Reina de espadas Capítulo siete
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Capítulo siete

P enryn no podía dejar de pensar. ¿Cómo iba a hacerlo?

¿Cómo podría hacerlo alguien en esas circunstancias?

Estaba en una tierra desconocida, siguiendo las órdenes de un fae mítico en el que no sabía si podía confiar, y su mascota de la infancia acababa de transformarse en un maldito dragón.

No, definitivamente, no era un día normal.

A pesar de su nuevo aspecto —y de que ahora medía el doble—, Frijol estaba acurrucado a su lado.

De vez en cuando suspiraba en sueños y las púas de sus alas se le clavaban a Penryn en las costillas.

Si hubiera conseguido dormir, habría sido un descanso interrumpido a cada rato.

Quizá debería agradecer no haber pegado ojo.

A escasos metros de su refugio improvisado, Rafrael yacía tumbado en la hierba.

Tenía un brazo detrás de la cabeza y, ahora que no lucía su capa, sus tonificados músculos quedaban expuestos.

Penryn lo miró más de una vez, fascinada por su envergadura.

Parecía estar en completa calma, con el rostro hacia el cielo estrellado, tan quieto que se preguntaba si realmente estaba dormido o si más bien estaba en trance.

Mientras descansaba, su largo, negro y rebelde cabello rizado se extendía alrededor de su cabeza como una melena de león.

Ahora que nadie la veía, Penryn estudió sus facciones.

Tenía el rostro perfectamente simétrico, la mandíbula fuerte y cuadrada.

Las pestañas, largas y oscuras, casi felinas. Se percató de que era… hermoso.

Y aquel mismo escalofrío le recorrió el cuerpo desde el pecho hasta el estómago; le hacía sentir que por dentro todo le revoloteaba.

¿Cómo iba a descansar así? Tras darse por vencida en su intento de dormir, metió la mano en el bolsillo y sacó el diario de su madre.

Había pensado dejarlo en casa antes de la celebración del Segundo Anochecer, pero al final, distraída por la llegada de Edmund para recoger a Talia, acabó guardándoselo en el bolsillo del vestido.

Al menos ahora lo tenía para hacerle compañía.

Con cuidado, pasó las desgastadas páginas a la luz tenue que filtraban los árboles que se alzaban sobre ella.

A su madre siempre le había gustado hacer bocetos y dibujos, y, mientras hojeaba el cuaderno, vio imágenes que de repente cobraban sentido.

Cuatro escudos, superpuestos unos sobre otros, ¿los de las Grandes Casas, quizá?

Cascadas como las que había visto en la caverna de Sasappele.

Patrone s de escamas como los que ahora tenía Frijol.

Penryn pasó los dedos por el lomo de la criatura mientras estudiaba la página, hasta que se dio cuenta de que, bajo los dibujos, había unos trazos de lápiz apenas percepti bles.

A CERTIJO 11

T EXTO GARABATEADO

Ayuda a Pen a darle sentido al pie de la imagen.

¿Sabrías descifrar qué dice?

Pronunció la palabra en un susurro, confundida, solo para sí misma, pero la voz grave de Rafrael resonó desde donde estaba tumbado.

—Son compañeros. —Giró la cabeza hacia ella para mirarla.

¿Había estado despierto todo ese rato? Penryn agradeció la oscuridad cuando notó que el calor le encendía las mejillas; esperaba que no la hubiera visto observándolo antes—.

Para protegerte. Te guían hacia donde tienes que estar, en el momento correcto.

¿Y si por eso se había escapado Frijol durante la celebración? ¿Y si la había llevado hasta allí con algún propósito?

—No lo entiendo —confesó ella—. ¿Por qué se ha transformado?

—Puede que llevara años atrapado en ese cuerpo.

—Rafrael se encogió de hombros, inseguro, y miró al dragón, que roncaba.

Con cada respiración, Frijol echaba espirales de humo por las fosas nasales—.

Por su tamaño creo que tiene… ¿setenta años?

Puede que ochenta. Las alas aún son muy pequeñas, es un jovenzuelo. ¿Cuánto hace que lo tienes?

¿Ochenta? Eso era imposible y sugería que Frijol había estado bajo algún tipo de hechizo al menos durante las dos décadas que ella llevaba viva.

—Pues desde que era niña. Fue un regalo de mi madre.

Ella lo encontró… —Cerca del azud, recordó de pronto.

Y el pensamiento le hizo preguntarse si era esa la razón por la que Frijol la había guiado de vuelta hasta ese mismo lugar.

No, era demasiado fantasioso, ¿verdad? Intentó repasar lo ocurrido, volver sobre sus pasos y reconstruir exactamente lo que había pasado.

Antes de que Frijol cruzase el ancho arroyo y el bosque…

Se le oscurecieron los ojos—. Fuiste tú.

Te vio a ti. Era a ti a quien quería alcanzar.

Rafrael se encogió de hombros.

—Se me dan bien los animales —dijo con toda naturalidad, como si no supiera nada del asunto—. ¿Qué puedo decir?

Ella no le creyó. Algo no encajaba y Penryn no conseguía ver las piezas que lo unían todo. ¿Y si Rafrael había utilizado algún tipo de hechizo para invocar a Frijol a las Tierras Indómitas para hacer que ella cruzara las aguas?

