la idea, siguió indagando.
—Los reales… ¿son los líderes de las Grandes Casas?
Él no respondió, y ella pensó que quizá no la había oído.
Sin embargo, cuando alzó la vista hacia él, dispuesta a repetir la pregunta, vio que el fae tenía la mandíbula tensa, cerrada con una resistencia que no se atrevió a desafiar.
Bajó de nuevo la mirada al camino y vio que se acercaban a la entrada de un enmarañado bosque de árboles negros y calcinados.
Las ramas secas y finas parecían dedos crueles que se extendían hacia el suelo, amenazando con atraparlos, y Frijol se apresuró a esconderse detrás de las piernas de Penryn, gimiendo solo de verlos.
En el aire flotaba un regusto metálico, el olor a sangre seca, y todo en ella le decía que debía detenerse.
—Eso… —dijo, señalando hacia delante— no parece nada seguro.
Para Rafrael, en cambio, era evidente que todo en las Tierras Indómitas era seguro. Era fuerte y temible; un guerrero que llevaba dentro las violentas habilidades de un fae dispuesto a usarlas si hacía falta.
Rafrael frunció los labios, tamborileando las garras contra ellos mientras sopesaba sus opciones.
—Son dos horas a pie si cruzamos por aquí —dijo, señalando el lúgubre sendero gris que se abría entre las sombras—. Sasappele dijo que tomáramos el camino largo, pero, si lo hacemos, perderemos tres días.
Penryn se detuvo con los brazos en jarra.
—Pero ¡si fuiste tú quien dijo que debíamos seguir sus instrucciones!
La expresión de Rafrael se endureció aún más —si es que eso era posible— y la fuerte línea de su mandíbula se tensó al apretar los dientes.
—Pues he cambiado de opinión.
—Si ella puede predecir el futuro, creo que deberíamos confiar en su criterio —repuso Penryn, cruzándose de brazos con aire desafiante.
—No es un ser místico —gruñó él entre dientes—. Es solo una guía. No seas tan terca.
Penryn se acercó un poco al límite del bosque negro que se extendía ante ellos y negó con la cabeza. Ese lugar parecía sacado de una pesadilla… o de un cuento con un final espantoso.
—Mira, creo que prefiero el camino largo. ¿Y tú? —Él no respondió—. ¿Tienes prisa o ya te has cansado de mi compañía?
La pregunta pareció ofenderlo; se irguió, y su voz se tornó un gruñido irritado.
—Atajaremos por el bosque —bufó—. Y, para tu información, no fue decisión mía traerte aquí. Estoy protegiendo las Tierras Indómitas.
Frijol avanzó con cautela delante de ellos, tanteando el terreno, mientras Penryn ajustaba el paso al ritmo de las largas zancadas de Rafrael.
—¿Y de qué los proteges? —preguntó. Él no le había contado nada sobre sí mismo, y Pen empezaba a cansarse de tanto secretismo—. ¿Eres soldado?
Silencio.
—No me cuentas gran cosa —insistió ella. Más silencio—. Llevas un cuchillo encima. ¿Tienes más armas?
—Sí —contestó él, y fue todo cuanto consiguió.
Penryn puso cara de fastidio mientras se internaban en el bosque, que se volvía cada vez más espeso y lúgubre. No sabía dónde podría ocultar más armas su compañero y, en parte, prefería no averiguarlo.
—¿Alguien te ha dicho alguna vez que eres insufrible? —soltó, harta ya de sus cambios de humor.
Rafrael parecía no oírla, concentrado en un cruce del camino, tratando de decidir cuál sería la ruta menos peligrosa. Penryn interpretó su silencio como una negativa a hablar y, apretando los puños, se adelantó con paso firme.
—Muy bien. Pues iremos por aquí —anunció ella con irritación.
Él pareció vacilar, como si no supiera qué decirle o qué callar, pero Penryn ya estaba demasiado lejos para ver la disyuntiva en su rostro.
—Si no quieres venir conmigo, me las arreglaré sola. No necesito tu ayuda ni tu guía ni lo que sea que creas estar dándome.
Rafrael la llamó para detenerla, pero Pen no tenía intención de hacerlo. No entendía esas dos caras tan distintas del fae y se negaba a dejarse arrastrar por el humor que eligiera mostrar en cada momento.
—Vamos, Frijol —dijo ella—. Nos las apañaremos, ¿a que sí?
A CERTIJO 16
U NA RUTA POR EL BOSQUE
Ayuda a Pen a encontrar un camino por la primera parte del bosque dibujando una ruta de abajo arriba que evite las zonas más densas —marcadas con árboles— y que conecte el inicio y el final señalados en las filas superior e inferior.
Los números fuera de la cuadrícula indican cuántas casillas visita su ruta en cada fila y columna.
En cada casilla que forme parte de la ruta, el camino debe o bien pasar en línea recta o bien girar en ángulo recto.
La ruta no puede ramificarse: no se permiten callejones sin salida, cruces en T ni bucles.