Reina de espadas Capítulo siete #2
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Capítulo siete #2

—Tú quédate quieta —ordenó con una voz ahora más firme.

Y enseguida comenzó a dibujar algo en la tierra, usando como improvisado estilete la ramita que había arrancado.

Cuando terminó, la ayudó a levantarse y le mostró lo que había hecho—.

Esto es lo que has llevado en la espalda todo este tiempo… , esas líneas y cicatrices.

Parecía seguro de que el quid estaba ahí, de que eso era a lo que la sacerdotisa se refería.

A CERTIJO 13

L A ESPA LDA DE P ENRYN

¿Qué ruta le dijo Sasappele a Penryn que debía seguir?

Rafrael repasó las instrucciones que la sacerdotisa les había dado, asegurándose de que cada una coincidiera con el mapa que había trazado en el suelo.

Para su evidente satisfacción, la ruta, aunque más enrevesada de lo necesario, conducía a los límites de los terrenos de la Gran Casa de las Espadas.

Penryn volvió a mirar el dibujo en el suelo y luego se llevó una mano a los hombros descubiertos. Rafrael recogió de nuevo su chal y se lo tendió para que pudiera cubrirse si lo deseaba, aunque su mirada se detuvo un instante más de lo debido en su piel desnuda.

—¿Qué pasó? ¿Qué te pasó? —preguntó curioso a la par que preocupado.

—Un incendio.

Él frunció el ceño apenas un segundo, con gesto incrédulo.

—¿De verdad? —repuso, señalándola otra vez—. ¿Puedo?

—¿Si puedes qué?

Rafrael dudó un instante antes de dar un paso hacia ella.

Penryn contuvo el aliento al sentirlo tan cerca y al ver cómo alzaba la mano hacia ella con una intención que no comprendía.

Sin embargo, había algo en su interior que le hacía confiar en él, una llama en el centro de su vientre que lo acogía, y, cuando su piel le rozó los omóplatos desnudos, sintió que el calor prendía en su interior.

Rafrael apoyó la palma sobre su espalda, abierta y firme, y empezó a mover los dedos con una suavidad casi reverente.

Una chispa de la magia de Rafrael se deslizó sobre su piel, fugaz pero intensa, y Penryn se esforzó por entender qué estaba haciendo con aquel roce ligero como una pluma que le hacía revolotear las entrañas de pura emoción.

—¿Qué haces?

Él vaciló.

—Nada —dijo con voz suave—. Perdona el atrevimiento.

Retiró las manos rápidamente, y de inmediato Penryn echó de menos su calor cuando sintió cómo el aire frío le acariciaba la piel. Pero él se quedó callado, melancólico y pensativo, y no podía pedirle que volviera a tocarla. Al cabo de un momento, él señaló de nuevo su tienda de campaña.

—De verdad, duerme un poco. Ahora que sabemos cuál es el mejor camino, mañana podremos avanzar mucho más.

Penryn hizo todo lo posible por dormir. Debió de conseguirlo al menos un poco porque, cuando abrió los ojos, en la tienda se colaba la luz del sol y los pájaros que habían estado durmiendo en su nido sobre ellos habían desaparecido con el día, llevándose su tenue brillo.

Extendió los brazos sobre la cabeza para estirarse y volvió a bajarlos, hasta que se dio cuenta de que Frijol no estaba a su lado.

Sacó la cabeza de la tienda y vio que Rafrael estaba junto al agua.

Seguramente había supuesto que seguía dormida porque solo llevaba puestos los pantalones cuyos bajos había remangado hasta las rodillas mientras vadeaba en el arroyo para refrescarse.

Pen se relamió inconscientemente los labios mientras lo observaba, admirando el perfil de su cuerpo.

Podrían haberlo esculpido en mármol; su piel, musculada y tersa, mostraba la fuerza que contenía con cada movimiento.

Cuando se dio la vuelta, abrió los ojos de par en par.

No había visto sus alas por completo antes, no así, al desnudo sobre su espalda.

Sin embargo, era imposible no admirarlas al verlas descansar en su espalda en todo su esplendor.

Eran negras, con plumas similares a las de los cuervos y perfectamente alineadas una al lado de la otra.

Aunque parecían pequeñas, Penryn dedujo que, por la longitud desde los hombros hasta la base misma de la espalda, si las extendía debían de ser enormes.

Nunca se había planteado la verdadera anatomía de una criatura como las hadas.

La idea de su existencia siempre había sido eso, una idea, pero ahí estaba, ante la imagen de algo que solamente había estado en su imaginación.

Al final, resultaba que todas esas historias eran ciertas: las garras, los colmillos retráctiles, las orejas…

Y ahora le observaba las alas con sus propios ojos.

Era un ser fantástico y se moría de ganas de poder enseñárselo a Talia.

Frijol, que antes habría ladrado al notar su presencia, soltó un humeante rugido de bienvenida.

El sonido sobresaltó tanto al fae como a Penryn, que bajó la mirada al suelo, avergonzada.

Rafrael no era precisamente tímido, así que se volvió para mirarla y se acercó a ella con paso firme.

Unos riachuelillos de agua le corrían por el cabello y descendían por los costados del cuello y el torso musculoso hasta recorrerle los abdominales antes de caer al suelo.

Penryn siguió el rastro de esas gotas con la mirada, de abajo arriba, hasta llegar a su rostro…

y a esos ojos esmeralda que brillaban con picardía.

—Buenos días. Debería haberme dado cuenta de que habías dejado de roncar.

—¡No estaba roncando!

Penryn se frotó la palma de la mano contra la nariz, avergonzada, antes de darse cuenta de su sonrisa burlona. Más bromas. Al menos parecía que se sentía cada vez más cómodo a su lado. Eso solo podía ser una buena señal, ¿no?

Pasó junto a ella, tan cerca que sus cuerpos casi se rozaron, y se inclinó para coger algo del suelo. Al incorporarse, levantó un par de zapatos de cuero e hilo, fabricados con esmero, y se los ofreció.

—Me he tomado la libertad de hacerte algo con lo que puedas caminar —dijo mientras esperaba que los aceptara.

Parecía casi avergonzado de ellos, pero Penryn los aceptó con gratitud—.

Para que no me retrases, obviamente. He tenido que jugármela con el tamaño de esos piececitos de humana que tienes, pero creo que podrás ajustártelos con los cordones.

Estaban muy bien hechos: había cosido con precisión las gruesas tiras de tela a una suela firme de cuero doblado, con un forro de lana que prometía aliviar sus pies doloridos.

Tardó un momento en darse cuenta de que eran del mismo color que la capa que él había llevado la noche anterior y, al mirar más de cerca, se percató de que le había cortado un trozo a la prenda para hacerle aquel regalo.

—Gracias.

Él le restó importancia al gesto, como si no le hubiera supuesto esfuerzo alguno, y alargó el brazo para tomar un par de peras del árbol que había sobre ella. Le lanzó una para que la cogiera.

—Sustento. Nos quedan por delante unas cuantas horas de caminata y algún que otro terrateniente difícil de tratar —le advirtió—. Espero que te hayas despertado con los sentidos aguzados. Los vamos a necesitar.