—No sé por qué me haces preguntas —dijo Rafrael con un tono acusatorio—. Tú eres la que tiene todas las respuestas. —Hizo un gesto hacia el diario que descansaba en su regazo—. Sasappele dijo que llevabas un mapa.

Penryn frunció el ceño y negó con la cabeza. Había hojeado esas páginas incontables veces desde la muerte de su madre y nunca había visto en él ningún mapa ni ninguna indicación geográfica. Para demostrarlo, pasó unas cuantas páginas antes de entregarle el cuaderno.

—Échale un vistazo si quieres —dijo—. No vas a entender nada. La mayor parte del tiempo mi madre hablaba con acertijos.

Este agarró el libro con sus grandes dedos y pasó un par de páginas con desinterés antes de alzar hacia ella los ojos esmeralda. Juraría que le brillaban mientras la miraba con atención.

—¿No tienes nada más?

Penryn se levantó y se pasó las manos por todo el cuerpo. Se revisó de forma rápida el corsé, a sabiendas de que ahí no había guardado nada, y luego metió las manos en el grueso forro de terciopelo de los bolsillos. No había traído nada más que el diario y la pluma que llevaba consigo…

… hasta que, con los dedos, rozó un trozo de papel doblado. Tragó saliva y notó que se le enrojecían las orejas. No había querido mentirle, en absoluto, pero no sabía que llevara nada más encima. Sacó el papel con dedos temblorosos.

—Este vestido era de mi madre —explicó—. Nadie había vuelto a ponérselo desde que murió.

Bajó la vista hacia la pequeña nota ajada.

Mostraba marcas de haber sido doblada y desdoblada incontables veces; el papel, antaño blanco, estaba manchado por el tiempo y el uso.

Con sumo cuidado empezó a desplegarlo, temerosa de que se deshiciera entre sus dedos.

Lo depositó con delicadeza sobre la hierba, se arrodilló y se inclinó para examinarlo mejor.

Desde arriba, Rafrael alargó el brazo hacia el peral y agarró algo.

Cuando lo bajó hasta el suelo junto a ella, Penryn notó que la luz cambiaba, facilitándole la tarea.

Junto a su rodilla, Rafrael había colocado un pajarillo dormido, parecido a un azulejo.

Su pequeño pecho se iluminaba con cada respiración; subía y bajaba despidiendo un resplandor cálido que bañaba la nota.

—¿Qué es?

Rafrael intentó echar un vistazo desde donde estaba, pero la letra era tan pequeña y delicada como el propio papel.

Sin acercarse demasiado, se acuclilló a su lado mientras Pen trataba de descifrar las palabras legibles.

Muchas se habían borrado con el tiempo o se habían difuminado —¿serían manchas de lágrimas?

—, y el papel era tan fino y frágil que casi se transparentaba.

—No lo sé. —Penryn frunció el ceño—. Parece… una carta, creo. —Juntó los fragmentos más grandes—. Aún faltan algunas palabras, pero por el tamaño de los huecos puedo hacerme una idea de lo largas que eran.

A CERTIJO 12

C ARTA FRAGMENTADA

Coloca los fragmentos de las palabras en los huecos para formar tres palabras. Solo se puede usar cada fragmento de las palabras una vez. Se indica el número de letras de cada palabra.

Mientras a Penryn se le llenaba el corazón con aquella nueva y desconocida conexión con su madre, el ceño severo de Rafrael se frunció aún más.

Faltaba mucha información para que él pudiera avanzar con aquello.

Y, para su disgusto, eso no era un mapa.

Era evidente que esperaba que al menos una parte del enigma se resolviera con el hallazgo del inesperado documento, pero no.

—Deberíamos dormir un poco —insistió él, levantándose de nuevo para volver a donde había estado descansando antes—. Si no vas a usarla, me quedo con esa capa interior para aprovecharla como almohada —añadió, señalando hacia la tienda detrás de ella.

Distraída mientras reflexionaba sobre aquel papel, Penryn se quitó el chal y se lo tendió.

—Toma, usa esto —le dijo sin perder la concentración—. No lo estropees o mi hermana pequeña te sacará las tripas.

Rafrael se rio a carcajadas, pero, justo cuando estaba a punto de cogerlo y volver a tumbarse, se percató de algo.

Los hombros desnudos de Penryn, cubiertos de marcas y cicatrices, parecían brillar como si llevaran una pátina de oro.

Estiró la mano hacia los árboles por encima de su cabeza y arrancó un retoño; luego apartó con el pie un poco de barro, allanando el suelo hasta dejarlo como un lienzo en blanco.

—No te muevas —dijo con una calma inquietante.

Obviamente, el instinto de Penryn al oír algo así fue girarse, ajena a lo que él estudiaba con tanta intriga.

—¿Por qué?

Él apoyó una mano grande, de dedos rematados en garras, sobre su hombro, sujetándola con firmeza. No quería que se moviera, temeroso quizá de alterar lo que fuera que estaba viendo. ¿Había en las cicatrices que el fuego había grabado en su piel algún detalle importante que ella misma desconocía?